Líneas para una Teología de la Reparación(Segunda parte)

Luis María Mendizabla. S.J

4.La reparación cristiana  a Dios ofendido

Vamos a considerar ahora el estado interior de Cristo, de Dios. Y aquí tocamos uno de los aspectos más delicados en toda esta materia de la reparación.

La pregunta que nos hacemos a nosotros mismos reflexionando teológicamente es ésta: ¿el pecado toca a Dios, sufre Dios, sufre Cristo por el pecado? No se puede decir estrictamente hablando que Cristo sufre ahora ni que sufra Dios tomando el sufrimiento en su sentido estricto humano. Pero, por otra parte, tendríamos que afirmar igualmente que la expresión: Dios no sufre, Cristo no sufre, es igualmente inexacta. Y creo que legalmente leyendo los testimonios de la revelación, tendríamos que decir que es menos exacto el decir que Dios no sufre por el pecado que el decir que Dios sufre por el pecado. Por tanto, en cualquier expresión que se escoja hay que realizar siempre una corrección. Creo que debemos decir claramente que el pecado llega a Dios, que toca al Corazón de Cristo. Esta verdad se puede afirmar sólidamente.

A veces somos demasiado simplistas en el admitir que Dios es muy lejano. Él es felicísimo, Él es inmensamente suficiente a sí mismo; pero al querer explicar este misterio, tenemos que recordar que Dios se ha hecho hombre por amor a nosotros y que le llega al alma el no ser correspondido y amado. Nos encontramos en el fondo del misterio. He aquí uno de los aspectos que más debería desarrollar “ la teología del Corazón de Jesús”.

Creo que la enseñanza de la teología del Corazón de Cristo es la misma que la enseñanza de San Pablo y del Evangelio, a saber: que nuestras acciones llegan hasta Dios; y no sólo nuestras acciones buenas, sino también nuestros pecados; y relegar a Dios al limbo, no es cristianismo sino paganismo y racionalismo; porque atendiendo a la revelación constante de la Escritura, Dios el infinito, Dios el creador, Dios el Señor absoluto de todo está muy cerca de nosotros. Esta es la revelación a la cual no hubiéramos podido llegar jamás con una teología desmitificante. De hecho, ciertas corrientes teológicas actuales, que se glorían ante esa desmitificación, suelen reducirse a teología sin revelación, en las cuales la mente humana acepta sólo cuanto alcanza filosóficamente y lo que estima según sus propios criterios, eliminando todo elemento que a su parecer sea demasiado humano o semejante al humano.

Un filósofo pagano nunca hubiera podido pensar, en sus elucubraciones altas de inteligencia aguda, que Dios sea herido por el pecado; porque la razón humana se resiste a creer. Y con todo, es verdad que Dios es inmutable y felicísimo; pero si hay una verdad fundamental en el evangelio es el gozo de Dios por el pecador convertido: “Hay más gozo en el cielo …” (Lc 15,7). En este paso, el cielo es Dios mismo, el Padre. El amor con que Dios sigue al pecador, el gozo de su encuentro y salvación no son puras metáforas; constituyen la enseñanza fundamental del texto evangélico de la parábola, aunque evidentemente revestido de elementos metafóricos. Si el amor de Dios por el pecador, si su gozo por nuestra vuelta fuese una pura metáfora, podríamos anular tranquilamente todo el Evangelio, porque realmente aquí nos encontramos en el punto nuclear de la revelación. Ahora bien, si el gozo de nuestra vuelta toca a Dios, ¿cómo no van a llegar también a Él nuestras acciones perversas?  La distancia entre ÉL y nosotros, entre su inmensidad y nuestra pequeñez no cambia, y Dios se muestra afectado por nuestro mal; Dios está tan cercano a nosotros que nos hace saber que el pecado del hombre le llega al Corazón, y ésta es una realidad más allá de todos los elementos metafóricos.

