Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXVII)

Así lo entendió el P. Hoyos

 

 

Seguimos refiriéndonos a lo que con gozo comprensible hemos llamado “la Gran Promesa”. La de que el Corazón de Jesús ha de reinar en España con más veneración que en otras partes.

 

Decíamos en el capítulo anterior que muchos españoles puestos a considerar el precioso tesoro que se encierra dentro de esas palabras divinas, se han fijado con demasiada exclusividad en el aspecto halagador de las mismas y de tal manera exageran el perfil amistoso que innegablemente tienen, que casi casi pretenden convertir al Divino Rey que las pronunció, en un ciudadano más de nuestra Patria. Esto no es admisible. Ni lo tolera la Teología Católica, ni se desprende de la promesa, ni sirve gran cosa para orientar nuestra piedad debidamente. Una cosa es que Jesucristo quiera tener especiales complacencias en un lugar determinado de la tierra, supuestas siempre ciertas condiciones y en orden a ciertos fines y dentro de la natural armonía de sus propósitos de universal Redención manifestados en el Nuevo Testamento, y otra muy distinta el que los ciudadanos de ese país escogido, cediendo a la presión de una psicología colectiva singularmente apta para las vibraciones del patriotismo ardiente, se detenga con morosa delectación espiritual en lo que no es más que una parcial manifestación de los favores prometidos. Veamos como reaccionó el P. Hoyos ante las palabras del Corazón adorado de Jesús.

 

El día 3 de mayo de 1733 es cuando descubre, de manera que parece providencial, el libro del P. Gallifet, De cultu Cordis Iesu.

 

El 4 el Señor le hace saber que le elige para instrumento suyo, en orden a la extensión de este culto. Su naturaleza se siente profundamente turbada ante una merced tan singular.

 

El día 5 ve con claridad, y en su testimonio escrito lo invoca expresamente, que es llamado por Dios para lo mismo que, años antes, había sido escogida Santa Margarita María de Alacoque. “Mostrome -dice- su Divino Corazón todo abrasado en amor y condolido por lo poco que se le estima”. Aparece ya perfectamente dibujado el carácter de la misión que el Señor le confía. Su alma comienza a vibrar ante la idea, pura y exacta de la reparación, de la correspondencia de los hombres al amor divino tan frecuentemente ultrajado.

 

Siguen casi sin interrupción los favores y las comunicaciones del Señor con su siervo. En el mismo plano. Con el mismo carácter. Portadoras de los mismos anhelos.

 

El 10 de mayo, fiesta de la Aparición del Arcángel San Miguel “sentí a mi lado a este Santo Arcángel, que me dijo cómo extender el culto del Corazón de Jesús por toda España, y más universalmente por toda la Iglesia; aunque llegará día que esto suceda, ha de tener grandísimas dificultades, pero se vencerán; que él, como Príncipe de la Iglesia, asistirá a la empresa…”

 

“Después de esto, quedé un poco recogido cuando por una visión imaginaria se me mostró aquel Divino Corazón de Jesús, todo arrojando llamas de amor, de suerte que parecía un incendio de fuego abrasador, de otra especie que este material. Agradeciéndome el aliento con que le ofrecí hasta la última gota de mi sangre en gloria de su Corazón; y para que yo experimentase cuán de su agrado era esta oferta, por lo mucho que se complacía en los deseos solos que yo tenía de extender su devoción por el mundo, cerró y cubrió mi miserable corazón dentro del suyo, donde por visión intelectual admirable vi los tesoros y riquezas del Padre depositadas en aquel Sagrario; el deseo y como ímpetu que padecía su Corazón por manifestarlas a los hombres; el agrado en que aprecien aquel Corazón, conducto soberano de las aguas de la vida; con otras inteligencias maravillosas, en que por modo más especial entendí lo que San Miguel me había dicho”.

