LA CONSAGRACIÓN AL CORAZÓN DE JESÚS EN LA FAMILIA INVITA A LA REPARACIÓN

Mis primeras palabras quiero que sean de agradecimiento a los organizadores por el tema escogido para el Congreso: El Sagrado Corazón y la familia. Reflexiones pastorales sobre la familia. Este agradecimiento surge en mi interior, como hijo de la Iglesia de Cristo y como sacerdote suyo, al ver la necesidad que en todas partes tenemos de un fortalecimiento de la familia cristiana. Me agrada profundamente participar en este Congreso Sacerdotal Internacional, que quiere ser una contribución eficaz a la renovación de la familia cristiana. Es la llamada constante del Papa. Recientemente, en la homilía de la misa que celebró la tarde del domingo, 7 de septiembre, ante la catedral de Velletri, señaló que «la familia es el primer ambiente vital que el hombre encuentra al venir al mundo, y su experiencia resulta decisiva. Por eso es muy importante atenderla y protegerla, para que pueda cumplir adecuadamente los deberes que la naturaleza y la revelación cristiana le han confiado. Es el lugar del amor y de la vida, el lugar donde el amor genera la vida»[1].

Muchas de mis reflexiones pastorales, de estos últimos años sobre todo, han ido orientadas en esta dirección, aunque ciertamente ha sido una preocupación constante en toda mi vida sacerdotal. El bienestar de la persona y de toda la sociedad y la concepción cristiana de la vida están profundamente ligados a la situación de la familia. ¿Y desde qué mejor punto de vista pueden hacerse estas reflexiones pastorales sobre la familia -lugar de amor y de vida- que el del amor de Dios expresado en el Corazón de Jesucristo? Porque Dios tuvo a bien hacer residir en Él toda la plenitud y reconciliar por Él y para Él todas las cosas, pacificando, mediante la sangre de su cruz, lo que hay en la tierra y en los cielos (Col 1, 19-20).

Reconciliar por él y para él todas las cosas

«Corazón de Jesús»: la Iglesia ama entrañablemente esta expresión. Con ella invoca el amor de Dios hecho realidad en el Verbo encarnado. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que envió a su Hijo único para que vivamos por medio de Él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados (1 Jn 4, 9-10). Esa expresión pone de relieve el centro desde el que toda la vida se despliega para volver de nuevo a él.

Al decir «Corazón de Jesús» nombramos al Verbo de Dios encarnado, al Dios con nosotros, al amor que en Él palpita y que da sentido a la misión de Cristo en el mundo, a su cruz, a su resurrección, a la Iglesia, a la Eucaristía. En un mundo que siempre tiene que aprender a amar, el Corazón de Jesús, a través de nuestra íntima convivencia con Él, enseña a amar. Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados y yo os aliviaré. Tomad sobre vosotros mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave y mi carga ligera (Mt 11, 28-30).

Es un error ver en el Corazón de Cristo una barrera que impide el contacto con el Cristo del Evangelio. Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros. Que, como yo os he amado, así os améis también vosotros los unos a los otros (Jn 13, 34). Para interpretar el mundo y la humanidad, la actitud cristiana es la de Cristo y su Corazón pleno de amor que redime y que salva. Porque eso es todo amor verdadero: redención. El amor auténtico es transformante en su naturaleza y en sus efectos. Despierta una nueva vida y hace surgir todas las posibilidades. San Juan dice que el amor es «luz»: Quien ama a su hermano permanece en la luz y no tropieza. Pero quien aborrece a su hermano está en las tinieblas, camina en las tinieblas, no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos (1 J n 2, 9-1 0).

