Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXVIII)

Empieza a actuar el apóstol

 

 

Hasta aquí el P. Hoyos había sido el confidente privilegiado del Corazón de Jesús. De ahora en adelante, empezaría a ser el apóstol de la nueva devoción. Tarea mucho más difícil que la primera porque siempre es más ingrato tratar con los hombres que con Dios.

 

¿Cómo iba a ser recibida la buena nueva de que él era portador? ¿Cómo interpretarían unos y otros el encargo amoroso que Cristo mismo le había confiado? A él… un joven estudiantillo de Teología… completamente desconocido fuera del ambiente casi monacal del Colegio de San Ambrosio… El H. Bernardo no desconocía las dificultades de la empresa. Pero se advierte en él -y este es otro síntoma de que anda por el medio una fuerza sobrenatural- una serenidad de ánimo extraordinaria,  una confianza tranquila y hasta gozosa, y, lo que es más significativo, una prudencia y acierto insuperables en la elección de los medios oportunos para que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús en España empiece a propagarse.

 

Debemos recordar con cariño y hasta con emoción estos primeros pasos, cuyo eco no se ha perdido todavía. Por el contrario, se ha amplificado hasta envolvernos a todos en su sonoridad llena de alegría y de consuelo. La devoción al Corazón de Jesús ha arraigado profundamente en el pueblo español y de modo particular en esta vieja ciudad de Valladolid que se honra con poseer el Santuario Nacional de la Gran Promesa.

 

Dos fueron los medios que ideó inmediatamente el H. Bernardo para conseguir que triunfaran sus propósitos.

 

“El primero, trabajar en orden a que se concediera la fiesta del Corazón Sagrado a nuestra Provincia de la Compañía de Jesús en Castilla para que de aquí se derivase insensiblemente a las demás de España; en lo cual no hacía más que acceder u obedecer la voluntad de su amor Jesús, bien declarada en su visita del 5 de mayo al animoso joven. El segundo medio era ensayar y promover prácticamente el culto y ejercicio de la misma devoción cuanto fuera posible en algunas personas particulares, cuyo ejemplo de autoridad sirviera de estímulo y de fianza para cuantos la llegasen a conocer” (Vida, p. 251).

 

Había de pasar aún bastante tiempo para lograr en Roma una respuesta favorable, toda vez que existían fuertes impugnaciones de la nueva devoción suscitadas particularmente en Francia como derivación del espíritu jansenista. El vecino país había sido la cuna del sagrado culto y ya para estas fechas de 1733 habían sido establecidas, merced al celo del P. Gallifet, muchas congregaciones del Sagrado Corazón. Roma vigilaba prudentemente la marcha de los acontecimientos y evitaba toda precipitación que pudiera traer funestas consecuencias.

 

Por lo cual, el H. Bernardo se dedicó con toda intensidad a lo que podríamos llamar trabajo privado, en el cual tuvo éxito rotundo e inmediato, augurio feliz de los que vendrían después.

 

La causa principal, entre las de orden humano, de estos éxitos en la conquista de adeptos es sin duda el fuego interior que a él le devoraba. “Yo no salgo del Sagrado Corazón –escribía por entonces el P. Loyola -; allí me encontrará Vuestra Reverencia”.

 

Y porque efectivamente no salía, sino que vivía cada vez más sumergido en aquel océano de amor, tuvo una fuerza irresistible para convencer y arrastrar a los demás a que participasen de las mismas delicias. “Yo admiro como prodigio, escribe el P. Loyola, este sagrado ardor con que hombres doctos, prudentes, autorizados y de superiores talentos, se dejaron mover de un joven de pocos años a una devoción nueva y desconocida. Entre estos jesuitas hubo Provinciales, rectores, maestros, predicadores, misioneros; en fin, los primeros hombres de nuestra Provincia de Castilla. Pero como el Sagrado Corazón respiraba sus llamas y ardores por la boca y la pluma de nuestro joven, no podía resistir la prudencia y sabiduría humana” (Vida, p. 252).

 

No hay, ciertamente, otra explicación si se prescinde de esta impresionante entrega del H. Bernardo al gran ideal que Cristo mismo alimentaba dentro de su alma. Su fuego disipaba todas las frías prevenciones de la razón y arrojaba llamaradas de luz. Por eso se rendían ante él.

Don Marcelo González Martín.