Vida del beato Bernardo de Hoyos (XVII)

Un condiscípulo que se hace santo.

 

 

En los Seminarios y casas de formación de las órdenes religiosas suele haber, con frecuencia, hechos de una categoría espiritual inmensa que, si se conocieran, causarían asombro y estupefacción. Velados en la penumbra silenciosa de una vida de disciplina honesta y recatada, no trasciende al exterior y a veces ni siquiera llegan a ser conocidos de los moradores que bajo el mismo techo conviven. Nos referimos a la influencia espiritual de unos condiscípulos sobre otros. Amistades purísimas, ejemplos de abnegación y sacrificio. Ideales llenos de nobleza y generosidad que se comunican mutuamente gracias a la continua e íntima convivencia en cosas grandes y pequeñas…Todo esto contribuye de manera eficaz y muchas veces preponderante a la formación del carácter y al anhelo de santidad que durará después toda la vida.

 

 

El hermano Juan.

 

Era éste un estudiante en Teología, condiscípulo del P. Hoyos, en el Colegio de Valladolid. Dinámico, impetuoso, dotado de una gran riqueza de vida, inteligente, enamorado siempre de la altura. Quizá un poco soñador y, por esto, alejado en ocasiones del necesario equilibrio espiritual para aplicar todas sus energías al propósito de santificarse. Venía a ser un poco tibio y menos fervoroso.

 

El P. Hoyos quiso que fuera no sólo un buen estudiante, sino un gran santo. Y lo logró. Hablaban mucho en el tiempo del recreo. Y recordaban días felices del Noviciado en Villagarcía, cuando experimentaban favores de Dios llenos de una dulcedumbre espiritual inefablemente consoladora. El H. Bernardo tenía bien trazado su plan y no perdía ocasión de exhortarle con su palabra y con su ejemplo, siempre dentro de la más cariñosa discreción, a un mayor perfeccionamiento y finura espiritual.

 

Algo o quizá mucho se iba consiguiendo y Dios, esta vez por medio de la Santísima Virgen, tenía que decir la última palabra.

 

 

Víspera de la Inmaculada.

 

Paseaban los dos jóvenes en la tarde del 7 de diciembre y su conversación recayó sobre asuntos espirituales con más calor que de costumbre por la gran fiesta a cuyas puertas se encontraban. Los que hayan vivido en estas casas saben que el gran día de la Inmaculada produce siempre en sus moradores una lluvia intensa de gracias, de alegría, de espiritualización mansa y deliciosa.

 

Notó, pues, el H. Bernardo en su H. Juan no sé que mudanza y suavidad ya desde el principio y que al fin la conversación tenía que interrumpirse porque se iba en dulces y copiosas lágrimas, cuya significación conoció él bien pronto con repentina luz del cielo. “Me enterneció tanto ,-dice él- , que me sucedió lo que jamás he experimentado en semejantes ocasiones, esto es, no poder detener las lágrimas”. Lloraban los dos. Hasta que vuelto de su ternura y queriendo insinuarse más todavía en el corazón de su compañero, “¡Ay, H. Juan -le dijo-, que mi Hermano tiene un bello corazón; y es verdad lo que escribe el P. Loyola en sus cartas, que espera ha de ser un Hermano muy bueno!”

 

Aquella amistad había producido sus frutos. A partir de aquel día creció la intimidad espiritual de ambos. El H. Bernardo, debidamente autorizado por sus superiores, llegó a convertirse en Director Espiritual del enfervorizado estudiante. Éste cada vez se inclinaba más a una perfección sólida, interior, reciamente sustentada en el afán de mortificación y de imitar a Jesucristo.

 

Cuando pocos años más tarde, en diciembre de 1735, moría en Ávila sirviendo a los apestados en la terrible epidemia que llenó de cadáveres la ciudad, había dado ya un ejemplo altísimo de virtud y de carácter sacerdotal. Pocos sabían, sin embargo, que aquella rápida e intensa sobrenaturalización de su vida se debía en gran parte a la influencia espiritual del Hermano Bernardo.

Don Marcelo González Martín.