LA FAMILIA, CÉLULA DE LA IGLESIA Y DE LA SOCIEDAD

CONSAGRACIÓN FAMILIAR: LA FAMILIA, CÉLULA DE LA IGLESIA Y DE LA SOCIEDAD

Luis María Mendizábal, Homilía pronunciada el 2 de marzo de 1979

 

Queridos hermanos: El mes pasado al congregarnos aquí reflexionábamos sobre la familia de Nazaret, a la que veíamos ofreciendo Jesús al Padre. Y decíamos que nos daban ejemplo de una familia que se entrega. En el ofrecer el Niño al Padre también los padres se ofrecían en Él, unían su sacrificio al de Cristo. En silencio ellos también se sentían unidos en la misma oblación.

Y esto fue para nosotros como un punto de partida para considerar, en estas catequesis preparatorias para la gran fiesta del LX aniversario de la Consagración de España al Corazón de Jesús, nos daba materia para pensar en la preparación nuestra, personal y familiar. Porque esta preparación familiar sobre todo, la hemos de tener presente en estos momentos. Precisamente después de nuestra congregación del último mes, el Papa Juan Pablo II hablaba de la familia y de la importancia de la familia en este momento de la historia de la Iglesia. E insistía en una idea en la cual también nosotros habíamos insistido a la luz del Corazón de Cristo. Y repetía su ilusión porque la familia sea de verdad la Iglesia doméstica. Esa idea tan suya, esa idea que propuso ya el Concilio, y que hemos de traducir en verdad, en realidad.

Y en esta iglesia doméstica precisamente el Concilio, lo recordábamos, insistía en la necesidad de que ese santuario doméstico se incorpore al culto litúrgico de la Iglesia, ore en común, practique la mutua piedad, se dirija a Dios en oración familiar. Y esto, si no lo tenemos, hemos de procurar restablecerlo. Nuestra familia no puede estar desprovista de su dimensión religiosa. Y aquí unas circunstancias excelentes para renovar en nosotros discretamente y firmemente esta dimensión interior de la familia. Y precisamente la entronización del Corazón de Cristo, en la cual se le reconoce como verdadero Señor de la familia, puede ser una ocasión excelente para renovar esta dimensión.

Y leíamos aquellas frases tan hermosas del Papa Pío XII, cuando exhortaba a los recién casados a poner ese imagen del Corazón de Cristo presidiendo la familia, la casa, indicando cómo esa imagen debería ser venerada, respetada. Esa imagen debería ser también centro de la oración de la familia, reuniéndose con frecuencia junto a ella y a sus pies, para cumplir con ese deber suyo de la oración de la familia, que se reconoce venida del amor de Dios, y que quiere vivir correspondientemente a las exigencias de ese amor de Dios.

Y ahora, al pie de esa imagen que debe presidir nuestras familias, familias naturales, familias religiosas, y que al mismo tiempo nos impulsan a colocarlo, también, en la presidencia de nuestra vida personal, vamos a continuar nuestra reflexión en otras dimensiones que debe tener nuestra vida de familia. Dimensiones de una importancia especialísima en este momento, porque si nosotros insistimos hoy en esta reunión nuestra aquí en el Santuario, en el Cerro de los Ángeles, no es para alienarnos de la vida. Acabamos de realizar un deber de trascendencia para el futuro. Hemos concurrido a las Elecciones. Y ahora no venimos a alienarnos ni mucho menos, eso sería totalmente equivocado. Una consagración al Corazón de Cristo no es para salirnos de la vida de cada día, sino que es para empaparnos de Cristo, e infundirlo en medio del mundo en el cual vivimos. Y por lo tanto, si venimos aquí, es para cargarnos de fuerza evangélica, de caridad, de amor, y para volver de nuevo a ese mundo, y para realizar los designios de Dios sobre el pueblo que Él mismo ha congregado, sobre cada uno de nosotros, sobre nuestras familias y sobre nuestra sociedad. Y venimos para eso, venimos para ver los designios de Dios a la luz del Corazón de Cristo. Y venimos para tomar fuerzas para ir realizando, según sus caminos, los designios de Dios.

Y concretamente, es indudable que en estos momentos históricos en los cuales vivimos, nos hemos de sentir todos empeñados en la santidad de la familia. Como lo decía el Papa Juan Pablo II, debe ser nuestro cuidado principal, porque ahí está la célula de la Iglesia y de la sociedad.