Podemos plantearnos esta cuestión. Es verdad que el hombre no puede llegar hasta Dios. La afirmación es evidente, pero esa inmensidad de distancia que el hombre no puede salvar, es superada por la acción infinita de Dios que viene a nosotros. Es el amor de Dios el que, llegando hasta el hombre y amando al hombre, le hace de esa manera afectivamente vulnerable por la respuesta del hombre. No es pues el hombre el que hiere a Dios, es el amor de Dios al hombre el que le hace vulnerable. Por tanto, en nuestra visión teológica tenemos que dar la debida importancia al valor que Dios da al hombre; valor mucho más grande de lo que el hombre mismo prevé. La grandeza no se muestra en su independencia de Dios, sino en el significado que el hombre tiene para Dios; por lo cual todo lo que le toca al hombre viene a tocar también a Dios, no en el sentido de una herida física.

Jeremías reprende a aquellos que creían que con sus acciones causaban daño a Dios; sino que Dios, amando al hombre por ese amor suyo para nosotros, incomprensible, con el cual ha querido acercarse y admitir al hombre a su intimidad, de tal manera  le quiere que su respuesta negativa le llega en su afecto y en su amor. Por tanto, no es la acción directa del hombre la que hiere, sino el corazón del hombre que no le ama. El hombre es su hijo que no le acepta y ésta es la repulsa que afecta al Corazón de Dios. He engendrado hijos y mis hijos me han despreciado.

Nosotros nos preguntamos muchas veces interiormente como todo esto que en la Escritura tantas veces se nos refleja, sea compatible con la inmutabilidad y la felicidad inmensa de Dios, y no conseguimos resolver este dilema de manera satisfactoria para nosotros. Aquí está el misterio que hemos de aceptar con fe.: ¿Cómo es posible que Dios siendo Dios puede interesarse por nosotros? Aquí está el verdadero misterio: que Él haya amado de tal manera al mundo que haya dado a su Hijo de veras por nosotros y que el Hijo se haya dado a sí mismo por el hombre. Pero es el misterio fundamental del cristianismo. El misterio fundamental no es el de la existencia de Dios, sino el del amor de Dios al hombre: “Nosotros hemos creído en el amor” (1 Jn 4, 16). Es la verdad fundamental de San Juan: “Dios es amor” (1 Jn 4,8. 16). Pero si Dios nos ama, nuestras ofensas le llegan al corazón. Resumiendo: aún no pudiendo admitir un sufrimiento verdadero en Dios, tenemos que insistir en el hecho de que el pecado, sin hacerle perder su felicidad, le llega verdaderamente hasta Él; y que no son puramente metafóricas las palabras del profeta: “mis hijos me han despreciado” (Is 1,2). Precisamente porque somos hijos y por el amor que nos tiene (si Él no nos amara, nuestro pecado no tendría importancia para Él), nuestra respuesta de rechazo le llega hasta el Corazón.

5.Misterio de la Pasión de Cristo como reparación

Entramos ahora en el tema de la Pasión de Cristo. La Pasión de Cristo es para nosotros un gran misterio. No consiste propiamente en  el trabajo que tuvo que pasar por extender el “reino”, entendiendo este trabajo como eficiencia humana con las fatigas y molestias que admitió soportar para poder cumplir con su misión de evangelizar y predicar. La Pasión de Cristo tiene su comienzo con aquel sufrimiento que humanamente no tiene sentido. Mientras nuestra fatiga acompaña a una acción apostólica de eficacia aún humanamente perceptible, todos estamos dispuestos a aceptarla y no nos resulta un problema teológico. Que para subir en la escala de las dignidades humanas haya que fatigarse y trabajar y someterse a un esfuerzo extenuante, es obvio y ninguno piensa que eso sería una fatiga perdida.

La Pasión de Cristo comienza con aquellos sufrimientos que desde un punto de vista humano están privados de cualquier eficacia. Llamamos Pasión a los hechos que se suceden desde el momento en que Él es apresado como un malhechor cualquiera sometido a un proceso que termina en su ejecución sangrienta en el Calvario.

