Santa Teresa del Niño Jesús y el misterio del Corazón de Cristo

La visión que del Corazón de Jesús tiene Santa Teresa es algo fundamental en el mensaje de ella, y es también algo de impresionante actualidad.
Nos limitamos a destacar dos aspectos que ella consideraba “diferentes” en su modo personal de comprender el Corazón del Salvador. Añadiremos una reflexión acerca del puesto que el Corazón de Jesús ocupa en el “Acto de ofrenda al Amor misericordioso”.

I. EN LA CORRIENTE HISTÓRICA DE LA DEVOCIÓN.

La devoción al Corazón de Jesús en la forma clásica de Paray-le-Monial forma parte del ambiente en que se desarrolla la vida de Santa Teresa del Niño Jesús. Podía suponerse que así habría de ser en una familia intensamente católica de Francia a fines del siglo XIX.

En el viaje de 1887 a Roma, Celina recordará el 6 de noviembre la visita a la iglesia del Sagrado Corazón en París y la misma Teresa escribirá ese día que ha pedido “la gracia” para su prima Juana “en el Sagrado Corazón de Montmartre”.

Sor María del Sagrado Corazón escribía por esas fechas desde el Carmelo a Teresita: “descansa en el Corazón del buen Jesús” (9 noviembre). Sor Inés de Jesús le escribía el 20 de noviembre: “… piensa que el corazón… desgarrado por las espinas está mil veces más cerca del Corazón del Niño Jesús…”. En la misma carta ponía Sor Inés en boca del Niño Jesús estas palabras dichas a Teresa: “… en espera del Carmelo, haz tu retiro en mi Corazón”. Parecida idea le repetirá Sor Inés en la carta del 23 de noviembre y Sor María del Sagrado Corazón el mismo día.

En octubre de 1890 se celebraba en Paray-le-Monial el segundo centenario de la muerte de Santa Margarita María (aún no canonizada). A su hermana Celina, que había ido allá en peregrinación, escribía Teresa poco después de haber hecho su profesión religiosa:
Pide mucho al Sagrado Corazón…”. Y continúa tratando sobre su propio modo de ver el Corazón de Jesús. Al terminar la carta dice: “Estoy segura de que el Sagrado Corazón va a conceder a Leonia muchas gracias…” (14 octubre).

La hermana de la madre de Teresa fue religiosa de la Visitación y su propia hermana María Leonia, después de haber entrado en la Visitación dos veces, entrará definitivamente, después de la muerte de Teresa, en la Visitación de Caen.

Quien está algo familiarizado con los escritos de Santa Teresa del Niño Jesús sabe que en ellos son evidentes y fundamentales los rasgos de la devoción al Corazón de Jesús con las características de Paray-le-Monial: amor, confianza, sentido de intimidad con el Dios hecho hombre, reparación por los pecados, deseos de la Cruz, consuelo a Jesús, celo por la salvación y santificación de los hombres, devoción a la Eucaristía.

Santa Teresa habla directamente del Corazón de Jesús no pocas veces, y así, en sus cartas encontramos reiteradamente la despedida: “Queda muy unida en el Corazón de Jesús…”. Donde más aparece esta expresión es en sus poesías. Una de ellas, de 16 estrofas, está dirigida al Sagrado Corazón.

El ambiente afectivo en que creció Teresa y la frecuencia con la que ella usa el término “corazón” dejarían suponer que había de ser muy ordinario el que hablase del Corazón de Jesús. Sin embargo, en contraste con el modo de expresarse que tenían sus mismas corresponsales carmelitas, sorprende la relativa “austeridad” de Teresa en este punto, si prescindimos del lenguaje de sus poesías.

La explicación de este fenómeno curioso, por el que hallamos a Teresa también más próxima a nuestros gustos de hoy, quizás sea que para ella el Corazón del Señor significaba algo demasiado profundo y delicadamente íntimo, según aparece en el texto que vamos a reproducir en el párrafo siguiente.

