Los llama y trata como discípulos

¡Discípulos de Jesús! Ved aquí una palabra que no aparece en el Evangelio ni en la infancia ni en la adolescencia de Jesús, sino en su vida pública.

Jesús solo

Solo, fue en busca de Juan Bautista para ser por él bautizado.

Va solo al desierto en el que moró ayunando cuarenta días y cuarenta noches.

Solo va otra vez en busca del Bautista por la  orilla del Jordán, cuando sale del desierto, para recibir el testimonio de su misión divina.

Y solo, vuelve a pasar al día siguiente por la misma orilla, sin detenerse a hablar con nadie.

¡Cómo palpitan de  amor y de misterio estos primeros pasos solitarios de la vida pública de Jesús!

¡Aquellos ciento cincuenta kilómetros que separaban  Nazaret de la orilla del Jordán, las idas y venidas del desierto, sin más compañía que la pena de dejar su casa, ¿por qué no sentirla?, y el ansia  de darse a las almas!

Perdonadme una digresión: en la mañana que escribo estas páginas he consagrado sacerdote a un joven monje de la trampa; cuando mis dedos han ungido las palmas de sus manos, han tropezado con dos protuberancias, ¡dos callos de trabajo del campo con el que comparten los monjes su oración y sus estudios! Y me acordé conmovido de las manos encallecidas de otro joven sacerdote, ¡del Sacerdote Jesús, dejando el taller de Nazaret en busca del Jordán!

¿Cómo podría haber comenzado la vida pública?

¿Cómo y por dónde comenzará Jesús su Obra, su gran Obra de salvar al mundo por su ejemplo, su palabra, su pasión y su muerte? ¿Se dirigirá a Jerusalén, a su grandioso Templo, en una de sus pascuas por solemnidades y ante aquellas muchedumbres de judíos que acudían de dentro de Israel y desde toda la tierra haría oír su palabra y confirmaría con los milagros de su poder infinito su misión divina? ¿No le hubiera ahorrado tiempo y trabajo comenzar su vida pública ante aquellas muchedumbres de cientos de miles de hombres que hablaban todas las lenguas, con la transfiguración con Moisés a su derecha y Elías a su izquierda y en las alturas el Padre celestial, dando todos testimonio de él, y con claridades de sol en su nueva cara y blancura de nieve en sus vestiduras? ¿Quién se hubiera resistido  a aquélla promulgación de la ley nueva y aquella presentación del esperado Mesías?

Ese programa tan fascinador y, al parecer humano, tan eficaz, no fue el programa de Jesús.

Como lo comenzó

Su primera aparición la hará en las riveras casi desiertas del Jordán, entre un grupo de pescadores y penitentes pidiendo al austero Juan Bautista, vestido de pieles, que lo bautice, como a uno de tantos y después desaparece para sepultarse cuarenta días en la soledad del desierto. Y cuando de él sale, ¡qué misterio tan atrayente encierra ese pasar por la misma rivera dos días consecutivos!

¿De dónde viene Jesús solo? ¿A dónde va? ¿Qué busca?

¡Su Obra!

Está comenzando su conquista del mundo; pero no al estilo nuestro, sino al suyo, el que sigue usando en su vida de Hostia oculta y callada. ¡Conquistador, no matando ni asustando, y deslumbrando ni coaccionando, sino atrayendo por la humildad y el amor!

En busca de discípulos

Para eso pasaba Jesús por la orilla del Jordán; buscando de entre los grupos de penitentes o sencillos discípulos del Bautista quien quisiera dejarse atraer por la humildad de su porte y el amor de su mirada…

¡Lo mismo que en el Sagrario!¡Días y días, años y años en soledad casi absoluta esperando quien quiera dejarse atraer!¡Que traza de conquistador, tan distinta y tan opuesta a la usada por los hombres!

Y al segundo día se deciden dos a seguirle, Andrés y otro discípulo del bautista, muy probablemente Juan. Jesús ha sentido sus pasos, ha vuelto el rostro atrás, los ha mirado y les ha preguntado: “¿qué buscáis?” “ Maestro, ¿dónde vives? “ (Jn. 1,38).

Los discipulos preguntan a Jesús ¿Maestro donde vives?

¿No sentís palpitar en esta pregunta la emoción de una lesión cariñosa?

Entre los hombres primero es conocerse y después amar se; oh Jesús buscado un corazón sencillo, ocurre al revés, ¡cuántas veces se le ama primero y se le conoce después!

 

El Corazón de Jesús ha debido estremecerse de gozo al oírse por fin llamar Maestro, y encontrar los dos primeros discípulos.

No se le señala día ni ahora para recibirlos; lo recibe al punto;¡tenía tanta hambre de enseñar! ¿En dónde? Ni les daba las señas de su casa, ¡su casa!, La primera cabaña o cueva abandonada que encontrará, ¡un mesón, si los hubiere en aquellos parajes medio desiertos!

“Venid y ved”.

Y se estuvieron con Él toda aquella noche, porque eran ya las cuatro de la tarde cuando esta invitación se hacía.

Misterio de aquella noche entera de magisterio de Jesús cuando rudos pescadores, ¡cómo nos hace sentir las palpitaciones de un Corazón dispuesto a hacer locuras por iluminar a las almas y cómo haces presentir el misterio dulce, suave e iluminador de tantas noches y de tantos días de Sagrario!

¿Qué ha estado diciendo Jesús aquella noche a Andrés y a Juan?

No lo dice el Evangelio.

Lo que sabemos es que han salido conociendo quienes Jesús y amándolo con la efusión del celo más activo por buscarle conocedores y armadores.

Andrés busca y traía Jesús a su hermano Simón, el que debía de ser cimiento de su Iglesia; probablemente Juan trae a su hermano Santiago. Después, de estos cuatro discípulos, sacará Jesús cuatro grandes Apóstoles.

Y sabemos también que con este conocimiento y amor del maestro, debieron sacar un amor fraterno, tan efusivo, tan palpitante, tan nuevo, que más tarde, en los últimos encargos, cuando tenía que separarse de ellos, para ir al Padre, les ha podido dejar esta consigna: “En esto conocerán que sois mis discípulos, si os amáis los unos a los otros” (Jn. 13,35)

¿Amó yo así?

Si tengo que hacer de maestro algunas veces por ser sacerdote, Padre de familia, catequistas, o simple consejero, ¿a traigo y uno a mí a los que he de enseñar por la humildad o el amor?

Jesús ni en el Evangelio ni en la Eucaristía es maestro de mala cara, de palabra espera, ni del corazón duro.

Cómo discípulo que soy de Jesús, ¿me lo conocen las gentes en lo bien que trato y quiero a todos mis condiscípulos, a todos, a buenos y a malos?

Espíritu Santo, ¡que yo ame así!

Del libro “así ama él”, San Manuel González, Obispo