Medios para alcanzar nuestra divinizacón

La gracia, principio y medida de nuestra divinización

 

Más aunque nuestro destino al fin sobrenatural sea del todo gratuito, no lo es en modo alguno la retribución. Ningún derecho teníamos a que Dios nos lo propusiera; pero una vez así le plugo a su infinita bondad, tenemos obligación de alcanzarlo. Es ley esencial de la criatura libre, que debe ser, junto con Dios, autora de su felicidad, y que no puede ser glorificada por su creador durante la eternidad, sino en la medida que ella le glorificare en el tiempo. Esta ley tendrá su aplicación en el orden sobrenatural, como lo habría tenido en el natural. Lo mismo en un orden que en otro, el fin debe ser una recompensa y, por consiguiente, logrado por el mérito.

Mas, ¿cuál es el medio de merecer la participación de la felicidad de Dios, la clara visión de su belleza, los goces de su amor?

Si el mérito, para que sea verdadero, ha de guardar con la recompensa armoniosa proporción, ¿no debería el hombre disponer de medios divinos para merecer un fin divino? Ciertamente que si; y esto explica porque la divinización del hombre, que ha de tener su coronamiento en el cielo por su gloria, comienza y se perfecciona acá abajo por la gracia. La gracia es, pues, la semilla de la gloria; una y otra están compuestas de los mismos elementos; mas estos, imperfectos en la primera, llegan a su perfección en la segunda. La unión con Dios por la gloria encierra, como hemos dicho, la clara visión de Dios por su propia luz, la unión con Dios por medio de su mismo amor, y, en fin, el goce de la felicidad propia de Dios. También en la gracia encontraremos estos tres géneros de unión: Por la fe nos hará conocer a Dios con su propia luz; por la caridad nos hará a amarle con su propio amor, y por la esperanza nos hará tender a la felicidad de Dios.

Mas la luz de la gloria es el sentir a Dios presente que se nos descubre por completo, y la de la fe es el sentir a Dios ausente y tan sólo manifiesto en su palabra; el goce del cielo resulta de la sed siempre viva de un placer que siempre sacia, y la esperanza de la tierra suspira por esta felicidad divina, sin poderla alcanzar aún; la caridad del cielo abraza la belleza infinita que ama, y la de la tierra ámala sin poderla abrazar todavía.

La gloria, coronamiento de nuestra divinización

Así, los actos de las virtudes teologales, que son las principales formas de la gracia, no difieren de los actos por los cuales el alma bienaventurada goza de la gloria, sino en cuanto los primeros tienen como ausente el objeto que los segundos tienen presente. Por lo que al alma se refiere, el movimiento es el mismo; en el cielo se sumerge en el océano de la bondad divina en virtud del impulso que recibió acá abajo con el ejercicio de la virtud. El mismo amor que retiene al mártir en el cadalso, en medio de los tormentos, le hace gustar inefables delicias luego que la muerte le ha abierto las puertas de la patria. Dios se da a todos los elegidos según su capacidad, la cual es mayor o menor conforme al desenvolvimiento obtenido en la tierra por el ejercicio de las virtudes. Cuanto más hallan en el suelo acrecentado en su alma, bajo el influjo de la gracia, el hambre y sed de Dios, más serán hartados en el cielo.

No es, por consiguiente, la gracia únicamente la semilla de la gloria, mas también su principio y medida. Tanto por la gracia como por la gloria, aunque no de la misma manera, se comunica al alma la divinidad. En efecto, hay en la vida íntima de Dios dos relaciones distintas: es a la vez inteligencia infinita e infinita bondad, actividad absoluta y entero reposo.

Estos dos elementos son igualmente necesarios a su felicidad. No sería esta infinita, sino consintiera en la infinita hartura de una tendencia infinita.

Sin embargo, la felicidad consiste más bien en la plenitud de la hartura; y la intensidad de la tendencia constituyente principalmente la santidad. Ahora bien, Dios se nos comunica en especial de la última manera, por medio de la gracia; se nos comunica para darnos a conocer su verdad, y su espíritu para amar su belleza; nos las encubre aún, y aguarda para manifestárnoslas a que crepúsculo de la prueba haya cedido el lugar a los resplandores de la gloria.

Del libro “El Corazón de Jesús y la divinización del cristiano“, del Padre Enrique Ramière SJ