EL SAGRADO CORAZÓN Y EL AÑO SANTO (I)

«PAX ET RECONCILIATIO NOSTRA»

 

El próximo Año Santo producirá, sin duda, frutos notables en la Iglesia de Dios. Los está produciendo ya en las Iglesias locales en que viene celebrándose. En el alma de muchos sacerdotes se está despertando un vivo anhelo de volver a las fuentes, no en el sentido técnico en que se emplea esta expresión cuando hablamos de cuestiones teológicas o de estructuras de la Iglesia, sino en el de «retorno a la interioridad», «recuperación del núcleo vital de la fe y la unión con Dios». Perdido éste, todos nuestros esfuerzos de evangelización se quedan en la superficie y no logran transformar los corazones de los hombres mediante una conversión auténtica. Ahora bien, ¿a qué queda reducido el Reino de Dios en el mundo si esa conversión no se produce? (cf. Mt 3, 1-2; 4, 4-7; Mc 1, 15).

En estos años posconciliares hemos perdido mucho tiempo y muchas energías, prendidos en la red de nuestras discusiones reformistas y obedientes más a nuestros criterios humanos, a veces tan viciados y torpes, que a las auténticas llamadas de Dios a través de su Espíritu y de la Iglesia. El Papa lo expresaba así en noviembre de 1973:

«No se prestó, y todavía no se presta, la suficiente atención a dos cosas. La primera: que la renovación, proceso vital y continuo de un organismo viviente como la Iglesia, no puede ser una metamorfosis, una transformación radical, una infidelidad a los elementos esenciales y perpetuos, cuya renovación no puede ser otra cosa que reforzamiento, no cambio. La otra: que la renovación deseada es la interior más que la exterior, como, con palabras siempre actuales, nos advierte San Pablo: Renovaos en el espíritu de vuestra mente (Ef. 4, 23)». Y este punto lo explica así el Santo Padre: «Debéis habituaros a pensar según la fe; debéis modelar vuestro juicio especulativo y práctico de acuerdo con Jesucristo, de acuerdo con el Evangelio o, como se suele decir, de acuerdo con el análisis cristiano: tener una mentalidad cristiana, pensar según el concepto que del mundo, de la vida, de la sociedad, de los valores presentes y futuros recibimos de la palabra de Dios. No es fácil, pero esto es lo que hay que hacer. Esta reconstrucción de nuestro modo global de sentir, de conocer, de juzgar y, por tanto, de actuar es el programa permanente del cristiano fiel, individual-mente considerado, y de la Iglesia en general».

Pues bien, este Congreso que nos congrega, en actitud de reflexión y de piedad en torno al Corazón de Cristo, puede ser una contribución eficaz a esa renovación interior que el Año Santo se propone conseguir. Con esta esperanza he escrito estas páginas, en las que me propongo hablar del Corazón de Jesús como «nuestra paz y reconciliación».

Todo nos ha sido dado en el Corazón de Cristo. Su amor redentor, el misterio de la vida trinitaria que en él se nos revela, su dinamismo inextinguible, lleno a la vez de mansedumbre y de exigencias transformadoras, su fuerza divina para situarnos amorosa-mente en el camino de la penitencia evangélica y la expiación de nuestros pecados, de toda clase de pecados, nos invitan a pensar que en la medida en que nos acerquemos al Corazón de Jesús, podremos lograr lo que el Santo Padre proclamaba como objetivo del Año Santo con estas palabras:

«Tenemos, en primer lugar, necesidad de restablecer relaciones auténticas, vitales y felices con Dios, de ser reconciliados, en la humildad y en el amor, con Él, a fin de que, de esta primera y constitucional armonía, todo el mundo de nuestra experiencia ex-prese una exigencia y adquiera una virtud de reconciliación, en la caridad y en la justicia, con los hombres, a los que inmediatamente reconocemos bajo el título reformador de hermanos. En una palabra, la reconciliación se lleva a cabo en otros planos amplísimos y altísimos: la misma comunidad eclesial, la sociedad, la política, el ecumenismo, la paz…».

 

I

EL CORAZÓN DE JESÚS, REALIDAD EN LA QUE EL MISTERIO DEL AMOR DE DIOS ESTÁ PRESENTE

De todos es conocida la gran encíclica de Pío XII Haurietis aquas, sobre el culto y la devoción al Corazón de Jesús, que es, según él, compendio de espiritualidad, por los sólidos fundamentos en que se apoya: hablar del Corazón de Jesús es hablar de la misión salvadora del Redentor, y es la expresión sensible del in-abarcable amor de Dios a los hombres. «Beberéis aguas con gozo en las fuentes del Salvador». En las páginas del Evangelio, principalmente, encontraremos la luz, con lo cual, iluminados y fortalecidos, podremos penetrar en el templo de este Divino Corazón y admirar con el Apóstol de las gentes las abundantes riquezas de la gracia en la bondad usada con nosotros por amor de Jesucristo.