El Presidente del Comité, fundado por el Papa Pablo VI, de la familia en Roma, en el Vaticano, nos exponía, en una reunión que tuvimos, que hay un esfuerzo bien financiado para corroer la familia. Y nos hablaba de las reuniones internacionales en las cuales él había participado, y nos hacía notar que hay un esfuerzo bien organizado, que hay un esfuerzo bien pensado, que hay un esfuerzo bien financiado, por ir destruyendo ese núcleo de la sociedad y de la Iglesia que es la familia. Nos indicaba cuál era precisamente la línea que trataba de seguir, y nos puede ser sumamente luminoso para entender también nosotros dónde debemos insistir y con qué razón el Papa Juan Pablo II, insistía en el valor de la familia. La línea que seguían en orden a esta corrupción de la familia es precisamente la de insistir en la libertad del individuo, y eliminar el valor de la familia como familia. Y entonces se habla del derecho del hombre, del derecho de la mujer, del derecho del hijo, pero no se habla del derecho de la familia, y no se habla de la unidad de la familia, y entonces se desmorona la familia. Y hasta tal punto llegaba este camino, tan adelante, que nos indicaba cómo en uno de los Congresos en que él asistió se había llegado a proponer las cosas de esta manera: todo hombre, toda mujer, tiene derecho, libertad de hacer lo que le parece, y por lo tanto si una mujer quiere vivir con otra, debe vivir, hay que respetar ese derecho, tiene derecho, y si quiere tener un hijo, tiene derecho a tenerlo, viviendo con otra mujer, recurriendo a la inseminación artificial. Y esto se presenta con esta característica: ‘la libertad’, ‘el derecho’, como lo estamos viendo y sintiendo al oír hablar de que toda mujer tiene derecho a abortar cuando quiera. Y es siempre este principio: el derecho del sujeto, rompiendo la unidad de la familia.

Nos hacía notar este Monseñor, Presidente del Comité por la familia, que en el Corazón de Cristo se encuentran valores preciosos precisamente para robustecer la familia, para hacer comprender el valor de la unión, el valor del amor, de la unidad, de la solidez, de la estabilidad de la familia. Y para defender los derechos de esa familia, y los derechos, no de la libertad simplemente de cada individuo, sino de lo que es la institución creada por Dios: “lo que Dios unió el hombre no lo separe”. ¡Es Dios el que ha unido! ¡Es Dios el que ha instituido la familia! Yo tendré libertad para aceptarla o no, pero una vez adoptada es Dios el que la ha instituido. ¡Y ahí queda con sus leyes inviolables! ¡Y ahí queda para nosotros esa imagen del Corazón de Cristo que nos revela el amor con que Él ha instituido esa familia, con que le ha dado esa estabilidad absoluta, ese amor a la vida, de quien desde el momento de ser concebido está llamado a realizar los designios de Dios en el mundo y tiene derecho a realizarlos! ¡El amor y el respeto de la vida en el marco de la familia cristiana!

Hermanos míos, este es un mundo al cual el Señor nos invita ahora a entrar para defenderlo, para vivirlo, para realizarlo en el mundo. Y es necesario que lo comprendamos a la luz de la palabra evangélica.

Hablábamos de una dimensión que podríamos llamar vertical, muy importante, no aislable de las otras dimensiones de la familia. Es sumamente importante la oración, pero no sólo del individuo aislado de la familia como familia, porque se siente como unidad. La familia no es sólo el marco de una casa donde se acude para comer o para dormir, una especie de hotel de selección, no es eso. La familia es la unidad familiar, que hay que cuidar mucho. Pero que cuando miramos esa imagen del Corazón de Cristo que la preside nos hace entender perfectamente que viene de ese amor, que ese amor la ha intuido, que ese amor la ha creado, que ese amor la ha unido. Y cuando se ve a esa luz, entonces se comprende que el amor de esos padres ha entrado dentro de la providencia de Dios, que no sólo aquella primera pareja del Génesis fue creada y unida por Dios, sino que cada una de las familias cristianas ha sido unida por el mismo Dios: “Lo que Dios unió”, en ese amor que brotaba, que el Señor mismo cuidaba, que el Señor mismo en un determinado momento entrelazó y selló por el Sacramento de su amor, para que fuera amor de verdad y para que fuera signo del amor de Cristo a su Iglesia y de su Iglesia a Cristo. Y Dios lo unió, “y ya son una cosa y serán una sola carne y nadie lo podrá separar”.

Hay un encanto. Es verdad que no es una ilusión, es costosa esa unión, es verdad, es exigente esa unión. Hay que cuidarla. Y quizás el error más grave es el dar las espaldas a ese Corazón de Cristo, que está mostrando el cuidado continuo que hay que tener del corazón que Él nos pone al descubierto y que ese corazón tiene que ser siempre objeto del interés, y que ese corazón hay que cuidarlo. Y que en el desarrollo del amor de ese corazón surgen espinas, y surgen heridas, y surgen lanzadas, pero que la fuerza del amor es necesario que los vaya superando y que vaya madurando el amor a través de ello sin que se separe por eso, sin que se enfríe un amor. Y quizás sea verdad que si el amor no llega a madurar en el matrimonio es, muchas veces, porque al sentir las primeras heridas, al sentir las primeras espinas, se deja de mirar a Dios, se deja la oración, se deja el sacrificio de sí mismo, y se entiende como si el amor no fuera más que el disfrute egoísta de lo que a uno le parece mejor y le conviene, con esa expresión de la libertad de cada uno. Y cada uno es libre y sigue manteniendo su propia libertad.

