Treinta y tres resoluciones del alma que quiere llegar al perfecto amor del Sagrado Corazón por el camino del desprendimiento

¡Dichosa cautividad que al darnos la verdadera libertad nos encadenará para siempre al Corazón de Jesús!

Santa Margarita nos ha dejado en sus escritos un admirable programa de la vida de desprendimiento. Aun cuando propuestos especialmente a las novicias de Paray o a las personas consagradas a Dios, los treinta y tres consejos o resoluciones que van a continuación, convienen lo mismo a todas las almas generosas, animadas de deseo sincero de hacer reinar en sí mismas el amor del Sagrado Corazón absolutamente. Si no encontramos nosotros, valor para practicar todos estos desprendimientos espirituales, así y todo, no nos desanimaremos; no es un yugo oneroso que se nos impone, sino un programa divino que se nos propone, a fin de estimular nuestra generosidad. ¡Hagamos la prueba! El Sagrado Corazón, satisfecho de nuestra buena voluntad, suplirá nuestra impotencia.

 1.El Sagrado Corazón de nuestro Señor, que está en el Santísimo Sacramento en estado de muerte, quiere llevarnos con su ejemplo a una gran perfección, por el perfecto y completo desprendimiento de todas las cosas y sobre todo de nosotros mismos. No nos enriquecerá con sus dones y se entregará Él mismo a nosotros, mientras que nosotros no nos despojemos de nosotros mismos y de las criaturas, y nuestros corazones no estén desprendidos de sí mismos y de todo.

Debemos, pues, vaciar nuestro corazón del amor de nosotros mismos y de todo lo que no es Dios, si queremos que nuestro corazón sea capaz de recibir las gracias que le estén  preparadas.