El adorable Corazón de Jesucristo late con amor divino al mismo tiempo que humano, desde que la Virgen María pronunció su fiat, y el Verbo de Dios, como nota el Apóstol, al entrar en el mundo dijo: Sacrificio y ofrenda no quisiste, pero me diste un cuerpo a propósito; holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: Heme aquí presente. En el principio del libro se habla de mí. Quiero hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad. Por esta «voluntad» hemos sido santificados mediante la oblación del cuerpo de Jesucristo, que él ha hecho de una vez para siempre (Heb 10, 5-7. 10). Con amor aún mayor latía el Corazón de Jesucristo cuando de su boca salían palabras inspiradas en el amor ardientísimo: Jerusalén, Jerusalén que matas a los profetas y apedreas a los que a ti son enviados; ¡cuántas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus polluelos bajo las alas, y tú no lo has querido! (Mc 23, 37). Pero particularmente se conmovió de amor y de temor su Corazón, cuando ante la hora ya inminente de los cruelísimos padecimientos y ante la natural repugnancia a los dolores y a la muerte exclamó: Padre mío, si es posible, pase de Mí este cáliz (Mt 26, 39). Finalmente, colgado ya en la Cruz el Divino Redentor, es cuando siente cómo su Corazón se trueca en impetuoso torrente, desbordado en los más variados y vehementes sentimientos, esto es, de amor ardentísimo, de angustia, de misericordia, de encendido deseo, de serena tranquilidad, como se nos manifiesta claramente en aquellas palabras tan inolvidables como significativas: Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen (Lc 23, 24); Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? (Mt 27, 46). En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso (Le 23, 45). Tengo sed (Jn 19, 28). Padre, en tus manos encomien-do mi espíritu (Lc 23, 46) .

El Corazón de Jesús designa la realidad en la que el misterio de Dios está presente como cercanía que nos ama, se compadece de nosotros, expía nuestros pecados y se da a Sí mismo en sacrificio. En el Corazón de Cristo sabemos quién ha querido ser Dios para nosotros; en él, el enigma al que conduce toda la realidad y sabiduría del mundo se transforma en misterio de amor y de redención que nos salva y da la felicidad. Nuestro corazón descansa a la luz de su verdad y de su amor, y en él sabemos de la verdadera sabiduría y del verdadero amor, sin los que todo es pasajero, vano y fugaz.

«El Espíritu Santo tiene su celda preferida en el ser humano, el corazón (Rom 5, 5). ¿Qué significa la palabra corazón en el lenguaje bíblico? Sería muy largo de definir. Contentémonos ahora con calificar al corazón como el centro íntimo, libre, profundo, personal de nuestra vida interior» . El corazón es como el símbolo central de la persona.

Existen palabras cumbres por su capacidad expresiva, tanto en teología como en filosofía, o en el sencillo pero intuitivo y penetrante lenguaje popular. La palabra Logos fue para San Juan una de esas expresiones portadoras de la interioridad de su teología. La historia en todos sus ámbitos forja palabras en las que parece como si quisiera asumir todas las cosas en su unidad. Esto ha ocurrido siempre con la palabra «corazón».

Cuando hablamos del «corazón», como ha dicho Hedwig Conrad-Martius en sus Coloquios Metafísicos, invocamos lo original del hombre, en el profundo y auténtico sentido de la palabra, en la que todo su ser resume. El corazón es el centro desde el que toda la vida se despliega para volver de nuevo a él; todos los caminos de la vida personal parten de él y vuelven a él. En el corazón aparece como anudada y atada toda la esencia del hombre que se desborda y manifiesta en el cuerpo y en el espíritu. Al decir «corazón» se invoca la unidad de la existencia, la totalidad que se sabe a sí misma, la interioridad secreta, la fuerza que imprime el dinamismo a toda manifestación de vida, lo originalmente personal, la intimidad profunda de donde, como dice el Señor, sale lo bueno y lo malo. El hombre bueno, del buen tesoro del corazón saca lo bueno, y el malo, del malo saca lo malo, porque de la abundancia de su corazón habla su boca (Lc 6, 45). Bienaventurados los pobres, los mansos, los misericordiosos, los que tienen hambre y sed de justicia, los que padecen persecución. Todos necesitamos vitalmente de Él para ir por el camino recto y sin desfallecer. Venid a Mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo, y aprended de Mí que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30). Necesitamos de Él para estar en la verdad y cuando lleguemos a la bienaventuranza, en Él estará nuestra plenitud.

