Principales cruces que el Sagrado Corazón reserva a las almas que le son más queridas(I)

Debiendo reinar el amor del Corazón de Jesús en “el sufrimiento”, destinará este divino Corazón a sus amigos fieles las cruces que más eficazmente deben contribuir a establecer en ellos su amor. Unas son exteriores y sensibles; otras, interiores.

I

Las cruces exteriores

Santa Margarita presenta las cruces exteriores, tales como las enfermedades, la pobreza, los trabajos domésticos, las privaciones, los fracasos, las contradicciones, el desprecio, el olvido y la ingratitud de los hombres, como medios ordinarios de que nuestro Señor se vale para probar a las almas queridas de su Corazón y para darles ocasión de manifestar el amor que le tienen.

Lo que dice la Santa de la prueba de la enfermedad, aplíquese a todos los otros trabajos que puedan ocurrir.

Nos muestra la Sierva de Dios:

Primero como la enfermedad y las demás cruces exteriores tienen por fin, haciendo sufrir al cuerpo, santificar al alma.

Segundo como Dios sólo devuelve la salud y prolonga la vida y nos libra de los otros sufrimientos, en el caso de que sea provechoso para nuestra salvación y su gloria.

Las cruces exteriores tienen por fin santificar el alma, y hacerla progresar en el amor divino.

Tal es el fin que el Sagrado Corazón se propone al enviárselas a sus siervos.

La Santa tenía dos hermanos: el uno llamado Jacobo Alacoque, párroco de Boys Sainte Marie, y el otro llamado Crisóstomo, alcalde del mismo lugar. La esposa de éste último, Angélica Aumônier, suplicó a su marido que la llevará a Paray le Monial para conferenciar con aquella que amaba como hermana y veneraba como a santa.

En una conversación privada, Angélica dijo a su cuñada, llorando: “os ruego que pidáis a Dios mi salvación, en cualquier precio que sea“. Después de un instante de reflexión, santa Margarita le respondió: “¿lo habéis pensado bien? “Si”, replicó Angélica. La Sierva de Dios añadió mañana empezaré una novena, y pediré a Dios vuestra salvación con tanto fervor como la mía; pero Dios me inspira que os costará cara. No importa repuso Angélica; me someto eternamente á la voluntad de Dios para que haga de mí lo que plazca.”

El hermano de la Santa, ausente durante la anterior conversación, al ver a su esposa llorar, preguntó a su hermana la causa de aquella emoción.

“Son excelentes lágrimas, respondió; porque habiéndome rogado que pidiera al Señor su salvación a cualquier precio que fuese me parece que la misericordia divina me lo ha concedido, pero dije a mi querida hermana que le costaría cara. Tened los dos paciencia; vuestra sumisión a la voluntad de Dios lo alcanzará todo.”

Estas palabras parecieron muy enigmáticas a Crisóstomo y a su esposa; pero no debían tardar en comprender su explicación. Efectivamente; dos días después de su vuelta a Boys Sainte Marie, Angélica Aumônier fue atacada de un dolor inexplicable y muy agudo en el rostro. Este padecimiento había de durar dieciocho meses y terminar por la muerte.

Olvidando las palabras de su santa hermana,” pediré a Dios vuestra salvación; que os costará cara”, se dejaron llevar los dos esposos de la tristeza y ansiedad. Consultaron más de veinticuatro médicos; toda la facultad de Lyon se reunió en consulta; pero no atinaron con la causa del mal y fueron inútiles todos los remedios. La enferma emprendió varias peregrinaciones para obtener su curación; con ese fin fue al monasterio de la Visitación de Lyon, donde se conservaba la preciosa reliquia del corazón de San Francisco de sales. Pero, consultas, remedios, oraciones, peregrinaciones, nada logró calmar los agudos dolores de la pobre paciente.

De vuelta a Boys Sainte Marie, Crisóstomo Alacoque escribió a Paray para anunciar a su santa hermana la inutilidad de sus esfuerzos y para suplicarla que consultara al Señor sobre la duración y resultado de la enfermedad.

Ya en otras dos cartas anteriores había exhortado la Sierva de Dios a su hermano y cuñada a que se resignaran con la voluntad de Dios. “Me es muy sensible la enfermedad de mi querida Hermana, le decía; yo la ruego encarecidamente que se aproveche de su mal para que la santifique haciéndola penar. La suplicó que en su enfermedad ponga toda su confianza en el Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo.”

Habiendo recibido nuevas quejas la Santa, se desconsoló al ver   tan poca  resignación y abandono en el Señor. Lejos de imitar a esos parientes ciegos y amigos falsos que, por una funesta compasión, procuran engañar a los enfermos sobre la gravedad de su estado y los dejan con la esperanza mentirosa de pronta curación, Margarita María dirigió a su Hermano una admirable contestación que reproducimos integra. Esta carta podrá servir de modelo a cuantos tienen que consolar enfermos y afligidos, a quienes los males hacen impacientes; también enseñará a los que sufren con que sentimientos deben aceptar sus trabajos.

