Metidos en sus llagas

¿Qué tenemos de nosotros? Pongámonos en Dios, no hagamos caso de nosotros, sino de Dios; no nos duelan nuestras pérdidas, sino las de Dios, que son las almas que de él se apartan. Y porque nos es dificultoso dejar de amarnos, echemos lágrimas con que sea fácil de cavar esta tierra. Gimamos a Dios desde lo profundo de nuestro corazón, que nuestras lágrimas hieren a Dios, aunque ellas son tiernas, y Él Es omnipotente. Pensemos buenos Pensamientos, porque, como dice David, es una fragua de fuego mi pensamiento (SAL 39,4 ).

Sobre todo, metámonos, y no para luego salirnos, sino para tener allí nuestra morada, en las llagas de Cristo, y principalmente en su Costado, que allí en su Corazón, herido por nosotros, cabrá el nuestro y se calentará con la grandeza de su amor. Porque, ¿quién, estando en el fuego, no se calentará siquiera un poquito? Si morásemos allí, ¡qué bien nos iría! ¿Cuál es la causa de que tan pronto nos salgamos de allí? ¿Por qué no tomamos estas cinco moradas en el alto monte de la cruz, adonde Cristo se transfiguró, no en hermosura, sino en fealdad, en bajeza, en deshonra? Estas moradas nos son otorgadas, y se nos ruega por ellas, habiendo sido negadas a Pedro las tres que pedía (cf Mc 9,4).

Y si algún poquillo de fuego se encienden nosotros, guardemoslo bien, no nos lo apague el viento, puesto que es poco; cubrámoslo  con ceniza de humildad, y callémoslo y escondámoslo, y lo hallaremos vivo; y echemos cada día leña como Dios mandaba que hiciese el de sacerdote (cf Jr 6,12), la cual es hacer buenas obras huyendo de perder el tiempo.

 

San Juan de Ávila, Carta 74, a una persona religiosa. Obras completas, tomó V. BAC, Madrid, 1970