La reconciliación que el Señor nos ha merecido no consiste sólo en quitar el obstáculo que nos separa de Dios y hace posible la relación con Él, sino que nos concede un nuevo corazón para amar, ya que es Cristo quien vive en nosotros. La existencia humana toma por Él una nueva orientación y se convierte en una existencia según los designios de su Corazón, en la que sólo falta la cooperación nuestra. Todo el que está unido a Cristo es nueva criatura, porque en el hombre reconciliado con Dios por la sangre del Señor ocurre un milagro: renace a una nueva vida que será su bienaventuranza eterna. Todo el que cree que Jesús es el Cristo ha nacido de Dios (1 Jn 5, 1). Por eso el cristiano tiene que renunciar a encontrar su seguridad en él mismo, a gloriarse en su obra y propia realización, ya que todo lo que es proviene de Dios. Ésta es la gran paradoja constante en la teología paulina: todo es nuevo, la nueva criatura, la nueva existencia, la nueva vida, el hombre nuevo, y todo se halla en devenir; en nosotros se siente constantemente la lucha entre lo viejo y lo nuevo, el pecado y la gracia. Revestíos del hombre nuevo, creado según Dios, en la justicia y santidad de la ver-dad (Ef. 4, 24).

Nuestro propio existencialismo, el que sencilla y cotidianamente vivimos, nos lo grita: no estamos hechos de antemano; nos hemos de recobrar a nosotros mismos y sólo llegaremos a ser desde el corazón y el Espíritu de Dios que nos ama. El saber de Dios atraviesa toda relación, penetra hasta lo más íntimo y comprende todo hasta la última raíz. Dios nos sabe con saber de amor; aunque nuestro corazón nos acuse, como dice San Juan, Dios es mayor que nuestro corazón. Él tiene una idea de cada uno de los hombres, una imagen viva, concebida por Él, confirmada y querida. Detrás de la existencia de cada ser humano, por desgraciado, pobre y miserable que sea y se sienta, hay algo que es bueno ante Dios. En nuestra vida, a veces, tan desgarrada y tan torpe, hay algo muy fundamental querido por Dios; detrás de todo hay una imagen nuestra en el Corazón de Cristo, en la que está la verdad y la riqueza de nuestro ser. Y cuando los hombres luchamos con su gracia, llega un momento en que encontramos esa imagen nuestra y nos identificamos con ella. Por el amor de Dios nuestra historia es una historia de salvación.

«Si alguien nos preguntara: ¿Qué es seguro? ¿Tan seguro que podamos entregarnos a ello a ciegas? ¿Tan seguro que podamos enraizar en ello todas las cosas? Nuestra respuesta será: El amor de Jesucristo… La vida nos enseña que esta realidad suprema no son los hombres, ni aun los mejores ni los más amados; ni la ciencia, ni la filosofía, el arte o las otras manifestaciones del genio humano; ni la naturaleza, tan profundamente falaz, ni el tiempo, ni el destino… No es siquiera Dios sencillamente, puesto que nuestro pecado ha provocado su ira. ¿Cómo sabríamos, además, sin Jesucristo lo que hemos de esperar de Él? Sólo el amor de Jesucristo es seguro. No podemos decir siquiera: el amor de Dios, porque, a fin de cuentas, sólo por medio de Jesucristo sabemos que Dios nos ama. Y aunque lo supiéramos sin Cristo, de poco nos serviría, por-que el amor puede ser también inexorable y más duro cuanto más noble. Sólo por Cristo sabemos a ciencia cierta que Dios nos ama y nos perdona. En verdad, sólo es seguro lo que se manifiesta en la cruz, la actitud que en ella alienta, la fuerza que palpita en aquel Corazón. Es muy cierto lo que tantas veces se predica de manera inadecuada: el Corazón de Jesús es el principio y el fin de todas las cosas. Todo lo restante que está firmemente asentado -cuando se trata de vida o muerte eterna- sólo lo está en función del Señor y gracias a Él» .

Dios ha entrado en nuestra condición de modo tan real que se ha hecho hombre, uno de nosotros: A quien no conoció pecado, le hizo pecado por nosotros, para que viniésemos a ser justicia de Dios en él (2 Cor 5, 21). ¿Quién es el hombre capaz de atisbar cómo carga Cristo sobre sus espaldas el destino del mundo? La seriedad y veracidad del amor se manifiesta cuando este amor se hace destino del que ama. El amor de Dios es algo ante lo cual el hombre necesita callar, arrodillarse y adorar. Al tomar Cristo como suya la existencia tal cual es, apuró el cáliz hasta las heces. Se so-metió a todo por amor, con un corazón humano sensible, con pleno conocimiento. He aquí que vengo a hacer tu voluntad (Heb 10, 9), y entera libertad: El Padre me ama porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente (Jn 10, 17-18). Vivió tremendamente como ninguna persona humana puede vivir su existencia en este mundo que el engaño y la mentira habían robado a Dios, para desde ahí devolvérselo como una nueva criatura. Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del Hombre no tiene donde reclinar la cabeza (Mt 8, 20). Su mensaje y su existencia no son comprendidos. Sabe de la traición, de la falsedad, de la soledad. Su palabra es mal entendida y mal interpretada, le deforman sus intenciones y acciones, muere en la cruz en la flor de la edad. Y todo ello envuelto en un sufrimiento del que no tenemos idea: la santidad, la verdad, la justicia, el amor viviendo y muriendo en el ámbito del pecado, de la mentira, de la injusticia y del odio.