Este misterio del sufrimiento, que humanamente no tiene sentido, aparentemente es difícil en la vida cristiana y con todo, es el misterio al cual debemos educar a todo fieles cristianos para introducirle en el sentido del sufrimiento redentor que humanamente no se explica. Es la enfermedad, es el fracaso, es la vejez, es la marginación, es la muerte. Todo esto constituye una preocupación para el hombre mundano.

El cristianismo es religión de resurrección y de gozo. Pero no porque nos exima de la cruz y del sufrimiento y de la enfermedad, sino porque nos explica el sentido del sufrimiento, aunque humanamente no le diéramos sentido alguno. ¿Qué puede decir el mundo al enfermo de cáncer, al joven que ha quedado paralítico por un accidente? Por tanto, el temor continuo de esas desgracias, cuya solución más sencilla es a veces la de quitarse la vida para huir a un sufrimiento continuado que se demuestra insoportable, hace que la vida del hombre, a veces, quede turbada por la tristeza, por la depresión.

La Pasión de Cristo enseña que las cruces tienen sentido; porque, como dice la Carta a los Hebreos: “Jesús fue consumado como sacerdote en la Pasión” (cf. 2,10); cuando nos encontramos frente a un ser que no puede hacer nada, podemos ver en él la continuación de la pasión de Cristo y pensar que ese hombre está consumando en este momento y en estas circunstancias la misión que el Señor le ha confiado sobre la tierra. Por eso, el hombre tiene que aprender a sufrir, aun cuando desde el punto de vista mundano el sufrimiento no se demuestra con sentido alguno.

El otro tipo de sufrimiento, es decir, el necesario para alcanzar un resultado cualquiera, no tiene necesidad explicaciones; porque humanamente lo entendemos. Ahora, en nuestros días, hay una tendencia fuerte a  aceptar la fe sólo cuando humanamente tiene sentido lo que la fe viene a enseñarnos. Nos preguntamos con frecuencia hasta qué punto una realidad de la fe tiene encarnación en el hombre de hoy y luego nos quedamos fácilmente sobre el valor que esa verdad de fe tiene humanamente, sin atender tanto a la fe que en ella se encarna. Una prueba de lo que estamos diciendo es la observación de que cuando no existe un valor humano, antes de esa encarnación de la fe, nos resistimos a aceptar cuánto humanamente no tiene sentido a nuestros ojos. Pero en tal caso, ¿podemos hablar todavía de una verdadera encarnación de la fe? Este es el grave problema que se nos presenta: que no queremos aceptar sino verdades de fe que tienen un valor también desde el punto de vista humano.

Ahora bien, para una comprensión profunda de la pasión hace falta que el hombre sea invitado por Cristo. Por eso, toda la doctrina de la reparación no me atrevería a presentarla a la masa cristiana en general. Hay que ver primero hasta qué punto llega la invitación, la preparación de la gracia, la profundidad de la llamada del Señor.

En todo caso, la pasión de Cristo es la gran lección en profundidad de la vida de reparación; es la iniciación al dolor cristiano. Sugiero solamente una observación que me parece teológicamente importante en Cristo hay que distinguir el dolor y la actitud psicológica con la cual sufre. El dolor es algo de la naturaleza, es algo que se percibe pasivamente, es algo que viene en un grado o en otro más o menos directamente, pero viene del pecado. La actitud con que sufrimos es personal, es deliberada, es responsable, el dolor físico es lo que  es, la actitud con que se sufre, es lo que uno quiere que sea. Cuando décimos del cristiano: “Cristo sufre”, no nos referimos a la materialidad del dolor, sino al acto personal con el cual sufre ese dolor; porque si no fuese acompañado el dolor de un acto personal, no tendría tampoco valor humano y personal. Cuando, en fuerza de las actitudes psicológicas participadas de Cristo, soportamos un sufrimiento con una actitud personal responsable, hay también hay un acto de sufrir, el acto de sufrir que es el que nos une a Cristo. La distinción pues entre sufrimiento material y el acto de sufrir, el actor personal de sufrir, me parece sumamente importante para el cristianismo y para la doctrina de la reparación y de redención.

