La reparación debe estar unida al amor en la devoción al Sagrado Corazón(I)

Dos cosas reclaman la unión del amor y de la reparación en la práctica de la devoción al Corazón de Jesús: la naturaleza de esta devoción y las insistentes y retiradas súplicas que Nuestro Señor hizo a santa Margarita María.

I

La naturaleza de la devoción al Sagrado Corazón reclama esta unión.

Que la naturaleza de la devoción al Sagrado Corazón exija la unión de la reparación y del amor, resulta claramente del fin de esta devoción y del carácter que debe tener nuestro amor al Corazón de Jesús. En efecto; en esta devoción debemos amar al divino Corazón, no solamente porque Él nos ama, sino también porque no es amado por gran número de hombres. Al amarle debemos, pues, proponernos a la vez, darle el amor que le debemos y ofrecerle compensaciones y reparaciones por el que le niegan tantos otros, y que ¡ay! muchas veces le hemos negado nosotros mismos.

“Uno de los principales fines de la devoción al Sagrado Corazón, dice León XIII es la reparación, que consiste en expiar con nuestros actos de adoración, de piedad y de amor, el crimen de ingratitud tan común entre los hombres, y aplacar la cólera de Dios por medio del Sagrado Corazón.”

Además, como la santa nos lo ha dicho precedentemente, esta devoción pide amor de amistad. “Ahora bien, dice santo Tomás; en el amor de amistad cada amigo mira como suyos los bienes y los males de aquel que ama. De aquí porque el carácter propio de la amistad es inspirar a los amigos el querer las mismas cosas y participar mutuamente de sus alegrías y de sus tristezas.”

“Las personas consagradas a honrar al Sagrado Corazón de Jesús, escribe la hermanas Joly, una de las auxiliares más activas del apostolado de santa Margarita, deben reparar cuanto puedan, con sus adoraciónes, homenajes y alabanzas, los oprobios y desprecios, a los cuales tuvo expuesto el amor al Hijo de Dios durante todo el curso de su santa Vida y Pasión, y a los que aún le expone todos los días en el Santísimo Sacramento del altar. Deben, pues, aplicarse con cuidado a honrar las penas interiores de este Corazón adorable que le fueron más sensibles que todos los dolores exteriores de su santa Humanidad, como se puede ver por las quejas que dio, ya por sí mismo, ya por los profetas que nos hablaron en su nombre.

Siéndole conocida toda la ingratitud de los hombres, soportó anticipadamente toda la aflicción y angustia dentro de su Corazón, sin que este Corazón adorable sea ya hastiado ni cansado de demostrarnos su amor con las más finas ternezas; el discípulo amado, que fue de ello testigo, nos lo asegura: Jesús, dice, habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo (San Juan, XIII.). Por tanto es muy justo que, por lo menos, al fin de los siglos, este Dios de amor encuentre amigos de su Sagrado Corazón, que se comparezcan de sus dolores y que no tengamos el sonrojo de oírle quejarse por su Profeta; busqué quien se afligiera conmigo y me consolara y no lo hallé.”

“Esto es, continúa la hermana Joly, lo que ha excitado el celo y la piedad de muchas personas que, tomando con ardor los intereses de su divino Maestro, no pueden soportar el ver siempre despreciado su amor o, por lo menos, olvidado, sin demostrarle el justo dolor y deseo que tienen de desagraviarle, con algunas muestras de amor y de culto.”

“No reparar es no amar”, añade el Padre Terrien; pensamiento sencillo y profundo a la vez, que, descubriéndonos el origen de la reparación, nos muestra también el carácter propio que debe tener en la devoción al Sagrado Corazón. Los actos de reparación pueden ser imperados por otro motivo, además del de amor, por temor de los juicios de Dios, por deseo de los bienes eternos, por sentimiento de justicia, etc…; pero además de toda satisfacción, para ser meritoria, supone el estado de gracia, y por consecuencia la caridad al menos habitual, aquella sola reparación es perfecta, que nace del amor.”

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo1), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducído por primera vez al Español en 1910.