Nuestra vida está sumergida en un nuevo principio: el amor redentor de Dios. La existencia humana, por esta restauración di-vina, alcanzó una profundidad vital: Les dio poder de hacerse hijos de Dios (Jn 1, 12). El amor de Dios es el puro abrirse de su corazón más allá de toda medida, necesidad y exigencia: En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 10). Cristo ofrece al mundo abrasado en el odio y la mentira, el egoísmo y el orgullo, una corriente de agua viva cuya fuente está en el corazón de Dios: El que beba del agua que yo le dé, no tendrá sed jamás, sino que el agua que yo le dé se convertirá en él en una fuente de agua que brota para la vida eterna (Jn 4, 14).

Cristo ha visto el mundo desde dentro en función del corazón y del destino humano; es con toda verdad Señor de los corazones y sabedor de las intenciones. Él se ha conmovido ante el sufrimiento, ha vivido el dolor y la muerte en sí mismo y en los demás, sabe y conoce a los Zaqueos y a los adúlteros, a los publicanos, a los fariseos, a los que le niegan y abandonan, a los que se le acercan por interés. El corazón y la suerte de cada hombre es para Él realmente el centro de la creación, eso es lo que nos pone de manifiesto con sus milagros. Jesucristo se dirige a todos, porque todos necesitan de su redención. No va a favor de unos o de otros, de lo que el mundo llama poderosos o débiles, ricos o pobres; el Señor sale en busca del hombre, del hombre que para Él es siempre un necesitado, y lo coloca ante Dios. No todo el que me diga: Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial (Mt 7, 21). No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores (Mt 9, 13). La salvación es para los que buscan primero, y por encima de todo, el reino de Dios. Cristo ha arrancado ya al mundo de la mentira y su sombría realidad, la vida está ahí para los que quieran vivirla: Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque quien quiera salvar su vida la perderá, pero quien pierde su vida por Mí, ése la salvará (Lc 9, 23).

La verdad ha sido, por decirlo así, más que restablecida, porque ha sido realizada de nuevo en la caridad. El amor de Dios se convierte en amor de Padre al enviar a su Hijo para que entrara en la responsabilidad y fraternidad humana y así no sólo nos per-donó, sino que nos hizo hijos suyos y coherederos con Cristo, pues no recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor, antes bien, recibisteis un espíritu de hijos adoptivos que nos hace exclamar: ¡Abba! ¡Padre! El Espíritu mismo se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos de Cristo, ya que sufrimos con Él para ser también con Él glorificados (Rom 8, 15-17).

La misericordia y la miseria, la gracia y el pecado están en la base del mensaje evangélico, dijo el Papa en su audiencia general del miércoles 20 de marzo: «Estos dos puntos constituyen la base del anuncio evangélico, del Kerigma cristiano, es decir, de nuestro catecismo; y creemos que encierran en sí la síntesis dramática de nuestra salvación. ¿Cuáles son? Una vez más, San Agustín nos proporciona la fórmula, no sólo verbal, sino real, humana y teológica, que se sintetiza en estas dos formidables palabras: mise-ria y misericordia (En. in Ps. 32: PL, 36, 287). Al decir miseria nos referimos al pecado, tragedia humana que toma cuerpo en la historia del mal, abismo oscuro que precipita en una espantosa ruina. El pecado: de él hemos hablado otras veces, y su inquietante presencia retoma continuamente en cada uno de nuestros discursos religiosos y humanos…».

«Hablamos del pecado llamado actual, es decir, del pecado que pone en juego nuestra libertad, nuestra responsabilidad, y que muy a menudo encuentra un acicate en las circunstancias ambientales, desfavorables a la rectitud de nuestro obrar. Ahora bien, precisamente porque somos seres dotados de inteligencia, libres y responsables, sucede que nuestras acciones tienen una repercusión que va más allá del círculo de nuestra experiencia personal y, se quiera o no, asumen una importancia positiva o negativa, en consonancia con su conformidad o disconformidad con las exigencias del querer divino, en el que nos hallamos sumergidos como el pez en el agua. La inmanencia de la ley moral da dramatismo a nuestra existencia, con la consecuencia de que la infracción grave de esa ley, a la vez que supone objetivamente una intolerable ofensa a Dios, se hace subjetivamente mortal para quien la comete, es decir, se convierte en una autolesión, en una mancha, de la que las opiniones naturalistas, en su intento de reducir el pecado a la dimensión de un simple hecho de ignorancia, de debilidad o de instinto irrefrenable, son incapaces de liberar…»

«Pero nos sale al paso otra verdad distinta; otra suerte le está reservada al hombre, la gracia, un gratuito, omnipotente e inefable designio de Dios: la misericordia. La misericordia divina viene en ayuda de la miseria del hombre. Y ya conocéis con qué providencia: Donde abundó el pecado sobreabundó la gracia (Rom 5, 20). Y también lo sabéis, con un amor completamente inesperado: Cristo, el Verbo de Dios hecho hombre, ha asumido en sí mismo la misión redentora… Nunca exploraremos lo suficiente este plan redentor en el que se nos revela la infinita bondad de Dios, el amor incomparable de Cristo para con nosotros, la suerte inconmensurable ofrecida a nuestro destino eterno. Entrar dentro de este plan significa para nosotros hacer penitencia, es decir, conocer, aceptar y revivir esta economía de salvación. ¿Qué otra cosa puede haber más grande, más necesaria y, en el fondo, más bella, más hermosa y más feliz?» .