Vemos que no se trata sólo de reacciones psicológicas, sino que abrazó su sufrimiento como aceptación de la condición pecadora del hombre en la visión profunda de la ofensa de Dios que desea reparar. Jesucristo asume las consecuencias del pecado en el hombre con el amor de Dios haciendo de ellas instrumento de redención. Podemos decir, en cierta manera, que el dolor de la pasión de Cristo viene a resultar así como el sacramento de la ofensa del Padre, vivido por Él, en la condición sufriente de la humanidad. Y la sigue viviendo ahora en lo íntimo de quién como Él vive su propio dolor en ese mismo sentido más profundo y personal.

  1. La reparación cristiana en conformidad con las disposiciones de Jesús

Conformarse a esta disposición de Jesús, asumir en amor la condición pecadora de la humanidad, de la cual cada uno de los hombres es participante en su estado de sufrimiento vivido en unión de amor con el Padre cuya ofensa le hiere, le hace también a cada uno de los hombres colaborador de la reparación de Cristo ofrecida en la cruz al Padre.

Cuando nos referimos a la contemplación y participación de la Pasión de Cristo, que es una iniciación también a nuestra obra de redención con Él, más que de compasión tendríamos que hablar de un con-sufrir con Cristo. No se trata de tener lástima de Jesús, no es éste el sentimiento cristiano perfecto en la contemplación de la Pasión. Es más bien esta concepción una concepción humana y psicológica por la cual no se subraya suficientemente el valor redentor de nuestra unión con Cristo. Al contemplar pues la pasión del Señor, no se trata tanto de tener lástima de Jesús, de consolarle a Jesús a la manera humana, sino de llegar a con-padecer con Cristo.

Para comprender este punto de vista, se puede partir de la palabra de Jesús a los tres discípulos predilectos en Getsemaní. Después de anunciarles que “Él está triste hasta la muerte” (Mateo 26,38), Jesús no dice a los apóstoles: venid conmigo, consoladme, sino que les dice: “quedamos aquí y velad conmigo”, y Él se fue solo a rezar en la oscuridad de la noche. Lo que les pide es pues que participen de su sufrimiento. Un ejemplo semejante lo encontramos en la Virgen al pie de la Cruz. María con-padecía con Jesús. No es que simplemente le tuviera lástima. Tenía los mismos sentimientos de su Hijo, participaba en su dolor, ofrecía su muerte con un Corazón en todo semejante al de Cristo. La participación en estas disposiciones del Corazón de Cristo es una gracia del Señor. La contemplación de la Pasión de Cristo se convierte en una iniciación para aprender a sufrir con Él y para entrar en el misterio del sufrimiento cristiano.

Agonía en Getsemaní

Si esto es también una consolación, sería ya otro problema. Esta es una cuestión teológica que fundadamente se puede sostener, pero que no reduce nuestra actitud para con Cristo que sufre en la Cruz al sólo consuelo, sino que nos enseña a tomar parte en su sufrimiento redentor.

Igualmente, si consideramos a Cristo glorioso en el cielo, como actitud humana, Él está ahora también unido estrechamente al Padre y unido a los hombres, por lo cual la ofensa de la humanidad y la ofensa del Padre llega hasta su Corazón. También llega a su Corazón el mal de la humanidad; el mismo mal físico no le deja indiferente: “ lo que hacéis a uno de éstos, me lo hacéis a mí” (cf. Mt 25, 40).

Pero alguna diferencia notable se da respecto a las disposiciones de su Corazón cuando se encontraba todavía sobre la tierra. Las disposiciones son las mismas, pero su humanidad no puede ya encargarlas en una naturaleza mortal con el acompañamiento de lo que es la mortalidad humana.

