Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXXVI)

Hacia las cumbres.

En el mes de octubre de 1734, el H. Bernardo comenzó a estudiar cuarto curso de Teología, último de su carrera sacerdotal en el orden académico. Una serena y profunda alegría iluminaba su alma sencilla. La publicación del libro Tesoro Escondido, por la que tanto había luchado; el ánimo de sus Superiores, cada vez más decididamente favorable a sus empresas; el arraigo lento, pero seguro que la devoción al Corazón de Jesús iba adquiriendo en España; la satisfacción indiscutible que directamente brotaba del hecho mismo de su juventud ilusionada y pura, eran para él motivos sólidos del más elevado consuelo.

 

Pronto se disiparía también un leve sentimiento de contrariedad que experimentó este curso ante la idea de que quizá no fuese él tan afortunado como sus compañeros de estudios, los cuales, según la costumbre establecida en la Compañía, recibirían las Sagradas Ordenes enseguida, sin esperar a que terminase el año escolar. El H. Bernardo no tenía la edad exigida por el Derecho Canónico y vivió algunas semanas sumido en la incertidumbre de si los Superiores considerarían conveniente, o no,  solicitar de Roma la necesaria dispensa. Fue esta solicitada, y una vez obtenida sin ningún género de dificultad se entregó humilde y fervoroso a la tarea de preparar su espíritu para el supremo acontecimiento de su vida en la tierra, la ordenación sacerdotal prevista y determinada desde ahora para los primeros días de enero del próximo año de 1735. El corto periodo del 34 que tenía delante de sí en el momento en que le hemos situado, sería para el H. Bernardo una continua vigilia de fervor en que se sumía su alma.

 

Él mismo la ha descrito con la sorprendente minuciosidad que era habitual en las cuentas de conciencia que daba a su Director, el Rvdo. P. Loyola. Junto a la alegría inmensa por el don que iba a llegar, el sentimiento de la indignidad propia que su modestia le dictaba. Sufría y gozaba. Se consumía en anhelos por llegar y se espantaba de la altura a que tenía que ascender. El Señor permitió que, durante todo el Adviento sintiera sobre sí, junto a la natural alegría de la plenitud tan próxima, el dolor lacerante de una mística corona de espinas clavada en su corazón para aleccionarle sobre el sentido de holocausto e inmolación absoluta con que debía entrar en el Sacerdocio.

 

“Explicome el amable Salvador la estimación con que debía tener esta corona, y agradecerla como una de las grandes prendas y señales de su amor para conmigo; y me añadió que con ella aprendería a compadecerme de su amado Corazón. Y esto que decía, lo obraba en mi alma; porque no son ponderables los afectos de agradecimiento con que mi espíritu besaba la mano que tan dolorosamente le favorecía, siendo cosa suya ver tanto gozo en mi flaqueza entre las penas más terribles; ni tampoco son decibles las altas exclamaciones con que mi corazón se condolía y compadecía del de Jesús, conjeturando la infinidad de sus penas por la grandeza de las mías, infinitamente menores que las suyas. De aquí que brotaban mil afectos de compensar sus injurias, aliviar sus dolores, etc.”.

 

Nada de cuanto aquí pone puede parecer extraño al que ha seguido atentamente el curso de su vida espiritual. Son las mismas características de siempre, acentuadas ahora por intervención del mismo Dios ante la inminencia de la total consagración de su persona. Cuando escribe esto es en diciembre. Tiene el H. Bernardo 23 años, cumplidos en agosto. Va a ser sacerdote muy pronto. El muchacho angelical de Torrelobatón, el joven Novicio de Villagarcía, y Medina del Campo, el Confidente del Corazón de Jesús en San Ambrosio de Valladolid, el alumno de Teología que va a recibir ahora las Sagradas Órdenes, es siempre el mismo. Un alma ofrecida y aceptada. Los ímpetus de amor y de dolor le han acompañado sin interrupción. Él ha venido al mundo para esto, y se comprende. Tratándose de una devoción como la del Corazón de Jesús, Dios no parecía elegir como instrumento principal más que un alma que se pasara la vida sufriendo y amando. Al llegar a la cumbre, también tenía que ser más fuerte que nunca el dolor y la alegría.

Don Marcelo González Martín.