Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXV)

El hallazgo del libro del P. Gallifet, el 3 de mayo y las palabras que “clara y distintamente” le dijo el Señor en el momento de comulgar al día siguiente dejaron al H. Bernardo sumido en una ansiedad que hubiera llegado a ser aniquiladora si Dios no hubiese querido satisfacerla con sucesivas revelaciones. Tenemos que darnos cuenta de lo que significa esa fecha del 4 de Mayo de 1733 en la historia de una vida tan particular y misteriosa como la de este hijo de Castilla.

 

El muchacho angelical de Torrelobatón, el novicio de Villagarcía, el estudiante de Filosofía de Medina del Campo, el joven teólogo del colegio de San Ambrosio de Valladolid, ha venido al mundo con una misión. El no sabe cuál es; pero todo en su vida ha ido entrelazándose con magistral y soberana perfección para testimoniar que Dios ha escrito en su frente un destino arrebatadoramente hermoso y singular.

 

Su humildad no le ha permitido ni presentirlo siquiera. Pero la luz no necesita de extraordinarios auxilios para imponerse a las sombras. Se impone ella sola por sí misma, sencillamente porque es luz. En el alma del H. Bernardo, pedestal de la modestia y vacía de toda presunción, entra torrencial y repentinamente en esta mañana del 4 de mayo una luz que será resplandor que ilumina y a la vez incendio que abrasa.

 

¿Qué es esto, Dios mío? Hubiera podido exclamar, atónito y humildísimo, el afortunado joven. ¿Qué queréis decir, Señor? ¿Yo, elegido por Vos para extender el culto al Corazón Sacrosanto de vuestro Divino Hijo? ¿Yo instrumento vuestro para hacer que lleguen a los hombres los dones y mercedes que en el Amor de ese Corazón laten? Sí, ahora lo comprendo. Yo he sido el viajero que, conducido por una mano oculta, ha ido recorriendo diversos caminos hasta llegar al término del viaje. Etapas del mismo fueron las noches oscuras de mi alma, las mañanas radiantes y gozosas en que me diste a gustar las delicias del amor, el sufrimiento en que me consumía, la paz que me inundaba, la congoja y la alegría, la oscuridad y la luz, la palabra orientadora de los que me dirigieron, la rendida sumisión de su voluntad. Todo, todo cuanto en mí y alrededor brotó en el camino de la vida, lo preparabas Tú, Señor, para esto que se me ha entrado en el alma, hoy cuatro de mayo, como un mensaje del Cielo sin arcángeles intermediarios, de Ti mismo caído sobre mí, de Ti, Señor, que has hablado y has dicho…

 

Así hubiera podido exclamar, si en la expresión de los sentimientos de su espíritu el H. Bernardo hubiera sido aficionado a la retórica, pero no, él era mucho más sencillo y lo único que se limitó a consignar fue esto. “Yo, envuelto en confusión renové la oferta del día antes, aunque quedé algo turbado, viendo la improporción del instrumento y no ver medio para ello. Este efecto fue de la naturaleza; de la gracia fue solo la confusión y resignación”. (Vida, p.246).

 

Esta advertencia última es muy sutil y merece que nos fijemos en ella. Su alma -nos dice- ha quedado confundida y resignada. Confundida porque es humilde, resignada porque es obediente. No es una resignación dolorosa, como la del que se dispone al sacrificio, es aceptación y rendimiento, vasallaje total entregándose en manos del Señor a lo que sea. Nos hace recordar las palabras de la Virgen sin macilla en la casa de Nazaret. Siendo así, se comprende que diga que todo ello era efecto de la gracia. El de la naturaleza era turbación nacida del reconocimiento de su impotencia humana. ¿Quién era él, ignorado estudiante de Teología, recluido tras las paredes sombrías de un Colegio, perdido en el más agobiante anonimato? Del todo inverosímil hubiera podido parecernos el que en las zonas pobres de su ser humano no se hubiese producido una reacción semejante. Yo por mi parte confieso que encontraría un argumento para dudar de la veracidad de estas divinas comunicaciones, si en la primera manifestación que el H. Bernardo hace de las mismas no hubiese dejado traslucir el sentimiento, perfectamente lógico de su debilidad humana y su pobreza. Me hubiera parecido vanidosa presunción o, cuando menos, desequilibrada fantasía. Así, es distinto. El proceso de sus palpitaciones íntimas y el modo de manifestarlas discurren por una vía de extraordinaria serenidad.

 

Aprecie el lector por sí mismo esto que digo en las palabras del H. Bernardo que a continuación transcribo. Pertenecen, como las anteriores, a esa carta suya del seis de Mayo en que da cuenta de lo ocurrido en los días inmediatamente precedentes.

 

            “Todo el día (el cuatro) anduve con notables afectos al Corazón de Jesús; y ayer (el cinco) estando en oración me hizo el Señor un favor muy semejante al que hizo a la primera fundadora de este culto, la V.M. Margarita Alacoque. Mostrome su divino Corazón todo abrasado en amor y condolido de lo poco que se le estima. Repitiome la elección que había hecho de este su indigno siervo para adelantar su culto, y sosegó aquel generillo de turbación que dije, dándole a entender que yo dejase obrar a su Providencia, que ella me guiaría; que todo lo tratase con V. R. que sería del singular agrado suyo que esta Provincia de su Compañía (de Castilla) tuviese el Oficio y celebrase la Fiesta de su Corazón, como se celebra ya en otras partes”. (Vida, p.246).

 

Nada hay aquí de fantástica ensoñación. Hay serena naturalidad, humildad y sencillez; manifestaciones muy concretas, referencias claras y terminantes.

Don Marcelo González Martín.