EL MISTERIO DEL CORAZÓN DE CRISTO (IV): ÚLTIMOS SIGLOS

Hemos visto cómo la espiritualidad del Corazón de Jesús ha sido como un río con un caudal cada vez mayor, enriquecido a lo largo del tiempo con innumerables aportaciones. Llegaba el momento de las grandes figuras de los últimos siglos.

 

Luis Fernando  de Prada

Tres santos sacerdotes

 

Podemos empezar recordando a S. Juan de Ávila (1499-1569), maestro espiritual del Siglo de Oro español y reciente Doctor de la Iglesia. Llama a Jesucristo “el corazón del Padre”, y al Espíritu Santo, “corazón de Jesucristo”. Invita a “entrar en el Sancta Sanctorum, el cora­zón de Jesucristo nuestro Se­ñor, para mirarlo y para imitarlo”. Se fija en el amor con que el Corazón de Jesús desempeñó su misión redentora: “Él tendió sus brazos para ser crucificado, en señal que tenía su corazón abierto con amor, tan extendido para con todos que del centro de su corazón salían resplandecientes y poderosos rayos de amor, que iban a parar a cada uno de los hombres…”.

Por su parte, S. Francisco de Sales (1567-1622), Doctor de la Iglesia, no sólo dejará a sus hijas de la Visita­ción su carac­terístico espíritu de amor a Dios, a la humanidad de Cristo y a su pa­sión, sino también la herencia explícita del Corazón de Jesús. En su Tratado del amor de Dios tiene textos como éste: “El amor divi­no, sentado sobre el Corazón del Salvador como sobre trono real, contempla por la herida de su costado abierto a todos los corazones de los hijos de los hombres, porque este Corazón, Rey de todos los corazo­nes, tiene sus ojos siem­pre sobre corazones…”

El vier­nes después de la octava del Corpus de 1670 escri­bía el santo obispo a Sta. Juana Fca. de Chantal, confundadora de la Orden de la Visitación: “He pensado que adoptemos como nuestro escudo de armas un Corazón atravesado por dos flechas, rodeado de espinas y que sirva de base a una cruz en la que estén grabados los sagrados nombres de Jesús y María”. “Casualmente”, 75 años más tarde una religiosa de esta Orden recibiría del Señor el encargo de promover la fiesta de su Corazón el vier­nes después de la octava del Corpus…

Gran importancia tiene S. Juan Eudes (1601-1680), por ser el primer apóstol del culto litúrgico a los Corazones de Jesús y María. El 20 de octubre de 1670 celebró por primera vez una fiesta del Corazón de Jesús, con oficio y misa propia. Formado en la escuela berulliana, que fomenta la imitación de los estados interiores de Jesús y María, Eudes va a la raíz de todos los misterios y acciones de Cristo, su amor. El culto al Corazón de Jesús es el culto a su persona en cuanto está inflamada por el amor. Con sensibilidad muy actual, ve el corazón como una noción sintética, punto de encuentro del cuerpo y el alma, interiori­dad y apertura, donde converge lo más profundo de la naturaleza, gracia y gloria.

 

Dios se revela a los humildes: Sta. Margarita

 

El campo de la Iglesia estaba preparado para recibir el mensaje que iba a resultar más decisivo en la difusión del culto al Corazón de Jesús. Sin embargo, el elegido no iba a ser ningún sabio doctor, sino una humilde y joven religiosa de la Visitación de Paray-le-Monial, Sta. Margarita María de Alacoque (1647-1690), que iba a recibir importantes revela­ciones del Señor, aprobadas por la Iglesia hasta el extremo de que algunos Papas han citado palabras de Jesús a la santa.

”Cuando Jesucristo se aparece a Sta. Mar­garita María, predi­cándole la infinitud de su caridad, juntamente, como ape­nado, se queja de tantas inju­rias como recibe de los hom­bres por estas palabras que ojalá se grabasen en las al­mas de sus fieles de mane­ra que jamás las olvi­dasen: “He aquí este Corazón que tanto ha ama­do a los hombres y de tantos beneficios los ha colmado, y que en pago a su amor infinito no halla gratitud alguna, sino desdén, ultrajes, a veces aun de aquellos que están obligados a amarme con especial deber y amor”. (Pío XI, Miserentissi­mus Re­demptor)

1

En la historia de la espiritualidad, Sta. Margarita fue decisiva para enseñar en el Corazón de Jesús como una clave de síntesis de elementos ya presentes en la Iglesia, pero antes de manera dispersa: el amor personal y redentor de Cristo vivo, especialí­simamente en la Eucaristía, el espíritu de consagración y repa­ra­ción, la promesa de Jesús de reinar en el mundo… Quizás lo más característico de su carisma sea la insistencia en la falta de correspon­dencia al Amor ili­mitado del Señor, y la repara­ción que pide ese Amor no amado.