II. “YO NO VEO EL SAGRADO CORAZÓN COMO TODO EL MUNDO”.

Tales palabras fueron escritas por Sor Teresa a Celina en la ocasión del viaje de ésta a Paray-le-Manial:

“Pide mucho al Sagrado Corazón. Tú sabes que yo no veo el Sagrado Corazón como todo el mundo. Pienso que el Corazón de mi Esposo es para mí sola, como el mío es para El solo, y le hablo entonces en la soledad de este delicioso corazón a corazón esperando contemplarlo un día cara a cara” (14 octubre 1890).

La relación de Teresa con el Corazón de Jesús no es la de quien se siente perdido en la masa de los fieles que acuden en peregrinación a orar a un santuario. Para ella la relación es de tal intimidad que le parece que el Corazón de su Esposo es para ella sola, como el suyo es para El solo. No es egoísmo en quien pedía a Jesús como la gran ilusión de su vida que Jesús amara a las almas que estaban encomendadas a Teresa, como Jesús amaba a la misma Teresa (1). Habla en Sor Teresa la persuasión de la relación perfectamente “personal” e íntima con Jesús; a esta relación no son obstáculo alguno los demás.

Este rasgo tan acusadamente personal e íntimo es característico de Teresa. Ella reconocerá que Jesús fue su superior, su maestro de novicios y su director. Sor Teresa trataba de ser un libro abierto para sus superioras, pero en lo profundo de su espíritu, ella apreciaba la obra silenciosa de Aquel que la iluminaba y le hablaba interiormente (2). Cuando fue ayudante de la Maestra de Novicias sintió que “hacer el bien es cosa tan imposible sin el socorro del buen Dios como hacer brillar el sol en la noche”, y así se volvió al Señor para que El le diera en cada momento el alimento que ella había de proporcionar a sus novicias (3).

Es inútil referir detalles particulares, pues la relación de intimidad personal de Teresa con Jesús domina toda su existencia:

“Creo sencillamente que es Jesús mismo, escondido en el fondo de mi pobre y pequeño corazón, quien me concede la gracia de obrar en mí y me hace pensar todo lo que El quiere que yo haga en el momento presente” (4).

Debiera parecernos obvia semejante relación personal de amor con el Amor infinito, que es el fondo de nuestro propio ser, y del que sabemos que viene de modo nuevo al que cree en Jesús y le ama:

“… y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos nuestra morada en él” (Jn 14, 23).

Volver a encontrar, sin embargo, la “dimensión perdida” sería un signo del cristianismo en el mundo de hoy, al decir del conocido pastoralista alemán Josef Goldbrunner. Esta dimensión personal en el encuentro con Dios sería el remedio en la ausencia de esperanza y el camino que conduce a un cristianismo realmente vivido.

La frase de Santa Teresa que venimos comentando se refería a su visión diferente del Corazón de Jesús con respecto a ella. Pero podemos aplicar esas mismas palabras a la visión que tiene la Santa de lo que es Jesús en sí mismo. Ella, en efecto, no veía al Señor como los demás. Tocamos aquí el fondo de la imagen que se ha formado Teresa de lo que es el Corazón de Jesús. Esta vivencia espiritual de la Santa, dada a conocer a través de sus escritos, ha influido decisivamente en la devoción misma al Corazón de Jesús en el siglo XX.

Dios comunicó a Teresa luces singulares respecto al amor misericordioso que el Señor tiene para con los débiles y pecadores. Por eso ella comprendió de modo nuevo la necesidad de amar a Jesús y de confiar en Él. La Santa se sintió llamada a ir a Jesús y de confiar en Él. La Santa se sintió llamada a ir a Jesús “por el ascensor del amor” y no “por la ruda escalera del temor” (5). La clave de su vida fue una confianza desbordante en Dios, y esa confianza, dirá ella unas semanas antes de morir, no se debía a que se creyera inocente:

“… aunque hubiera cometido todos los crímenes posibles, tendría la misma confianza; siento que toda esa multitud de ofensas sería como una gota de agua echada en un brasero ardiente” (11 julio).

