LA CONSAGRACIÓN DE ESPAÑA AL CORAZÓN DE JESÚS: LA IMAGEN DEL CERRO DE LOS ÁNGELES

Comenzamos con una serie de diez artículos que están sacados de unas homilías del P. Luis M.ª Mendizábal sj, pronunciadas en el Cerro de los Ángeles, durante varios primeros viernes de mes, con motivo de la conmemoración de la Consagración de España al Corazón de Jesús.

Estas homilías  están editas en papel pudiéndose adquirir en el siguiente enlace:

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Comencemos con el primer artículo.

LA CONSAGRACIÓN DE ESPAÑA AL CORAZÓN DE JESÚS:  LA IMAGEN DEL CERRO DE LOS ÁNGELES

 Homilía pronunciada el 6 de octubre de 1978, P. Luis M.ª Mendizábal sj.

A todos los que habéis venido a este acto, saludos. A los que ya el año pasado acudíais y a los que por primera vez venís. Veo mucha gente, veo mucha juventud a la cual quiero dirigir un saludo muy especial porque tengo el deseo, la impresión, que estos encuentros van a ser fecundos para nosotros. Y van a ser encuentros copiosos, encuentros que atraigan sobre nosotros y sobre cuantos nosotros tenemos que ayudar, grandes bendiciones de Dios.

El Señor es abundante en su misericordia y en su generosidad.  Concurre este año, y vamos a comenzar nosotros ahora a recordarlo, el LX aniversario de la consagración de España al Corazón de Jesús. Fue el 30 de mayo de 1919. El 30 de mayo próximo serán exactamente sesenta años. Y se plantea, por parte de grupos apostólicos que se han asociado, que han vibrado con esta idea y que sienten el deseo de transmitirlo a los demás una verdadera campaña de preparación que no sea precisamente de grandes apariencias exteriores, pero que llegue a los corazones. Que sea una renovación, una conversión de los corazones. Y que luego sea elevación de santidad a través de una consagración que culmine en el domingo posterior el 30 de mayo en un gran acto, en el cual de alguna manera participe toda la Iglesia de España. Es una idea grande, una idea hermosa, en la cual nos hemos empeñado y que vamos a tratar, con la bendición de nuestros Prelados, de llevar adelante.

Es un momento crucial para la historia de España y es un momento especial para la historia de nuestro catolicismo. Y hemos de cuidar todos, sin dejarnos llevar por quejas y lamentaciones, de responder al Señor personalmente para que en nosotros se cumpla el Reinado de Cristo. Es inútil que nos lisonjeemos de tener grandes deseos de un Reinado del Señor en España, si aquella parte que de nosotros depende, que es nuestro corazón y nuestra libertad, no la ponemos a los pies del Señor. Por eso, hemos de comenzar nosotros. Y estos encuentros de los primeros viernes aquí, en este lugar santo, encuentros que van a ser más numerosos cada vez -y estoy seguro de que cada uno de  vosotros se va a ocupar de conseguirlo-, han de ser encuentros de enfervorizarnos en el amor de Jesucristo y en la realización de sus designios sobre nosotros. Venimos a este lugar.

Y voy a comenzar hoy por una reflexión a través de lo que en estos nueve días –nueve primeros viernes seguidos- serán, llenos de una verdadera catequesis de preparación, con la esperanza de que cuantos hayamos participado en ellos, al final, tengamos una preparación del corazón para los actos finales de nuestra entrega individual y colectiva al amor de Jesucristo. Va a ser pues como una preparación, mes tras mes, de esa consagración, de esa conversión, de esa entrega, de esa respuesta, a los planes del amor de Dios.

La primera idea que quisiera hoy recordaros es un pensamiento sencillo. Venimos y venimos con devoción aquí a este lugar. Y podríamos preguntarnos: ¿Pero es que merece la pena de venir a este lugar? ¿Es que el Señor está vinculado quizá, a un determinado sitio? ¿No decía Él mismo que ni en Galilea ni en Jerusalén, sino en todas partes, se adorará al Señor, porque el Señor busca adoradores en espíritu y en verdad? Y es cierto que el Señor decía estas palabras, con las cuales quería indicarnos que no debe haber lugar exclusivo -como era entonces el templo de Jerusalén- donde se manifieste la gloria de Dios, sino que esa gloria de Dios se manifestará en todas partes. Porque el templo principal de la gloria de Dios ha de ser precisamente el corazón del hombre, de todo hombre que sinceramente se ofrece a Él, que deja pasar a través de su corazón los torrentes del amor de Dios. Pero de ninguna manera  significaba esta palabra de Jesús que se suprimían definitivamente los signos que el hombre tanto necesita para llegar a Dios y para entender las acciones de Dios.

