La reparación II

Del libro ” En el Corazón de Cristo”, de Luis M.ª Mendizábal, s.j.

Reparación aflictiva

 

El sufrimiento es uno de los misterios más difíciles de la vida espiritual. Es el problema constante de los hombre oprimidos por pesadas cruces.

Cada año celebra la Iglesia la fiesta de la exaltación de la Cruz. Todos nosotros deberíamos celebrar íntimamente, como una fiesta grande, el aniversario del día en el que descubrimos el valor de la propia cruz.

No nos faltan sufrimientos y penas, pero no es fácil descubrir su valor. Sabemos que la victoria está en la Cruz, y a pesar de ello la frase de san Pablo es dura para nosotros: «Puesto que me propuse no saber otra cosa entre vosotros, sino a Jesucristo, y éste crucificado» (1 Cor 2,2)

Cristo con su cruz vence al mundo; por eso no debe maravillarnos que instintivamente el mundo odie la cruz.

Si algunas veces el mundo lleva cruces, es más por el oro y las joyas que por la Cruz.

El mundo en realidad no puede comprender la Cruz. «Escandalo para los judíos, locura para los paganos» (1 Cor 1,23). El mundo busca tener a sus secuaces lejos de la Cruz y muchos perecen sin que la Cruz llegue hasta ellos.

Nosotros debemos, en cambio, ser crucifijos vivos, portadores de la Cruz en nosotros mismos, de modo que la Cruz se manifieste en nosotros.

Un día, en el catecismo, se presentó un niño que el catequista no conocía. Después del catecismo, lo saludó afectuosamente y le propuso hablar con su padre para prepararlo a la Primera Comunión.

«Por favor, no hable de esto a mi padre, que es comunista y muchas veces me ha dicho que si ve a un sacerdote en casa lo mata.»

Entonces el catequista habló con la abuela y lo prepararon todo secretamente. Después de algunas semanas se celebró la Primera Comunión.

Poco después la abuela fue en busca del catequista: «El pequeño está gravemente enfermo, pero mi hijo no permite que venga un sacerdote; no quiere ver cruces y no permitirá ni siquiera un funeral católico.»

Tres días después la abuela se presentó de nuevo: «El pequeño ha muerto esta mañana; venga, el funeral católico se hará.»

Y le explicó cómo el padre del niño había cambiado: «Cuando el niño estaba muy mal, mi hijo estaba siempre a su cabecera. De pronto, el pequeño volvió sus ojos y dijo: “¡Papá, mira!” El se inclinó sobre la cama. Aquel angelito hizo sobre sí, despacio y majestuosamente, el signo de la Cruz; luego expiró. Mi hijo se levantó lentamente y con lágrimas en los ojos me dijo: “Mamá, haz venir al sacerdote; en aquella señal de la Cruz…está todo”.»

Aquel comunista odiaba la Cruz, que no conocía, hasta el día en que la vio viva en su hijo.

Nuestra tarea es la de llevar en nosotros la Cruz viviente de Cristo, para mostrarla a todos; llevarla siempre con nosotros en cualquier lugar, sin olvidarla nunca, porque en cualquier parte podemos tener necesidad de darle a conocer.

Primer grado:

«La expiación estimula la unión con Cristo, cancelando las culpas» (Miserentissimus)

Objeto de la reparación aflictiva son los sufrimientos espirituales y físicos, aunque éstos sean infligidos por nosotros mismos a nosotros mismos voluntariamente (mortificaciones, penitencias…)

En el Concilio Tridentino está claramente expresado este fin de la penitencia en cuanto satisfacción de los pecados pasados, y también está indicado que podemos satisfacer por nuestros pecados por medio de los sufrimientos que Dios nos envía.

La Cruz -penitencia y sufrimiento- en este primer grado es una purificación que tiende a hacer perfecta nuestra consagración al Corazón de Cristo. No podemos, en realidad, obtener una unión íntima con Jesucristo si no destruimos totalmente el pecado en nosotros, aun en sus consecuencias penales.

