Vida del beato Bernardo de Hoyos (VIII)

Regalos del Señor

 

Primavera de 1729.

A haldadas llevan flores a la Virgen los niños de Medina del Campo, polvorienta y verde en los caminos y en el llano. Pronto madurará el trigo. Hasta el rostro de labriegos y mujeres labradoras se hace ahora liso y brillante, sin arrugas, como una pequeña primavera más con amapolas y espigas de sonrisas y voces limpias, sonoras, de sonoridad campestre, que tiene como el sol sus horas preferidas en ese suave entreluz de la aurora y el poniente, cuando dejan de alumbrar las estrellas, espigas del cielo.

Y dicen que, por la noche, los arrieros que se acercan a las posadas para hacer transacciones en el mercado al día siguiente, oyen un ruido coral, manso y consolador, de cientos y cientos de voces que van hacia lo alto, apretadamente, fundidas en una sola. Murmullo de Medina: mujeres, hombres, niños, soldados, flores, palmas, carretas de traficantes, perfiles de torres, todo junto, en maravillosa fusión de amores y ternuras marianas.

Del Colegio de PP. Jesuitas sale también la voz más estilizada, espiritualmente fina, uniformada y como sometida, también ella, a un reglamento de estudiantes novicios. ¡Qué grato para los escolares este apacible atardecer de mayo, hora de las compensaciones placenteras del espíritu, en que se deja de hablar de Ética y Antología, para que la inteligencia, discretamente refugiada detrás del corazón, discurra solamente en letrillas, tonadas y poemas de amor a la Virgen! Era, sobre todo, la hora del P. Hoyos que con incomparable devoción se entregaba a honrar a su Madre bendita.

Ante la prohibición del P. Provincial.

 

Pero una mañana, al salir de clase notaron sus condiscípulos evidentes señales de tristeza en el rostro del P. Hoyos. Una tristeza resignada y pacífica, sin efusiones de gestos ni palabras, silenciosa y casi impalpable, como un coloquio con Dios. La tarde anterior había sido llamado a la habitación del P. Provincial para recibir un aviso que le había afectado grandemente. Era Provincial entonces el P. Juan de Villafañe, prudente sin llegar a cauteloso, humilde a pesar de su valía, sincero y noble en las intervenciones que tenía con sus hijos.

Díjole al buen Hermano que se encontraba altamente sorprendido de que él y el H. Agustín Cardaveraz, teólogo ya en Valladolid, trajeran tan estrecha y tirada correspondencia de cosas tan altas como decían que les pasaban con Nuestro Señor; que hasta podría haber alguna indiscreción en comunicarlas al correo con la facilidad que usaban; y que, sobre todo, no veía él a qué podría conducir tanto cartapacio y relación escrita de favores sobrenaturales que, por su misma índole y singularidad mostraban querer algo más de secreto; y así que sin su orden expresa, y no habiendo seguridad absoluta en la buena seguridad de sus papeles, se guardaran de semejantes envíos, y aún, a poder ser, de gastar el tiempo en escribir de sus cosas sino lo más indispensable, hasta que Dios les descubriera en esto más determinadamente cuál era su divino beneplácito.

¿Rigor excesivo? ¿Exagerado afán de probar una virtud ya contrastada? Ni lo uno ni lo otro. Fue, sencillamente una intervención oportunísima y discreta. Porque las cosas acaecidas al P. Hoyos en su rica vida espiritual son tantas y de tal categoría, que aún a personas prudentes podría parecer un visionario estéril, más necesitado de alimentación fisiológica que de recursos imaginativos.

No hace falta decir que el H. Bernardo cumplió a la letra las disposiciones de su Superior e inmediatamente se apresuró a ponerlas en conocimiento de sus Directores, los PP. Loyola y Morales. Pero, un poquito triste, sí que estaba.

La voz de Dios.

Comenzó entonces una lucha honda, de esas en las que se prueban los matices de delicadeza de las almas santas. El H. Bernardo recibía cada día favores más extraordinarios que los que habían sido objeto de las anteriores comunicaciones con el H. Cardaveraz y sin embargo, los callaba humildemente. El P. Provincial, siempre prudente y discreto, esperaba, con un ligero temorcillo de que en aquellos negocios andaba la mano del Señor, a que llegase un momento de luminosa transparencia en su pensamiento para comprender lo que Dios mandaba.

Y llegó el 12 de Junio, fiesta de la Stma. Trinidad. Este día declaró primero el Señor y luego mandó al H. Bernardo que escribiese y conservase escritas estas visiones y enseñanzas (todas las que recibía aquellos días) porque, al fin, “si se guardan con diligencia las palabras de los maestros y doctores de la tierra, ¿Cuánta más razón no es que se guarden y conserven las del maestro del cielo?”, entendió el H. Bernardo que estas palabras no tanto eran dirigidas a él cuanto a sus superiores y se lo comunicó enseguida al P. Provincial. El cual, alzando lo que hubiera de prohibición en lo de antes, le contestó al punto, y avisó lo mismo al H. Agustín, que en sus cosas hicieran lo que Dios fuera servido y Su Majestad les mandase o insinuase.

Y viene ahora lo que podríamos llamar derroche maravilloso de dones de Dios. Las cartas y apuntes que conservamos de esta época suya están llenas de superlativos y frases que, juzgadas desde un punto de vista exclusivamente retórico, podrían parecer hipérboles clamorosas. Es engolfarse en la consideración de los atributos divinos, arder en el fuego inextinguible de la caridad, declararse vencido ante la imposibilidad de expresar ni siquiera fácilmente las delicias sublimes que transportan su espíritu a las regiones del cielo…, son apariciones constantes y repetidas a diario del Arcángel San Miguel que le ciñe el cíngulo de la castidad, de su ángel de la guarda, del benignísimo Jesús que se “le entra  por su corazón abierto, inflamado y como arrojando llamas de amor divino”…, es la Virgen Santísima que con una corona en la mano, asistida de innumerables ángeles que lanzaban un resplandor vivísimo, con los vestidos y el ademán gallardo de su Asunción a los cielos, le dice con suma afabilidad: “esta corona será señal de tu desposorio con mi Hijo”…, son Sta. Teresa, Sta. Mª Magdalena de Pazzis, S. Ignacio, S. Luís Gonzaga…los que se acercan a él en la Comunión para encenderle más y más en el amor divino.

Su espíritu volaba ya tan alto que sentía la proximidad del cielo.

Don Marcelo González Martín.