Como practicar la mansedumbre de corazón con el prójimo

“Venid a mí todos los que estáis cargados y fatigados, dice, y yo os alivia de. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis el descanso para vuestras almas, porque mi yugo es suave y mi carga ligera.”

Este es el divino programa de la mansedumbre de corazón. Jesús fue manso de Corazón: primero, porque tomó sobre Sí todas nuestras cargas para llevarlas con nosotros; después, porque lejos de imponernos un yugo duro y pesado, no nos ofrece sino el yugo suave de su amor y de sus beneficios; y por último, porque su Corazón no se cierra a ninguno de los hijos de los hombres; antes bien se abre a todos con todas sus riquezas.

Para ser nosotros mansos de corazón a ejemplo suyo, debemos:

  1. Soportar caritativa mente al prójimo.
  2. Evitar todo lo que pueda contristarle.
  3. Hacerle bien de todas maneras.
  4. Hacernos todo a todos sin excepción.

La práctica de la mansedumbre de corazón puede encerrarse en estas palabras: “ser manso de corazón es ser todo para todos, sin dar, no obstante, al prójimo nada de lo que debemos dar al Corazón de Jesús”.

La tolerancia mutua es el primer oficio de la virtud de la mansedumbre.

 

Este deber exige de nosotros dos cosas: que tomemos voluntariamente sobre nosotros las cargas de los demás y que soportemos con paciencia que los otros nos hagan sufrir.

El devoto del Sagrado Corazón debe decir, como Jesús: “¡O vosotros, todos los que estáis cargados de trabajos y de miserias, venid a mí y yo os aliviaré!”. O con San Pablo: “si mi prójimo está afligido en su cuerpo por la enfermedad y en su alma por el escándalo, yo sufro con el: yo participo de las alegrías y de los dolores de mis hermanos; y en cuanto me es posible, tomo para mí las cosas penosas y dejo a los demás las agradables.”

La tolerancia o condescendencia mutua, como su nombre lo indica, consiste especialmente en tolerar sin quejarnos y por el amor del Corazón de Jesús lo que nos ofrezca el prójimo desagradable.

“La mansedumbre nos hará sufrir lo todo y soportarlo todo sin quejarnos”, dice Santa Margarita María; nos para excusar al prójimo de sus defectos.

Esta virtud nos enseñara a soportar por amor del amable Corazón y en silencio a aquellos cuyo genio es contrario al nuestro; ello nos hará sufrir las humillaciones, las pequeñas molestias, las contradicciones, los disgustos y las penas que recibamos por parte del prójimo, a pesar de todas las repugnancias que sintamos.”

“Si queréis ser santa, escribía santa Margarita María a una novicia, sed humilde y dulce en soportar las pequeñas mortificaciones que os acontezcan; sufrid con dulce tranquilidad ser humillada y contrariada, pensando siempre que eso es lo que el Corazón de nuestro Padre celestial os ha preparado para perfeccionaros según su deseo. No dejéis a vuestro espíritu la libertad de reflexionar inútilmente sobre lo que os mortifica y humilla; esto no sirve más que para debilitar en nosotros el espíritu interior y nutrir el amor propio.

Que la humildad nos haga, pues, recibir de buena gana y como venidas de la mano de nuestro buen Padre las humillaciones y contradicciones que no suceda, sin distraernos a considerar las causas segundas. Miremos únicamente a su Corazón lleno de amor, que nunca permitirá a su mano adorable ejecutar nada con vosotros que no sea para su gloria y nuestra santificación.”

La mansedumbre del corazón consiste en esforzarnos en no hacer sufrir a nadie…

 

Ni por palabras molestas ni por acciones ofensivas y en desterrar todo pensamiento de nuestro espíritu y todo sentimiento de nuestro corazón, capaces de ofender al prójimo.

