Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXXIV)

Incidencias diversas en la publicación del Tesoro Escondido.

 

 

En un capítulo anterior nos hemos referido al gozo extraordinario de que se sintió inundado el H. Bernardo cuando por fin logró que el P. Loyola redactase el original del libro tan ardientemente deseado. De la publicación del mismo esperaba uno y otro, más todavía el H. Bernardo, consecuencias muy provechosas. En octubre de 1733 el manuscrito estaba ya listo para ser enviado a la imprenta. Pero mil pequeñas incidencias retrasarían aún su publicación y servirían  para que el joven estudiante diese nuevas pruebas de su especial capacidad y de sus exquisitas virtudes.

 

Primeramente fue sometido el escrito al examen de los censores de la Compañía, los cuales, tras dos meses de estudio severo y minucioso exigido por la novedad de las ideas contenidas dieron su aprobación. No pareció suficiente este voto favorable al Rvdo. P. Provincial, quien, deseoso de asegurarse más y más, quiso ampararse también en la autoridad de la censura romana, y a tal fin, envió el manuscrito a Roma en los primeros días del año 1734. El H. Bernardo sufría pacientemente estas dilaciones y confiaba en una resolución satisfactoria. En marzo llegaba por fin, favorable también, la respuesta de Roma.

 

Pero inmediatamente surgió una nueva e inesperada dificultad. El celoso P. Calatayud, cediendo a las presiones repetidas del propio H. Bernardo, imprimió en Murcia por estos mismos días, para repartirlo en sus misiones, un librito titulado: Incendios de amor sagrado, respiración amorosa de las almas devotas con el Corazón de Jesús, su enamorado. Tan pronto fue tener noticia de ello el P. Provincial como desistir de la publicación del Tesoro Escondido, pues juzgaba que no era necesario un segundo libro sobre la misma cuestión. El H. Bernardo sufrió con esto un duro golpe en sus aspiraciones y durante varios meses hubo de instar con tan ejemplar perseverancia como respetuosa paciencia hasta que por fin logró convencer al Provincial, que lo era el P. Manuel de Prado, de que el librito del P. Calatayud no era suficiente para explicar debidamente la nueva devoción, ni mucho menos satisfacer los anhelos de tantas almas que deseaban rendirse amorosamente a sus fines.

 

Obtenidas las licencias de la Orden, aún había que superar no leves dificultades. El libro había de imprimirse en Valladolid, y sucedía que el Obispo de la Diócesis, a la sazón el Iltmo. Sr. D. Julián Domínguez Toledo, eximio escriturista se encontraba en muy pocas gratas relaciones con la Compañía de Jesús por causa de anteriores disgustos con determinados miembros de la misma. Era además -nos dicen todos- muy poco amigo de devociones nuevas.

Habiendo fallado otros intentos, el H. Bernardo acudió al P. Villafáñez para rogarle que solicitará él del Sr. Obispo el permiso necesario. Precisamente era el P. Villafáñez -y así se lo hizo constar al fervoroso estudiante- “uno de los más ofendidos en la aversión con que miraba y trataba a la Compañía el Sr. Obispo”.

 

“Respondiole el joven -dice el P. Loyola- que no lo ignoraba, pero que el Sagrado Corazón de Jesús quería que él cargase con aquella solicitud, y no había más remedio sino bajar los hombros; estuviese cierto el mismo Corazón le pagaría bien lo que, despreciando molestias y sonrojos, hiciere en su servicio; mas, que él tenía por seguro ser esta una traza admirable de la Divina Providencia para devolver al Sr. Obispo a su antigua amistad con la Compañía y ganarle para la causa del amoroso y dulcísimo Corazón”.

 

Así sucedió, en efecto. El venerable Prelado recibió amabilísimamente al P. Villafáñez, hizo las paces con él y con la Compañía, dio la licencia para la impresión del libro, y concedió indulgencias a quienes lo leyesen. Como las concedieron también, porque el mismo H. Bernardo supo mover a quienes eficazmente podían conseguirlas, los Obispos de Burgos y Segovia, el Patriarca de las Indias, y el Cardenal Aquaviva, que era entonces Nuncio de su Santidad en España.

 

Así autorizado y enriquecido el libro, lo presentó el H. Bernardo a mediados de septiembre en los talleres del impresor Alonso de Riego, con encargo de que lo publicase lo antes y lo mejor posible. En octubre lo tenía ya en sus manos y como él mismo escribía “no se cansaba de mirar y remirar aquellas armas, al parecer débiles, pero templadas en verdad para obtener el triunfo y reinado del Corazón de Jesús en toda España y en sus dominios por ambos mundos”. Esta es la primera vez que la pluma del H. Bernardo hace una bien clara alusión a ese Mundo Hispánico de Oriente y Occidente, en el que ojalá llegue a reinar algún día el Corazón de Jesús.

 

El libro alcanzó muy pronto ocho ediciones, cada vez más numerosas. El H. Bernardo se dedicó a propagarlo con empeño igual al que había puesto para lograr su impresión.

Don Marcelo González Martín.