Si la unión gloriosa fuera posible sin pagar el castigo, no sería quizás necesario permanecer un tiempo en el Purgatorio privados de la visión de Dios.

Si consideramos, por lo tanto, el pecado y el castigo por él merecido, no nos parecerá excesiva reparación ningún sufrimiento.

«Por un estricto derecho de justicia…estamos obligados a reparar y expiar, sea por la ofensa hecha a Dios por nuestras culpas, sea por el restablecimiento del orden violad… Pecadores como somos cargados de culpas… debemos satisfacer a dios, Juez justísimo, por nuestros innumerables pecados, ofensas y negligencias… Por eso a la consagración debe unirse la expiación, con la cual se pagan totalmente los pecados, a fin de que la santidad de la divina Justicia no desprecie nuestra temeraria indignidad y deseche nuestras ofensas siéndole ingratas, en vez de aceptarlas como cosa agradable» (Miserentissimus).

Segundo grado:

 «La expiación perfecciona la unión con Cristo, participando en sus sufrimientos» (Miserentissimus)

En este caso, expiación es sinónimo de sufrimiento. Por eso nuestro sufrimiento significa imitación de Cristo.

Pero, a medida que un alma avanza por este camino, la idea de ser cada vez más semejante a Cristo se apodera lentamente de ella. Imitación que el amor exige. Todas las vidas de los santos nos presentan trazos semejantes.

Muchos creen hoy día sentir el celo ardiente de san Francisco Javier y desean como él entregarse a una incansable actividad; pero pocos se acuerdan de que Javier era un hombre que sufría mucho en su vida mística de oración. El formaba a sus hijos en la fe con este sólido espíritu. En Amboino bautizó Javier un grupo de neófitos y uno de ellos era el joven Manuel de Ihative, hijo de un jefe de la isla.

A consecuencia de las persecuciones de Amboino quedaron los cristianos por muchos años sin misionero. Vinieron los musulmanes, que buscaron por todos los medios ganarlos para Mahoma, no regateando ni siquiera los tormentos, pero la mayor parte permaneció fiel.

Cuando, después de muchos años, volvieron misioneros católicos, quedaron sorprendidos de tan heroica fidelidad y preguntaron a Manuel de Ihative: «¿Qué es lo que os ha dado fuerza para resistir tan grandes persecuciones?»

Y Manuel respondió: «Conozco poco nuestra religión, pero una cosa comprendí del Padre Francisco, una cosa que él me repetía siempre: que es hermoso sufrir por Cristo.»

Mas no debe ser sólo por amor y por imitar a Cristo, muerto por mí hace dos mil años, por lo que debo aceptar con placer el sufrimiento. Hemos visto que Cristo sufre actualmente en su Cuerpo Místico. ¿Cómo puedo yo entonces pasar contento una vida agradable?

«…Estamos obligados a la reparación y expiación por cierto motivo más poderoso de justicia y amor»

«De amor, para compadercernos con Cristo paciente y saturado de oprobios y ofrecerle algún consuelo en la medida de nuestra poquedad.» «Con mucha razón, pues, padeciendo como padece todavía Crsito en su Cuerpo

Místico, desea tenernos por compañeros en su expiación…, pues, como somos cuerpo de Cristo y miembros de miembros, cualquier cosa que padece la cabeza es menester que la padezcan con ella todos los miembros » (Miserentissimus).

Tercer grado:

 «La expiación consuma nuestra unión con Cristo ofreciendo sacrificios por los hermanos» (Miserentissimus)

Hemos visto que no estamos solo en la Iglesia; nuestra santidad va unida a la de muchísimos otros.

Ofrezcamos, pues, nuestra reparación, primero por aquellos que han sido perjudicados por nosotros espiritualmente. Estos daños, en realidad, son efecto de mis pecados personales en la Iglesia y, con mayor razón, si fueron de escándalo o de cooperación. Los pecados cometidos por mi causa y me mancharon el Cuerpo Místico de Cristo son realmente míos y debo expiarlos.

