Yo soy la vid, vosotros los sarmientos

Jesucristo dice de sí mismo que es la vid  y se expresa en estos términos: Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. Yo quiero deciros que seáis sarmientos de esa vid. Que toméis como dichas a vosotros las palabras siguientes: Estad en Mí y Yo en vosotros.

 

         Como el sarmiento no puede de sí mismo llevar fruto, si no estuviese en la vid; así ni vosotros, si no estuvieseis en Mí. Estad en Mí y Yo en vosotros. Ésa es vuestra mansión: Vivir siempre en Jesús, permanecer siempre en su corazón, morar siempre en sus llagas.

Todo tu empeño ha de ser éste: vivir en Jesús.

 

Estad en Mí. Y esto os lo pide el mismo Jesús; Él os brinda el hospedaje, os llama, os invita, os apremia. No estéis, os dice, en el mundo, ni con el mundo, sino en Mí. ¡Estar en Jesús! ¡Qué dicha tan incomparable!

 

Y añade: y Yo en vosotros. Él sí que cumple su promesa. Y qué por entero se da a las almas. Todas las mañanas viene a sus aspirantes en cuerpo y alma; a todas horas os visita con sus gracias, luces e inspiraciones, a cada momento os defiende y protege y colma de favores. ¿No sentís a Jesús? Él os dio su Espíritu, Él pone en vosotros esos pensamientos tan elevados, Él os separa del mundo, Él os da la virtud, las fuerzas, el celo, todo lo bueno que hay en vosotros. ¡Si nos diéramos todos a Jesús en la medida que Él se da a nosotros! Pero desgraciadamente somos bien tacaños y mezquinos, y a cambio de todo lo que Él nos da, todo de valor infinito, le concedemos algo y creemos que es una gran cosa lo que damos y hasta pedimos seguidamente la recompensa. Hay que dar según se recibe y pues Dios se da todo a nosotros, nosotros nos debemos dar todos a Dios. Es verdad que Dios es Dios y nosotros nada valemos, pero no os importe, que Él lo que desea es la entrega total, completa, absoluta; no pensemos en lo que damos, sino en que damos lo que somos y como somos.

 

Como el sarmiento no puede de sí mismo llevar fruto, si no estuviese en la vid… Nosotros somos los sarmientos, algo muy apreciable, cuando está unido a la vid, pero separado de la vid no sirve para nada. Cuando el sarmiento se desgaja de la vid, se separa, lo cortan, enseguida se seca. Mientras estaba unido tenía verdor, frescura, fruto; era algo estimable, porque recibía de la vid la savia, el jugo, la vida vegetal, pero después se marchita, se seca y sólo sirve para las llamas. Qué fundamental es esta enseñanza en la vida. Debemos entender claramente que todo cuanto somos y cuanto valemos lo debemos a la vid, a Cristo que es la vid verdadera; que si obtenemos triunfos, es por estar unidos a la vid. De Cristo recibimos la luz, la gracia, los auxilios, todo en suma. Mientras estemos unidos a Cristo daremos frutos, cuando nos separemos de Él, nos secaremos. Fundémonos mucho en humildad, pues podemos creer que valemos algo, que tenemos algún mérito, que por el talento, estilo, simpatía, capacidades, etc., obtenemos triunfos y damos frutos. No hay tal. El sarmiento no lo da sino unido a la vid.

 

Así ni vosotros, si no estuvieseis en Mí. Hay que estar en Cristo y cuanto más cerca de la vid y más unido a ella, mayor fruto da el sarmiento; ésta es la medida del fruto, la unión. No da más fruto el de más talento, ni el más simpático, ni el más prudente según el mundo, ni el más amable, lo da el que está más unido a Cristo. Son ideas tan fundamentales que el Espíritu Santo por S. Juan las repite varias veces en el mismo capítulo, como para significar cuánto debemos fijar en ellas nuestra atención.