Este mensaje incluía la petición por parte del Señor de la fiesta litúrgica de su Cora­zón, una serie de prácticas piadosas que iban a extenderse con gran fruto pastoral en los siglos siguientes (comunión de los prime­ros viernes, hora santa reparadora, consagra­ciones…), y unas gracias prometidas a los devotos del Corazón de Jesús. Otro aspecto importante será la con­fianza en la misericor­dia divi­na, elemento muy destacado en S. Claudio de la Colombière (1641-1682), jesuita confesor de Sta. Marga­rita.

Difusión universal

 

Desde ese momento, esta espiritualidad, que antes se había vivido sobre todo en ambientes claustrales, se convertirá en una devoción popular en todas las naciones católicas. Recordemos alguno de entre los muchos hitos de esta historia.

Grandes autores (como el propio La Colombière, Croisset, Gallifet, S. Alfonso Mª de Ligorio, etc.) escribirán diversas obras fundamentando o difundiendo la “nueva” devoción, que, por otra parte, encontraba gran oposición en determinados ambientes (jansenistas, filo-ilustrados…).

 

La Santa Sede, que al principio tuvo sus reticencias, en 1765 accedió a la aprobación de la fiesta del Corazón de Jesús, concedida a los Obispos polacos, las Salesas, y diversas cofradías. En 1794, al rechazar Pío VI los errores jansenistas en la bula Auctorem fidei, hizo una de las primeras defensas papales de la devoción. Pío IX extendió a toda la Iglesia la fiesta del Sagrado Corazón en 1856, y redactó una fórmula de consagración al mismo en 1875.

Junto a la Compañía de Jesús y otras órdenes antiguas que colaboraron a extender la devoción, en estos últimos siglos han surgido unas 200 congregaciones religiosas consagradas particularmente al Corazón de Jesús. El P. Dehon, con el Apostolado de la reparación, y el P. Crawley, con la entronización del Corazón de Jesús en las familias, contribuyeron notablemente en esa difusión, así como diversas cofradías y asociaciones laicales, como la Archicofradía Romana del Sagrado Corazón o la Guardia de Honor.

Pero sin duda, la asociación más extendida fue el Apostolado de la Oración. Surgido en 1844 en el colegio jesuítico de Vals (Francia) de manos del P. Gautrelet, encontró en el P. Ramière el hombre providencial que dio a la naciente obra un sólido fundamento. El P. Ramière, que unía a su amor a Jesucristo una gran sabiduría y notables dotes organizativas, buscó acercar a los hombres al Señor por la consagración o entrega amorosa de sí y sus cosas, no sólo como individuos, sino como miembros de la familia y sociedad para que en ellas reine Cristo. El sabio jesuita, viendo en el Corazón de Jesús el único principio divinamente eficaz de toda renovación social, unía esta devoción con la realeza de Cristo, la vida de piedad con la acción social, evitando así una reducción intimista y “beata” de la espiritualidad. Con su impulso, el Apostolado de la Oración creció asombrosamente, de manera que en 1884 tenía cerca de 35.000 centros y unos 12 millones de socios. Mediante el Mensajero del Corazón de Jesús, revista aparecida en 1861 y que alcanzó una inmensa tirada en varios idiomas, su espiritualidad llegaba a millones de casas.

Todos estos factores, junto a la multiplicación de obras teológicas, actos de culto, imágenes, instituciones y naciones consagradas al Corazón de Jesús, etc., harán que a principios del XX Pourrat pudiera describir esta espiritualidad como “la forma actual de la devoción cristiana a la persona del Redentor”. La confianza en el Amor Misericordioso de Jesús, tan difundida, entre otros, por los escritos de la última Doctora de la Iglesia, Sta. Teresa de Lisieux (1873-1897), será otro factor fundamental en este proceso histórico.

El Magisterio de los Papas, especialmente a partir de León XIII, vendría a confirmar y coronar este desarrollo. El Papa que introdujo a la Iglesia en el siglo XX consagró el mundo al Corazón de Jesús en 1899 (“El acto más importante de mi pontificado”, diría el propio Pontífice), preparándolo con la encíclica Annum sacrum, que fundamenta la consagración. Pío XI, por su parte, explicaría la reparación en la Miserentissimus Redemptor (1928), poco después de instituir la fiesta de Cristo Rey en el Año Santo de 1925. Pío XII hará una fundamentación completa de la devoción al Corazón de Jesús en la Haurietis Aquas (1956), auténtica carta magna de este culto. S. Pablo VI recalcará en la Investigabiles divitias su actualidad tras el Vaticano II. S. Juan Pablo II, sin haber escrito una encíclica ex profeso sobre el Corazón de Jesús, habló con mucha frecuencia de Él. El Catecismo de la Iglesia Católica por él aprobado resume magníficamente todo este rico magisterio, que han seguido desarrollando Benedicto XVI y Francisco.

