La reparación debe estar unida al amor en la devoción al Sagrado Corazón (III)

Nuestro Señor pide a Santa Margarita que lleve el peso de la Santidad de justicia en nombre de todos los pecadores.

            “Otra vez, mi Soberano me dio a conocer que:

Cuando Él quisiera abandonar a alguna de aquellas almas, por las cuales deseaba que yo sufriese, me haría llevar el peso de su Santidad de justicia, es decir, experimentar el estado de un alma réproba, haciéndome sentir la desolación en que ésta se halla a la hora de la muerte.

En efecto; así sucedió. Nunca he experimentado cosa tan terrible, y no encuentro palabras para explicarme… Me parecía que su justa cólera se había vuelto contra mí; me encontraba en horrorosa angustia y desolación por todas partes, porque sentía un peso abrumador sobre mis hombros. Si quería levantar los ojos, veía un Dios irritado contra mí y armado de varas y látigos, pronto a caer sobre mí; por otra parte, me parecía ver el infierno abierto para tragarme. Todo era rebeldía y confusión en mi interior. Mi enemigo me asediaba por todas partes, violentas tentaciones, sobre todo de desesperación; huía por todas partes de aquel que me perseguía, y de cuyos ojos no podía ocultar; no hay tormento al que no mí hubiera entregado por eso. Sufría espantosa confusión pensando que mis penas eran conocidas de todo el mundo. No podía ni rezar y manifestar mis penas, sino por las lágrimas, diciendo solamente: ¡Ay, qué terrible es caer en las manos de Dios vivo!

Confieso que no hubiera podido soportar mucho tiempo estado tan doloroso, si la amorosa misericordia de mi soberano Maestro no me hubiera sostenido bajo los rigores de su justicia. Así que caí enferma y me costó recobrar la salud. “

“Otro día, después de haber sufrido mucho tiempo bajo el peso de la Santidad de Dios, perdí la voz y las fuerzas. Me daba tanta confusión el aparecer ante las criaturas, que me hubiera sido más dulce la muerte. La santa Comunión me servía de tanto tormento, que sería muy difícil expresar la pena que sentía al acercarme a ella; aunque no me habían permitido dejarlas, pues, mi divino Maestro me lo había vedado , puesto que era Él mismo quien me hacía sufrir este estado. Podía decir con el Profeta: que mis lágrimas me sirvan de pan día y noche.

Cuando me encontraba bajo el peso de esta Santidad de justicia, Jesucristo en el Santísimo Sacramento, que era todo mi refugio, me trataba con tanta indignación , que sufría una especie de agonía en su presencia, y no podía estar sino haciéndome extrema violencia. Si fuera de los tiempos de obligación iba a presentarme delante de Él, diciéndole: ¿dónde queréis que vaya, o divina Justicia, si me acompañáis a todas partes? Oh, Dios mío, sostener mi flaqueza, a fin de no caer bajo esta pesada carga a causa de la enormidad de mis crímenes, por los cuales he merecido todo el rigor de vuestra justicia; entraba y salía de allí sin saber lo que debía hacer y sin encontrar más descanso que el del dolor.

No obstante, no me desanimaba; aun cuando desechaba mis ruegos, yo combatía, por decirlo así, con Él, y algunas veces respondía por las personas que le ofenden y me comprometía otras muchas a una larga y penosa serie de penas. Estas penas han sido mi ejercicio continuo desde que me destinó para ser la víctima de su divino Corazón y su hostia de inmolación, sacrificada a su voluntad e inmolada a sus deseos, para consumirme continuamente sobre este sagrado altar por los ardores del puro amor paciente. “

Nuestro Señor reitera su demanda de reparación

“Un día de comunión, refieren las contemporáneas, como sintiera la venerable Hermana vivo deseo en la acción de gracias de hacer alguna cosa por suyos, el Amado de su alma le dijo interiormente, si no sufriría contenta todas las penas que merecían los pecadores, a fin de ser glorificado Él en todas estas almas.

Inmediatamente, dice ella, le ofrecí mi alma y todo mi ser en sacrificio para hacer su divina voluntad, y le dije que, aun cuando mis penas durasen hasta el día del juicio, yo estaría contenta, con tal que Él fuera glorificado.

