Sermón de las siete palabras

Sermón de las Siete Palabras, pronunciado por el Obispo de Coria-Cáceres, Francisco Cerro Chaves,en Valladolid:

Querido Don Ricardo, Arzobispo de Valladolid; Autoridades religiosas, civiles y militares; Consiliario y Alcalde-Presidente de la Cofradía de las Siete Palabras; queridos amigos y hermanos:

Es para mí un gran honor poder estar aquí hoy, para pregonar las Siete Palabras de Jesucristo en la Cruz. Muchas gracias a todos por estar aquí. Muchas gracias, también, porque me siento arropado por todos Vds. Valladolid forma parte de mi vida. Aquí viví años intensos con el  inolvidable

  1. José Delicado Baeza y con un pastor bueno, llamado Don Marcelo. Vengo de Extremadura, de mi Diócesis Milenaria de Coria-Cáceres y me encanta esta gente castellana, transparente como el agua de cristalina.

La pasión de la gente, su sufrimiento, está asociada a la Pasión de Cristo. Si no penetramos en el misterio de la Pasión de Cristo no sabemos que decir a la persona que sufre, de manera desesperada. Sin embargo, hay que consolarles, confortarles sobre todo, como Jesús fue confortado en Getsemaní. Hay que confortar y con mucha delicadeza. Es todo un arte. Sería bueno, una iniciación por parte de los experimentados para los que comienzan, sobre la manera de tratar a los enfermos, a los que viven solos,  a los que se encuentran en todas las periferias existenciales, como nos recuerda el Papa Francisco.

La manera de tratar a los que sufren es un oficio delicado, el ayudar, animar y, al mismo tiempo, dar sentido pleno a la vida. Es una circunstancia que no se afronta por un cierto miedo, por un cierto temor. Sin embargo, suele ser enormemente confortante para todos. Hay que procurar abrirle nuevos horizontes y hacer ver al que sufre que no se tiene que preguntar nunca el por qué, ya que eso sería ponerse en el puesto de Dios, sino el para qué del que humildemente acepta su fragilidad. Con el Señor todo tiene sentido, sin el Señor se oscurece la vida.

La manera más práctica de convencer a uno del valor de la cruz que tiene, es la estima que mostremos a la persona que sufre. Los que sufren deberían ser el tesoro de la Iglesia en una sociedad que no los encuentra.

San Francisco de Asís decía, que el sufrimiento que más agrada a Dios, es el que aceptamos desde la realidad de la vida. Es una llamada a unirnos al Corazón de Jesús, a sus grandes deseos.

Se trata del sufrimiento que el Señor nos asocia al suyo. Nos viene sin contar con nuestra voluntad, nos encontramos con él y queremos dar a la vida o al sufrimiento, un sentido, una fecundidad como se palpa en la Cruz.

El Señor nos llama, nos invita y nos asocia a su sufrimiento de la Cruz siempre,  para  darle  a  nuestro  sufrimiento  valor  redentor,  para   ayudar, compartiendo, con tantas personas que viven sin ninguna esperanza. Podríamos dividir la Pasión en dos claves:

La Pasión interior, por dentro, desde el Corazón entregado y lo externo de la Pasión, que se refleja de una manera única en la  Semana  Santa vallisoletana y que es  expresión de un Corazón entregado.

Getsemaní, que nos indica la actitud redentora de Cristo. Es como la pasión del Corazón. Getsemaní nos descubre a Jesucristo que ha dado la vida, que ha entregado su Corazón por Amor. Nos lleva en lo más profundo de su Corazón, amándonos desde dentro “hasta el extremo”.

En la Cruz podemos detenernos en las palabras de Jesús, que nos revelan las actitudes redentoras de Jesucristo. Son estas Siete Palabras que se podrían resumir en una sola: Te quiero. Su Palabra se hace  Corazón  Abierto.

Sin querer desarrollarlas todas voy a destacar ese sentido de algunas de ellas y de los datos recogidos por los evangelistas en torno a la Cruz. Es por lo tanto bueno para nosotros prestarles atención. He procurado dar a cada Palabra un sentido que nos hace descubrir el significado de las heridas en el Corazón de Cristo. Toda persona está herida. También Cristo. Ante el dolor, Jesús nos ha abierto su Corazón. Ahí, en su Corazón, está su herida. Quienes aman siempre están heridos. Lo que hay que pedir al Dios de la Vida es que nuestras heridas estén abiertas para entregarnos por amor, como Jesús. El despojo de Jesús en la Cruz, es un elemento que hace reflexionar siempre.