Tres pasajes típicos nos aclararán el pensamiento de Santa Teresa del Niño Jesús, por más que ella afirme no saber explicarse. En una de sus últimas cartas escribe la Santa:

“Quisiera intentar haceros comprender por medio de una comparación muy sencilla cuánto ama Jesús a las almas, aun imperfectas, que se confían a Él. Supongo que un padre tiene dos hijos traviesos y desobedientes, y que, al ir a castigarlos, ve que uno tiembla y se aleja de él con terror, teniendo, sin embargo, en el fondo del corazón el sentimiento de que merece ser castigado; su hermano, al contrario, se arroja en los brazos del padre, diciendo que siente haberlo disgustado, que lo ama y que, para probarlo, de ahora en adelante se portará bien. Después, si este hijo pide a su padre que lo “castigue” con un “beso”, no creo que el corazón del padre dichoso pueda resistir a la confianza filial de su hijo, cuya sinceridad y amor le son conocidos. No desconoce, sin embargo, que más de una vez su hijo caerá en las mismas faltas, pero está dispuesto a perdonarlo siempre, si siempre su hijo “lo toma” por “el corazón”…” (18 julio 1897).

Entre las líneas finales de su manuscrito, trazadas a lápiz porque a la Santa le faltaban las fuerzas para la pluma, leemos:

“… pero sobre todo imito la conducta de Magdalena, su chocante o más bien su amorosa audacia, que encanta el Corazón de Jesús, y seduce el mío. Sí, lo siento; aun cuando tuviera sobre la conciencia todos los pecados que se pueden cometer, iría con el corazón partido de arrepentimiento a arrojarme en los brazos de Jesús, pues sé cómo acaricia Él al hijo pródigo que vuelve a Él…”.

La escena de la pecadora (la Magdalena) hace también a Teresa referirse directamente a “la misericordia del Corazón de Jesús”, a “este Corazón de amor” en una carta fechada por estos mismos días (21 de junio de 1897).

La enferma no puede ya escribir, pero insiste con la Madre Inés para que ésta cierre el cuaderno, que Teresa ha dejado inacabado, con “la historia de la pecadora convertida, la cual murió de amor”. Y dicta a la Madre Inés:

“Se refiere en la vida de los Padres del desierto que uno de ellos convirtió a una pecadora pública, cuyos desórdenes escandalizaban toda la región. Esta pecadora, tocada de la gracia, seguía al Santo al desierto para cumplir allí una rigurosa penitencia, cuando, la primera noche de camino, antes aún de haber llegado al lugar de su retiro, se rompieron sus lazos mortales por la impetuosidad de su arrepentimiento lleno de amor, y el solitario en el mismo instante vio su alma llevada por los ángeles al seno de Dios. Este es un ejemplo bien impresionante de lo que yo quisiera decir, pero estas cosas no pueden expresarse…” (6).

III. ACTO DE OFRENDA AL AMOR MISERICORDIOSO.

El equipo de religiosos y religiosas franceses que trabaja en la edición crítica llamada “del Centenario”, acaba de publicar en 1972 la Historia de un alma. Manuscritos autobiográficos (Cerf-Desclée de Br.). El capítulo VIII, con el que se cierra el Ms. A., dedicado por Teresa a la Madre Inés de Jesús, lleva como encabezamiento general “Hacia la ofrenda al amor”. Este acto es, en efecto, una cumbre en la vida de Santa Teresa del Niño Jesús. La Santa lo describe en el contexto de la gracia que recibió el 9 de junio de 1895, “gracia de comprender más que nunca cuánto desea Jesús ser amado” (7). Después de haber realizado este acto, reconoce la Santa “los ríos o más bien los océanos de gracias que han venido a inundar mi alma”, y en sus últimos días (7-VII-1897) recordará a M. Inés el fuego de amor experimentado por única vez en su vida después de haber hecho su Acto de ofrenda.

