Vida del beato Bernardo de Hoyos (VI)

Pudo más la caridad que la filosofía

 

 

Así fue en el P. Hoyos. No porque el corazón gobernase el entendimiento, sino porque el entendimiento se le hizo corazón. Cada día le nacía en el alma un nuevo caminito de amor, sendero de místico empedrado, por donde subía sin descanso al regio alcázar de las delicias divinas. Importa insistir mucho en esta idea para comprender las maravillas de su vida de estudiante.

 

Porque no faltan avisados e hipercríticos lectores por cuyo criterio asoma algún hirsuto pelillo nacionalista o racionalistoide que se compadecen con suave sonrisa de la endeble figura de nuestro buen P. Hoyos, aquel P. Hoyos de alma tan recargada de equipaje espiritual allá por sus años mozos de estudiante de Filosofía.

¿Estudiante de Filosofía? Sí: pero matriculado también en la cátedra del amor divino. Con libros impresos sobre la mesa de trabajo; pero sin que le falte abierto el diccionario de las visiones celestiales con que Dios le regala cada mañana y cada tarde. Con maestros insignes de bonete suareciano, mirada aquilina y aficionados al “distingo” hasta para hablar con el Hermano Portero; pero también con doctores del espíritu que, mirando más bajo, alcanzan las más altas alturas.

El P. Hoyos supo darse la vuelta a sí mismo, de lo que resultó que aquel espíritu tan grande que no cabía en cuerpo tan pequeño, al salir por entre las aberturas de sus poros, se quedó como revistiendo hermosamente la fachada exterior de sí mismo. Como si todo fuera espíritu. Valga esta última metáfora porque yo no sé explicarme de otro modo la aplastante hegemonía de lo espiritual y de lo místico en la vida de este humilde estudiante de Filosofía escolástica.

Lo demás, lo que podría sonar un poquito a metal humano -familia, estudios, amigos, relaciones, negocios, recuerdos- queda tan desdibujado y en penumbra que uno se ve y se desea para hacer algún hallazgo afortunado en las densísimas quinientas páginas que sobre la vida del P. Hoyos nos dejaron escritas los PP. Loyola y Uriarte. Como en estos campos castellanos de Medina, todo cielo y toda luz, así también en estas almas suele ser todo luz y todo cielo. Una vez que han entornado sus ojos bajo el peso del amor, ya no ven sino a Dios en las cosas, y con Él en tan íntima unión descansan que lo que a nosotros, en nuestra pequeñez, nos parece insoportable reata de fenómenos sorprendentes, es para ellos natural complemento de una vida exclusivamente vaciada en el molde de la caridad divina.

Por eso en el P. Hoyos lo de menos es que tuviese cada día tres, cuatro o catorce visiones abstractivas o intelectivas: en las matemáticas de Dios no hay sistema métrico decimal ni se cuentan las gracias y favores por metros o milímetros.

Una carta del P. Cardaveraz.

Que fuera este su único afán, a saber, sobrellenarse de Dios y despojarse de lo humano, lo sabemos por su vida. Pero además nos consta que, precisamente ahora, cuando estudiaba Filosofía, tuvo este programa trazado ante sus ojos como norma inviolable. Cuando salió de Villagarcía para ir a Medina, recibió un día una carta de su carísimo Cardaveraz, aquel amigo entrañable con quien nunca, sin embargo, se vio sino en una sola ocasión y por brevísimos instantes. Preveníale en ella cariñosamente solícito porque “a la verdad, mucha virtud requiere el estado de los HH. Estudiantes y muy sólidos fundamentos se han de suponer para proseguir y concluir con el sublime edificio de la perfección entre las faenas de las tareas literarias”. Y le encarga que procure conservar, aún en la sequedad de los libros, el jugo del divino espíritu que bebió en el Noviciado y lo fomente con la continua memoria y compañía de su amor Jesús. Porque “el que lleva a Jesús consigo, buen compañero lleva y buen despertador para que no se descuide en la exacta observancia de sus reglas y obligaciones”.

He aquí el ángulo invisible en que se colocó el H. Bernardo cuando empezó a ser estudiante.

Por eso hemos escrito que la caridad pudo en él más que la Filosofía. Pues suelen ser frecuentemente los estudios lanzadera que ponen en continua agitación sentidos y potencias con peligro de la paz inalterable propia de los santos.

Y tanto adelantó en este camino que de dirigido pasó a ser director espiritual del mismo que a él le había guiado en Villagarcía: del P. Loyola. Bernardo de Hoyos al P. Loyola. Un joven de dieciocho años a un hombre experimentadísimo. Un alumno de Metafísica a un Maestro de la Teología Mística. ¿Maravillas? No olvides, lector, que la primera maravilla era la santidad de aquél jovencito en esta época -Filosofía, arideces, razón, luchas- que contribuyó más que ninguna a labrar definitivamente su personalidad.

Don Marcelo González Martín.