Contemplamos un Jesús ensangrentado, flagelado, con la corona de espinas. Jesús despojado se ofrece, se entrega. Entre burlas, desnudo, es lo que más impresiona en la Cruz. Por ello, la Cruz es siempre acercarnos a la realidad de un Amor que se hace vida entregada. La Cruz no es el destino, pero sí es el camino. La dirección obligatoria para llegar a la resurrección y  la Vida.

Cuando Jesús sale en busca de los que vienen a prenderle, lo que quiere destacar Juan es su prontitud en ofrecerse. Él se adelanta. Él se entrega. Él mismo abraza la Cruz para ser crucificado entre dolores espantosos, entre el desprecio. Es lo que se representa en “El Expolio”, el famoso cuadro de El Greco. Es el Jesús que no tira de la Cruz, sino que se abraza a ella, como si  se abrazase a cada uno de nosotros. Nos quiere con locura.

Cuando contemplamos a Cristo crucificado, tenemos que verlo desde el interior, desde su Corazón, desde esa prontitud de ofrecimiento. No me quitan la vida, la doy por amor a Ti. Cuando se destaca que Jesús va a ser entregado en manos de sus enemigos, podemos añadir, lo despreciaban.

 

Quizás, es lo que más nos duele a nosotros, las burlas, los desprecios y que no nos tengan en cuenta. Es el rechazo del “que había venido a los suyos y los suyos no le recibieron”. Como lo explica San Juan en su prólogo.

Esa alma afirma que está alegre, contenta aún en medio del sufrimiento. Lo que nos cuesta entender es que en la humillación, en el momento en que uno se siente más hundido, es cuando está realizando la redención. La Palabra encarnada que nace en Belén, ahora se hace Palabra silenciada y rechazada y, Jesús, como “como cordero llevado al matadero”, nos ama  más, no se echa atrás ante el dolor.

Las burlas son también las de sus compañeros de suplicio, blasfemaban contra él, los dos. Una blasfemia deliberada que era “si tú eres el Mesías, el Salvador, sálvate a ti y sálvanos a nosotros”.

Y Jesús como respuesta, calla, calla… Jesús, en la Pasión, va ofreciendo, uno a uno, su Amor incondicional. Nadie te ama como Él.

Es crucificado entre dos malhechores, también esto tiene profundo significado. Lo narran todos los evangelistas. San Mateo y San Marcos nos dicen: “Crucificaron con Él a dos bandidos, uno a su derecha y otro a su izquierda”. San Lucas dice: “Uno de los malhechores crucificado le insultaba… Pero el otro, respondiéndole e increpándolo, le decía…”. No dice la posición en que se encontraban crucificados. San Juan no les pone apelativos, ni de bandidos ni de malhechores, dice: “salió al sitio llamado de la calavera, que en hebreo se dice Gólgota, donde le crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio Jesús”.

Significado de esta realidad, podríamos pensar que es un dato sin trascendencia, que podía haberse omitido. Tiene mucha trascendencia, mucha importancia.  Pero, ¿cuál es este sentido?

En todo lo que es dolor, sufrimiento, tenemos que distinguir como en la pasión, dos planos. El plano humano, de la voluntad humana y el plano divino, es el plano de Dios, el objetivo de Dios.

En el plano humano, en la Cruz, hay un proyecto y unas manipulaciones humanas, que es lo que más nos cuesta, ser objeto de manipulaciones de otros nos molesta enormemente. Ahora bien, esas manipulaciones humanas el Señor las sabe ordenar a sus fines. Por eso, hay que distinguir esos dos niveles siempre. El manejo humano se ve en la Pasión. Jesús dirá: “El cáliz que me dio mi Padre ¿No lo voy a beber?”. El cáliz se lo preparan sus enemigos y se lo preparan con toda maldad humana. Sin embargo, Jesús contempla que es “el cáliz que me dio mi Padre”.

 

Descubre el latido del Amor del Padre en todas las circunstancias de su  Vida.

En el proyecto humano ellos habían pensado desprestigiar a Jesús y, para eso, convenía que el marco fuera de malhechores, para ponerlo en el  mismo nivel para que quedara desprestigiado. Y así para la agonía de Jesús le dieron esa compañía, los malhechores. No podían imaginarse que de esta manera estaban colaborando al proyecto de Dios, que había predicho por Isaías: “Será contado entre los malhechores”. No sabían que el lugar donde Jesús siempre quiere estar es al lado de los que sufren. Además, están dando signos y expresiones al gran misterio de la redención.