II

LA DESEADA RENOVACIÓN DE TODA LA IGLESIA DEPENDE EN GRAN PARTE DEL MINISTERIO DE LOS SACERDOTES

El Concilio Vaticano II ha afirmado que la deseada renovación de toda la Iglesia depende en gran parte del ministerio de los sacerdotes. Es que Cristo nos ha confiado a los sacerdotes el ministerio de la paz y de la reconciliación. La paz con vosotros. Como el Padre me envió, Yo os envío. Dicho esto sopló sobre ellos y les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los peca-dos, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedarán retenidos (Jn 20, 21-23). Todo proviene de Dios, que nos re-concilió consigo por Cristo y nos confió el misterio de la reconciliación (2 Cor 5, 18). Somos ministros de los sacramentos, de la Eucaristía, rectores del pueblo de Dios, nuestra misión es clara: anunciar a todos la gran realidad de la reconciliación. Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación (Mc 16, 15). El Padre envió al Hijo no para condenar al mundo, sino para que por su medio se salvara. Venid conmigo y os haré pescadores de hombres (Mt 4, 19). El sacerdote es el enviado de Cristo para que hable al mundo la palabra de salvación y ofrezca el sacrificio redentor.

El sacerdote existe para el perdón de los pecados y, por tanto, para comunicar la gracia de Dios. Por supuesto, no somos los sacerdotes los que obramos la salvación, lo hacen los propios hombres y la gracia de Dios. Cristo descendió del cielo a causa de nuestra salvación, confesamos en el Credo; vino como Redentor que libra del pecado y arranca de raíz lo que mancha y perturba en el corazón del hombre, lo que impide el amor y la paz, lo que es causa de la injusticia y atropello, y esto es el pecado. Nosotros los sacerdotes de Cristo «en el seguimiento de Aquel que, como Cordero de Dios, en la cruz ha quitado los pecados del mundo, estamos destinados a ocuparnos temáticamente de algo que sería mejor pasar en silencio. Y hemos de hacerlo desde lo más íntimo de nuestra existencia. Existimos para el perdón de los pecados. Por esta sola razón deberíamos poseer un profundo conocimiento del pecado. Hoy corremos el peligro de desvirtuar la misión de la Iglesia y nuestro propio apostolado, como si estuviéramos aquí para decirles a los hombres: “Hijos, si obráis conforme a nuestras rece-tas, todo irá bien en el mundo”. Esto es verdad hasta cierto punto. Si los hombres nos hicieran caso, la vida sería ciertamente más soportable. Pero, en fin de cuentas, y a pesar de las cuestiones sociales y de la defensa contra el comunismo, nosotros estamos aquí, y para toda la eternidad, para que los hombres, por nuestro medio, encuentren su salvación en Dios. Y un “ego te absolvo” a un peca-do que, desde el punto de vista sociológico, acaso no tiene gran trascendencia, es en realidad más importante que todo cuanto po-damos hacer para mejorar la existencia de los hombres. Queda mucho trecho que recorrer hasta obtener este convencimiento, hasta que esta actitud se nos haga carne y sangre, de suerte que vivamos de ella; hasta que el confesonario, la cama del enfermo, la enseñanza de los niños, el servicio de los pobres, de los retrasados, los inadaptados, nos resulten tan importantes como la docta disertación, la solución de los problemas sociales, la política, el trato con los poderosos de la tierra» .

El mundo sólo se transformará por la transformación de los hombres, y ésta solamente se consigue cuando cada hombre se renueva en su interior. La gracia de Dios no es una fuerza física que mueve cosas; se dirige a la persona en concreto, la llama, la despierta y hace que así llegue a ser auténticamente ella misma. Cuanto más crece la gracia en la persona, más libre se hace ésta y más se fortalece su vida propia de hombre con la dignidad que le corresponde. Todo hombre ha de enfrentarse con su propio corazón, con las raíces de bien y de mal que en él haya, con el sufrimiento y el dolor; no les escamoteemos la verdad. Cada uno tenemos que luchar para que las cosas mejoren, y esto es nuestro deber y nuestra responsabilidad; tenemos que vivir haciendo de esto nuestro medio de expiación. Pero recordemos siempre que lo primero es limpiar nuestro propio corazón. No hay reforma universal, la única reforma es la de cada persona. Por eso, la respuesta a la menesterosidad de la existencia no la puede dar el reformador social, ni el científico, ni el político, ni el filósofo; la respuesta la da la palabra de Dios en el corazón de cada hombre que hace en-tender el mal, el sufrimiento y la expiación desde la raíz. Y de aquí procede la paz, porque sólo puede venir del acuerdo con la verdad. Ésta es la que da al hombre firmeza y solidez. Por esta verdad de su ser frente a Dios, por la que en sí mismo sabe de su propia mal-dad y de su propia bondad, cobra conciencia de su dignidad y libertad. La forma más horrible de violencia es aquella en la que se destroza en la persona su conciencia de verdad, porque sólo la verdad nos hace ser, y ser libres. Esta limpieza y verdad de corazón que Cristo pide, y a la que va enfocado su mensaje del Reino de los cielos, es aquella por la que el hombre «hace pie» en sí mis-mo, y llega a tener un carácter y un camino personal que recorrer.