  1. El Señor quiere que nos complazcamos en Él solo, para darnos todo lo que muchos corazones desean. Es necesario, pues, que tengamos nuestro placer en no tener ninguno, renunciando en nuestros corazones a todo lo que nos pudiera alargar, y procurando mortificar todo lo que nos pudiera satisfacer. No busquemos ningún consuelo fuera de nuestro Soberano, y aun cuando Él nos lo de, sacrifiquémoslos renunciándolos. Tomemos por divisa: no tener nada; estar vacío y despojado de todo; no amar nada más que a Él, en Él y por Él.
  2. Para prepararnos a recibir la vida del puro amor, tenemos que morir a nosotros mismos interior y exteriormente; en el interior, por medio de la renuncia de todos los placeres sensibles y aun espirituales, haciendo morir las raíces de nuestro juicio, el apego a nuestra voluntad, que nos hace tan sensibles a lo que la contraría, que enseguida mostramos repugnancia.
  3. Hagamos morir el “qué dirán”, que comprende el respeto humano y las vanas condescendencias.
  4. Hay que vencer todo arrebato y movimiento demasiado pronto.
  5. Jesucristo, en el Santísimo Sacramento, está en estado de muerte, en cuanto a la vida de los sentidos; cuando mortifiquemos los nuestros, que sea para honrar la vida de mortificación y de muerte de Jesucristo en el Santísimo Sacramento.
  6. Cada vez que hagamos algunos actos de mortificación de nuestros ojos, oídos y lengua, etc., digamos: ¡Oh Sagrado Corazón, muero a este placer para vivir a vuestro amor sólo!
  7. Para pedir perdón al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo por las demasías que concedemos a la naturaleza y obtener la perfecta mortificación, nos privaremos, en cuanto a la regla y nuestro director nos lo permita, de todos los placeres de los sentidos.
  8. El Sagrado Corazón quiere más sacrificios de voluntad que austeridades y penitencias corporales; no hagamos jamás ninguna sino por orden de nuestros superiores o de nuestro director, después de haberles manifestado nuestras cosas buenas y malas.
  9. Debemos vivir, de la mañana a la noche, en una perfecta abnegación de todo, hasta de las cosas que se nos dan para nuestro uso, y deshacernos prontamente de ellas cuando sintamos algún apego, aunque la cosa nos parezca pequeña, porque nuestro enemigo no se cuida de la importancia de la cosa, con tal que él nos tenga esclavizados.
  10. Debemos mantener nuestra alma en perfecta desnudez de todos los pero, quitando de nuestro corazón las vanas inclinaciones, no sólo a las personas, sino también a las cosas curiosas y delicadas. Todo esto ocupa el lugar de Dios y nos impide encontrarle y poseerle.
  11. Nuestro amor propio estado útil, que nos hace creer que es a Diós a quien buscamos, al apegarnos demasiado aun a las cosas de su servicio. Si nos causa inquietud el tenerlas que dejar, es porque buscamos nuestra propia satisfacción más que la de Dios, pues el corazón que quiere a solo Dios, le encuentra en todas partes.
  12. Para que se conozca el amor que tenemos al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo, haremos que muera la curiosidad de nuestros ojos, llevando baja la vista, levantando los ojos de nuestra alma hacia Jesús en el Santísimo Sacramento y contemplando al Señor en nuestro corazón.
  13. Cuando hayamos cometido faltas de curiosidad, besaremos seis veces el suelo, diciendo el versículo Miserere mei por la primera y segunda falta. Y, a la tercera se lo diremos a nuestro guía espiritual.
  14. Hagamos morir la curiosidad de nuestros oídos, privándolos de oír lo que pudiera darles contento, no sirviéndonos de ellos más que para el amor y servicio del divino Corazón.
  15. Moriremos a nuestro gusto, comiendo indiferentemente lo que nos presenten, sin escoger nada.
  16. No mostraremos inclinación ni aversión, tanto en el comer, como en el beber y en todo lo demás.
  17. Haremos seis actos de todo esto, y cuando faltemos a ello nos impondremos un castigo para pedir perdón a nuestro Señor.
  18. En favor de las almas afligidas del purgatorio, durante la comida haremos cinco comuniones espirituales.
  19. Haremos morir a nuestra lengua de varias maneras; por de pronto, no diciendo nada inútil en tiempo de silencio.
  20. La haremos morir en las conversaciones, no diciendo palabras de queja y murmuración o de desestima del prójimo.
  21. La haremos morir no diciendo palabras en alabanza nuestra.
  22. La haremos morir no diciendo nada para excusar nuestros defectos.
  23. La haremos morir no replicando a la obediencia debida a todos aquellos que de algún modo son superiores nuestros.
  24. La haremos morir no demostrando nuestras repugnancias, inclinaciones o aversiones.
  25. Por último, la haremos morir no hablando de nosotros sino con desprecio y de los demás siempre con estima.
  26. Haremos quince actos de todo esto. Cuando hayamos faltado cinco veces con advertencia, diremos un Miserere con los brazos en cruz.
  27. No diremos palabras de chanzas.
  28. Cuando hayamos hecho faltas voluntarias de silencio exterior, nos privaremos de comer postre en la primera comida.
  29. Cuando hayamos faltado en silencio interior, diremos un Miserere con los brazos en cruz.
  30. Cuando hayamos faltado a los quince actos de humildad o de la virtud particular que nuestro desafío nos señala para cada día besaremos la tierra, diciendo el versículo Sacrificium Deo Spíritus.
  31. Cuando hayamos faltado con advertencia a los quince actos de obediencia de nuestro desafío, tomaremos disciplina y cuando haya sido por negligencia, rezaremos diez De profundis.
  32. Cuando hayamos hecho alguna falta de lo que aquí está marcado, no sin ton debemos alguna penitencia. Otras veces nos pondremos con los brazos en cruz durante tres Pater.

¡Dichosas las almas que aceptaren, al menos, los puntos principales, y sobre todo el espíritu del admirable programa que acaba de trazarnos Santa Margarita María!, ellas alcanzarán ciertamente el verdadero amor al Corazón de Jesús. Sus progresos en este amor serán proporcionados a los que hicieran en el desprendimiento. No vacilemos, pues, en entrar por esta senda; el amor del Sagrado Corazón será nuestra luz y nuestra fortaleza. Recordemos, no obstante, que este desprendimiento completo no puede hacerse si perseverantes esfuerzos y sin un combate valeroso.

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo 1), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducida por primera vez al Español en 1910.