El gran misterio de la redención es, que Él, se ha hecho uno de nosotros, malhechor. Al que no conocía pecado, se hizo pecado, malhechor. El Verbo de Dios hecho malhechor, hecho uno de nosotros, uno en medio de nosotros, para salvarnos. Y los hombres se colocan a su derecha y a su izquierda, como Él anuncia que hará en el Juicio Final. Es una anticipación del Juicio Final, la que se realiza en la muerte de Jesús. Él es constituido Juez Misericordioso y la suerte de cada uno se determina por nuestra postura ante Cristo crucificado.

Todos nosotros estamos representados en esos dos malhechores, todos nosotros somos crucificados, condenados a muerte. Todos crucificados en  la cruz que tenemos cada uno, que llevamos cada día y la muerte es nuestro término y Jesús está en medio de nosotros. Cristo es la mayor declaración  de Amor del Padre a cada persona. Es el “te quiero”, para siempre.

Tenemos que pensar cual es nuestra postura ante los compañeros de peregrinación que el Señor nos pone, aquellos con los cuales estoy crucificado y ellos conmigo. Debemos interpelarnos. ¿Qué hago con ellos?

Jesús calla y se ofrece en silencio en una actitud admirable.

El silencio de Jesús es la palabra que llega hasta el corazón y es la palabra de su Amor silencioso.

Las palabras de Jesús en la Cruz son siete, pero yo, siempre digo que son cinco, porque dos de ellas son recitación de salmos. Las otras cinco son suyas, palabras suyas. Incluso, yo diría que hay una “Octava Palabra” de Jesús que es la herida de su Corazón abierto. Su Corazón está siempre abierto. Por ello, he querido darle a cada Palabra de Jesús, la expresión de que está “herido de Amor” y todas ellas se explican al abrir su Corazón la lanza (Jn 19).

Esas palabras de Jesús nos revelarán los matices de su Amor Redentor. Jesús levanta su voz con un grito de oración y de perdón.

 

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

La herida abierta del perdón

 

Son notas de lo que es verdaderamente propio de Jesús o, al menos, apropiado por Jesús, cuando se dirige a Dios con la palabra “Abba”, que era exclusivo de Jesús.

Empieza por ese grito, “Abba”, papá perdónalos, que no saben lo que  hacen. Es maravilloso. Querido Papá, Abba, es la ternura de Jesús en las manos de un Padre bueno. Recuerdo que volviendo de Tierra Santa, de una de las Peregrinaciones realizadas desde mi Diócesis, un niño judío vino diciendo, casi todo el trayecto, en el avión, abrazado a su padre, Abba, Abba… y me recordaba estos momentos de Jesús.

La redención de Cristo es perdón de los pecados, no simple perdón, sino perdón pedido por Cristo crucificado. Pide perdón ofreciendo su vida. Son las intenciones del ofrecimiento de su muerte. Ofrece su vida, había dicho, “para el perdón de los pecados”. Dios no sería Amor si no fuese siempre perdón incondicional. No existe ningún pecado que  limite la misericordia  del Jesús, les decía Juan Pablo II a los sacerdotes de Gran Bretaña.

Pero, Jesucristo pide al Padre perdón para los que le han rechazado, le han azotado, le han crucificado y lo hace buscando una excusa para los que lo han hecho: “Porque no saben lo que hacen”. Evidentemente, no saben cuanto han hecho.

Así lo dice San Pablo: “Si le hubieran conocido, nunca habrían crucificado  al Señor de la gloria”. (1 Cor. 2.8).

Jesucristo, con esta petición de perdón lleva a la práctica la doctrina que tantas veces había enseñado: “Amad a vuestros enemigos y rezad por los que os persiguen”. (Mt. 5,44).

Tenemos que aprender nosotros también este perdón. Muchas veces no acabamos de perdonar del todo. El mayor obstáculo a la vida de unión con Dios es la falta de perdón.

Hay una frase muy ilustrativa del Padre Lacordiere: “Si quieres ser feliz un instante, véngate. Pero si quieres ser feliz toda la vida, perdona”.