Estas mismas disposiciones participadas en nosotros, el Corazón actualmente palpitante de Cristo glorioso, encuentran en nosotros una naturaleza capaz de ofrecer la propia vida mortal; y entonces se realiza la palabra de Pablo: “Cumplo en mi lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo que es la iglesia” (Colosenses 1,24).

Desde estas consideraciones, la perspectiva de la actitud reparadora se abre sobre la participación en las disposiciones actuales del Corazón de Cristo como fondo de toda la vida cristiana que asume en sí la condición dolorosa y pecadora de la humanidad con el mismo amor con el que Cristo la ofrece al Padre. Por eso, esta participación se realiza en su cuerpo que es la Iglesia mediante la participación en las disposiciones internas de Cristo que asumió la condición pecadora en fuerza de su identificación de amor con toda la humanidad.

Por tanto, si hoy se habla tanto de solidaridad humana debemos reflexionar que la devoción al Corazón de Cristo nos lleva a la unión más profunda con nuestros hermanos hasta asumir la misma condición ante Dios, hasta identificarnos con ellos, sabiendo que la condición del hombre actual está radicada y repercute en el Corazón de Cristo.

La teología del Corazón de Cristo nos muestra pues una radiografía interior de la vida cristiana, radicada en Él y participada en nosotros en un corazón semejante al de Cristo y con actitudes psicológicas que reproducen las actitudes de Cristo en un cuerpo mortal. Por eso, cumplo en mi lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo que es la Iglesia, porque la actitud de Cristo reproducida en mi por participación, me lleva a asumir la condición de la humanidad misma en su resonancia más íntima.

                                                           Conclusiones

Llegamos con esto a la conclusión que pueden iluminarnos y orientarnos para afrontar las dificultades a las cuales hacíamos referencia al comienzo de nuestras posición.

1.Sólo quien ha resucitado por medio del Bautismo es capaz de reparar. No debemos apoyarnos en que hemos resucitado para decir que ya no hace falta que reparemos, sino que, al contrario, debemos decir que sólo quien ha resucitado puede reparar, porque sólo entonces podemos participar de las condiciones del Corazón de Cristo en la unión con el Padre y con la humanidad.

Para poder reparar, hace falta haber resucitado, tener parte de la caridad y poseer la disposición reparadora que se nos da precisamente mediante la resurrección del Bautismo y que nos lleva a identificarnos con el pecador y con el mal del pecador para asumir esa condición pecadora de la humanidad.

En vez de  decir que nuestro estado de resucitados por el bautismo hace superflua la reparación y nos dispensa de ella, debemos más bien proclamar lo contrario: que precisamente nuestro estado de resurrección postula la exigencia de una vida asociada a Cristo resucitado y asociada por tanto a su oblación de amor. Porque, si por nuestra vida de gracia somos participantes de la resurrección de Cristo, pero no hemos llegado todavía a la resurrección final; y nos encontramos en cuerpo mortal con el cual podemos identificarnos a la humanidad; si esto vale para cada uno de nosotros tratándose del propio pecado, por lo cual, aun recuperada la gracia, no estamos dispensados de la expiación, vale todavía más por el cuerpo místico de Cristo que es la Iglesia en su unidad.

  1. El sufrimiento reparador debe ser participado de Cristo. Es otra conclusión que deriva de cuanto hemos expuesto.

El sufrimiento reparador debe ser participado de Cristo; no es un sufrimiento arbitrario, es aquél a que él Señor nos invita a participar, sea por sus disposiciones providenciales, sea por su voluntad manifestada. Será una enfermedad, un disgusto, aquel sufrimiento, aunque cada hombre se siente invitado por Dios en un discernimiento espiritual. Aquel sufrimiento, aquel dolor, aquélla penitencia que cada uno en esa disposición entiende que el Señor le pide. Será por tanto una penitencia voluntaria, pero no arbitraria.

  1. Vocaciones particulares en la reparación.

Nos podríamos preguntar cuáles son las modalidades de la reparación.

