Vida del beato Bernardo de Hoyos (XXII)

De nuevo la paz en su alma

 

 

            Conocemos por el artículo anterior la razón de sus temores. Una congoja mortal afligía su alma y parecíale “que tenía engañados a sus directores y debía desengañarlos, so pena de condenarse, confesando haber sido ficción y mentira cuando les había referido y hecho creer de visiones y revelaciones de Dios”.

 

Debió ser amarguísima la pena que sufrió por este tiempo el H. Bernardo. Lo que hasta aquí había sido uno de los ejes cardinales de su vida espiritual -el trato de favor que Dios le había dispensado- caía roto en mil fragmentos y se desvanecía de repente aquella humilde seguridad que en otro tiempo le había hecho tan feliz. ¿Seré yo un iluso e incluso una víctima de los engaños del demonio? ¿Será todo una fantasía loca favorecida por el clima espiritual en que me muevo? He aquí las preguntas que insistentemente se repetía a sí mismo sumergido en un mar de dudas y confusión.

 

“Y era lo peor, que las mismas ansias que tenía el Hermano Bernardo de no ser engañado, le turbaban más y por permisión amorosa de Dios, le metían en nuevos laberintos. Buscaba en los libros las señales de los espíritus ilusos y parecíale que todas sin excepción se hallaban en él”. (P. Loyola, Vida del P. Bernardo de Hoyos, p. 234).

 

La misma lectura de las Cartas Espirituales de San Francisco de Sales y de la Vida de la Venerable Virgen Dª. Marina de Escobar del P. Luis de la Puente sirvió para aumentar su intranquilidad. Particularmente éste último tenía escritas palabras muy severas sobre los visionarios que parecían directamente aplicables al estado de su espíritu. ¿Qué hacer para hacer de esta horrible incertidumbre que ya se iba prolongando demasiado? El  procedimiento seguido por H. Bernardo constituye una magnífica lección para todos los Directores de almas.

 

1º. Lo primero, discurrir con la razón. “Examinaba con grande atención los EFECTOS que causaban en su alma ‘aquellos favores’ y hallábalos todos sólidos y cuales los desean los místicos más experimentados para calificar de divinas las causas de donde provienen. Tampoco dejaba de conocer que su espíritu procedía con sinceridad delante de Dios y de sus directores; y más, que su alma estaba algo aprovechada en la virtud, merced a estas mismas gracias que ahora le traían tan turbado” (ibid. p. 234).

 

2º. Después, ponerse una vez más con absoluta humildad en manos de los que guiaban su alma. Éstos le recomendaron aceptar aquello como una prueba de Dios y esperar con paciencia el momento en que la luz volviese a brillar. Mientras siguiera cumpliendo fidelísimamente todos sus deberes, no habría miedo de ser víctima de los engaños del demonio.

 

3º. En tercer lugar, la oración, el recurso anhelante y vivísimo al Dios de la paz y de la luz para salir de aquel estado angustioso.

 

El H. Bernardo redobló sus súplicas en esta temporada y aunque no hallaba respuesta a sus gemidos gimió con una constancia heroica en su demanda hasta que logró ver felizmente superada la hora de la prueba.

 

La víspera del día de San Juan Bautista, los tormentos habían sido mayores que nunca. “Pasé -dice él- hecho un mar de lágrimas y aflicciones agudas y penetrantes hasta más de una hora después de haber tocado a acostar, arrojado a los pies de mi Dios y de mi Madre, María Santísima…”. Pero ya la tormenta iba a disiparse muy pronto.

 

Al día siguiente, en la Fiesta del Precursor del Mesías, al recibir a Jesús Sacramentado, su alma empezó a experimentar un indecible consuelo. Se conserva la descripción que de todo ello hizo a su Director, el P. Loyola. Con afectos de fuego habló al H. Bernardo con “su divino Jesús”. Sus expresiones fueron tales que “para que V.R. se haga cargo de ellas sólo las puedo explicar en el papel inciertamente con estas cláusulas”. Y aparece ahora una página, digna de figurar entre las más puras y ardientes llamaradas místicas de San Agustín o Santa Teresa de Jesús.

 

“Amado Dueño -le dije- yo abrazo y acepto con todo mi espíritu esta partecita de vuestra cruz con que me queréis regalar. Sólo deseo, divino Amor estar pendiente de vuestra voluntad. Esta misma seguridad ¿es engaño? ¿Es ilusión? ¿Es aprehensión?… Quitad, quitad, amado Dueño mío, estas vuestras dádivas que sólo han de servir, según mi mala correspondencia, de agravar mi ingratitud. El camino llano y seguro de vuestros mandamientos y de mis reglas quiero… Vos fuisteis por los trabajos; llevadme a mí también por ahí… Pero ¡ay Amor ¿qué es lo que digo…? Yo no quiero escoger camino. Llevadme vos por donde fuere vuestra voluntad; ¿qué sé yo lo que me conviene? Ni este ni otro camino elijo, sino sólo elijo el no elegir, quiero no querer, y sólo deseo con suma indiferencia en vuestras manos”.

 

Así habló el H. Bernardo aquella mañana con el Sacramento del Amor en su pecho. Parecía que Dios estaba esperando la manifestación de estos pensamientos tan hermosos. Disipada la negra oscuridad, pronto una brisa dulcísimo de paz y de amor volvió a refrescar su alma fatigada.

Don Marcelo González Martín.