Los dos aspectos que acabamos de considerar dentro de la visión “diferente” de Santa Teresa alcanzan en este acto su máxima expresión: personalismo en la relación con el Señor y característica comprensión del amor del que desborda el Corazón de Jesús.

La intuición fundamental ha sido expuesta por la misma Santa en el pasaje citado del manuscrito dedicado a la Madre Inés. Dentro de la tradición religiosa de su ambiente, aún en la misma práctica Parediana de la devoción al Corazón de Jesús, e incluso y en forma absorbente en la espiritualidad que se vivía en el Carmelo de Lisieux, se presentaba la necesidad de reparar a la justicia divina que castigaba los pecados de los hombres. Muchas personas se ofrecían como víctimas a la Justicia de Dios, a fin de reparar la ofensa divina y librar a los culpables de los castigos que habían merecido. Teresa considera tal ofrecimiento “grande y generoso”, pero está lejos de sentirse llevada a hacerlo.

Piensa ella que si Dios acepta a quienes se inmolan como víctimas a la justicia,

“¿no tendrá también necesidad de víctimas el Amor misericordioso?”.

Este Amor divino es desconocido y rechazado; los corazones a los cuales desea prodigarse, se vuelven a las criaturas y no aceptan el Amor infinito de Dios.

Es genial la visión de Teresa, que tan sencillamente vuelve los ojos a lo que más había destacado la revelación cristiana:

“Dios es amor” (I Jn 4,8.16).

¿Cómo le ha sido posible descubrir un horizonte distinto del que contemplaba todo el mundo en el medio ambiente en el que ella estaba moral y materialmente “encerrada”? Esta fue la obra de su “Director”, como designaba ella a Jesús.

Lo más nuevo y lo más genial no es, sin embargo, esto que ha de considerarse como un redimensionar la generosidad cristiana a base de los datos en sí tan claros de la misma Sagrada Escritura del Nuevo Testamento.

Teresa ve que el Dios tan bueno que ella conoce se siente como violento -si hemos de hablar de Dios con nuestras pobres palabras- al no poder comunicar su amor a las creaturas, porque éstas no quieren “aceptarlo”. Dice Teresa a Dios:

“…me parece que seríais dichoso si no hubiérais de reprimir las oleadas de infinitas ternuras que hay en Vos…” (8).

Por eso:

“…me ofrezco como víctima de holocausto a vuestro Amor misericordioso, suplicándoos que me consumáis sin cesar, dejando desbordar en mi alma las oleadas de ternura infinita que se hallan encerradas en Vos, y que así llegue yo a ser Mártir de vuestro Amor, ¡Dios mío!…” (9).

Se trata de “un acto de Amor perfecto”, como dice la Ofrenda. En la Iglesia muchos fieles han amado a Dios por Dios mismo, sin mezcla de interés propio, con amor puro o de caridad perfecta. Lo nuevo, estimo, es el matiz tan delicadamente personal de concebir esta ofrenda directamente como un dar a Dios el gusto de no estar violentado sino de actuar en total armonía con lo que a Él más le va, a saber, dejar a su Amor desbordarse sobre los hombres.

En concreto significará esta ofrenda aceptar por entero la voluntad del Señor vista como manifestación del Amor divino, no poner el amor sino en Dios, y contar particularmente con una inmensa participación en el sufrimiento como medio para salvar a los hombres, ya que el Salvador así realizó su obra.

El día de su muerte por la tarde, dirá la Santa:

“Y no me arrepiento de haberme entregado al Amor. Al contrario”.

Y un rato después:

“Jamás hubiera creído que era posible sufrir tanto; jamás, jamás. No puedo explicármelo sino por los ardientes deseos que he tenido de salvar almas.”

La relación de este Acto de ofrenda con el Corazón de Jesús la ha establecido la Santa misma. Es notable cómo ella, sin solución de continuidad, de la “Trinidad bienaventurada”, a la que se dirige al principio del Acto, pasa a hablar al Esposo, a quien ruega que permanezca en ella como en el tabernáculo y del cual dice que volverá con el cetro de la Cruz y que conserva en el cielo las llagas de su pasión.