Este campo entendido en toda su profundidad teológica queda todavía indiferenciado. En sentido humano y real hay modos diversos de reparación. No nos referimos solamente a las formas materiales (un sacrificio o un sufrimiento más bien que otro), sino más bien nos referimos a la actitud psicológica y a las motivaciones de la reparación.

Estas diferencias pueden llegar hasta el punto de constituir una vocación personal. Porque cada vocación no supone tanto una diversidad de valoración estructural de las verdades reveladas, cuanto una toma de conciencia de un determinado valor de aquella verdad revelada a la cual el hombre es invitado a dar particular relieve en su vida. Lo que funda la diversidad espiritualidades no es una diversidad de valoraciones estructurales, sino una diversidad de resonancias en cada uno de una determinada verdad; diversidad que condiciona luego como una vocación en el conjunto de la Iglesia a la cual se dedica por voluntad del Señor en fuerza del carisma, para desarrollar prevalentemente un determinado aspecto del complejo de la revelación.

Ahora bien. Todo aquello puede constituir para una persona determinada una vocación y por eso es conveniente extender a muchos esa llamada.

No faltan algunos movimientos que quisieran como asumir el monopolio de la reparación y determinar sus modalidades. Pero una tal posición no es justa y no puede encontrarse bajo la inspiración del Espíritu Santo, aun cuando para cada uno aquel modo puede ir bien y ser precisamente su propia vocación.

Siempre a propósito de formas de reparación, hay que notar que tales modalidades corresponden al aspecto vital, al aspecto del pecado que y además especialmente, al amor concreto que ha sido iluminado por el Señor a cada uno de los hombres y que incluye por otra parte una llamada al amor concreto también con sus matices personales. En consecuencia, uno será llamado porque tiene una psicología espiritual más sensible a un cierto aspecto del pecado en cuanto ofensa del Padre y en  todo lo que se refiere al Padre por su vinculación de amor. Entonces, la reparación se dirigirá preferentemente y directamente al Padre; y partirá también de un aspecto de veneración, de amor, de respeto al Padre. En cambio, en otros casos puede centrarse particularmente en Cristo, aunque todo lo que se centre en Cristo, vitalmente, termina activamente, va también a concluir en el Padre.

Así aun en la devoción al Corazón de Cristo se dan formas de reparación que se dirigen directamente al Padre: “por medio del Corazón de Jesús que es Camino, Verdad y Vida, llego a vuestra majestad; por medio de este corazón os adoro por todos los que no os adoran, os amo por todos los que no os aman”; e incluso en Santa Margarita, de quién son las palabras que acabamos de referir, vemos ofrendas como ésta: “ te ofrezco la reparación de Cristo y unida a ella mi pobre reparación”. Pero podemos dirigirnos directamente a Cristo, porque la unión de amor puede ser psicológicamente centrada directamente en Cristo, cuya ofensa no es más que la repercusión en Él de la ofensa del Padre, hacia el cuál Él reclama nuestra atención y por eso nosotros la sentimos más profundamente.

Puede darse también una reparación según determinadas formas de ingratitud de la humanidad, con lo cual la persona se identifica y que psicológicamente le hiere más profundamente. Tal caso, la reparación adquiere carácter especial

Así puede haber una reparación a Cristo en la Eucaristía. No hay dificultad en ello. Se trata de una vocación especial de amor eucarístico que luego tiene una particular resonancia en la vida, cuya orientación viene entonces predominantemente determinada por la relación el misterio eucarístico.

En estos matices no hay negaciones de otros aspectos. Se subrayan solamente determinados elementos que centran la vida de la persona concreta y le dan un relieve especial, condición entonces de sus obras de reparación.

Todo esto es bueno. El mal suele estar siempre en el exclusivismo. No se debe sofocar el espíritu. No se deben suprimir las orientaciones de cada uno, a no ser que la fórmula o la orientación personal no sean el caso positivamente equivocado.

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