Lecciones de gramática

La conjugación del amor propio

 

Un sabihondo

¡Y mucho que lo es un personaje a quien todos conocemos, y que tiene tal importancia, que en la historia de toda la humanidad no hay un hecho que no haya intervenido como parte activa, y quizás la más interesante!

¡Su majestad el amor propio!

¡Vaya si tiene pesqui!

Sabe una atrocidad de mundología, de filosofía casera, de prudencia humana y de gramática más o menos parda.

¡Y claro!, Sabiendo tanto de gramática, no es extraño que sin necesidad de haberlas saludado en las aulas haga declinar un nombre o  conjugar un verbo al más lerdo.

Y como el asunto no deja de ofrecer interés, y quizás no poca utilidad, voy a hacer versar este capítulo sobre una lección de gramática dada por el amor propio de cada cual.

Se trata de la conjugación de un verbo que todos, hombres y mujeres, grandes y chicos, ilustrados y palurdos, hacemos a cada momento por obra y gracia de su merced el amor propio.

Yo soy, tú eres, él es

            Estas, si no recuerdo mal, son las tres personas del singular del presente de indicativo del verbo ser,  y esta conjugación, como vais a ver, es la que perennemente está haciendo el que dijimos.

Primera persona

Advierto que no siempre la conjugación del citado verbo se hace a las claras, sobre todo en esta primera persona.

Así no es frecuente oír a bocajarro estas frases : yo soy bueno, yo soy guapo, yo soy sabio, simpático, atento, etc.

Amor propio

Esta forma tan descarada queda sólo para los que tienen su amor propio en indigestión crónica de vanidad o su cerebro con ausencia  perpetua de sustancia gris.

Pero si no es frecuente ese yo soy esto, si lo es, con una frecuencia que aterra, el yo tengo, yo hago, yo pienso, yo entiendo, yo pago, yo puedo, yo llevo … , y un sinnúmero de primeras personas del presente de indicativo que equivale a estas otras: yo soy rico, bravo, poderoso, aristócrata, linajudo, generoso, intelectual, ocurrente, etc. , etc.

Yo os invito a que os fijéis en  cualquier conversación de las que ordinariamente se oye, y os aseguro que bien pronto en todas ellas encontraréis unos cuantos yo soy una gran cosa. Casi todo aquello que se os cita no son más que una serie de argumentos que quieren demostrarlos que efectivamente, aquella persona es una gran cosa.

De mí os digo, que he hecho esa búsqueda en muchas conversaciónes que he oído, y, al encontrar con una chocante facilidad el yo soy, he sentido pena y ganas de reír: pena, por ver empleada tanta actividad de lengua y de ingenio en realzar la pobre figurilla humana, y ganas de reír, por el ridículo que esa faena lleva consigo.

Segunda persona

            ¡Tú eres! Y esto tampoco falta en ninguna  conversación. Tú, que me oyes y me aguantas las demostraciones de mi yo soy ; tú, con quien hablo, quien quiera que seas, con tal de que me pongas buena cara; tú eres buen amigo, hombre de buen trato, y de unas cuantas cosas buenas. Pero… pero ¡que conste, siempre eres un poquito menos que yo. ! ¡Claro!, esto no siempre se dice , pero casi siempre se siente y se da a entender. Tú eres  lo que yo te concedo …

Hablo a vosotros , jóvenes en tiempo de pollear y merecer : ¿qué sentís al lado de vuestros amigos o de vuestros contertulios?

Vienen bien vestidos, lucen buenas alhajas,  tienen hasta chic, pero, ¡que demonche!, aquel adorno estrambótico, aquellas pecas en la cara, aquél no sé qué de su facha les hace menos elegantes, menos simpáticos que vosotros, y entonces, cuando habéis comprobado de vuestro yo soy no tiene que temer de aquel tu eres, es cuando se respira fuerte y se da entrada franca a aquella nueva amistad.

En una palabra, que como no andemos muy sobre aviso sobre nuestro conjugador amor propio, no consentimos poner al tú eres un calificativo mayor que el que hayamos puesto a nuestro yo soy.

Sépase: primero yo y después … tú.

Así se conjuga  en gramática escolar, y en gramática parda, y en todas las gramáticas humanas.

            Él es

            ¡Pobre él, que mal parado sale de ordinario de las naciones del amor propio !

A él (ausente) se le echan las culpas de todo lo culpable e  inculpable. En su honra, en sus defectos verdaderos o fingidos, en sus genialidades desahoga uno ese maldito gusto de murmura que a todos nos pica. Contra él, al parecer al menos, echamos la bilis que no nos atrevemos a echar contra los presentes. Él, de ordinario, es la desdichada cabeza de turco en donde cchocan nuestros mal genio, nuestros celillos, nuestra maledicencia …..¡que malos somos frecuentemente para la tercera persona del pronombre personal!

Estas frases: esto no lo digo por ti, sino por el otro; si estuviera él delante, lo mismo se lo diría: si no fuera por la prudencia , yo le diría a él …, y otras parecidas y usadas hasta la saciedad, confirma la verdad de mi aserto.

Resulta, pues, la conjugación enunciada:

Yo soy … el número uno; tú eres, por condescendencia mía, el número dos, y él es … lo más malo del mundo; es decir , sobre él echo todo lo malo que me figuro no tener, y que te concedo no tengas tú.

Así conjuga siempre nuestro amor propio.

Señores: mucho cuidadito con estas conjugaciones.

Hay que conjugar, no según la gramática parda del amor propio, sino según la gramática divina del amor del Corazón de Jesús.

Que es precisamente una conjugación a la inversa.

 

Del libro “ Granitos de sal”, de San Manuel González, Obispo.