Nuestra vida tiene que estar guiada por la fe en la palabra de Dios. Es fácil decirlo, ya lo sé. Lo difícil es hacerlo realidad. Es difícil obrar, no por el alimento perecedero, sino por el alimento que permanece para la vida eterna y que nos da el Hijo del hombre (cf. Jn 6, 27). Al pasar la mirada por el mundo en general, siempre grita más el mal que el bien, el espectáculo no ofrece lugar a du-das: la historia a nivel general se mueve por la economía y valores puramente materialistas; a nivel personal cada uno busca su provecho. Se expresan ideas más o menos sistematizadas, que en algunos casos parecen querer poner de relieve una valía y una originalidad que ni siquiera es la que auténticamente escuchan y sienten en su interior los que las manifiestan. El afán de poder busca objetivos egoístas y propios y provoca orgullo, vanidad, odio. Hay una complacencia agria en lo que puede poner en ridículo a las personas, en propalar lo que les puede quitar la fama. Se subestima el valor de los otros por envidia y resentimiento, y se da a veces una alegría enfermiza ante el mal moral de los demás. Gran parte de la propaganda y de los «slogans» de la sociedad convierte en insensatas las exigencias cristianas o de una determinada forma de consagración a Dios; y los hombres se consideran como «sin sentido común» si siguen fieles a Dios. Están tan enredadas a veces las cosas que los que quieren vivir con fidelidad y honradez tienen la sensación de ser locos y estar alejados de la vida.

Pero a todos se nos dirigirá un día la misma pregunta: ¿Dónde está tu hermano? ¿Qué has provocado con tus actitudes, con tu vida? ¿Has llevado a los hombres a la verdad y a la libertad de su gran dignidad personal de hijos de Dios? La reconciliación, de la que Cristo nos habla y que nosotros tenemos que predicar, lleva a la audacia de vender todo para lograr la perla preciosa. El Reino de los Cielos es semejante a un tesoro escondido en un cam-po que, al encontrarlo un hombre, lo vuelve a esconder y, por la alegría que le da, va, vende todo lo que tiene y compra el campo aquel. También es semejante el Reino de los Cielos a un mercader que anda buscando perlas finas, y que al encontrar una de gran valor, va, vende lo que tiene y la compra (Mt 14, 44-46).

No son compensaciones humanas lo que el sacerdote puede buscar en el cumplimiento de su misión, ni su prestigio, comodidad, miras o ventajas personales. Por ser otro Cristo, mediador entre Dios y los hombres, no puede aspirar a otra vida ni a otro trato mejor del que sufrió su Salvador. No está el discípulo por encima de su maestro, ni el siervo por encima de su amo. Ya le basta al discípulo ser como su maestro, y al siervo como su amo. Si al dueño de la casa le han llamado Belcebú, ¡cuánto más a sus domésticos! (Mt 10, 24-25). Acordaos de las palabras que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también guardarán la vuestra (Jn 15, 20). Se nos ha conferido una potestad espiritual que es ciertamente para la edificación del Reino de Dios entre los hombres; por ello tenemos que portarnos «no de acuerdo con los principios de los hombres, sino conforme a las exigencias de la doctrina y vida cristianas, enseñándoles y amonestándolos también como a hijos carísimos, según las palabras del Apóstol: Insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina (2 Tim 4, 2)» .

El sacerdocio no es una especie de emanación de los fieles o un poder conferido por la comunidad, es un poder recibido de Dios; el pueblo no puede conferir o delegar un poder que él no ha recibido. «Sólo a los Apóstoles y a los que, después de ellos, han recibido de sus sucesores la imposición de las manos, se ha conferido la potestad sacerdotal; y en virtud de ella, así como represen-tan ante el pueblo a ellos confiado la persona de Jesucristo, así también representan al pueblo de Dios. Este sacerdocio no se transmite ni por herencia ni por descendencia carnal, ni nace de la comunidad cristiana, ni es delegación del pueblo. Antes de representar al pueblo ante Dios, el sacerdote tiene la representación del Divino Redentor, y, dado que Jesucristo es la Cabeza de aquel Cuerpo del que los cristianos son miembros, representa también a Dios ante su pueblo. Por consiguiente, la potestad que se le ha conferido nada tiene de humano en su naturaleza; es sobrenatural y viene de Dios: Como mi Padre me envió, así os envío también a vosotros…, el que os escucha a vosotros, me escucha a mí…, id por todo el mundo: predicad el Evangelio a todas las criaturas; el que creyere y se bautizare, se salvará».