Hay aspectos que nos quedan ahí dentro y los acariciamos como resentimientos que guardamos y conservamos. Recuerdo, en un encuentro con chicos de Confirmación que de los nueve que había, siete me dijeron: nos cuesta perdonar; es que no lo vemos ni en nuestra familia ni, tampoco, en la sociedad, ni en nuestros padres hay espacio para el perdón. Estaban perdidos porque no sabían perdonar.

 

Recuerdo el perdón de las hijas de Aldo Moro, político italiano que fue asesinado por las Brigadas Rojas. Las cuatro hijas fueron a la cárcel a visitar  a los asesinos de su padre. En medio de un gran despliegue de cadenas de TV, tres de las hijas no manifestaron nada, pero la última en salir, cuando fue preguntada por el motivo de la visita a los asesinos, les contestó: Hemos venido a perdonar. No se extrañen ustedes, porque lo hemos aprendido de Jesús, en la catequesis de nuestra parroquia.

Ese trato que nos han dado en determinados momentos, determinadas personas. Hay que aprender del Señor el perdón. El perdón que viene del amor, está ofreciendo su vida para el perdón de los pecados. Esa palabra de Jesús lo muestra como triunfador. A los oídos de los sacerdotes, escribas y fariseos, aparece como triunfador. Primero, le llama Abba, lo cual es declararse Hijo, eso no es propio de un hombre cualquiera. Segundo, intercede por los que le torturan, eso no es propio de un malhechor. El justo intercede por ellos, como se dice de Job: “El intercederá por nosotros”.

Por eso, contemplando la escena, con esta poesía anónima decimos:

 

No me mueve, mi Dios para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido

para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte

 clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver tu cuerpo tan herido,

muéveme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,

 que aunque no hubiera cielo, yo te amara,

y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,

 pues aunque lo que espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.

 

“En verdad te digo: Hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43)

La herida de dejarse robar el Corazón

 

Al escucharle, el buen ladrón siente aliento, la palabra debió entrar hasta el fondo de su corazón y la rebelión cede paso a la comprensión, signo del verdadero cambio en el corazón. Se vuelve abierto. Está abierto el camino para el reconocimiento de sus pecados. Ante ese grito de perdón el debió   de pensar: si hasta la acción de sus verdugos se puede perdonar, también se podrá perdonar mi vida, mi pecado. Reconoce sus pecados y se  refugia en  el Corazón del Señor. Esto es creer en su Misericordia, desde Jesús mi vida tiene solución siempre.

Le dice: “Jesús”, le llama con esa familiaridad, como no le llamaban los apóstoles, no le llamaba así, ni su madre en público. Le dice: “Jesús, acuérdate de mí cuando estés en tu Reino”. Cree. Cuando los apóstoles titubean él cree, y le pide solo que se acuerde. No me olvides y soy feliz. Y Jesús le dice: “Hoy mismo estarás conmigo en el paraíso”.

La redención es ponernos con Cristo y creer en el perdón de los pecados. “Estarás conmigo hoy mismo”. Es la reconciliación, la unión con Cristo. Preciosamente, San Agustín, se asombra al ver que el buen ladrón reconoce en el Crucificado al Salvador, a su salvador y, se dirige al ladrón y le dice: Pero ¿es que has escrutado las Escrituras mucho más profundamente que todos los doctores de la Ley que rehusaban creer en Él? Y se hace responder del buen ladrón: No, absolutamente no. Yo no he estudiado las Escrituras. Pero, Él me ha mirado y en esa mirada lo he entendido todo. Esto es propio de un cristiano maduro en la fe. Nadie me ha mirado y amado como Él. Así  lo recordaba José Luís Martín Descalzo en su famosa novela: “Las prostitutas os adelantarán en el Reino”.

“Estarás conmigo”. Si quieres venir conmigo has de sufrir conmigo y tu hoy estarás conmigo y eso será el paraíso. El estar con Cristo es dulce paraíso. La Redención es estar con Cristo en el Paraíso. Sin Jesús nos perdemos lo mejor de la vida. La felicidad, hoy, es ser de Cristo. Sin Jesús, todas las fiestas acaban apagando sus luces.

El buen ladrón, que en un principio blasfemaba junto con el otro ladrón, contra Jesucristo, escucha las palabras de Jesús dirigidas al Padre,  solicitando el perdón para los que le habían crucificado, se queda en silencio y deja de proferir blasfemias e insultos. Se da cuenta y se abre al reconocimiento de sus pecados y sus ojos, que miran al Crucificado, se han llenado de Él.

