EL Sagrado Corazón de Jesús y el Magisterio de la Iglesia

Las tradicionales prácticas de devoción que, durante el mes de junio, y especialmente en la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús, tienen lugar en nuestros templos, me ofrecen agradable ocasión para dirigir mi palabra de alabanza y aliento a quienes las promuevan, no sin comentar las desviaciones que se han producido en algunos ambientes, a los cuales ya se refirió el Papa Pío XII (Haurietis aquas, 15 de mayo de 1956), y que ha lamentado no hace mucho el actual Pontífice Romano Pablo VI, felizmente reinante (lnvestigabiles divitias, 6 de febrero de 1965; cfr. Alocución a los Padres del Sagrado Corazón, 14 de junio de 1966).

Ciertamente son de evitar, en ésta como en toda devoción, las inoportunas manifestaciones y las expresiones exageradas, sensibleras, realmente anticuadas o inconsistentemente fundadas en la verdad católica. Eliminado, empero, cuanto de eso pudiera haber, no sólo las «devociones» ayudan a la auténtica devoción, o espíritu de entrega, la manifiestan y excitan, sino que, sobre todo, es algo esencial al cristianismo el reconocimiento y la correspondencia al amor con que Dios concibió el «designio eterno» (Ef. 3, 11) o Misterio de Cristo, en orden a la salvación de los hombres; al amor con que ha ido y va realizándolo a lo largo de la Historia de la salvación; y al amor divino y humano con que Jesucristo llevó personalmente, y continúa llevando a efecto en su Iglesia la parte fundamental, a la que nos corresponde cooperar, de aquel amoroso designio.

Sagrado Corazón de Jesús

El amor con que Dios concibió el «Designio Eterno»

Y puesto que la devoción y culto al Sagrado Corazón de Jesús (por más que se dirija de modo inmediato a un órgano corporal -siempre nobilísimo, y más en el caso del Dios-Hombre-) se endereza en último término el amor de caridad que por el Corazón se simboliza, no sin razón la calificó León XIII de «preciadísima forma de culto religioso» (cfr. Haurietis). Justamente asentó Pío XI que «en esta devoción está encerrada la síntesis de toda la religión» (Miserentissimus, 8 de mayo de 1928). Exactamente escribió Pío XII que esta devoción «se puede considerar como la profesión más completa de la religión cristiana», «la escuela más eficaz de la caridad divina» y «la síntesis de todo el misterio de nuestra Redención» (Haurietis). Y no menos sabiamente pronunció Juan XXIII que «para iluminar y excitar a la adoración de Jesucristo, nada mejor que meditarlo e invocarlo bajo la triple luz de su Nombre, su Corazón y su Sangre» (discurso de clausura del Sínodo Romano, 31 de enero de 1960).

Siguiendo esas huellas de sus augustos predecesores, Pablo VI ha recordado que, «pues el Concilio Ecuménico (Vaticano II) exhorta en gran manera a los ejercicios de piedad cristiana, particularmente si son practicados por recomendación de la Sede Apostólica (Const. Sacrosanctum Concilium, 13), parece que hay que inculcar éste por encima de cualquier otro, ya que esta devoción se dirige a adorar a Jesucristo y a ofrecerle reparación, y está fundada sobre todo en el augusto misterio de la Eucaristía, de la cual, como de toda acción litúrgica, se sigue la santificación de todos los hombres en Cristo y la glorificación de Dios, a la que tiende como a su fin toda la actividad de la Iglesia» (Investigabiles divitias, 10).

Más aún: no sólo «en este santísimo Corazón de Jesús se encuentra -según otras palabras de Pablo VI- el origen y manantial de la sagrada liturgia, puesto que es el templo santo de Dios donde se ofrece el sacrificio de propiciación al eterno Padre», sino que «la Iglesia o reino de Cristo, presente ya como misterio, se desarrolla visiblemente en el mundo por la fuerza divina; y este nacimiento y desarrollo se significan por aquella sangre y agua que salieron del costado abierto de Jesús crucificado, porque, en realidad, de aquel Corazón herido nació la Iglesia y de él se alimenta».

Esta devoción cobra fuerza de necesidad en el período postconciliar

De aquí que aún en nuestros días la devoción al Sagrado Corazón de Jesús, lejos de haber perdido su razón de ser o su actualidad, ha venido a cobrar fuerza de necesidad en nuestro período posconciliar «porque, como todos saben -añade el Santo Padre- la meta principal del Concilio es la restauración de la disciplina pública y privada en todos los campos y ámbitos de la vida cristiana, de forma que resplandezca con nueva luz el misterio de la Iglesia. El cual no puede dignamente entenderse sin considerar atentamente el amor eterno del Verbo encamado, cuyo expresivo símbolo es su mismo Corazón traspasado».

Quitarle al misterio de la Iglesia, o relegar a la penumbra su móvil, que es el amor de Dios, no sólo es despojarle de lo más excelente que en él hay, sino que equivale a dejarlo sin explicación. ¿Cuál puede ser -aparte la gloria de Dios, fin último de todo lo creado- el móvil de tan gran misterio sino el amor de Quien tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito (Jn 3, 16), de Quien «nos amó» a nosotros y envió al Hijo suyo, propiciación por nuestros pecados (Jn 4, 10), de Quien me amó y se entregó por mí (Gal 2, 20)?

