MANERAS DE APOSTOLADO 

¡Qué fácil es ser mi apóstol! No hay edad, ni sexo, ni estado, ni condición que puedan decirse ineptos. ¡Son tantos los modos de trabajar! Míralos:

1º La oración: O sea pedir al cielo mi reino continuamente: pedirlo a mi Padre, pedírmelo a Mí, a mi Madre, a mis Santos. Pedirlo en la Iglesia, en casa, en la calle, en medio de tus ocupaciones diarias. “¡Que reines!, Corazón Divino”; esta ha de ser la exclamación que en todo el día no se caiga de tus labios; repítela diez, veinte, cincuenta, cien, doscientas veces por día, hasta que se haga habitual; busca mañas e industrias para acordarte.

¿Quién no puede ser apóstol? ¡Y qué buen apostolado éste de oración por instantánea! Dame una muchedumbre de almas lanzando de continuo estas saetas, y dime si no harán mella en el Cielo; son moléculas de vapor que se elevan, forman nubes y se deshacen después en lluvia fecundante sobre el mundo.

2º El sacrificio: Primero pasivo o de aceptación. ¡Cuántas molestias, disgustos, malos ratos, tristezas, sinsabores, pequeños o grandes, suelen sobreveniros a todos, como sobreviniéronme a Mí, a mi Madre y a mis Santos! Pues bien, todo eso, llevado en silencio, con paciencia y aún con alegría, si puedes; todo eso, ofrecido porque reine, ¡qué apostolado tan rico! Hijo mío, la cruz es lo que más vale, porque es lo que más cuesta. ¡Cuántas cruces se estropean tristemente entre los hombres! ¡Y son joyas tan preciosas! En segundo lugar, el sacrificio activo o de mortificación; procura habituarte al vencimiento frecuente en cosas pequeñas, práctica tan excelente en la vida espiritual. Vas por la calle y te asalta el deseo de mirar tal objeto, no lo mires; tendrías gusto en probar tal golosina, no la pruebes; te han inculpado una cosa que no has hecho, y no se sigue gran perjuicio de callarte, cállate, y así en casos parecidos, y todo porque Yo reine. Y si tu generosidad lo pide, puedes pasar a penitencias mayores. Ya ves ¡qué campo de apostolado se presenta ante tus ojos, y éste sí que es eficaz!

3º Ocupaciones diarias: Algunas personas dicen que no pueden trabajar por el reinado del Corazón de Jesús por estar muy ocupadas, como si los deberes de su estado, las obligaciones de su oficio y sus quehaceres diarios, hechos con cuidado y con esmero no pudieran convertirse en trabajos apostólicos. Sí, hijo mío, todo depende de la intención con que se hagan. Una misma madera puede ser trozo de leña que se arroje en una hornilla, o devotísima imagen que se ponga en un altar. Mientras te ocupas en eso procura muchas veces levantar a Mí tus ojos y como saborearte en hacerlo todo bien, para que todas tus obras sean monedas preciosísimas que caigan en el cepillo que guardo para la obra de mi reinado en el mundo. Debes también esforzarte, aunque con paz, por ser cada día más santo; porque cuanto más lo seas, tendrá mayor eficacia lo que hicieres por mi gloria.

4º La propaganda: A veces pudieras prestar tu favor a alguna empresa de mi Corazón divino; recomendar tal o cual práctica a las personas que están a tu alrededor, ganarlas si puede ser, a fin de que se entreguen a Mí como te entregaste tú. Y si tienes dificultad en hablar, una hoja o un folleto no la tienen; dalo o recomiéndolo; colócalo otras veces en un sobre y envíalo de misión a cualquier punto del globo. ¡Cuántas almas me han ganado donde menos se pensaba estos misioneros errabundos!

¡Ya ves si existen maneras de trabajar por mi reino! Si no luchas, no será por falta de armas, no hay momento en todo el día en que no puedas manejar alguna de ellas. Debes imitar al girasol o al heliotropo, que miran sin cesar al astro rey. Es muy fácil ser mi apóstol. Y ¡qué cosa tan hermosa una vida de continuo iluminada por este ideal esplendoroso! ¡Todas las obras del día selladas con sello de apostolado, y del apostolado magnífico del amor! ¡Todas las obras del día convertidas en oro de caridad! A la hora de la muerte, qué dulce será, hijo mío, echar una mirada hacia atrás y ver cinco, diez, veinte o más años de trescientos sesenta y cinco días cada uno, pasados todos los días así.