Y Él sigue, el Señor, usando los sacramentos que son signos eficaces de la gracia, pero signos al mismo tiempo. El Bautismo es una inmersión, la Eucaristía es pan, pan que se transforma y se transubstancia en el Cuerpo de Cristo, pero que sigue mostrándonos el signo de alimento humano. Y así también el Señor quiere, siendo hombres como somos, que utilicemos los signos. Y Él también se nos comunica a través de los signos, siempre que no nos detengamos en ellos, sino que sepamos ir más hasta lo que significan esos signos. Sin duda ninguna esta imagen grandiosa, que al salir del templo contemplareis iluminada, esa imagen de Cristo con sus manos extendidas, es un signo. ¡Un signo que quiere expresar una voluntad!

Una voluntad de todos nosotros que deseamos expresar con este signo de una manera estable. Una voluntad también estable de reconocer el amor de Dios en Cristo, de reconocer lo que es Jesucristo para nosotros, lo que es su amor para nosotros. Una expresión de que lo aceptamos. Y una expresión también de que queremos responder a ese amor con la entrega de nuestro propio amor. Este es el punto clave de la visión del Corazón de Jesús, expresada ahí con piedras, pero con piedras, no porque las piedras en sí mismas tengan ese valor, sino porque son signo de una voluntad. Voluntad de entrega de un pueblo, de cada uno de los miembros de ese pueblo, porque el pueblo no se entrega si no se entregan los miembros de ese pueblo. Y ahí está expresada establemente para que cada uno de nosotros se adhiera a ese signo, asuma ese signo como expresión de su amor, y vea ahí en cierta manera, grabada en la piedra, su propia voluntad, su propio amor. Y verlo como algo propio, como algo mío que ahí está expresado. Y ver un poco cuál es nuestra aportación. Que salgamos de aquí llevándola con nosotros, para ir como trabajando y elaborando aquella parte que Él nos asigna de la construcción del real monumento espiritual interior, que ha de expresar nuestra verdadera entrega a Dios.

Es pues un signo. Un signo a través del cual el Señor nos graba en el corazón. ¡Contempladlo al salir! ¡Miradlo! Y al mirarlo ¡llevároslo en vuestra retina y llevadlo en vuestro corazón como algo que da sentido a toda vuestra vida! Como debe ser de hecho nuestra visión de Jesucristo cuando nos muestra su Corazón, que no es un momento nada más, no, es como algo que ilumina todos los aspectos de nuestra vida porque los reconocemos en todo ello. Hay a veces esas imágenes transparentes que uno puede luego sobreponer, superponer a otras, y de esta manera se construye una imagen nueva más completa. Yo diría que la visión de ese Corazón de Jesús, de ese Corazón atravesado, de ese Corazón con ese signo de amor, debe ser como ese transparente que nosotros vayamos superponiendo a cada una de las páginas de la historia, a cada una de las páginas de nuestra vida, para entenderla mejor, para comprender  aún eso que nos resulta incomprensible en nuestra vida, eso que a veces nos resulta un enigma. Y cómo no recordar en estos momentos el enigma de la desaparición de ese Pontífice que en tan breve tiempo nos ha ganado el corazón. Ahí también, sobre esa imagen, sobre ese rostro, sobre esa sonrisa del Papa, sobre ese cadáver que luego vemos yacente, tenemos que estampar ese transparente del Corazón de Jesús, para entender sin entender que todo es obra del Corazón del Señor. Es la lección del amor, es la lección de Cristo en su sentido más hondo. En el evangelio de san Juan, a través de los capítulos diversos, san Juan nos va indicando cómo el Señor se presenta. Y el primer párrafo, en las primeras páginas de su evangelio, se presenta como el Verbo de Dios que se hace hombre. Y luego se presenta, en el capítulo segundo, se presenta como el Señor que es poderoso en hacer milagros, y se presenta como el Templo. Y luego se presenta como la fuente de agua viva cuando habla con la Samaritana. Y luego más adelante se presenta como salud que cura al paralítico. Y más adelante se presenta como el Pan de vida, después de la multiplicación de los panes. Más adelante todavía se presenta como el agua viva, en la fiesta de la traslación del agua de Siloé al templo. Y más adelante se presenta como la luz del mundo. Y luego todavía como la resurrección y la vida. Pero al final, el texto que hemos leído hace unos momentos, se presenta como diciendo: Yo soy el Corazón abierto. ¡Eso es Cristo: el corazón abierto, el amor de Dios patente, la interioridad de Dios que se viene afuera, que se  transmite, que se nos comunica como quedándose, diríamos, abocado! ¡Porque nos ha amado a Corazón abierto! ¡Eso es el Corazón de Jesús! A eso venimos aquí: a calentarnos en ese amor, a encendernos.