No es la comunidad quien debe dar instrucciones al sacer-dote, ni éste decir las cosas que la comunidad desea o le gusta oír, porque el fin que «persigue con su ministerio y vida, es procurar la gloria de Dios en Cristo. Esta gloria consiste en que los hombres reciban consciente, libre y agradecidamente la obra de Dios, acabada en Cristo, y la manifiesten en su vida entera» . «Los presbíteros del Nuevo Testamento, por su vocación y ordenación, son en realidad segregados, en cierto modo, en el seno del pueblo de Dios; pero no para estar separados ni del pueblo mismo ni de hombre alguno, sino para consagrarse totalmente a la obra para que el Señor los llama. No podrían ser ministros de Cristo si no fueran testigos y dispensadores de una vida distinta de la terrena, ni podrían tampoco servir a los hombres si permanecieran ajenos a la vida y condiciones de los mismos. Su propio ministerio exige por título especial que no se configuren con este siglo; pero requiere al mismo tiempo que vivan en este siglo entre los hombres y, como buenos pastores, conozcan a sus ovejas y trabajen para atraer a las que no son de este aprisco, para que también ellas oigan la voz de Cristo, y se forme un solo aprisco y un solo pastor. Mucho contribuyen a lograr este fin las virtudes que con razón se estiman en el trato humano, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de alma y la constancia, el continuo afán de justicia, la urbanidad y otras, que el apóstol encarece, diciendo: Poned vuestro pensamiento en todo lo que es verdadero, en todo lo puro, en todo lo justo, en todo lo santo, en todo lo amable, en todo lo bien sonante, en cuanto sea virtud, en cuanto merezca alabanza (Fil 4, 8)» .

No es el mundo quien debe conformar al sacerdote, es el sacerdote quien debe conformarlo según el espíritu del Evangelio. La figura del sacerdote siempre será molesta para todos aquellos que esperan construir su paraíso en la tierra o que quieren servir a dos señores. Realmente, no hay más que un problema: «el de saber si Jesucristo se presenta como un testigo de una autenticidad humana y divina tal que tengamos derecho (con una exigencia plenamente lúcida y rigurosa, y no en virtud de un golpe de desesperación o de una actitud de exaltación) a fundamentar nuestra vida y nuestro pensamiento sobre él» . Y no hay contradicción. Cristo ha venido a salvar a todos los hombres, como ha venido a asumir el hombre todo; no ha venido a sustituir al hombre por otro tipo de hombre, no a rechazar la riqueza humana, sino a integrarla y asumirla para purificarla, liberarla y transfigurarla.

Tened valor, nos dice el Señor, Yo he vencido al mundo (Jn 16, 33). Hay ya en el mundo una capacidad infinita de amor, de comprender, de expiar, de servir, de esperar. Ya hemos visto cómo se agolpó todo en torno a Cristo: asechanzas, odio, mentira, dolor, abandono, desamparo; y Él no lo esquivó. Todo lo podemos en aquel que nos conforta (Fil 4, 13), aunque llevemos nuestro tesoro en vasos de barro. Y esto no de un modo fantástico, sino real; en nuestro interior va creciendo el hombre nuevo, a pesar de los obstáculos y fracasos a que nos lleva el hombre viejo. En nosotros está ya la auténtica esperanza que desea vivamente toda la revelación de los hijos de Dios.

No tengáis miedo, nos dice también el Santo Padre Pablo VI, no tengáis miedo a mantener la propia identidad sacerdotal; con la esperanza en Dios éste es un momento generador de toda la restante vitalidad eclesial. La acción salvadora de Dios actúa por medio de instrumentos humanos. «La desproporción entre las fuerzas humanas y la grandeza de la misión que os ha sido encomendada, justifica esta recomendación valedera para cualquiera de nosotros que haya recibido la investidura del sacerdocio ministerial. Hoy, además, ha llegado el momento de repetirla con la más cordial energía: ¡No temáis! Una tentación característica de nuestra época ha conseguido penetrar en el corazón del sacerdote: la tentación polimorfa del temor, de la incertidumbre, de la duda. De la duda sobre sí mismo, ¡parece extraño!, sobre la llamada identidad propia, manifestada en muchas cuestiones sutiles, que amenazan con abatir a la víctima que las ha aceptado como fundadas dentro de su propio espíritu, como si fuese infundado, anacrónico, superfluo, el sacerdocio católico, y sin objetivo, sin fortuna, su misión.»