 

En el final de sus días, su vida se ha convertido en escucha de la Palabra  del Señor, de la palabra crucificada.

Se ha llenado de la belleza de la Cruz de Cristo. Eso es lo que le hace pronunciar aquellas palabras: “Jesús, acuérdate de mi cuando llegues a tu Reino”

 

 

“Mujer, mira a tu hijo. Hijo, mira a tu Madre” (Jn 19,26)

La herida del Amor entregado

 

Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblas hasta la hora nona. Es un fenómeno que suele darse en Palestina en el mes de Abril y  lo  provoca el viento sur negro, que produce un oscuro rojizo de arena. Las tinieblas envuelven el Calvario. Imagen, por otra parte, real ya que sin Jesús todo permanece en oscuridad y tinieblas.

Vamos a fijarnos ya en la otra palabra preciosa dirigida a María. Es un modelo al que debemos contemplar.

La postura siempre discreta, en lo más normal de la vida diaria y en medio de las otras mujeres que están ahí, estaban también al pie de la Cruz, su Madre, “la mujer que creyó que para Dios nada hay imposible”

Un grupo de mujeres, y María entre ellas, como las demás.

Las grandes misiones se cumplen en la naturalidad de la sencillez diaria. Y ahí se cumplen en ese marco.

María está de pie, no desmayada, en pleno ejercicio de su misión, unida al Redentor, la nueva Eva. Y tiene esa penetración del misterio, como revelación y obra del Amor de Dios.

En ella no hay gestos de lástima o de petición de que baje de la  Cruz. María está cumpliendo su misión con inmenso dolor, pero con una penetración del misterio que está sucediendo y que Juan nos cuenta. En ese momento Jesús se dirige a ella y le dice: Mujer, ¡mira a tu hijo! No simplemente mujer ahí tienes a tu hijo.

La misma expresión que dice San Juan Bautista cuando dice: “Ahí está el Cordero de Dios” ¡Mira el Cordero de Dios! Les dice: no considerarlo como Cordero de Dios, es esa mirada penetrante de fe que va más allá de lo que captan los ojos, ¡Mira el Cordero de Dios! Cuando levantamos la Hostia decimos: “Este es el Cordero de Dios”. Y la forma más exacta sería: ¡Mirad este Cordero de Dios! Es mirada de fe. Ella escucha lo que le dicen a Jesús: “Bájate de la Cruz”.

 

Menos mal, Señor, que no te bajaste de la Cruz. ¿Qué sería de nosotros si te hubieras bajado de la Cruz? Cuantos hombres y mujeres que siguen crucificados por la muerte, la enfermedad, el paro, en todas las crisis  y no  se bajan de la cruz. ¡Menos mal que no te bajaste de la Cruz! Ayudas a los que están  crucificados en la enfermedad, en la muerte de un ser querido,  en no poder llegar a fin de mes.

Él dice: Mujer, ¡mira a tu hijo! Y luego le dice a él, ¡Mira a tu madre! Ella es tu Madre. Es el matiz profundo de este momento, del momento de la redención. ¿Qué nos revela esta palabra?

Y proclamar a María, Madre, no es decirle simplemente “Tómalo como hijo”, sino ¡es tu hijo! ¡Está naciendo tu hijo! Así como la Carta a los  Hebreos, dice que Jesús fue perfeccionado por la pasión. Y fue proclamado sumo sacerdote según el rito de Melquisedec. María en su maternidad fue perfeccionada en la pasión y proclamada Madre nuestra.

Desde ese momento el discípulo la toma entre los suyos,   el constitutivo de ser discípulo de Cristo. No es que la considera como Madre, sino la toma entre los suyos, somos hijos.

Por eso no podemos ser cristianos sin ser marianos, como decía Pablo VI. Orígenes, hace un comentario precioso, sobre María junto a la Cruz. Nadie puede percibir el sentido del Evangelio de San Juan si no ha descansado sobre el pecho de Jesús, o si no ha recibido, de Jesús, a María como Madre suya.

De tal manera es necesario que sea tal y tan grande que sea otro Juan para que como Juan, también este sea mostrado por Jesús que es Jesús. Porque  si no hay ningún Hijo de María sino Jesús, y Jesús dice a la Madre: “He ahí a tu hijo”, y no mira a otro hijo, es como si le dijese: “Este es Jesús a quien Tu engendraste”.