En cambio, si reconocemos y agradecemos (como es de justicia) ese móvil amoroso y correspondemos a él cuanto nos es dable, estamos ya en la esencia de la devoción al Corazón de Jesús: ya no nos falta, para entrar de lleno en ella, sino -de acuerdo con el ejemplo de la Iglesia misma y de su liturgia- expresar mediante un símbolo material la realidad espiritual o invisible de ese amor. Este signo es el Corazón, símbolo y centro de la vida afectiva del amor. Por eso Pío XII, después de demostrar con abundantes argumentos que la devoción al Sagrado Corazón de Jesús no se funda en revelaciones privadas (por más que éstas hayan sido la ocasión providencial para difundirla), sino en la palabra de Dios escrita y en la Sagrada Tradición, no vaciló en afirmar que «no se trata de una forma cualquiera de piedad que se pueda lícitamente posponer a las otras, o estimar en menos, sino de un tributo de religión sumamente apto para conseguir la perfección cristiana» (Haurietis).

 

Solución y remedio a los males que nos afligen

Paralelamente a la importancia para la propia perfección y a la poderosa ayuda para la comprensión del Misterio de la Iglesia, la devoción rectamente entendida y practicada al Sagrado Corazón de Jesús, aporta también resolución y remedio (no menos hoy que en tiempos de León XIII y Pío XII) a los males que nos afligen.

En nuestro anhelo de justicia, no hemos de olvidar nunca el Corazón manso, humilde, injuriado y traspasado del Redentor, que, siendo ultrajado, no respondía con otros ultrajes; siendo maltratado no prorrumpía en amenazas (1 Pe 2, 23); y siendo rico, se empobreció (1 Cor 8, 9) para que otros -nosotros- se enriqueciesen. En la defensa de la verdad y de la justicia y en la lucha contra la avara retención de lo poseído, o la codicia de lo que no se posee, ha de actuar siempre el amor de caridad de unos para con otros, porque este mandamiento tenemos de él: que quien ame a Dios, ame también a su hermano (1 Jn 4, 21). Obrar así no quita fuerza al necesario empeño por un mundo mejor: lo sostiene y lo fecunda.

Diálogo y autoridad

Si hoy un deseo, y hasta derecho legítimo -aunque no raras veces desbordado- de expresar la propia opinión y de ser oídos, nos impele a proclamar la necesidad y el derecho al diálogo, y si las tensiones (sin duda mayores que en tiempos pasados) entre libertad y autoridad, ponen tropiezos a la equilibrada armonización entre derechos individuales y bien general, también el Corazón de Quien decía a sus discípulos no os llamo siervos, sino amigos (Jn 15, 15), y al que el Padre no libró, a pesar de la oración del huerto, de sorber el cáliz de la Pasión, nos enseñará que ni el diálogo es necesariamente satisfacción de nuestro propio criterio, ni la autoridad un usufructo personal, sino un servicio al bien general, dentro del cual todos hemos de oírnos, respetarnos y aceptar, llegado el caso, incluso lo que pueda desagradar, si ello constituye un mayor servicio al bien de todos.

Si hoy nos acongojan y apenan algunos peligros en materia de unidad interna de la Iglesia (por la que el Sumo Pontífice ha querido recientemente rogar en el mismo lugar geográfico donde la Madre de Dios recomendó la devoción y la consagración a su Corazón), aquel Corazón que, a pesar de tanto haber amado a los hombres, no recibe de ellos sino ingratitudes y menosprecios, alentará nuestra esperanza de conseguir lo que tan ardientemente deseó para sus discípulos (sean éstos los de dentro, sean los «separados»): que todos sean uno (Jn 17, 21).

El camino de la oración y el sacrificio

Si hoy la materialización de la vida, la amplitud de la descristianización, del indiferentismo y del ateísmo incluso (cfr. Lumen gentium 19, 21) dificultan y esterilizan nuestros esfuerzos apostólicos, también este Corazón, que nunca perdió su íntima unión con el Padre y que se entregó en sacrificio por los mismos que le perseguían, nos señalará el único camino para su apostolado eficaz y el único refugio de consuelo ante el aparente fracaso: la oración y el sacrificio.

Si hoy, finalmente, tantos corazones de cristianos que quieren permanecer fieles a su fe, se ven asaltados por los atractivos de la riqueza y del medro personal, y de la comodidad y el placer, incluso ilícitos e inmorales, este Corazón pobre y desnudo de todo interés de provecho propio, hasta darse enteramente, nos enseñará a poner nuestro ideal en la gloria y el servicio del Padre, «aunque sea para ello necesario sacrificar nuestros intereses y ventajas materiales», y a expresar con nuestra vida el Misterio Pascual, de suerte que no vivamos ya para nosotros mismos, sino para Quien por nosotros murió y resucitó (2 Cor 5, 15).

Del libro”El Corazón de Jesús en el magisterio del
Cardenal D. Marcelo González Martín”