Es evidente que cuando nosotros contemplamos esa imagen, cuando nosotros hablamos del Corazón de Jesús, no hablamos como a una especie de culto simplemente como a una víscera cardíaca, no, es un culto al Misterio del Corazón de Jesús. Es un culto a ese Corazón que es revelación del amor infinito de Dios que se nos hace patente, que se nos acerca, que nos envuelve, que nos ama con esa ternura, que necesita tanto el hombre de hoy. Porque el hombre de hoy con su mecanicismo, con su secularismo, se enfría cada vez más y necesita comprender que Dios le ama con ternura, que Dios tiene Corazón. Y que ese Corazón de Dios es el Corazón de Jesús. En Él se nos manifiesta, y a través de Él derrama sobre nosotros los torrentes del Espíritu Santo que se nos infunde, que nos llena. Esta es la visión radical. Hablar pues de Corazón de Jesús es hablar de Jesucristo resucitado vivo de Corazón palpitante que nos ama ahora, que ahora está cerca de nosotros, que envuelve cada uno de los detalles de nuestra vida, y que ahora es sensible a nuestra respuesta de amor. Y esto es lo que nos indica esa imagen. Y ésta ha sido la voluntad nuestra, la voluntad de nuestros mayores, la que han querido ellos grabar en esas piedras, el decirle al Señor: ¡Señor, lo hemos entendido! Él sabe que queremos expresarlo, tenemos necesidad de  expresarlo. ¡Lo hemos entendido Señor! Y como lo hemos entendido, ¡queremos responder a ese amor! Esta catequesis nuestra, en estos primeros viernes sucesivos, va a ocuparse muy particularmente de esta respuesta nuestra, de lo que son las exigencias de ese amor en nosotros y más particularmente de nuestra consagración. Y de nuestra consagración personal, de nuestra consagración familiar en el mundo, en que necesitamos la fuerza de un amor verdadero que venga a sostener la institución de la familia.

Que venga a enseñarnos también aquí el Corazón de Dios, en lo que podemos llamar también, de una manera parecida, el misterio de la familia cristiana en el Corazón de Dios. Esta va a ser pues nuestra línea de tratamiento en estos primeros viernes, que irán sucediéndose en este año de preparación para el gran acontecimiento de la renovación de la Consagración de la Iglesia española al Corazón de Jesús. Pero partamos de aquí, de ese Jesús que es Corazón abierto, de ese Jesús que se nos da, de ese Jesús que nos llama, de ese Jesús que nos ofrece su intimidad personal. Porque mostrar el corazón es abrir la propia intimidad con todo lo que lleva consigo. Y no encontraríamos nada para poder expresar en la persona su entrega, la entrega de su propia intimidad, sin expresar que esta persona abre su corazón a corazón abierto. Y ha querido hacer eso vitalmente. Y ha querido hacer eso en la cruz donde, dando su vida, ha querido que quedase ese cuerpo abierto, con el Costado abierto, como se nos ofrece en la Eucaristía.

Así pues, que esta Eucaristía de hoy, comienzo de estos primeros viernes, sea para nosotros un acercamiento al Corazón, al Misterio del Corazón de Jesús. Que sientas la llamada de ese amor abierto que personalmente se acerca a ti y te llama, como te llama en la Eucaristía: “Toma y come porque esto es mi cuerpo entregado por ti”. Y puede decirte: ¡Porque éste es mi Corazón abierto para ti! Y así es como está ofreciéndose al Padre para comunicarte a ti las mismas disposiciones. En medio de un mundo de egoísmo que seas portador de amor. En medio de un mundo de odio que seas portador de paz, portador de bondad, de esa bondad de la cual el mundo tiene sed y que sólo encontrará en el Corazón abierto de Cristo. Que así sea.