 

Conclusión

 

Terminamos esta serie de sencillos artículos, en los que hemos tratado de sintetizar los fundamentos bíblicos y patrísticos de la espiritualidad del Corazón de Jesús, su desarrollo histórico, y las enseñanzas del Magisterio de la Iglesia al respecto. Después de todo lo visto, podemos entender algo mejor por qué Pío XII pudo escribir en la Haurietis Aquas que «se trata de un culto que desde hace mucho tiempo está arraigado en la iglesia, que se apoya profundamente en los mismos Evangelios; un culto en cuyo favor está claramente la Tradición y la Sagrada Liturgia, y que los mismos Romanos Pontífices han ensalzado con alabanzas tan multiplicadas como grandes».

A pesar de ello, ya por los años 50, en que se escribió esa encíclica, comenzaba una crisis de esta devoción, la cual se haría más grave en las décadas siguientes.

Se suelen mencionar, entre las causas de la misma, determinadas representaciones del Corazón De Jesús que desagradan al hombre de hoy. Ciertamente, hoy no gustan a la mayoría algunas expresiones recargadas, las imágenes empalagosas, las canciones sentimentales, etc. Es lógico que todas estas manifestaciones cambien con la sensibilidad de la época, pero ya se comprende que un motivo tan superficial no da razón suficiente de la crisis.

 

«A nuestro modo de ser religioso sensible corresponde un símbolo, que deberá ser acomodado a las varías culturas y psicologías, pero del cual vale en términos genéricos lo que escribía Hugo Rahner, eximio conocedor de la tradición cristiana: “Cada falta de comprensión para la eterna palabra ‘corazón’ constituye una verdadera tragedia espiritual, y, en cambio, siempre que se mantiene vivo un auténtico saber acerca de los misterios del Corazón de Nuestro Señor, como lo es el conocimiento que se cimienta en la palabra bíblica, ha sucedido algo decisivo en el reino del espíritu: Dios ha sido comprendido como Él mismo se dio a conocer, de corazón a corazón”».

P. Jesús Solano

 

 

 

Los principales motivos hay que buscarlos, más bien, en tantas ideas teológicas que han negado verdades fundamentales de la fe católica básicas en la devoción al Corazón de Jesús. Si se duda de la resurrección de Cristo, de su verdadera divinidad y humanidad, de su presencia en la Eucaristía, del pecado como ofensa personal a Dios o del carácter satisfactorio de la Redención de Cristo, pierde todo sentido hablar de corresponder y reparar al amor divino-humano del Redentor que nos salva de nuestros pecados… Por otro lado, hemos visto cómo los grandes apóstoles del Corazón de Jesús, desde san Juan a nuestros días, han sido almas contemplativas; en una época en que no se valora la vida interior, es lógico que una espiritualidad que brota de la contemplación sea menospreciada como algo intimista.

Por ello, cuando se superan las ideas teológicas equivocadas y se recupera la vida de oración, se van redescubriendo también las riquezas de esta espiritualidad, así como su actualidad providencial, en estos momentos en que es necesaria una nueva evangelización. Así, S. Juan Pablo II señaló cómo el hombre contemporáneo, a menudo dividido, se halla privado de un principio interior que genere unidad y armonía en su ser y en su obrar. Frente a modelos de comportamiento que exasperan su dimensión racional-tecnológica o, al contrario, su dimensión instintiva, «el centro de la persona no es ni la pura razón, ni el puro instinto, sino el corazón». A este hombre, «la devoción al Corazón de Jesús le ofrece una propuesta de auténtica y armoniosa plenitud en la perspectiva de la esperanza que no defrauda. Del Corazón de Jesús crucificado nace la nueva humanidad, redimida del pecado. El hombre del año 2000 tiene necesidad del Corazón de Jesús para conocer a Dios y para conocerse a sí mismo; tiene necesidad de él para construir la civilización del amor» (8-6-1994).

A1 Corazón de Jesús va siempre unido el de María, al que los últimos Papas han consagrado la Humanidad. Que pongamos en estos Corazones toda nuestra confianza, en la esperanza de su Reinado.

 

«”Mí Corazón Inmaculado triunfará” ¿Qué quiere decir esto? Que el corazón abierto a Dios, purificado por la contemplación de Dios, es más fuerte que los fusiles y que cualquier tipo de arma. El fiat de María, la palabra de su corazón, ha cambiado la historia del mundo, porque ella ha introducido en el mundo al Salvador, porque gracias a este “sí”, Dios pudo hacerse hombre en nuestro mundo y así permanece ahora y para siempre. El maligno tiene poder en este mundo, lo vemos y lo experimentamos continuamente; él tiene poder porque nuestra libertad se deja alejar continuamente de Dios. Pero desde que Dios mismo tiene un corazón humano y de ese modo ha dirigido la libertad del hombre hacia el bien, hacía Dios, la libertad hacia el mal ya no tiene la última palabra. Desde aquel momento cobran todo su valor las palabras de Jesús: “padeceréis tribulaciones en el mundo, pero tened confianza; yo he vencido al mundo” (Jn 16,33)».

Cardenal J. Ratzinger, Comentario al Tercer Secreto de Fátima