 

Creo que debemos tener muy en cuenta estas palabras porque nos ilustran con fuerza singular sobre el mundo interior del que va a recibir el encargo de transmitirnos la promesa para España. Vemos a través de ellas que el alma del P. Hoyos está llena de afanes universales, de vivos deseos de reparación amorosa y de sacrificio total en obsequio al Corazón Divino de Jesús. Esto, es lo que importa. Esto es lo que el español y el francés, lo mismo que el americano y el asiático, deben captar bien al tratar de comprender la nueva devoción. Esto es en lo que de modo especialísimo está constantemente fijándose el P. Hoyos. No nos perdamos en un detalle accesorio, olvidando lo principal.

 

Llega el día 14 y ¿qué sucede? Observemos la serenidad del confidente de Cristo, la ausencia de toda aparatosa declamación, el lugar que ocupa la promesa dentro del conjunto de la visión que tiene el Siervo de Dios, la lógica necesidad, exigida por la narración misma, de que al pensar en ella la situemos en su justo lugar. No desconozcamos, no, lo mucho que significa. Pero pensemos más en lo prometido, en lo que con vivísimas instancias nos pide Jesucristo. Dice así el P. Hoyos: “Después de comulgar tuve la misma visión referida del Corazón, aunque con la circunstancia de verle rodeado de la corona de espinas y una cruz en la extremidad de arriba, ni más ni menos que le pinta el P. Gallifet. También vi la herida por la cual parece se asomaban los espíritus más puros de aquella sangre que redimió al mundo. Convidaba el Divino Amor Jesús a mi corazón se metiese en el suyo por aquella herida, que aquél sería mi palacio, mi castillo y muro de todo lance. Y, como el mío aceptase, le dijo el Señor:

 

‘¿No ves que está rodeado de espinas y te punzarán?’ Que todo fue irritar más al amor que, introduciéndose en lo íntimo, experimentó eran rosas las espinas. Reparé que además de la herida grande, había otras tres menores en el Corazón de Jesús; y preguntándome si sabía quién se las había hecho, me trajo a la memoria aquel favor con que nuestro amor le hirió con tres saetas. Recogida toda el alma en este camarín celestial, decía: Este será mi reposo para siempre: aquí habitaré donde he deseado y  elegido (Sal 131,14). Dióseme a entender que no se me daban a gustar las riquezas de este Corazón para mí solo, sino que por mí las gustasen otros. Pedí a la Santísima Trinidad la consecución de nuestros deseos; y pidiendo esta fiesta en especial para España, en que ni aún memoria parece hay de ella, me dijo Jesús: ‘Reinaré en España y con más veneración que en otras partes’”.

 

Maravillosa promesa. Nos llena de alegría y de consuelo. Pero nos exige mucho. Nos pide, de acuerdo con lo anteriormente manifestado, de acuerdo con el carácter que el mismo Cristo quiere imprimir a la devoción, de acuerdo con el espíritu con que la asimiló el P. Hoyos, que prestemos atención constante, esmerada y fervorosa, al amor que debemos a Cristo ofendido en su caridad con los hombres, que practiquemos las virtudes de la oración y la penitencia, que vivamos en gracia, que amemos mucho al Corazón rodeado de espinas y con una cruz en su extremo superior. Esto es lo primero y principal…lo demás vendrá por añadidura.

 

El P. Hoyos, a partir de este día, se dedicó a trabajar cuanto pudo para que en España se conociera y propagase la nueva devoción. Estimó en lo que valía la promesa. Pero no la desorbitó. Tuvo mucho empeño en que los españoles viviesen prácticamente las características normativas del nuevo culto. Por ese camino podría venir lo demás.

 

Nos parece que en el Santuario Nacional de la Gran Promesa de Valladolid se cumplen perfectamente los deseos del Corazón de Jesús y del P. Hoyos. En él hay reparación, expiación y amor. De él brotan irradiaciones muy puras. Al fomentarlas más y más se ponen los fundamentos para la realización de la promesa.

Don Marcelo González Martín.