Incluso mis pecados más secretos causan un grave daño al Cuerpo Místico de Cristo, y para curar estas heridas por mí debo ofrecer mis dolores y mi expiación.

Debo reparar, además, por los pecados de «mis almas». Desde el momento en que hay una verdadera unión entre nosotros, estos pecados de los demás son, en cierto modo, realmente míos.

Esto no quiere decir que deba yo ser castigado por los pecados de otros, pero significa que, si quiero, puedo ofrecer una verdadera expiación por ellos. En consecuencia, no sólo puedo rogar por ellos, sino ofrecer penitencias y dolores, como verdadera expiación.

 

Necesidad de esta reparación

 

Existen argumentos para creer que en la actual «economía» normalmente no se convierte ningún alma sin el sufrimiento de otra.

Es verdadero el principio de san Pablo: «Sin derramamiento de sangre no se da el perdón» (Heb 9,22). Por lo cual: «Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo en pro de su Cuerpo que es la Iglesia» (Col 1,24)

«Es necesario nuestro sacrificio, por cuanto la copiosa redención de Cristo sobreabundantemente perdonó nuestros pecados… A las oraciones y sacrificios que Cristo ofreció a Dios en nombre de los pecadores, podemos y debemos añadir también los nuestros» (Miserentissimus).

Impresionante, aunque sea exagerada, es, a este propósito, la frase de Origenes (In Num. 10,2; Mc 12, 638 C):

«Desde que no hay mártires y no se ofrecen los sacrificios de los santos, temo que no podamos ya merecer la remisión de nuestros pecados. Por esto tengo miedo de que, permaneciendo en nosotros nuestros pecados, nos suceda cuanto de sí mismo afirman los judíos, o sea, que, privados de altar, de templo y de sacerdocio, y por lo tanto no ofreciendo más sacrificios –según su expresión-, “nuestros pecados queden en nosotros”, y por eso no se dé perdón. Por nuestra parte debemos decir que, no ofreciéndose por nosotros los sacrificios de los mártires, nos quedamos con nuestros pecados; no merecemos, en efecto, sufrir persecuciones por Cristo, ni morir por el nombre del Hijo de Dios.»

Conocemos la distinción entre redención objetiva y su aplicación. Pero dejemos aparte la terminología y expliquemos la realidad con un ejemplo.

La santificación de Cristo es como un gran depósito, o como una central en la que está acumulada la potencia eléctrica que debe ser usada para la salvación de las almas. Pero esta salvación no se obtiene si la energía no se transforma, si no se aplica al motor, de modo que pueda convertirse en trabajo.

En el orden sobrenatural, el motor es nuestra reparación y nuestros sacrificios. La oración podemos imaginárnosla como el conducto que lleva la energía eléctrica al motor. Pero, sin el motor, sin el sacrificio expiatorio, no podemos tener conversiones.

La eficacia de la satisfacción no depende solamente de la intensidad del dolor, sino también de la dignidad de la persona que sufre. A igual dignidad es más eficaz el sufrimiento mayor; en igualdad de sufrimientos tienen mayor valor los de la persona más digna.

Queremos manifestar esta relación con una fórmula matemática: Eficacia de expiación = sufrimiento X dignidad.

Si la dignidad de la persona es muy elevada, pero falta el dolor, no hay expiación eficaz. Y otro tanto, la eficacia será nula donde no haya dignidad, aunque el sufrimiento sea inmenso. La dignidad de la persona que sufre consiste en su vida sobrenatural, en su unión con Cristo.

Un motor, para poder entrar en acción, debe estar unido a la red, y a través de ésta a la central.

En el capítulo siguiente, tratando de la Misa, procuraremos comprender cómo se realiza concretamente esta nuestra unión con la satisfacción de Jesucristo, de modo que la dignidad del que sufre sea la mayor posible.