«Ciertamente, todos conocéis la insidiosa fenomenología de esta posible corrosión interior de la certeza sobrenatural, que el orden sagrado infunde en el ministro fiel: ¡Soy sacerdote de Cris-to! Cristo me ha elegido y ha tomado posesión de mí para realizar por mi mediación su inefable misión de salvación, con su palabra, con su acción sacramental, con la santa misa especialmente y con la absolución de los pecados, con el ministerio pastoral y, aunque no fuese con otra cosa, con el sencillo y singular ejemplo de un estilo particular de vida, la vida pura, sacrificada y santa del sacerdote fiel» .

Pero me pregunto cómo será posible conseguir este equilibrio interior y esta fuerza capaz de cumplir en el mundo con nuestra misión de salvación, llevando la reconciliación y la paz, si nosotros, sacerdotes, elegidos por Dios para tal ministerio, no nos sumergimos en las profundidades del Corazón de Cristo Redentor.

Esta es la época en que la Iglesia ha abierto su corazón al mundo más que nunca. La Constitución Pastoral Gaudium et spes es toda ella como un inmenso latido del corazón de una Iglesia que comprende, se sacrifica y ama. Pero ¿qué corazón puede tener la Iglesia si no es el Corazón de Jesús, de Cristo, nuestro Hermano y nuestro Dios?

Y aquí viene la paradoja: cuando más hablamos del amor de la Iglesia al mundo menos pensamos sobre el Corazón de Cristo, y menos predicamos sobre el culto y la devoción comprometida y sacrificada que debemos a ese símbolo adorable del amor que reconcilia y da paz.

No encuentro explicación adecuada para este triste y des-concertante fenómeno más que el naturalismo que invade, en gran parte, nuestra acción pastoral. El amor al mundo que nosotros los sacerdotes hemos de predicar y vivir es un amor redentor. Y no hay otra redención más que la de Cristo. En todas las épocas de la historia, nosotros, los ministros del Evangelio, hemos corrido el peligro de olvidarnos de la vida interior y de sucumbir a las mil tentaciones de la tierra: el poder temporal, las riquezas, los honores que ciegan, la sensualidad, el orgullo institucional. Pero nunca como ahora se nos ha presentado con tanta apariencia de generosidad evangélica el olvido del misterio de Dios y de su vida trinitaria, tal como se nos revela en el Corazón de Cristo. De la secularidad legítima hemos pasado al secularismo, de la religión a la política, del amor al hombre al olvido del amor a Dios, de la afirmación de la dignidad personal a la autosuficiencia arrogante y soberbia. ¿Por qué estos excesos? Ni una sola palabra del Concilio autoriza tales desviaciones.

El Corazón de Jesús y el culto y la devoción al mismo, tal como el Magisterio de la Iglesia lo ha expuesto, nos apremian y nos llevan a un amor puro y sacrificado al mundo y a las necesidades de los hombres, y a la vez nos librarán a los sacerdotes, en nuestra acción pastoral, de todo desorden, por exceso o por defecto.

La Iglesia deberá empeñarse ciertamente en cuanto sea ayuda evangélica al hombre para liberarse de las esclavitudes que le oprimen, pero igualmente deberá ofrecerle la luz y la gracia para pedir perdón de sus miserias, para entender y recibir el sacramento de la penitencia, para no perder el sentido del pecado personal, para expiar sus faltas aceptando el misterio de la cruz, para no reducir el programa del Evangelio a la lucha contra las injusticias sociales. La consagración interior de la vida, según el estado de cada uno, al Corazón de Cristo, y la reparación y desagravio por nuestros pecados y por los de todo el mundo, son exigencias cristianas hoy como ayer, que aparecen constantemente en la teología de San Pablo. No podemos olvidar este mensaje, so pena de vaciar el cristianismo de su propia interioridad.

Recientemente, me escribía un ilustre catedrático de Historia de una universidad española: «Creo que en otras épocas de la historia, la perversión moral, la degradación de las costumbres, el olvido de Dios, han podido darse con caracteres semejantes a los que ahora padecemos. Lo que resulta inédito, por desdicha, es que lo que siempre se consideró como lacra o como pecado, se eleve a categoría de liberación y de progreso. El hecho de que el hombre se sienta inerte y sin razones para encontrar el verdadero camino. Esa indefensión, esa inmersión en su propia materia, en el propio mundo de pasiones, como única realidad válida -algo que compruebo todos los días en torno a mí- nos produce y me produce a mí un inmenso pesimismo. Nos ha dejado Dios de la mano. Frente a cada razón exprimida a favor de lo que parecía consustancial con el cristianismo, con el sentido cristiano de la vida, se alzan otras a millares para defender una presunta libertad o liberación del hombre. Sé que me comprende, pero basta leer un libro como el que usted me envía para corregir el mal. Me estremece la inmensa responsabilidad de cuantos entienden su ministerio sagrado como un estímulo o como una negación: un estímulo hacia la violencia o una negación del estímulo para la reforma interior. En la lucha por la redención social, en que todo parece justificado, se ha olvidado la clave esencial de toda actuación: la redención del propio espíritu».

Cardenal D. Marcelo González Martín