Mansedumbre de corazón para con Dios o conformidad y abandono la Voluntad Divina (III)

Sagrado Corazón de Jesús

La conformidad con la voluntad divina debe ser absoluta y universal

Esta doble cualidad encierra todas las demás. Por eso Santa Margarita insiste especialmente sobre este punto. Para ello exige principalmente dos cosas: Que estemos indiferentes en cuanto a los acontecimientos, y que abandonemos a la voluntad divina nuestro ser entero.

  1. Esta conformidad debe, en primer lugar, hacernos indiferentes a todos los sucesos.

“Vivid enteramente abandonados al Señor, dice la Santa. Dejaos gobernar a merced de su amorosa Providencia, sin nada pedir y nada rehusar, aceptando todos los acontecimientos con sumisión, estando siempre prontos a sufrir y hacerlo todo a la menor señal de su voluntad, sobre todo cuando ésta se os declara por la obediencia que debéis a los que os dirigen en su nombre.

En todos los sucesos mirad siempre a Dios y no a las criaturas, lo que os obligará a recibir igualmente  de su adorable mano lo dulce que lo amargo, así las mortificaciones como los consuelos. La adorabilísima voluntad de nuestro Señor es siempre igualmente amable en sí misma. Con tal que el Sagrado Corazón realice en nosotros su voluntad; con tal que Dios nuestro Señor se goce del modo que le plazca, esto debe bastarnos, puesto que no queremos más que agradarle. ¡Que la santa voluntad de Dios no encuentre jamás resistencia de cualquier manera que quiera disponer de nosotros!

No temamos, pues, el abandonarnos a este divino Corazón, sin reserva, dándole todo nuestro tiempo y medios para emplearlos, según su deseo, sin preocuparnos  nada más que de amarle y dejarle obrar“

Para que la conformidad sea absoluta y universal, debe extenderse, no solamente a los sucesos importantes, sino también a los menores detalles de la vida.

“Abandonaos al gobierno de Dios en todas las circunstancias, decía la Santa a sus novicias, ya que estáis en el estado que Él quiere que estéis: vivir sin apoyo, sin amigos y sin otros deseos que los que os de Él mismo. Haced esto y viviréis como Él quiere.

Dejemos al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo que haga todo lo que quiera con nosotros, de nosotros y para nosotros. Digamos en toda ocasión: Dios mío, hágase vuestra voluntad. Estemos prontos para todo y dispuestos a sufrir en el silencio de un alma perfectamente abandonada, como quiere nuestro Señor esté la nuestra. Permaneciendo así sumisos en oración y fuera de ella, cumpliendo su voluntad, nos alegraremos cuando esta voluntad nuestra se halle aniquilada respecto a todo lo que somos y a todas nuestras satisfacciones”

Especialmente debe uno conformarse con la voluntad divina en las obras emprendidas por la gloria de Dios. Escribía la Santa a la hermana Joly, su infatigable auxiliar del apostolado:

“Debemos dar gracias al Sagrado Corazón, lo mismo con el mal éxito cómo por el bueno. Permanezcamos en paz y sumisos a su voluntad cuando nuestras empresas no resulten bien, y cuando nuestros trabajos parezcan inútiles, lo mismo que si logramos nuestros deseos, puesto que el divino Corazón se complace más en nuestra sumisión y conformidad con su santa voluntad, que en todo lo que pudiéramos hacer sin eso”

Decía a la Madre de Saumaise con motivo de una súplica dirigida a Roma para obtener la institución de la fiesta del Sagrado Corazón:

“Me parece que moriría contenta si pudiéramos obtener la autorización de la misa en honor del adorable Corazón de Jesús. Sin embargo, la resigno  a la voluntad de Dios y le confío todos mis deseos y contentos. Si no es la voluntad de nuestro Señor que el negocio pase más adelante, quedaremos siempre contentas y sumisas a su santa voluntad, de cualquier manera que Él haga que resulten nuestros trabajos, puesto que no buscamos más que cumplir su voluntad en esto y  en lo demás. Así que hay que abandonarlo todo, devolviéndole la gloria de todo y dándole la misma acción de gracias en el mal éxito de nuestras empresas como en el bueno, sin inquietarnos por nada, pues nos basta que el divino Corazón esté contento y sea amado y glorificado.

Os deseo la plenitud de las gracias del Señor y me encomiendo a vuestras santas oraciones, a fin de que Dios nos haga dignas de cumplir en todo su santísima voluntad y que podamos amarle por encima de todo. Le suplico que se digne cumplir todos los designios que tiene sobre nosotras.“

Esta conformidad debe manifestarse también de un modo especial en la muerte de las personas queridas. Escribía a una religiosa que acababa de perder a su madre y a su hermano:

“El amable Corazón de Jesús mortifica y vivifica cuándo y cómo le place, sin que nos sea lícito preguntarnos el por qué. Debe sernos suficiente que sea Él quien lo hace, pues tal es su voluntad, a la cual debemos someternos amorosamente. Besemos la mano que nos hiere, separándonos de las personas que nos son más queridas, a fin de hacernos más perfectas y únicamente suyas. Así es, según creo, como ÉL se porta con vos, porque vuestra alma le es singularmente querida.”

