Necesidad de unir el amor de la Cruz al amor del Sagrado Corazón

El Sagrado Corazón ama la Cruz

            Este es el primer motivo que tenemos para amarla nosotros. Esta sola razón es suficiente para darnos a entender la unión indisoluble que debe existir entre el amor de la Cruz y la devoción al Sagrado Corazón. En efecto, esta devoción nos exige amar al Corazón de Jesús y todo lo que este Divino Corazón ama. Según esto, después del amor a su Padre y a los hombres, ¿hay en el Corazón del divino Salvador amor que parezca más ardiente qué el que tiene a la Cruz? Claramente nos ha indicado cuanto la ama al pedir que en la imagen del Sagrado Corazón se represente la Cruz plantada en medio.

“Nuestro soberano Maestro, dice Santa Margarita, nos lo ha demostrado también sobre la Cruz, donde se ha consumado por amor nuestro, muriendo la muerte de nuestro amor; y lo demuestra además en el Santísimo Sacramento del Altar, donde se sacrifica todos los días. Ahora bien, ya que el amor hace a los amigos semejantes, si le amamos, conformemos nuestra vida según el modelo de la suya, y procuremos ser sus verdaderas copias, sufriendo y muriendo la muerte de su puro amor sacrificado.

Querer amar a Dios sin sufrir, no es más que una ilusión;

Quien dice puro amor, dice puro dolor;

El amor reina en el dolor;

Amemos, pues al amable Corazón de nuestro buen Maestro con todas nuestras fuerzas y potencias, a pesar de todo lo que nos pueda costar. Amémosle con un amor que anhele padecer; amemos y suframos juntamente. No podremos amarle mientras no amemos las cruces.”

Hablando después especialmente a las personas consagradas a Dios, sobre todo las religiosas de la Visitación, dice la Santa: “la perfección, como enseña nuestro Santo Fundador, consiste en poco pensar y poco hablar, pero mucho hacer y sufrir. Yo no sé cómo una esposa de Jesús crucificado puede no amar la Cruz, y cómo puede huirla, ya que al mismo tiempo desprecia y abandona a Aquel que la llevó por amor nuestro y que  hizo de ella todas sus delicias. Si supierais cuán lejos me veo de ser verdadera hija de la Visitación que debe poner toda su atención en hacerse verdadera copia de su esposo crucificado.”

Un día de San Francisco de sales de 1687, pidiendo a nuestro Señor, por intercesión de este gran Santo, las gracias necesarias para el Instituto, me dijo nuestro Santo Fundador que la verdadera hija de la Visitación debe ser, a imitación de Jesucristo, hostia viva por medio de las aflicciones que le sobrevengan, sin cuidar de sí misma, sino es para destruir y apagar lafalce esas luces que sólo nos alumbran para precipitarnos en el abismo. Las religiosas que no estén en esta disposición no son contadas en el número de mis hijas, añadió el Santo.

Rogad al Señor que me enseñe a llevar bien la Cruz, decía una de sus Hermanas; la Cruz es tesoro inestimable y tan precioso, que nunca me considero más dichosa que cuando el Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo me favorece con alguno de sus trabajos. ¡Dios mío, qué dulce es a las buenas religiosas estar siempre clavadas en la cruz con su Esposo crucificado!

            El Sagrado Corazón pide expresamente a sus servidores que amen la Cruz.

No contento nuestro Señor con invitarnos con sus ejemplos al amor de la Cruz, manifestó expresamente a Santa Margarita el vivo deseo que tenía de que este amor llegará a ser uno de los caracteres distintivos de los devotos de su Divino Corazón. Tal es el segundo motivo que nos induce a amar la Cruz.

“En 1674, el día de todos los Santos, se me dio a conocer una pequeña muestra de la gloria del Paraíso;¡Oh, Dios, en que transportes de júbilo y de deseos me hallé sumergida! Como estaba en ejercicios, pasé todo el día en placeres inexplicables, a cuya vista me parecía que no tenía otra cosa que hacer, sino ir prontamente a gozarlos. Mas estas palabras que se me dijeron, me hicieron caer en la cuenta de que no era así:

En vano así tu corazón suspira

Por ir cual quieres a la eterna luz,

Que nunca debe quien al cielo aspira

Buscar otro camino que la Cruz.

            A continuación puso ante mis ojos todo cuanto tenía que sufrir durante el curso de mi vida. Se estremeció todo mi cuerpo, aunque no lo comprendí entonces por la pintura, como lo he comprendido después por los efectos que se siguió.”

“En otra ocasión, este único amor de mi alma se presentó a mí. Traía en la mano el cuadro de una vida, la más feliz que imaginarse pudiera para un alma religiosa; vida llena de paz, de consolaciones interiores y exteriores, de perfecta salud, unida al aplauso y estimación de las criaturas, y otras cosas agradables a la naturaleza.

En la otra mano traía otro cuadro, el de una vida del todo pobre y abyecta, siempre crucificada por las humillaciones, desprecios y contradicciones de todo género; siempre sufriendo en el cuerpo y en el espíritu.

Me puso delante los dos cuadros, y me dijo:

“Elige, hija mía, el que más te agrade; yo te haré los mismos favores, ora elijas el uno, ora el otro.”

Me postré a sus pies para adorarle. Como me  instara mucho para que eligiera: ¡Vos me bastáis, Dios mío!(le dije); elegid para mí lo que más haya de glorificaros, sin miramiento alguno a mis intereses y satisfacciones. Entonces, presentándome el cuadro de crucifixión, me dijo:

“He ahí el que he elegido para ti y el que más me agrada, ya para el cumplimiento de mis designios, ya para hacerte semejante a mí. El otro es una vida de gozos y no de méritos; es para la eternidad.”

Acepté, pues, aquel cuadro de muerte y de crucifixión, besando la mano que me le presentaba; aunque gimió la naturaleza, le abracé con todo el afecto de que era capaz mi corazón; y al apretarlo contra mi pecho, le sentí impreso en mí con tal viveza, que no me parecía ser yo misma otra cosa que un compuesto de todo cuanto en él había visto representado.”

Instruida en tal escuela, Santa Margarita insiste con frecuencia en sus cartas sobre la necesidad de amar a la Cruz todos aquellos que quieren llegar a ser amigos del Corazón de Jesús.

“El amor de Dios, decía al Padre Croiset, es tirano implacable que jamás dice: ¡basta! Pero bueno es vivir y morir bajo su imperio. Bien es verdad que el que ama cree no sufrir nada, aun en medio de los mayores padecimientos.”

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús(tomo2), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducído por primera vez al Español en 1910.