Vida del beato Bernardo de Hoyos (XIII)

El último curso de Filosofía.

 

 

Restablecida su salud en Alaejos, volvió el H. Bernardo a su querido Colegio de Medina del Campo en diciembre de 1730. Transportado de santa alegría, pasó las Navidades entre villancicos e ingenuos belenes con figuritas de cartón, entre las cuales aparecía la del Niño Dios invitándole con su sonrisa divina a ser cada vez más santo.

 

Es el último curso que pasará en el Colegio como estudiante de Filosofía. El momento se presta a una interesante capacitación de su vida. Este joven angelical que ahora, en enero de 1731, en la Práctica de Amor de Dios de San Francisco de Sales y con inaudita y agradabilísima sorpresa, descubre haber vivido experimentalmente lo que en las páginas de tan precioso libro se contiene, es el mismo que años atrás acudió un día al Noviciado de los PP. de la Compañía en Villagarcía de Campos para pedir humildemente ser admitido entre sus miembros. Los temores de los Padres, que en un principio fueron obstáculos a su admisión, viéronse pronto desvanecidos por la seguridad de que daba pruebas su conducta, íntegramente puesta al servicio de Dios.

 

La línea recta y pura de lo perfecto le atrajo desde el primer momento. Era toda su ambición poder llamar madre a la Virgen y hermano suyo a Cristo, dando a la expresión un profundísimo sentido de realidad. Para ello, el procedimiento fue una fidelidad exquisita al reglamento, una caridad celestial con todos, un ansía irreprimible de mortificación de sus deseos propios.

 

Ni en Villagarcía ni en Medina llamó la atención por su talento que, sin ser mediocre, tampoco fue sobresaliente. Ni su virtud fue nunca de las que hacen ruido y estrépito a los que desde fuera la contemplan. Una serenidad no humana en su rostro y en su andar, en sus palabras y en sus obras, con lo que hacía decir a los que le conocían que el dedo de Dios estaba allí. Efectivamente, dentro estaba la verdad.

 

Y la verdad era aquel trago de singularísimos favores con el Señor, las continuas regaladas visiones que disfrutaba, los desposorios de su alma, los ímpetus de amor, la claridad deslumbradora con que veía las cosas del espíritu.

Siempre tuvo su devoción matices que denunciaban al futuro Apóstol del Corazón de Jesús. Aquellas visiones de la Santa Humanidad de Jesucristo, la insistencia en la contemplación del Señor herido y traspasado, el deseo intensísimo de amar y reparar… ¿No eran predisposiciones favorables para hacer de él el Apóstol de una devoción, cuyo fin consistía en la reparación y el amor?

 

Ahora, en este último curso de Filosofía que pasó en Medina del Campo, los favores se multiplicaron de manera prodigiosa, como si quisiera ser anuncio de lo que pronto llegaría a Valladolid. Cada festividad litúrgica le traía un acrecentamiento de gracias que le hacía vivir dentro de sí los misterios que la Iglesia celebraba. La Purificación con su poesía inmaculada de tórtolas ofrecidas por la Virgen María; los homenajes de reparación al Señor, ultrajado en los días de Carnaval; la Semana Santa, cuyos recuerdos se le clavaban angustiosamente en el alma; el estallido de júbilo pascual en la blanca mañana de resurrección; y luego, las fiestas de Trinidad, Pentecostés y el Corpus, plenísimas de sentido vital cristiano, fueron bordando en su alma los más afiligranados encajes de un trato suavísimo con el Señor, que le colmaba de ternuras y delicias, como él mismo confiesa en su diario.

 

Por este tiempo, en que se remonta a la cumbre el vuelo de su espíritu, su vida piadosa era de auténtica servidumbre ignaciana. Daba cuenta de conciencia varias veces al día, sin ocultar el más impalpable matiz de sus sentimientos; hacía sus horas de oración siempre en comunidad sin extrañas singularizaciones; prefería siempre la mortificación interior a la externa, sin que por eso despreciase ésta; hacía en sus Ejercicios propósitos prácticos y bien inteligibles…y sobre todo, hubiérale sido imposible fomentar una ilusión ni siquiera por ignorancia, porque su Director espiritual, el P. Loyola, de tan rara habilidad como pureza de intención, que era grandísima, se lo hubiera prohibido, aún a riesgo de hacerle sufrir un doloroso desengaño.

 

Llegó Septiembre de 1731 y se despidió con pena del Colegio de Medina, en donde su alma, de joven estudiante de Filosofía, tanto había bebido en las aguas vivas del amor a Dios.

 

Don Marcelo González Martín.