“En verdad, mi queridísimo hermano, creí haberos hablado lo bastante sobre eso en mis dos anteriores cartas si hubierais reflexionado un poco. No sé qué más deciros estando yo misma tan sensiblemente conmovida, al ver que todas las oraciones que nuestra comunidad y las demás buenas almas conocidas hacen continuamente por mi querida hermana y por vos, no han podido todavía conseguiros un solo momento de paciencia. La causa de ello la atribuyo  con dolor a mis pecados. En cuanto a oraciones y comuniones me parece que no se puede hacer más. Todavía el presente y comulgo diez viernes seguidos a intención de mi querida hermana. Nuestra reverendísima Madre manda hacer oraciones y novenas a la Santísima Virgen y a nuestro santo Fundador. No puedo expresaros lo sorprendida que estoy de vuestra poca sumisión y paciencia, esto me hace morir de pena. Sin embargo, lo que Dios quiere de la enferma y de vos es la sumisión a su voluntad y a la paciencia para llevar con mansedumbre ese mal.

Consagrad además la querida enferma a San Francisco de Sales y mandad celebrar nueve misas en su honor, para obtener para aquella paciencia y desprendimiento de las cosas de la tierra. Que se acuerde que la última vez que la vi me dijo que pidiera a Dios la pusiera en estado de  conseguir su salvación,  a cualquier precio que fuera. Pues bien, no es ahora tiempo de retractarse. Siendo la voluntad de Dios que sufra ese mal con paciencia para su salvación, en vano buscaréis remedios humanos, que no servirán de nada; porque ¿Quién puede oponerse a la voluntad de Dios? Esta se cumplirá siempre, de buen o de mal grado por nuestra parte.

Y para decirlo en una palabra : la pobre enferma tiene vinculada su salvación a esa enfermedad; ella es dueña de usar bien o mal de su padecimiento, sin que deba preocuparse de si durará poco o mucho, confiando todo a los secretos de Dios, y sin que os deje llevar de esas ansiedades que le disgustan. No está en mi mano el poder satisfaceros en este asunto.

Es preciso que ella haga a Dios el sacrificio de su vida, para entregársela cuando a Él le plazca. La exhorto a esto con todo mi corazón y con lágrimas en mis ojos, puesto que habiéndole  dado Dios esa enfermedad como una señal de su amor que quiere salvarla, no podría darle tampoco mayor prueba de su justa cólera que sanándola; porque, cuando se trata de la salvación, es preciso hacerlo todo, sufrirlo todo, sacrificarlo todo y dejarlo todo.

Aunque Dios quiere salvarnos, quiere que por nuestra parte contribuyamos a ello; de otro modo no hará nada sin nosotros, por lo cual hay que resolverse a sufrir. He aquí el tiempo de una fructuosa siembra para la eternidad, en donde la cosecha será abundante.

¡No perdáis el ánimo! Llevadas vuestras penas con paciencia valen mil veces más que toda otra austeridad. Esto es lo que Dios pide de vosotros por el presente. El divino Corazón de Jesucristo quiere santificar así a mi querida hermana; por eso exhortadla á que haga buen uso de la enfermedad.

Esto es, mi querido hermano, lo que me permite deciros el vivo dolor y la parte que tomo en vuestra sensible aflicción.”

Comprendiendo la Santa cuán difícil es a nuestra naturaleza resignarse a sufrir y abandonarse sin restricción a la divina voluntad, procuró que su hermano párroco de Boys Sainte Marie, fuera a animar a la pobre enferma. “Es menester que los ayudéis a ella y a su marido, le escribía, para que no se impacienten, ya que no hay otro remedio para sus males sino la paciencia y sumisión a la voluntad de Dios.”

Cediendo por fin la enferma a tan caritativas y apremiantes instancias, reconoció su falta, y por medio de un abandono completo de sí misma, se entregó en las manos del Señor. Le había dicho la Sierva de Dios que cesarían todos sus males en cuanto hiciera un acto de sumisión a la voluntad divina. Esta predicción se cumplió al pie de la letra; porque al día siguiente, después del acto de sumisión a la voluntad de Dios, y de generosa aceptación de la cruz de la enfermedad, Angélica Aumônier murió dulcemente en el Señor. Margarita María debía seguirla unos meses después.

Lo que la Santa decía para algunas ocasiones particulares, conviene a todos los siervos del Corazón de Jesús visitados por la enfermedad u otra tribulación. Podemos, pues, aplicarnos el consejo que aquella daba a una de sus hermanas:

“Más es preciso que os diga sencillamente, como a mí íntima amiga, el pensamiento que me ocurre cuando os encomiendo al Corazón adorable de Jesús: sumisión ciega a todas las disposiciones que Él tome, y a todo lo que le plazca hacer de vos; en esto está comprendido todo lo que quiere de vos.“

Recordemos, no obstante, que está sumisión ciega a todas las disposiciones del Sagrado Corazón no es la insensibilidad; y que se puede estar perfectamente sometido a la voluntad divina, aunque se experimente repugnancia en sufrir.

Escribía la Santa a una religiosa que miraba esta repugnancia como principio de rebeldía a la voluntad divina:

“Tampoco me decidiré a pedir a Jesús que os quite la repugnancia que sentís por la enfermedad, pues creo es lo que constituye vuestro mérito; tanto o más, que donde hay menos de vos misma, hay más de Dios.”

Lo que la Sierva de Dios  acaba de decirnos sobre las ventajas del sufrimiento en orden a nuestra santificación, nos explica por qué el Corazón de Jesús parece sordo algunas veces a las súplicas que se le dirigen con el fin de que cesen las tribulaciones de sus amigos.