Mansedumbre de corazón con el prójimo(I)

Lo que principalmente recomienda Nuestro Señor por estas palabras: “Aprended de mí, que soy manso de corazón”, es la mansedumbre con el prójimo. Por esta razón Santa Margarita insiste mucho en sus escritos: sobre la necesidad de esta virtud y sobre los deberes que impone.

Necesidad de ser manso de corazón para con el prójimo

 

“Si queremos agradar al Señor, dice la Santa, conformémonos lo más posible con la dulzura del Sagrado Corazón para con el prójimo. Miremos a nuestro Señor Jesucristo en el Santísimo Sacramento como a un buen Maestro que nos dice: “aprended de mí a ser mansos y humildes de corazón; de otro modo no podréis ser amados ni reconocidos de mi corazón sagrado.”

“Procuremos, pues, ajustar nuestra vida al modelo de la humilde dulzura del amable Corazón de Jesús para con el prójimo. Digamos: sacrificio mis inclinaciones, no solamente al obediencia, sino también a la condescendencia para con el prójimo.”

Es tan querida del Sagrado Corazón esta virtud, que en varias ocasiones dejó oír sus quejas dolorosas y hasta sus severas amenazas contra aquellos que, pretendiendo ser sus servidores y amigos, sin embargo, herían la caridad para con el prójimo.

En una visión citada más atrás hemos visto como nuestro Señor suplicó a su sierva que comulgara el primer viernes de cada mes, “especialmente para reparar las faltas cometidas contra la caridad”. Al hablar de los sufrimientos de las almas del purgatorio, diremos la rigurosa severidad con que Dios castiga las menores faltas de caridad.

“Un día, en la oración de la tarde, refiere la Santa, suplicaba yo al Amado de mi alma que me diera a conocer los medios para saciar el deseo que tenía de amarle.

Me hizo ver que no podía demostrarle mejor mi amor que amando al prójimo por el amor de Él mismo; que debía emplearme en procurar la salvación de los pecadores y la de mis hermanos, aunque yo fuese la más miserable de todos, y que tenía que olvidar mi interés en todo lo que hiciera, anteponiendo el de los demás.

Como yo no sabía lo que significaba esto, nuestro Señor me manifestó:

Que lo que pedía era el restablecimiento de la caridad en los corazones, puesto que por las faltas que se cometían contra ella se habían separado de Él, que es la caridad misma; que las personas religiosas y las del mundo no tenían reparo en violar, por medio de esas faltas, contra la caridad, esa hermosa virtud que tienen su origen en el Corazón del mismo Dios.

Así que (me dijo) esos miembros podridos, y a punto de ser cortados son los que me causan grandísimos dolores. Mi justicia irritada no puede aplacarse sino por el sacrificio de una víctima.

Me conmovió tan vivamente esto, que hubiera aceptado con gusto todo género de tormentos y aun las penas del purgatorio hasta el día del juicio, para satisfacer su bondad.

Dios mío, le dije, dadme pues a conocer lo que ha irritado vuestra justicia; entonces me dijo:

“Que lo que había irritado su justicia eran los pecados ocultos a los ojos de las criaturas, pero que no podían estar  a los suyos.”

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo3), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducido por primera vez al Español en 1910.