“Si queréis ser fieles al Corazón de Jesús, dice santa Margarita María, es preciso no disputar; no demostrar vuestros disgustos u aversiones; no frustraros por las pequeñas contradicciones que el prójimos procure, porque esto es contrario al Sagrado Corazón de nuestro Señor.

La mansedumbre de corazón pide, ante todo, que se evite el criticar y condenar al prójimo ni aun para las faltas públicas, a menos que el deber de la caridad exija lo contrario, con el fin de procurar un bien mayor.

Hay que tomar, decía la Santa, pues las siguientes resoluciones:

“No me enteraré curiosamente de las faltas del prójimo. Y cuando esté obligado hablar de eso, lo haré en la caridad del Sagrado Corazón, poniéndome en lugar de este querido prójimo, y considerando si yo estaría contentos de que se me hiciera lo mismo o se dijera aquello de mí.”

Meditemos atentamente y practiquemos fielmente estas dos resoluciones que tienen por fin destruir dos defectos principales de la conversación: la curiosidad y el espíritu de crítica.

Santa Margarita nos invita de modo especial a vigilar los sentimientos interiores contrarios a la caridad:

Decía “Dios nos conceda la gracia de no mirar las acciones del prójimo para juzgarlas mal, de ellas, decía;  el Sagrado Corazón de nuestro Señor quiere que cercenemos toda vana curiosidad sobre las acciones de otro; quiere que disculpemos  siempre a los demás y que cuidemos de no desestimar, acusar, desaprobar, juzgar, ni condenar más que a nosotros mismos.  El Sagrado Corazón de Jesús quiere que ahoguéis todos vuestros pequeños resentimientos, quiere que no guardéis frialdad con el prójimo, porque otra tanta tendrá el divino Corazón para con nosotros.”

 

El que verdaderamente es manso de corazón debe, esforzarse en hacer bien de todas maneras a su prójimo…

 

Escondiendo cuanto pueda la mano bienhechora. No contento con conservar en su alma sentimientos de caridad sincera, debe manifestar los exteriormente con palabras llenas de benevolencia, con delicados obsequios y con el ejercicio de las obras de misericordia, especialmente con el celo de la salvación de las almas.

 

 

La cuarta cualidad de la mansedumbre de corazón es ser universal …

 

Es decir, que se debe ejercer con todo sin distinción.

Sin embargo, la Santa recomienda practicar esta virtud con tres clases de personas, a saber:

Los pobres, los pecadores y aquellos que nos hacen sufrir.

Respecto a los primeros dice “socorramos a los pobres espiritual y corporalmente, según nuestro alcance, mirando a Jesucristo y no haciéndoles nada que no quisiéramos se nos hiciera nosotros.”

En cuanto a los segundos, dice: “Cuando veamos al prójimo cometer alguna falta, ofrezcamos a Dios una virtud del divino Corazón de Jesús para satisfacer por ella”.

La Santa recomienda de una manera particular practiquemos la mansedumbre de corazón con aquellos que nos hacen sufrir.

“El verdadero medio de ganar el aprecio del Sagrado Corazón, dice, es ser dulce y caritativo para con el prójimo, sobre todo con aquellos a quienes tenemos antipatía. Es menester tener con ellos más cordialidad y ser más condescendiente con ellos que con los demás. Amemos aquellos que nos contraria, porque no son más útil es para nuestra perfección que los que nos halaga. Roguemos por aquellos de que quienes hemos recibido algún agravio. Miremos a aquellos que nos afligen hubo hablan mal de nosotros como nuestros mejores amigos, y procuremos hacerles de buena gana los servicios y el bien que podamos. Cuando obtengamos alguna victoria sobre nosotros mismos en orden a esto y hagamos algunos buenos actos de caridad para con el prójimo, sea soportándole o disculpándole, sea alabándole o prestándole algún servicio, serán otras tantas letras del nombre adorable del Sagrado Corazón, que grabaremos en nuestro corazón. “

 

 

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo3), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducido por primera vez al Español en 1910.