Modo de llevar la cruz.(I)

Sufrir con paciencia y en silencio

 

Este es el primer grado que hay que subir en la pendiente del calvario. En efecto, en los trabajos, nuestro primer movimiento natural es, si no murmurar, por lo menos quejarnos y hablar de nuestras penas a quien quiera oírlas.

Santa Margarita pide a los devotos del Sagrado Corazón, no sólo que no se permita murmuración y queja alguna, sino que evite el hablar inútilmente de las cruces que sufre. Por manifestaciones inútiles de lo que sufrimos, entendía las que únicamente tienen por fin excitar la compasión de todas las personas que nos rodean, pero no las que se hacen a personas de confianza para recibir de ellas consejos que nos animen a sostener les en la prueba.

La Sierva de Dios acudió muchas veces a este apoyo, en medio de las grandes cruces de su vida.

Escribe: “Debemos sufrirlo todo en silencio sin quejarnos de nada; esto pide el Sagrado Corazón de nosotros. No quiere, ni siquiera que pensemos que se nos hace un mal al hacernos sufrir; pide que nos impongamos riguroso silencio sobre este punto.

No nos casemos jamás de sufrir en silencio. No amaremos a nuestro Señor, en tanto que no sepamos sufrir así. Procuremos no reflexionar sino para aprender a llevar bien nuestras cruces con amoroso silencio; porque la Cruz es tesoro inestimable que debemos tener oculto por temor de que nos le roben. La Cruz es como un bálsamo, como un perfume precioso que pierde su buen olor ante Dios, cuando esté al descubierto hablando demasiado; por eso es preciso guardarle cuanto podamos. Nuestro patrimonio sea sufrir siempre y llevar la cruz en silencio. Obrar y sufrir y humildemente callarse: este es el verdadero medio de captarse la amistad del Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo “.

En Santa Margarita dice de sí misma: “Mi divino Maestro quería que sufriera en absoluto  silencio; me había hecho tomar esta divisa, que en medio de mis dolores repetía incesantemente: quiero sufrirlo todo sin quejarme, puesto que mi puro amor me impide temer nada.”

Las contemporáneas dicen de su bienaventurada hermana:

“Que edificaba a toda la comunidad por su paciencia en llevar, sin quejarse, las más fuerte represiones, las palabras despreciativas y las burlas picantes que con frecuencia sufría a causa de su devoción. Añaden que la Sierva de Dios jamás dejó oír una queja de sus enfermedades, principalmente cuando, para curarla un panadizo, tuvieron que sajarla el dedo hasta el hueso.”

Sufrir con indiferencia en un completo abandono en la divina voluntad.

            El segundo grado de perfección en la aceptación de las cruces es estar en una especie de indiferencia respecto a ellas, sometiéndose enteramente a la adorable y siempre amable voluntad de Dios. Esta indiferencia llena de abandono exige que el siervo del Sagrado Corazón esté dispuesto a sufrir como a gozar, y que esté pronto para aceptar todas las cruces, cualquiera que sean su naturaleza y circunstancias.

1 Santa Margarita recomienda, ante todo, abandonarse completamente a la divina voluntad, dejando al cuidado del Corazón de Jesús el consolarnos o probarnos.

“No es que se deba  pedir el sufrimiento, dice, pues lo más perfecto es nada pedir y nada rehusar, sino que debemos abandonarnos al puro amor, para dejarnos crucificar y consumir, según su deseo. Recibamos, pues, indiferentemente los goces y los trabajos como la paz y la tribulación, la salud y la enfermedad, el trabajo y el descanso, la aflicción o el desconsuelo; no nos procuremos ni el placer ni el dolor; tomemos con agrado todo lo que el Sagrado Corazón nos presente, sea dulce o amargo, puesto que es el mismo amor quién nos proporciona lo uno y lo otro para santificarnos a su gusto. Estemos dispuestos a hacer y sufrir todo lo que la divina Providencia nos enviare.”

“Debe sernos indiferente sufrir o gozar: todo es uno para el corazón que ama. Puesto que es solo a Jesús a quien queremos, ¿qué nos importa que sea en consolación o en aflicción?”

2 El devoto del Sagrado Corazón, no contento con estar indiferente para gozar como para sufrir, debe, además, estar dispuesto a aceptar el género de trabajos que plazca elegir a la divina voluntad.

Santa Margarita dice a este propósito: “Veo que todo puede servirnos para hacernos verdaderas copias de nuestro Jesús crucificado. Poco importa para esto de qué clase de madera está formada nuestra cruz; basta que sea cruz, que no os sea presentada de parte del Sagrado Corazón de nuestro Señor y que el amor de Aquel que murió por nuestro amor nos tenga clavados en ella. Considerémonos dichosos cuando nuestros empleos nos la proporcionen, haciéndonos caminar en contra de nuestras inclinaciones. Todo esto es bueno. Confiemos, pues, en la bondad de nuestro Señor las cruces que nos envía y no nos abandonará, porque sabe muy bien sacar bienes de nuestros males y su gloria de nuestras aflicciones.”

La indiferencia y el abandono del devoto del Sagrado Corazón respecto a las cruces, deben extenderse a todas las circunstancias de duración, intensidad, tiempo, lugar y personas que plazca a la divina voluntad agregarles.

Santa Margarita dice sobre la duración y pesadez de las cruces:

“El Señor quiere que tomemos indiferentemente y sin escoger todas las cruces que Él nos presentare, sin cansarnos jamás ni quejarnos de su duración o de su peso. ¿No nos basta que nos vengan de la mano de un amigo, cuyo Corazón lleno de amor nos las ha destinado desde toda la eternidad, para hacernos sus víctimas? Como víctimas, pues, abandonémonos sin resistencia para ser degollados por la gloria de nuestro Rey de inmolados según sus adorables designios. Abandonémonos totalmente en su providencia, para dejarnos conducir según su deseo, para vivir y morir sobre la cruz agobiados de dolores, según su elección, jamás según la nuestra; y por rigurosas que parezcan a la naturaleza las disposiciones de la providencia, debemos someternos de buen grado a la voluntad de Dios.”

Hablando del tiempo y del lugar en que place al Corazón de Jesús probarnos, dice Santa Margarita:

“La cruz es útil en todo tiempo y en todo lugar para unirnos a Jesucristo paciente y agonizante. No desperdiciemos ni un momento de sufrir; contentémonos con el querer divino, al que siempre debemos estar sacrificados, y vivir inmolados por el perfecto olvido de nosotros mismos, con la firme esperanza de que el Sagrado Corazón no nos abandonará. Dejémosle hacer en nosotros y de nosotros lo que quiera, y besemos la mano que nos hiere, considerando que es mucho mejor sufrir en esta vida en la otra. Nos debe bastar que Dios nuestro Señor se contente Él mismo de la manera que le plazca, y esto basta.”

Recordemos que nuestro dulce y condescendiente Salvador no nos impone la obligación de amar, desear y buscar la Cruz, sino que se contenta con vernos pacientes y resignados.

Además, no olvidemos que el amor a la cruz puede unirse con la repugnancia a sufrir. ¿No vemos a nuestro Señor apoderado del tedio y del temor en presencia del cáliz amargo de su Pasión?

Almas atribuladas, podéis, pues, decir con Jesús agonizante: ¡Que el cáliz de la aflicción se aleje de mí!; con tal que añadáis con el Salvador: sin embargo, Señor, que se haga vuestra voluntad y no la mía. Si decís esto de corazón, amaréis verdaderamente la Cruz.

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo2), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducido por primera vez al español en 1910.