LA REPARACIÓN

¿Quieres amarme de veras? Dos cosas hace el amor: procurar a quien se ama todo el bien de que carezca, y librarle del mal que sobre él pesare. Con el apostolado me procuras el bien, me das las almas; con la reparación me libras del mal, lavas mi divino honor de las manchas que le infieren los pecados. Sí, hijo mío, puede una injuria borrarse, dando una satisfacción. Y ¡cuántas podrías tú darle no sólo por tus pecados, sino por los infinitos que cada día se cometen! Yo no quiero agobiarte con mil prácticas; las mismas oraciones, sacrificios, acciones de cada día y propaganda entusiasta que sirven de apostolado, sirven de reparación si con esa intención se hacen, ¡Que reines, perdónanos nuestras deudas! Porque reines, y por lo que te ofendemos, han de ser jaculatorias que siempre estén en tus labios. Dos oficios principales tuve en mi vida terrestre: el de apóstol, que funda el reino de Dios, y el de sacerdote y víctima que expía los pecados de los hombres. Quiero que los mismos tengas tú. Con la devoción a mi Corazón divino pretendo hacer de cada hombre una copia exacta mía, un pequeño redentor. ¡Qué sublime y qué honroso para ti!

CONCLUSIÓN

Ánimo, pues, ¡lánzate! Si mil personas lo han hecho y eran de carne y hueso cual tú; escoge un día de fiesta, el primero que ahora llegue; te vas preparando mientras tanto con lectura reposada de todas estas ideas; llegado el día escogido, confiesas y comulgas con fervor, y cuando dentro de tu pecho me tuvieres, es la mejor ocasión de hacer tu consagración. Para facilitarte el trabajo, y porque es muy necesario que la consagración sea completa, ya que ha de constituir todo un programa de vida, tienes abajo un esbozo con todas las ideas necesarias. Pero repito, hijo mío, que no te asustes; no te obliga nada de eso a pecado ni venial, quiero anchura de corazón, generosidad y amor; sólo pido que te resuelvas a hacer por cumplirla lo que puedas buenamente. ¡Quién no pude hacer lo que buenamente pueda!

Después no te olvides de volverla a renovar cada día en la Iglesia o en tu casa, porque el hacerla a diario es punto muy importante, si no la renuevas cada día pronto la abandonarás; si la renuevas, acabarás por cumplirla. Así lo hagas, hijo mío. Si con decisión abrazas este santo derrotero, ¡Qué brisa primaveral, qué corriente de sangre joven y vigorizante advertirás en tu alma!

 Y ahora, hijo mío, dos consejos para terminar: Uno es que procures no olvidarme en el sagrario. Me agrada el culto a mi imagen, pero más vale mi persona que mi imagen. La Eucaristía es mi Sacramento porque es el del amor. Yo quisiera que me recibieses con alguna más frecuencia, y quisiera también verte alguna vez entre día; ¡no sabes lo que agradezco estas visitas de amigo!; ¡estoy frecuentemente tan solo! El otro consejo es que procures, si es posible, sacar un ratito al día para leer y meditar cosas de mi corazón; de este modo poco a poco irás abriendo la ostra en que se guarda la perla de esta devoción divina.

CONSAGRACIÓN PARA TODOS LOS DÍAS 

¡Sacratísima Reina de los cielos y Madre mía amabilísima! Yo N.N., aunque lleno de miserias y ruindades, alentado sin embargo con la invitación benigna del Corazón de Jesús, deseo consagrarme a Él; pero, conociendo bien mi indignidad e inconstancia, no quisiera ofrecer nada sino por tus maternales manos, y confiando a tus cuidados el hacerme cumplir bien todas mis resoluciones.

Corazón dulcísimo de Jesús, Rey de bondad y de amor, gustoso y agradecido acepto con toda la decisión de mi alma ese suavísimo pacto de cuidar Tú de mí y yo de Ti, aunque demasiado sabes que vas a salir perdiendo. Lo mío quiero que sea tuyo; todo lo pongo en tus manos bondadosas: mi alma, salvación eterna, libertad, progreso interior, miserias; mi cuerpo, vida y salud; todo lo poquito bueno que yo haga o por mi ofrecieren otros en vida o después de muerto, por si algo puede servirte; mi familia, haberes, negocios, ocupaciones, etc., para que, si bien deseo hacer en cada una de estas cosas cuanto en mi mano estuviere, sin embargo, seas Tú el Rey que haga y deshaga a su gusto, pues yo estaré muy conforme, aunque me cueste, con lo que disponga siempre ese Corazón amante que busca en todo mi bien.

 Quiero en cambio, Corazón amabilísimo, que la vida que me reste no sea una vida baldía; quiero hacer algo, más bien quisiera hacer mucho, porque reines en el mundo; quiero con oración larga o jaculatorias breves, con las acciones del día, con mis penas aceptadas, con mis vencimientos chicos, y en fin, con la propaganda no estar a ser posible, ni un momento sin hacer algo por Ti. Haz que todo lleve el sello de tu reinado divino y de tu reparación hasta mi postrer aliento, que ¡ojalá! sea el broche de oro, el acto de caridad que cierre toda una vida de apóstol fervorosísimo. Amén.

  Hay concedida indulgencia parcial a todos los fieles que devotamente reciten esta CONSAGRACIÓN PERSONAL al Sagrado Corazón de Jesús.

Forma resumida de pacto con el Corazón de Jesús: “Corazón de Jesús yo cuidaré de tu honra y de tus cosas y tú cuida de mí y de las mías.”

Florentino Alcañiz. SJ