Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXIX)

Se empieza a hablar públicamente del Sagrado Corazón de Jesús

 

 

No podemos imaginarnos con exactitud lo que fue la vida del H. Bernardo por estos días de la segunda quincena del mes de mayo de 1733. Saberse en posesión de una verdad tan sublime y delicada, conocer libre de toda engañosa ilusión que había sido elegido por Dios mismo para propagar el culto al Corazón Sagrado, ver que podía convertirse en inmediata realidad el objeto único de su existencia… y luego, el comprobar que prendía la llama de la devoción en las almas a quienes él la comunicaba, que la aceptaban con humildad de niños graves y sapientísimos varones, que le pedían datos y le hacían hablar de lo que amaba, que le llegaban cartas de muy diversos puntos de España en súplica de normas y orientaciones para la mejor propagación del nuevo culto… todo esto hacía subir la temperatura espiritual de su alma al rojo vivo y le llenaba de un gozo celestial fuertemente compensador de todos los sufrimientos que había padecido y de los que en adelante habrían de aparecer. Es maravillosa la carrera de un hombre en la vida cuando puede saber con certeza que está sirviendo a Dios en aquello que Dios ama.

 

Dos eran los Jesuitas que por aquellos días se distinguían principalmente como fervorosos predicadores de la palabra de Dios al pueblo católico español. Uno, el Padre Agustín de Cardaveraz; otro, el célebre Padre Calatayud, misionero popular de recia fisonomía apostólica, austero, penitente, dotado de muy poderosa elocuencia en la exposición siempre impresionante de las verdades eternas.

 

Con ambos tenía el H. Bernardo muy íntima amistad, labrada día a día por una incesante comunicación espiritual en que, siendo él el discípulo y ellos los maestros, muchas veces se habían trocado los papeles como consecuencia de la singularísima perfección  a que había llegado el alma del estudiante de San Ambrosio.

 

El P. Agustín residía desde el año 1731 en el Colegio de Bilbao a donde la obediencia le había hecho trasladarse después de una larga permanencia en Valladolid. Precisamente en ese mismo año y en ese mismo mes de septiembre el H. Bernardo había venido a Valladolid desde Medina del Campo. No pudieron verse. No se vieron apenas en su vida. Solo una vez, en esta última ciudad con ocasión de haber ido a predicar allí unos sermones el P. Agustín. En cambio, la correspondencia epistolar entre los dos fue siempre muy frecuente. Puede decirse que el H. Bernardo tenía siempre al corriente a su amado P. Agustín de lo que pasaba en su alma.

 

No es extraño que a Bilbao fuesen dirigidas las primeras cartas que el H. Bernardo escribió exhortando a que se hablase ya en el púlpito -porque había llegado la hora- del Sacratísimo Corazón de Jesús. Precisamente el P. Cardaveraz tenía que predicar aquel año en la capital de Vizcaya el sermón de la Octava del Corpus el 11 de junio. Y, en efecto, atendiendo a los requerimientos de Bernardo a la vez que a las exigencias  de su propio fervor el P. Agustín habló -¡por primera vez en España desde el púlpito!- de las glorias y excelencia del Corazón de Jesús. No conocemos el texto de su sermón. Bástanos saber el hecho. Bilbao, la industriosa y rica ciudad del Norte, muestra hoy con legítimo orgullo el monumento al Corazón Sagrado que se alza majestuoso al final de la Gran Vía; debemos reconocer con humilde satisfacción que la primera piedra espiritual de ese monumento fue puesta el 11 de junio de 1733.

 

El P. Calatayud se encontraba por entonces dirigiendo misiones en tierras de Murcia, es decir, en el extremo opuesto de la península. A él se dirigió el H. Bernardo, con más vivas instancias aún que a su otro maestro y amigo. El apostolado del P. Calatayud era más intenso, más popular, más a propósito para sembrar la nueva semilla. Pero había que proceder con mucho tiento, no fuese a parecer demasiado extraña y por ende contraproducente la devoción que trataban de difundir. Por eso el H. Bernardo se atrevió a dar al experimentado misionero prudentes normas de actuación. “A un misionero -dice- le es más fácil entrarse en los corazones, ya privadamente, remitiendo a los penitentes en la confesión al Sagrado Corazón de Jesús como fuente de la gracia; después introduciéndose insensiblemente por la puerta de esta Arca del diluvio; y en fin convidar abiertamente a los mortales a entrar por esta puerta en el Paraíso del Divino Corazón.

 

Y, si el mismo Jesús atrae al imán de su Corazón los de los fieles, como no lo dudo, se podrá, si de nuestra parte cooperamos, enarbolar en España las banderas de las Congregaciones del Sagrado Corazón de Jesús: lo cual, si bien nuevo en España, no causaría tanta novedad con el ejemplo de 317 Congregaciones fundadas y aprobadas con otros tantos Breves Pontificios de la Cristiandad”.

 

Así aconsejaba el H. Bernardo con palabras muy superiores a las que lógicamente podrían esperarse de un inexperto estudiante. El P. Pedro de Calatayud secundó sus planes con discreción y buen tino. En los pueblos de Murcia se empezó a hablar del Sagrado Corazón de Jesús y a practicar su devoción. Esta fue gradualmente creciendo y, al año siguiente, se erigió precisamente en Lorca la primera Congregación del Corazón de Jesús propiamente dicha de que se tiene noticia en España.

 

Valladolid en el centro, Bilbao al norte, Murcia en el sur: como si Dios hubiese querido que desde el primer momento la devoción al Corazón de Jesús en nuestra Patria tuviese caracteres de universalidad.

Don Marcelo González Martín.