Después de esta aceptación, lo que más me hacía sufrir era que no podía vengar en mí las injurias inferidas a mi Salvador en el Santísimo Sacramento”.

“Un día quise hacer cierta penitencia que me gustaba mucho por su rigor, pensando vengar con ella en mi las injurias que Nuestro Señor recibe en el Santísimo Sacramento, tanto de mí, miserable pecadora, como de todos aquellos que le deshonra; al querer ejecutar mi designio, mi Soberano me prohibió pasar adelante”.

Jesús en la custodia

Nuestro Señor pide reparaciones para el tiempo de Carnaval. Grandes padecimientos soportados por la santa con esta ocasión.

“Otra vez, en tiempo de Carnaval, es decir, cerca de cinco semanas, antes del miércoles de ceniza, (en ciertas comarcas, en aquel tiempo, el Carnaval comenzaba por reyes y se terminaba al con los tres días de carnaval propiamente dichos antes del miércoles de ceniza), nuestro Señor se presentó a mi después de la santa Comunión, bajo la figura de un Ecce Homo cargado con su Cruz, todo cubierto de llagas y cardenales (*). Su sangre adorable manaba por todas partes, y decía con voz dolorosamente triste:

“¿No habrá nadie que tenga compasión de mí y que quiere acompañarme y tomar parte de mi dolor, en este lastimoso estado en que me han puesto los pecadores, sobre todo durante estos días?”

“Me ofrecí a Él y me postre a sus sagrados pies con lágrimas y gemidos. Cargó sobre mis hombros aquella pesada Cruz toda erizada de puntas de clavos. Sintiéndome o agobiada bajo su peso, comencé a comprender mejor la gravedad y malicia del pecado, el cual detestaba tan firmemente en mi corazón, que hubiera querido precipitar mí en el infierno mil veces antes que cometer uno solo voluntariamente. ¡Oh, maldito pecado, decía; qué detestable eres por la injuria que haces a mi Soberano Bien!

*(Es de notar que en la Hostia es donde nuestro Señor apareció bajo esta forma sangrienta. Esta visión y otras muchas semejantes, como hemos dicho, muestran que en el Santísimo Sacramento es donde el Sagrado Corazón quiere ser honrado, cualquiera que sea el estado en que se le considere.

Dos cuestiones se presentan aquí:

1 ¿Qué hay que pensar de esas apariciones en las cuales nuestro Señor aparece bajo la forma de víctimas sangrienta?

La fe nos enseña que nuestro Señor, desde su entrada en la gloria, es impasible. Se engañarían, pues, grandemente los que tomarán estas manifestaciones al pie de la letra. Por otra parte, no sería menor ilusión no ver en ellas más que pura ficción; pues tienen profunda significación. Indican, por de pronto, que los pecados cometidos actualmente por cada uno de los hombres hicieron sufrir a nuestro Señor en el Calvario más que el odio y la crueldad de los verdugos. En segundo lugar, estas visiones demuestran la aversión que actualmente tiene el Corazón de Jesús al pecado, y la aflicción que le causaría las culpas de los hombres todavía, si la aflicción pudiera llegar hasta Él. (P.Terrien)

2 ¿Podemos nosotros por nuestras reparaciones consolar verdaderamente al Corazón de Jesús?

Los consuelos que nosotros ofrecemos a nuestro Señor no son cosa imaginaria o puramente simbólica, sino que tuvieron y tienen al presente influencia real en el Corazón de Jesús. Si actualmente no pueden hacer que desaparezca del Corazón de Jesús la tristeza, puesto que es impasible, por lo menos han consolado realmente por adelantado a este divino Corazón en su vida mortal. Así como nuestros pecados que Él conocía le hicieron sufrir realmente, así también nuestras futuras reparaciones que preveía realmente le consolaron. Además, si la malicia de los hombres no puede hacer sufrir de un modo sensible al Corazón de Jesús, este divino Corazón es actualmente susceptible de gozo. Podemos, pues, con toda verdad, regocijar a nuestro divino Maestro y causar dulces emociones a su Corazón humano con el espectáculo de nuestras reparaciones. (P.Terrien) )