 

Algunas aclaraciones

 

Escribiendo Juan Pablo II sobre la devoción al Corazón de Jesús, se extendía sobre el reinado del Corazón de Jesús que identificaba cl la civilización del amor. Y formulaba una expresión lapidaria:

«De este modo –y es la verdadera reparación que pedía el Corazón del Salvador-, sobre las ruinas han acumulado el odio y la violencia, podrá levantarse la tan deseada civilización del amor, el Reino del Corazón de Cristo.»

Aquí aparece el tema de la civilización del amor, que consideraremos en un capítulo posterior. Pero en el punto de la reparación en el que nos hallamos ahora, ofrece unas consideraciones que pueden ayudar a centrarlo rectamente. Viene a ser como presentación de horizontes redentores, que hay que mantener presentes en la reparación.

De ninguna manera viene a eliminarse la necesidad de esa reparación negativa, afectiva y aflictiva que acabamos de exponer. No es que pierda su sentido el sufrimiento reparador unido a la pasión de Cristo, del que dice san Pablo que «cumplo lo que falta a la pasión de Cristo, por su Cuerpo que es la Iglesia.»

No es que eso ya no haga falta, ni sea fructuoso, porque la verdadera reparación es la construcción de una civilización del amor. Pero vienen a redimensionarse los valores que aquí entran en juego.

Refiriéndose a las palabras citadas que había escrito, Juan Pablo II explicaba su significado diciendo que, con esas palabras, «indicaba el valor y la práctica de la reparación como elemento esencial de esta devoción, estrechamente ligado al deseo y a las condiciones necesarias para la construcción de un mundo nuevo.»

Justamente deseamos todos el establecimiento de un mundo nuevo, pero es condición necesaria, para que éste se establezca, la reparación del pecado.

Es el mismo pensamiento Pío XI cuando escribía la encíclica Miserentissimus Redemptor en el momento en que se esperaba la reconstrucción de un mundo nuevo después de gran guerra de los años 1914-1918. Para realizar este mundo nuevo, que no es obra del hombre a espaldas de Dios, hay que reparar el pecado del mundo. Por eso enseñaba a toda la Iglesia la necesaria reparación al Corazón de Jesús.

Hay, pues, un lazo múltiple entre la reparación y el establecimiento de la civilización del amor, aunque de ningún modo se identifica.

La civilización del amor no puede alcanzarse ni pensarse sin el ingrediente de la reparación. En efecto la civilización del amor es la humanidad nueva, fruto de la redención de Cristo, como expiación del pecado y reconciliación con el Padre.

La reparación es un camino hacia el establecimiento de la civilización del amor, y es ininteligible sin la tendencia hacia ella. La reparación no se queda en una simple compensación personal del desamor de otros, del pecado de otro, que es indiferente que siga pecando porque yo seguiré compensando, sino que es una compensación de amor al Amor no amado, que pretende y procura, uniéndose a la expiación de Cristo, salvar al pecador, trasformar el mundo y construir la nueva humanidad, que es el objetivo de la redención de Cristo.

Es necesario, por tanto, darle a la reparación esa orientación hacia la civilización del amor, y a la civilización del amor ese contenido de la reparación.

Todo esto requiere una toma de conciencia de lo que es la realidad compleja del hombre y de la obra de la redención. Debe tenerse presente:

1) el proyecto amoroso del Corazón de Cristo resucitado que es la conquista de todos los enemigos, ganándolos a su amor;

2) la vinculación estrecha entre todos los hombres;

3) la exclusión de todo intimismo alienante;

4) la consideración de las ofensas cometidas contra el Señor ha de hacerse viendo al mismo tiempo a los ofensores como amados y buscados por el Señor;

5) la repercusión de esas ofensas en nuestro corazón ha de excitar un renovado amor a Jesucristo que trata de reparar las injurias; y un renovado amor en él a los mismos ofensores pidiendo por ellos y trabajando, en cuanto sea posible, por su transformación, en orden al cumplimiento de los designios divinos de una nueva humanidad.