Hermanos míos, cuando hablamos así, estamos hablando en este Cerro de los Ángeles, bajo la imagen de ese Corazón de Cristo que quiere reinar en cada una de las familias de nuestro pueblo. Y aun cuando seamos nosotros sacerdotes o religiosos, jóvenes que me escucháis, que todavía no habéis afrontado, no habéis sentido todavía esa vía del Señor, que en el corazón de cada uno labra el futuro de sus planes amorosos en el mundo, pero siempre debemos comprender que la familia nos interesa a todos, porque es designio amoroso de Dios y debe ser objeto de nuestra oración y debe ser objeto de la oración de los religiosos, y debe ser objeto de oración de los hijos, y debe ser objeto de oración de los padres. La propia familia de cada uno y la familia cristiana en general. ¡Hay que sostenerla con la oración como sostenemos las vocaciones religiosas, como sostenemos las vidas sacerdotales! ¡Hay que sostener también las familias cristianas con nuestra oración, con nuestra vida! Es una gran misión esa consagración de la familia al Corazón de Cristo.

Y me refiero ahora brevemente a lo que el mismo Concilio nos exhorta. En ese Documento sobre el apostolado de los laicos, en el número once en que habla de la familia, leemos este programa que os brindo bajo la imagen del Corazón de Cristo, iluminada por el Corazón de Cristo: Siempre fue deber de los esposos pero hoy constituye la parte más importante de su apostolado -palabras bien ponderadas del Concilio, porque a veces las personas casadas hacen apostolados maravillosos, y les parece que el más grande es el que más resonancia tiene socialmente– constituye la parte más importante de su apostolado, manifestar y demostrar con su vida, ¡con su vida!, la indisolubilidad y santidad del vínculo matrimonial. Ahí tenemos un programa del Concilio. ¡Con su vida! Es que a veces hablamos mucho y no existe esa indisolubilidad santa del amor matrimonial.

Y ahí es el campo principal del apostolado, ahí. Ved la imagen del Corazón de Cristo y ved ese amor en Él. Eso debe ser el fondo, el testimonio vital del matrimonio cristiano, ese corazón, herido quizás, pero ardiente, pero fuerte, porque recibe su fuerza del amor de Dios. Y de eso es testimonio, por eso es su apostolado. Es la indisolubilidad y santidad del matrimonio vivido. Y añade: Es deber de los esposos, hoy la parte más importante de su apostolado, afirmar con valentía el derecho y la obligación que los padres y los tutores tienen de educar cristianamente a la prole. Deber también nuestro, afirmar con valentía. Y éste es el momento en que hay que hacerlo, según aquel principio precioso del Papa Juan Pablo II, como decía el 30 de diciembre en la Audiencia de la Acción Católica Italiana: El error y el mal deben ser siempre condenados y combatidos. El hombre que yerra o peca debe ser siempre amado y comprendido. Y ahí está la afirmación valiente, ¡valiente!, de esos derechos. Y hemos de trabajar todos con amor, con delicadeza, con comprensión, pero valientemente, por afirmar el derecho y la obligación de esa educación cristiana de los hijos. Es un deber nuestro. Nos impulsa a ello el Corazón de Cristo. Y admitir esa Consagración al Corazón de Cristo es asumir también este deber de afirmación valiente de ese derecho y deber de la educación cristiana. Y termina: Campo principal hoy del apostolado de los esposos defender la dignidad y la legítima autonomía de la familia. La dignidad de la familia. No solo la libertad de cada uno de los sujetos, la dignidad de la familia como institución divina, como centro, como núcleo de la familia, de la sociedad, de la Iglesia. Dignidad y legítima autonomía que no puede ser violada. Comprendemos muy bien estas autonomías que exigimos en los campos debidos. Ahí tenemos un campo también. Hay una autonomía de la familia como familia.

Mis queridos hermanos, hacia esto debe tender nuestra preparación real. La caridad de Dios se debe difundir de nuestros corazones. Esa caridad del Corazón de Cristo que cuando preside, nos ilumina. Como todo amor es al mismo tiempo luz y fuerza. Lo ilumina todo con ese color especial de las llamas del amor que hace entender las cosas, que hace comprender los fallos, que hace iluminar los caminos, y al mismo tiempo da fuerza. Y lo necesitamos hoy en nuestras familias cristianas. Se van debilitando. A fuerza de una corrosiva acción del ambiente que nos rodea acabamos por no llegar a ver ya el sentido cristiano de nuestra familia.

Por eso, preparémonos todos. Pidamos al Señor todos por esa santidad de la familia, esa unidad que hace que padres e hijos y hermanos todos, se sientan solidarios en una verdadera unidad. De tal manera que los pecados de los unos afectan también a los otros, lo sienten los otros. De tal manera que los unos oren por los otros. Y todos juntos lleven sobre sí los pecados de cada uno, los fallos de cada uno, los intereses de cada uno, en esa realidad grandiosa dominada por el amor. Y así nos preparamos de veras, asumiendo estas obligaciones y estos deberes, a esa renovación de nuestra entrega al Corazón de Cristo. Que no sea una fórmula sino que sea una asunción consciente de la misión de amor que el Señor quiere confiarnos. Que así sea.