 

 

“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mc 15,34)

La herida de la noche oscura

 

Otra palabra de Jesús es experimentar el abandono en el dolor. Esta frase es la que cita del Salmo 21. Aquí, muchas veces se hacen elucubraciones llegando a cosas increíbles, sobre el abandono de Jesús.

No es eso lo que Jesús proclama, sino es: ¿Para qué me has abandonado? Dios mío, Dios mío. No dice Padre. Jesús, simplemente recita el salmo del momento de angustia.

 

Como nosotros tenemos algunos salmos o cantos para determinadas circunstancias.

Muchos judíos tenían para los momentos de dolor el Salmo 21: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has abandonado?”.

Algunos judíos, también lo recitaron cuando entraron en el campo de concentración de Auschwitz.

Jesús reza ese salmo, lo proclama. Se consideraba mesiánico, por tanto es indudable que, en el Mesías, tiene una profundidad especial que es la de su situación mesiánica, en ese momento en que está cargado con el pecado  del mundo. El no siente quizá, en su interior, la presencia del consuelo del Padre y sí siente la presencia y la gravedad del pecado, y en ese pecado lo que siente es, no que el Padre le abandone, que no lo ha hecho nunca, sino lo que experimenta es, como el pecado se aleja de Dios, rechaza a Dios. Y,  en ese sentido, clama su estado y su situación con ese sufrimiento, pero recitando ese Salmo 21.

¿Por qué me has abandonado? Lo dice con la fuerza de su situación real. Cuando  uno  recuerda tantos pecados de  la Iglesia, en estos   momentos, experimenta que el mismo Cristo, en su cuerpo, que es la Iglesia, vive este inmenso dolor, como decía el Papa Francisco, de no ser coherente con las exigencias del Evangelio.

La Iglesia es humilde cuando reconoce los pecados que tanto hieren el Corazón de Dios, de sus hijos predilectos.

 

 

“Tengo sed” (Jn 19,28)

La herida de la sed de Amor

 

¿Sed de qué? “Tengo Sed”. Como le dice a la samaritana (Jn,4), sed de tu amor, sed de redención, de salvación, sed de amor.

Si la Palabra anterior es la culminación de la obra de Cristo que es la constitución de la Iglesia al pie de la Cruz, la nueva humanidad,  la generación nueva. Se ha cumplido lo que Él tenía que hacer. Y ahora dice: “tengo sed” y con este “tengo sed”, comienza la indicación de la acción del Espíritu Santo que es evangelizar y saciar a todos, especialmente a los más pobres, con el Amor de Jesús.

Es decir, tengo sed de dar el Espíritu. Por lo tanto, sed de dar a esa Iglesia constituida al pie de la Cruz, el Espíritu Santo.

En el fondo es otro matiz de la redención, ¿Qué hace la redención?

 

Nos da el Espíritu. Por la redención de Cristo recibimos el Espíritu Santo. Tengo sed de dar el Espíritu. A esa voz corresponde una incomprensión. Como en el caso de la samaritana, cuando Jesús habla de un agua que él puede dar, ella entiende de un agua material y le dice ¿Cómo me vas a dar agua si no tienes con que sacarla y el pozo es hondo?…

Pues aquí, de una manera parecida, ante esta petición de tengo sed de dar el Espíritu, la interpretación es de la sed material y entonces le dan de beber vinagre que había allí.

El vinagre se usa para limpiar la sangre. Para limpiarse las manos después de la ejecución. Entonces, al gritar el “Tengo Sed”, entendiendo puramente material, toman una de aquellas esponjas y se la ofrecieron. A esta sed de Jesús, con una respuesta cruel le dan vinagre en aquellas heridas abiertas.

La sed de Cristo es la sed de la fuente: si una fuente tuviera sed, tendría sed de que vinieran a beber del agua que mana de ella. ¡¡Que bien lo ha expresado un poeta de nuestro tiempo!!:

 

“De noche, vemos de noche; sin luna, vemos sin luna,

que para encontrar la fuente solo la sed nos alumbra”.

(Luis Rosales)

 

 

“Está cumplido” (Jn 19,30)

La herida de amar hasta el extremo

 

Cumplido se refiere, no sólo al cumplimiento de las profecías, significa el cumplimiento de la obediencia al Padre, del encargo que le había hecho el Padre.

