Vida del beato Bernardo de Hoyos (III)

Semblanza del novicio

 

Sol de mayo en Villagarcía de Campos. Tránsitos del Noviciado. Ya los novicios han subido de recreación y mientras esperan el toque de capilla desfilan ininterrumpidamente ante la puerta del P. Maestro. Es la cuenta de conciencia que se desgrana a los pies del experimentado director como el rosario entre las manos. Labor de mina y de forja al mismo tiempo. Allí se encuentran filones y se bruñen. Porque el novicio pone el alma en la mesa del P. Director y en conversación remansada y quieta, preguntando el uno y respondiendo el otro, se liman asperezas y se redondean contornos. Verdadero alambique en que se destila el agua de la conciencia para que poco a poco vaya adquiriendo la densidad del verdadero carácter de hombre y de religioso.

Pero no es aquí ni en la capilla donde hay que observar al novicio. Su compostura exterior o sus palabras podrían parecer al inexperto muestras de forzada sumisión.

Entre todos hay uno que nos atrae dulcemente hace algún tiempo: es el H. Bernardo, que viste ya sotana de Jesuita.

Un novicio como todos los demás.

Y le hemos sorprendido en su aposento con una estampa de S. Juan Berchmans y el libro de las Reglas en la mesa. Por la ventana codiciosa de luz y de ruido de pájaros que cantan, entra a raudales el sol de primavera en Castilla. El H. Bernardo se ha levantado de la silla para llevar a un lugar propio el cuadro de las distribuciones semanales. Delgada palidez en su rostro, ojos ligeramente entornados que se abren de par en par -como la ventana de su aposento- cuando miran al cielo, andar reposado sin ser tardo, y en sus labios una jaculatoria que se le escapa silenciosamente al pasar por junto a la imagen de la Señora y Reina de la Compañía. No creas, lector, que para hacer este bosquejo me he fijado en alguna de esas estampas del Padre Hoyos que tú sin duda sueles acariciar entre tus manos devotas. Quítale algún rasgo personal y verás en el dibujo la fotografía de un novicio cualquiera.

Porque la gran virtud del H. Bernardo consiste precisamente en esto, en pasar a los ojos de los demás como uno de tantos. Embriagados también nosotros por los efluvios de arrebatador misticismo que se respira en su vida, tan cortita y luminosa también como esta primavera de Villagarcía que estamos contemplando, nos hemos imaginado un  P. Hoyos junto al cual los ángeles baten sus alas oreadas por el perfume de apariciones celestiales. Y muchos han llegado a ver en él algo dulzón, sentimental y débil, anfibológicamente suspendido entre el cielo y la tierra y como desconectado de esta pobrecita pero meritoria humanidad que todos llevamos.

Nada de esto. A pesar de que el tallo de su vida se nutrió constantemente en el jardín de los privilegiados, supo ocultarlo tan bien que los que con él vivían no supieron nada de los favores con que era regalado, hasta después de muerto.

Algún connovicio suyo pudo más de una vez haber vuelto la cabeza hacia el H. Bernardo, sentado junto a él en la capilla, y nada habría notado en su rostro a pesar de que precisamente entonces su alma estuviese transfigurada en el Tabor de alguna aparición maravillosa. Habla con todos; da cuenta de conciencia todos los días; sabe rezar y reír a tiempo; obedece a la regla como la pluma al viento y vive esclavo de la vida en común. Y es ahora una mirada de respetuosa veneración para aquél religioso encanecido que mora en el Colegio; y luego una palabra de cariño para el pobre mendigo que llega hasta las puertas del jardín; y más tarde un gesto y una conversación y una ayuda y toda una vida de obsequio continuo a sus hermanos del noviciado que le buscan y le quieren a porfía.

Por dentro está el secreto.

Es verdad que para hacer todo esto con tan sencilla perfección le viene en ayuda lo otro, lo que nadie sospecha y él lleva circulante en su alma como la sangre en el corazón. En aquel tiroteo amoroso con Dios, en la línea recta que va desde su pecho al cielo por la cual corren unas veces ángeles que bajan y otras la propia alma que sube, está el secreto de esta vida dulce y humanamente santa que cumple con su oficio de hombre y enviado de Dios al mismo tiempo con la misma naturalidad que el viento refresca y la rosa perfuma.

Sin haber leído a San Juan de la Cruz, habla también de esposo y de amado y de espesura y de valle. Y no es sólo en los días de Ejercicios, cuando exclama con Sta. Teresa:

                       Vivo sin vivir en mí

                        Y  tan alta vida espero

                        que muero porque no muero.

Es también una suave y tentadora mañana de campo en la llanura, obligada expansión en el duro vivir del novicio, cuando -son sus palabras- se le “encendió tanto el alma en deseos de unirse con su Amado que parecía quería salirse del cuerpo, o por mejor decir llevarle también tras sí y, cierto, lo temí según la fuerza del espíritu, que me parece me hallaba tan ligero, que casi no faltaba cosa”.

Uno de sus amigos íntimos.

            Una tarde sale el H. Bernardo un tanto acongojado de la habitación del P. Loyola. Este padre, entonces maestro de novicios, hombre sumamente experimentado y versadísimo en Teología mística y conocimiento de espíritus, ha sentido un ligero temblor de emoción al rasgar con su fino análisis las intimidades del H. Bernardo. La luz que se derrama es demasiado intensa y teme una ceguera prematura que sería fatal en la dirección de alma tan afortunada. No duda de que todo aquello es de Dios. Pero su prudencia le aconseja someterlo al examen de otra persona autorizada.

El elegido es un joven estudiante de Teología en el colegio de San Ambrosio de Valladolid. Se llama Agustín Cardaveraz. Sus pocos años se ven favorablemente contrapesados con una experiencia directa y personal de casi idénticos favores del cielo como los que caen sobre el H. Bernardo. Y cuando llega su primera carta a Villagarcía, nuestro novicio se siente regocijado porque ha encontrado a la vez al maestro y al amigo. Más seguridad y más confianza. Y se escriben y se hablan de cosas sublimes en un lenguaje sencillo y rebosante de naturalidad. Sin aspavientos ni gestos asustadizos. Porque el que de veras busca la perfección recibe los dones de Dios, ordinarios o extraordinarios, con la misma tranquilidad que la tierra abre sus senos para que en ella se vuelque la lluvia fecundante del cielo.

Bernardo de Hoyos y Agustín Cardaveraz; los dos eran de Dios y supieron conocerse en la tierra.

Y dejamos al novicio para mirar al Santo. Pero antes invito al lector a adentrarse por los tránsitos del Noviciado o a mirar a través de esa ventana en que luce el sol y pían los gorriones. El que está allí no es ningún visionario. Conciencia jamás perturbada por una falta al reglamento. Sencillez suma. Los pocos años que le quedan de vida serán suficientes para dar arraigo en todos los pechos españoles a una devoción, la más humana y divina de todas, la del Corazón de Jesús. Todo tan natural y sin estrépito que casi no se darán cuenta las gentes de quien es el  P. Hoyos hasta que un día inesperado vean su busto modelado artísticamente en el Santuario Nacional de la Gran Promesa de Valladolid.

Don Marcelo González Martín.