Mi buen Maestro me hizo ver:

Que no era bastante llevar esta cruz, sino que era preciso clavarme en ella con Él para hacerle fiel compañía, participando de sus dolores, desprecios, oprobios y otras ofensas que sufría. Me dijo que por las crueles amarguras que me hacía gustar, podría en algún modo endulzar las que los pecadores derraman sobre su Sagrado Corazón con sus diversiones; que debía gemir sin cesar con Él para obtener misericordia, a fin de que los pecados no llegasen a su colmo y que Dios perdonara a los pecadores en atención al amor que tiene a este amable Corazón.

Me abandone prontamente a todo lo que Él quisiera hacer de mí y en mí, dejándome clavar a su gusto en esta Cruz, por medio de una enfermedad, que me hizo en breve sentir con dolores las agudas puntas de los clavos de que estaba erizada aquella cruz, y estos dolores no encontraban más compasión y alivio que desprecios, humillaciones y otras muchas consecuencias penosísimas a la naturaleza.

El estado de tormento, de que he hablado más arriba, me duraba ordinariamente todo el tiempo de Carnaval, hasta el miércoles de Ceniza. Muy difícil sería decir todo lo que sufría durante esos tres días. Me parecía estar reducida al extremo, sin poder encontrar ningún consuelo y alivio que no aumentará todavía más mis trabajos. Me abandonaba entonces a la voluntad de mi Salvador, que quería que le acompañase en la Cruz, donde permanecía sólo todo este tiempo de diversiones. Después, de repente, me encontraba con suficiente fuerza y vigor para ayunar la Cuaresma; gracias que siempre me concedió mi Soberano.

En 1687, la Santa escribía a la Madre de Saumaise: “Vuestra última carta me ha sido muy útil en el estado lamentable a que me encuentro reducida desde cerca de Reyes. Me parecía que me clavaban a una cruz muy dolorosa, en que he pasado lo que me sería bien difícil declarar, pues no me conocía a mí misma, sobre todo los tres últimos días de carnaval, que me parecía estar próxima a perecer. Pero como siempre me venía el pensamiento que mis penas se aliviarían en cuaresma, me abandonaba a la voluntad de mi Salvador.”

“El 15 de Febrero de 1689, decía a la misma religiosa como por un gran privilegio de la obediencia, estuve en nuestra capilla del Sagrado Corazón, desde las diez de la mañana hasta cerca de las cuatro de la tarde, puesto que me veían agobiada de tormentos, que no han cesado hace ya cerca de seis semanas, pero de una manera tal, que creía a cada instante sucumbir, bien que estaba de antemano prevenida.”

Este caritativo Corazón me había hecho la petición siguiente:

“Si quería acompañarle en la cruz en este tiempo de Carnaval, en que era tan abandonado de los hombres, por el afán que tienen por los placeres.”

Hablando del último año de su vida, decía la Santa al Padre Croiset: “En este tiempo de Carnaval (1690), durante el cual tantos pecados ofenden y abandonan, mi divino Maestro me ha puesto en un estado tan doloroso, y de tal modo me parece un tiempo de dolor y amargura para mí, que no puedo ver ni gustar sino a mi Jesús paciente abandonado. Participó de sus dolores, y su Corazón adorable me penetra tan vivamente, que no me conozco a mí misma. Todo sirve a su divina Justicia de instrumento para atormentar a esta víctima criminal, de tal suerte que no puedo menos de santificarme, como hostia de inmolación, a su Santidad de Justicia. Me contento con ajustarme a la divina voluntad; porque con tal que Él esté contento me basta… No creí poder responderos; pienso, sin embargo, que mi Soberano lo ha querido así. Me ha dado medios de hacerlo de la manera que le plugo, pues en cuanto a mí al presente no podría decir otra cosa sino: “Mi alma está triste hasta la muerte”, o bien las palabras de mi Salvador en la cruz: “Dios mío, ¿por qué me habéis abandonado?” y estas otras: “¡Padre mío, perdónalos!”.

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo1), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducido por primera vez al Español en 1910.