Prosigue en el verso inmediato… el que está en Mí y yo en él éste lleva mucho fruto; porque sin Mí no podéis hacer nada. No dice, sin Mí haréis poco, haréis menos; dice que sin Él no podemos hacer nada. Aunque a veces parezca que se hace algo, son fuegos fatuos, son cosas humanas. Sin Él no se puede nada, absolutamente nada y lo que se puede, por Él se puede y a Él hay que tributar gloria y acción de gracias.

 

Ahora bien, el que está en Él, ése lleva mucho fruto. No dice algún fruto, ni fruto solamente, sino mucho fruto. Claro está. Si él está en Dios y Dios en él, Dios lo hace todo, la savia divina corre por ese sarmiento. ¡Y cómo se conocen estas cosas! Cómo se notan los frutos de las personas que viven unidas a Dios, compenetradas, inundadas, poseídas del espíritu de Dios. Todo lo que dicen, lo que hacen, aunque sea lo mismo exteriormente que aquello que dicen y hacen los demás, lleva todo ello una virtualidad —la savia de Dios— una modalidad, un quid inconfundible que edifica, atrae, eleva, perfecciona.

 

Los hombres de Dios y las mujeres de Dios son inconfundibles. No se distinguen porque sean brillantes, ni por lo que deslumbran, ni por su fortaleza humana, sino por los frutos santos, por aquello que sentían los apóstoles en el camino de Emaús cuando iban en compañía de Cristo resucitado a quien no conocían, pero sentían los efectos de su presencia. El espíritu de Dios es suave, de paz, de orden y así son los frutos de los sarmientos que están unidos a esa vid y de ella reciben el jugo celestial. Frutos muchas veces inapreciables exteriormente, frutos que determinadamente no se los propone el sujeto, pero que surgen, merced a la gracia, valiéndose Dios como instrumento de un ejemplo, una palabra, una acción cualquiera de su apóstol, de la persona en la cual Dios habita.

 

El que no estuviese en Mí será echado fuera, así como el sarmiento, y se secará y lo cogerán, y lo meterán en el fuego y arderá. Terribles son las palabras de este versillo. Recuérdales aquellas otras del Evangelio: El que no está conmigo está contra Mí, y les parecerá lógica la consecuencia. Porque si el que no está con Cristo está contra Cristo, ¿qué fin ha de tener el que no está con Él? Separados de Dios, secos estos sarmientos, no sirven más que para el fuego en donde son pasto de las llamas. Cuando eran sarmientos unidos a la vid, recibían la savia; ahora, separados de la vid, quedan secos. ¡Qué desgracia no estar en Él!

 

Si estuvieseis en Mí y mis palabras estuvieren en vosotros, pediréis cuanto quisiereis, y os será hecho. La gran arma del apóstol es la oración y el fruto de ella se asegura infaliblemente permaneciendo en Cristo. Y es que el que vive unido a Dios, pide lo que debe y como debe, y al que así pide, todo se le concede. Añade y mis palabras estuvieren en vosotros, es decir, mis enseñanzas; si creéis y esperáis lo que yo os enseñé, si obráis según mis palabras o enseñanzas, se os concederá todo.

 

¡Cuánto nos interesa la oración!

 

En esto es glorificado mi Padre, en que llevéis mucho fruto, y en que seáis mis discípulos. He ahí la manera de dar mucha gloria a Dios. El Padre es glorificado en que lleven mucho fruto; en que cada uno sea un apóstol; en que fructifiquen las enseñanzas, los ejemplos, las lecciones de caridad, el amor para todos. Es glorificado el Padre cuando en las casas, en las familias, en las relaciones, en la escuela ó en el trabajo, en los pueblos se nota la presencia de uno de estos apóstoles que van haciendo bien por todas partes. Y como para que esto suceda hemos de vivir muy unidos a Dios

 

Y en que seáis mis discípulos. También así se glorifica al Señor, siendo discípulos de Cristo. Aquí podríamos explicar todo lo que ha de ser el discípulo para merecer este nombre; relaciones del discípulo con el maestro: sumisión, respeto, obediencia, amor del discípulo; cómo ha de copiar del maestro, cómo ha de aprender su doctrina.

S. Pedro Poveda