Vida del beato Bernardo de Hoyos (II)

Villagarcía, tierra de novicios.

 

 

El paisaje. 

El lector puede imaginarse enseguida la fotografía con sus colores, líneas y perfil. Representa un palacio en ruinas bañado en el tibio resol de la tarde que también parece sosegarse en la rastrojera sin fin del campo castellano.

 

Aquí. En Castilla, las ruinas -vómito de un volcán apagado- contribuyen poderosamente a aumentar la tonalidad melancólica de la llanura. Si son de castillos o palacios, parecen lágrimas cuajadas en piedras rebeldes a las leyes de la evaporación histórica. Y cuando las ruinas son reliquias de iglesias o conventos no faltará algún rosetón o ventanal desdentado que semeja el último murmullo de la oración de un monje que se ha quedado allí esperando para resonar perpetuamente en el silencio del campo al compás de las espigas y cardos silvestres.

No sé por qué, en estas fotografías de lugares históricos de Castilla casi nunca faltan tres o cuatro tipos auténticos de la tierra. Algún campesino que puede estar en mangas de camisa, con cara arrugada y barbas de pastor, porque casi todos nuestros hombres de campo tienen algo de pastores a fuerza de considerarse guardianes de cosas que se van marchando; alguna niña, con la falda y el pelo tan lacios como la hierba que pisan sus pies; y quizás junto al cura del lugar otro hombre, con sombrero ancho y pechera blanca en el fondo negro de su chaqueta, que bien podría ser el señor alcalde. Así era antes, por lo menos.

En los días de D. Juan de Austria.

Y así es el dibujo de Villagarcía que tengo yo ante mis ojos cuando escribo estas líneas. ¡Villagarcía de Campos! ¿Qué piensan tus moradores de hoy de esos sepulcros de Doña Magdalena de Ulloa y Don Luis Quijada? Y ¿qué tus niños saltarines y juguetones de aquel Jeromín que corrió por las mismas calles que ellos corren y lanzó al aire sus risotadas en los patios del palacio hecho hoy ruina gloriosa? Porque fue D. Juan de Austria el primer novicio de Villagarcía. Y no salió del noviciado hasta que un buen día de agosto se hizo encontradiza con el niño junto al monte de la Espina la majestad de Felipe II y dándole una palmadita en el hombro, le dijo: “Buen ánimo, niño mío, que sois hijo de un nobilísimo varón. El Emperador Carlos V, que en el cielo vive, es mi padre y el vuestro”.

No sabía D. Luis Quijada cuando en su testamento dispuso que en Villagarcía se hiciera fundación que, andando el tiempo, vendrían a morar en su villa hijos de aquel Capitán que en Pamplona sirvió al César con la misma lealtad que el testador, héroe de las Alpujarras, le sirvió toda su vida. Porque hubo una España con capitanes que leían el Flos Sanctorum y ayudantes de Reyes que rescataban el Crucifijo de entre las llamas, pudieron levantarse noviciados y conventos. Así este de Villagarcía, gloria espléndida de la Compañía de Jesús a donde vino el P. Hoyos a hacerse apóstol de Cristo. Veamos cómo.

 

Observando a los novicios.

Un buen día llegó a casa de los señores de Hoyos, en Torrelobatón, y a la de sus familiares en Medina, una noticia alarmante. Alguien ha visto a Bernardo, caballero sobre una humilde borriquilla, tomar leguas sobre el camino real que conduce a Madrid. Cuando quieren salir en busca de él, Bernardo ha ganado tiempo y distancia y está ya en la corte en casa de un tío suyo, dispuesto a iniciar estudios. Poco duró la escapatoria, porque el ambiente de Madrid no le satisfacía y vuelve enseguida decidido a correr menos y ganar más.

Era entonces el Seminario de estudios eclesiásticos y civiles dirigido por los PP. de la Compañía en Villagarcía, lo que hoy diríamos un Colegio de prestigio. Bernardo, que ya había gustado las delicias de la educación jesuítica en Medina, entró en él sin más bagaje que la candorosa inocencia de sus once años, puros como una rosa. Estudia letras humanas con gran brillantez, juega con todos en el patio de recreo, hace limosna, reza en la capilla y hasta clava ya su carne inmaculada con el pinchazo duro del cilicio. Cosas de chicos o de almas muy grandes.

Algo hay, sin embargo, que le altera y le hace perder el sosiego. Junto al colegio se levanta airoso el Noviciado de los Jesuitas. Y la paz de los novicios, que es santa manzana de tentación para las almas puras, empieza a tirar de él fuertemente. Primero han sido miradas prolongadas, después alguna arrancada casi furtiva hasta el estanque del jardín, más tarde conversación y diálogo, y por fin lo que había empezado en sana curiosidad de oír y ver, termina en amorosa rendición. Porque una tarde en que seguramente había visitado y socorrido más pobres que de ordinario, abre una válvula a su corazón y declara a su maestro que también él quiere ser como aquellos. La flor había prendido ya en el surco de su alma.

 

Las dificultades.

Con sus padres tuvo que reñir verdaderas batallas hasta conseguir el permiso que al fin le fue concedido. “Gozosísimo volvía Bernardo a dar noticia a su maestro del feliz suceso de su empresa y ni si quiera se le ocurrió que aún le quedara por vencer lo más dificultoso”. Era el caso de que el superior encargado de examinarle le encontrara demasiado pequeño y aún raquítico. Efectivamente. Catorce años que representaban nueve, ojos grandes pero enfermos, cara paliducha y delgada; no eran los mejores síntomas. Por ahora no podía entrar en la Compañía. Y Bernardo se decidió a esperar a que la mano del Señor diese vuelta a la llave.

Solo duró la espera hasta el momento en que conoció al P. José Félix de Vargas. Era éste un venerable jesuita que consumía su ancianidad en el noviciado de Villagarcía derramando plácidamente la luz del consejo y el ejemplo. “Varón eminente en letras y prudencia -dice de él el P. Juan de Loyola- como lo había demostrado los años atrás en sus cargos de Provincial y Visitador y de mucha entrada y privanza con Dios en los negocios de su mayor gloria”. Algo vería el santo anciano en la pequeña carucha de aquel niño que desmentía su palidez: quizá este algo fuera un fuego celestial, propagador más tarde de una devoción que iba a consistir también en fuego. Lo cierto es que trabajó y consiguió que el Provincial de Castilla admitiese a Bernardo en la Compañía. Y el once de julio de 1726, el P. Manuel de Prado, Maestro de novicios y Rector del Colegio, recibía a Bernardo con una palmadita en el hombro que me hace recordar aquella otra de Felipe II a Juan de Austria.

Hasta aquí, todo ha sido muy natural. Lo sobrenatural comienza ahora en el momento mismo en que Bernardo pone el pie en los tránsitos del Noviciado.

Don Marcelo González Martín.