En este Acto pedía la Santa a Dios que no la mirara sino “a través de la Faz de Jesús y en su Corazón ardiendo de Amor”. La finalidad de su vida la presentaba ella:

“Quiero trabajar por vuestro solo Amor, con el único objeto de agradaros, de consolar a vuestro Sagrado Corazón y de salvar las almas que os amarán eternamente”.

La explicación de esta su ofrenda, que ella nos ofrece en el pasaje citado del Ms. A., formula esta pregunta:

“Dios mío, vuestro amor menospreciado ¿va a quedarse en vuestro Corazón?”

Ve Santa Teresa expresamente el Corazón de Jesús rebosante de Amor misericordioso, y el consuelo que ella se ofrece a dar a este Corazón es el de dejar a Jesús que la ame cuanto Él desea.

IV. DENTRO DE LA PARADOJA EVANGELICA

La historia de la devoción al Corazón de Jesús encuentra en esta que se siente

“la más pequeña de todas las almas” (10),

una confirmación impresionante de lo que había dicho el Señor:

“…has revelado estas cosas a los pequeños” (Lc 10,21).

“La ciencia del amor”, que Sor Teresa reconoce haber aprendido “no por medio de libros” sino por la secreta instrucción del Señor (11), le ha descubierto nuevas profundidades en el Amor misericordioso de Dios y en lo que es el Corazón de Cristo. Este descubrimiento de matices tan delicados en el Amor divino como misericordia para con los débiles y pecadores, es tanto menos explicable en Teresa, cuanto que ella tiene conciencia de haber sido “prevenida” por la misericordia de Dios (12) y, de hecho, la Santa constituye un caso de fidelidad singular aun dentro de la hagiografía.

Con esta su visión del Amor misericordioso ha podido Teresa completar y, en buena parte rectificar, la presentación que se venía haciendo de la reparación al Corazón de Jesús. Santa Teresa ha reorientado decididamente hacia el Amor, aquella corriente admirable de generosidad reparadora, que se encontraba limitada estrechamente por la visión de la justicia divina. En una pureza y profundidad de síntesis teológicas que no sabemos hubieran sido alcanzadas antes de Teresa ni superadas después de ella, intuye la Santa que el Amor misericordioso tiene la iniciativa de cuanto bueno se realiza por la creatura, que es tal su deseo de comunicarse por amor que su gozo es amar, que la creatura, en cambio, no acepta tantas veces ese Amor o sólo muy parcialmente; el consuelo, pues, que podremos dar al Corazón de Jesús será no “obligarle” a tener remansado su Amor sino “dejarle” amarnos cuanto El desea. Sin esfuerzo viene al pensamiento el recuerdo de aquel “gozo exultante” de Jesús, al reconocer que el Padre ha escondido “estas cosas” a los sabios y las ha descubierto a los “muy pequeños” (Lc 10, 21). La Madre de Jesús había también “exultado de gozo” al comprender que Dios había puesto sus ojos en “la bajeza” de ella (Lc 1, 47-48). Teresa, aplicando a sí misma las palabras del Maestro: “…venid a mi escuela… y encontraréis alivio para vuestras almas” (Mt 11, 29), añadía en conversación de despedida a la Madre Inés:“alivio para vuestras almas pequeñas” (15-V-1897).

Jesús Solano, S.I.

 

(1) Manuscritos autobiográficos, Ms C, folio 35 r°.
(2) Cf. o. c., Ms A, folio 70 r°; 74 r°.
(3) Cf. o. c., Ms C, folio 22 r° – 22 v°.
(4) Cf. o. c., Ms C, folio 36 r°.
(5) Carta de 18 julio de 1897 al Abbé Belliére.
(6) Novissima verba, 11.7.3.
(7) Folio 84 r°.
(8) Folio 84 r°.
(9) Acto de ofrenda, o. c., 318.
(10) O. c., Ms B, folio 1 v°.
(11) O. c., Ms B, folio 1 r°.
(12) O. c., Ms C, 3 G v°.