He terminado la obra que me encomendaste: ¡Todo está cumplido! La obediencia se lleva hasta el término. Lo que había dicho: “Habiendo amado a los suyos, los amó hasta el término, hasta el extremo”. Lleva a término el amor a los suyos. ¡Todo está cumplido!. Obedecer hasta dar la vida y amar a los hombres. Se ha llevado todo hasta el final, el extremo es su Amor ofrecido incansablemente.

Lo que el Padre le encomendó ya está hecho: “Todo está cumplido”. El Evangelista lo recoge diciendo que Jesús da la vida llevando hasta el  extremo su amor por ti y por mí.

 

“Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc.23,46)

La herida de la aceptación

 

De nuevo es la cita del salmo que rezamos en Completas, cada día: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu, el Dios leal nos librará”. Sólo aquí está apropiado.

Allí, dice Tú el Dios fiel, aquí dice: Abba, Padre en tus manos encomiendo mi espíritu.

Es el abandono confiado en que la obra de la redención la deja en manos del Padre y de su Iglesia. La confianza que sostiene toda su acción  redentora. El Señor se fía de mí, confía más en mí que yo en Él. Inclinando la cabeza entregó el espíritu.

Ese inclinar la cabeza indica el sí pronunciado voluntariamente, deliberadamente, el gran sí de Cristo a la voluntad del Padre. El sí de la donación de su vida, el amor. Inclinó la cabeza, dio su sí. Se sometió al Padre.

Él ama e inclinó la cabeza dando ese sí cósmico, inclinando la cabeza hacia María y Juan, hacia la Iglesia. Inclinando la cabeza entregó el espíritu.

No  sólo  murió,  expiró,  sino    que  entregó  el  espíritu,  el  Espíritu  Santo. Comunicó el Espíritu Santo.

San Juan, ve pues así la muerte de Jesús inundada de su glorificación en esa mirada. La humanidad de Cristo inmolada, glorificada como comunicación del Espíritu a través de esa humanidad de Cristo.

Muriendo entregó la vida, muriendo Él, nos da la vida. Inclinando la  cabeza entregó el Espíritu.

Esto lo volverá a repetir como con una insistencia, como de una constante aquí, lo dirá en este momento, “Inclinando la cabeza entregó el Espíritu”. Muriendo dio la vida, entregó la vida nueva, el espíritu.

 

 

“Octava Palabra”

La herida del Corazón Abierto

 

Luego dirá: “Del costado de Cristo brotó sangre y agua”. (Jn,19) Derramamiento de la sangre, entrega de la vida y don de la vida nueva, el agua. La sangre y el agua. Lo mismo, luego en la vida resucitada, mostrando sus llagas dará el Espíritu Santo. Recibir el Espíritu Santo que nos viene de la humanidad glorificada de Cristo.

 

De lo que es entregar el Espíritu, sin quitar evidentemente el otro significado de decir que muere, quiere indicar que en su acto de morir da el Espíritu. Es la muerte: “El que entrega su vida la encontrará, el que pierda su vida la ganará”. Siempre lo repetirá Él.

El que entrega su vida mortal da vida, dar la vida por amor, el amor que da la vida es vivificante. Dando la vida, da vida al mundo, da vida a la Iglesia, da vida nueva a María y a Juan. Es como la anticipación de Pentecostés.

Quiere indicarnos que el don del Espíritu al mundo, nos viene por la inmolación de Cristo que entrega su vida a los hombres.

Queridos hermanos: Con todos mis sentimientos y con los ojos del alma mirando al Santísimo Cristo de las Mercedes, titular de la Cofradía de las Siete Palabras, y con mi corazón abierto hacia vosotros, vallisoletanos, que ha ya tiempo me acogisteis en vuestros corazones, voy a terminar y lo voy a hacer pidiendo prestados los versos al poeta:

 

“Delante de la Cruz los ojos míos,

quédenseme, Señor, así mirando,

y sin ellos quererlo estén llorando

porque pecaron mucho y están fríos.

Y estos labios que dicen mis desvíos quédenseme,

Señor, así callando,

y sin ellos quererlo estén rezando

porque pecaron mucho y están impíos.

Y así, con la mirada en Vos prendida.

Y así, con la palabra prisionera,

como la carne a vuestra Cruz asida,

quédeseme, Señor, el alma entera.

Y así clavada en vuestra Cruz mi vida,

así, Señor, cuando queráis me muera”

(Rafael Sánchez Mazas)

 

 

Muchas gracias.

 

 

+ Francisco Cerro Chaves Obispo de Coria-Cáceres

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