Santa Margarita María, exige que llevemos  el abandono en la voluntad de Dios hasta aceptar las miserias espirituales que quedan en nosotros por permisión divina, para conservarnos en humildad. Quiere asimismo que abandonemos a la adorable voluntad de Dios el cuidado de nuestra salvación eterna.

“Dejemos nuestra alma en manos de Dios para hacerlo todo como a Él le plazca, sin preocuparnos por otra cosa, y digamos como jaculatoria dirigida a su bondad aquellas palabras de fuego, de la buena Madre Hersant( Una Superiora de la Visitación ): “¡ Dios mío, me conformo con todo lo que Vos queréis de mí; renunció a todo lo que es mío, y quiero sufrir por amor de Vos lo que os disgusta en mí y que no puedo yo destruir! Amén”

La Sierva de Dios llevó la conformidad con la voluntad de Dios hasta los últimos límites; confiesa que hasta hubiera consentido en ser privada del cielo si tal hubiera sido la voluntad del Señor:

“El temor de ser reprobada   me desconsuela, escribía. ¿Será posible, por ventura, que este amable Corazón tenga ánimo de privar al corazón de su indigna esclava de amarle eternamente? Me abandono a todo sin reserva, puesto que no quiero ni deseo más que el cumplimiento de su santísima voluntad.”

“No tengo que cuidar de mí, ni de cuanto le agrade a mi Soberano hacer de mí y en mí, por qué me ha dicho que nunca me negará su protección, sino cuando yo me ocupé de mí. Lo que he experimentado muchas veces por mi infidelidad, pues me hacía experimentar lo contrario de mis deseos; pero ya no me ocupo ahora sino en cumplir lo que tantas veces me ha dicho: “Déjame a mí.” Mi Soberano parece que me tiene en una indiferencia tan grande a su voluntad, que ya no me cuido en qué estado me pone; no siento en mí nada más que una eterna sumisión a mi Dios, cuyos designios adoro. Sí; no deseo nada, no pido nada; me contento con abandonarme y someterme a Él, dejándole el cuidado de hacerlo todo en mí. Nada quiero, sino que mi Soberano cumpla en todo su voluntad santísima, que no es menos amable en la aflicción que en la consolación. Mi  corazón se siente indiferente a la humillación como a la alegría, no preocupándome ni reflexionando sobre eso.”

“Me siento del todo sujeta a las disposiciones de la divina Providencia. Estoy contenta con todo. Después que mi divino Maestro me ha dado una lección, permanezco en ella hasta que me da otra. No está en mi mano hacer otra cosa en ninguno de mis ejercicios, ya sea en la Santa Comunión, ya en la Misa y demás.”

“Os suplico, decía a  la Madre de Saumaise, me ofrezcáis con frecuencia al Corazón de nuestro Divino Dueño, pidiéndole para mí las fuerzas necesarias para cumplir perfectamente su santísima voluntad en todo lo que desea de mí”

Habiendo expresado la Santa a la madre Grefye el temor que tenía de faltar al abandono a la voluntad divina, siguiendo los cuatro deseos tan ardientes que sentía de amar a Dios, de comulgar, de sufrir y de morir, recibió de ella esta instructiva respuesta:

“Los deseos que os atormentan son buenos, con tal que no os sugieran una voluntad contraria a la regla o a la  obediencia. Procurad, con la ayuda de Dios, que os dejen en santa indiferencia. Con este espíritu sufrid los tormentos de esos mismos deseos. Que os atormenten o que os dejen tranquila, debe ser lo mismo para vos, puesto que sois toda de Dios. Si Él  quiere imprimir algo en vos como cera blanda, o jugar con vos como con una  manzana, ¿qué os importa? ¡Abandono! ¡Abandono! ¡Abandono! Esto creo es lo que Dios quiere de vos, porque Él desea gobernarnos, y nosotros mismos nada entendemos para guiarnos.”

 

  1. Para que sea absoluta y universal la conformidad, debe no sólo hacernos indiferentes a los acontecimientos sino también someter todo nuestro ser a la Voluntad Divina. Tal es el segundo deber que nos impone.

“Es menester, por de pronto, practicar el abandono en lo que se refiere al cuerpo como dice la Santa, no sólo recibiendo con indiferencia  la salud y la enfermedad, sino también la muerte.”

Contestaba a una religiosa que deseaba conocer la hora de su muerte:

“En lo que se refiere a vuestra muerte, ¿queréis saber lo que es preciso hacer? Debemos abandonar esto a la celeste Providencia, sin querer penetrar en el secreto de Dios, estemos siempre en la misma disposición en que quisiéramos comparecer delante de Dios, y no temeremos que nos sorprenda la muerte.”

“El segundo abandono es del espíritu para obrar con la sola dirección de la fe”, cuando nos faltan otras luces de la gracia y nos parece que nuestra inteligencia está en oscura noche.

“El tercer abandono es de la voluntad y  del corazón, trono del amor. Debemos hacer morir nuestra voluntad en  el Sagrado Corazón de tal manera, que le dejemos querer  para nosotros todo lo que sea  de  su voluntad.”

 

 

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo3), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducido por primera vez al Español en 1910.