Reconciliar por Él y para Él todas las cosas (Col 1, 20). El Corazón de Cristo es el signo de la gratuidad de la salvación. Nadie puede poner otro cimiento que el ya puesto: el amor de Jesucristo que se entrega hasta la muerte para redimir a los hombres de toda esclavitud y de todo dolor. El amor de Cristo, muerto y resucitado, es la explicación última de cuanto existe y sucede. En su Corazón la historia recibe su sentido definitivo: es la historia de la infinita misericordia de Dios que ama al hombre y, por ese amor vivido en este mundo a través del Corazón de Cristo, le brinda una plenitud tal de vida que rebasa y trasciende cuanto anhelo de verdad, libertad y amor hay en el ser humano. El Corazón de Cristo, como símbolo y realidad de la persona del Verbo, es quien se presenta al hombre en el amor que triunfa de la muerte y quiere recapitular todas las cosas en sí mismo para devolverlas purificadas al Padre. Si se silencia esta encarnación histórica del amor de Dios en Jesús, aunque utilicemos expresiones referentes al «amor de Dios» estamos lejos de captar su amor. Nadie va a Dios si no es a través del amor redentor de Cristo. Y este misterio de amor del Dios hecho hombre, del amor de Dios que late en un corazón humano, es el que invita al seguimiento de Cristo y lo hace posible, el que anima a tomar la cruz de la vida diaria, y por el que es suave el yugo y la carga ligera. Todo lo que se diga y se piense sobre Dios que no pase por Cristo son especulaciones más o menos aproximadas, porque todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar (Mt 11, 27).

Es evidente que la familia cristiana, nacida de su amor y de su gracia -el Sacramento del matrimonio- tiene que vivir del amor de Cristo, nacer y fortalecerse al calor de su Corazón. El amor es lo más íntimo y radical de la realidad personal, y es también lo más íntimo y radical en la experiencia del Corazón de Jesús: Mira este Corazón que tanto ha amado a los hombres. El amor de Cristo alimenta la vida de la familia «para que los esposos, con su entrega mutua, se amen con perpetua fidelidad, como Él mismo amó a la Iglesia y se entregó por ella. El genuino amor conyugal es asumido en el amor divino, y se rige y enriquece por la virtud redentora de Cristo y la acción salvífica de la Iglesia, para conducir eficazmente a los cónyuges a Dios y ayudarlos y fortalecerlos en la sublime misión de la paternidad y maternidad. Por ello, los esposos cristianos, para cumplir dignamente sus deberes de estado, están fortificados y como consagrados por un sacramento especial; con cuya virtud, al cumplir su misión conyugal y familiar, imbuidos del espíritu de Cristo, que satura toda su vida de fe, esperanza y caridad, llegan cada vez más a su propia perfección y a su mutua santificación y, por tanto, conjuntamente, a la glorificación de Dios» (GS 48).

La sociedad de hoy necesita el testimonio de la familia como Iglesia doméstica consagrada al Corazón de Jesús

La familia es la «semilla irremplazable del cuerpo social», como la llamó repetidas veces Pío XII, y la célula primera del pueblo de Dios, la Iglesia siempre renovada, «la Iglesia en pequeño», según San Juan Crisóstomo[2]. En la familia, de una manera única, se acrisola y vigoriza la vida religiosa, social y nacional. La familia ha sido siempre uno de los objetivos de los esfuerzos pastorales de la Iglesia. En ella se despierta y se crece al amor, a la responsabilidad, a todo lo que comporta la vida. Si queremos que los hombres sean forjadores de paz, de bienestar, de unión, de valores nobles, son necesarias familias donde florezca la auténtica vida cristiana. «La familia es escuela del más rico humanismo» (GS 52). Cristo consagró la familia con un sacramento, e hizo de ella una iglesia doméstica dentro del Cuerpo Místico de su Iglesia. La familia es, en especial, donde debe vivirse y ejercitarse el gran precepto de la caridad, pues sólo la caridad mutua permite vivir a la familia. Y si el fin de la caridad es santificar y profundizar todo rico y sano amor natural, en ningún lugar puede esto realizarse mejor que dentro de la familia, porque es en ella donde la naturaleza despierta y mantiene el amor más fuerte y más delicado. La familia es el lugar apropiado para impulsar a vivir el gran mandamiento nuevo. Aunque hablara todas las lenguas, si no tengo caridad…; aunque tuviera el don de profecía y conociera toda la ciencia, si no tengo caridad…; aunque repartiera todos mis bienes, si no tengo caridad, nada soy y nada me aprovecha. La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; no es descortés; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra con la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta (1 Cor 13, 4-7). Una familia en la que se lucha por vivir en este amor todo lo vuelve valioso y espléndido.

A la luz de lo que significa el Corazón de Jesús y la familia cristiana, se comprende la petición insistente hecha por Cristo, a través de sus revelaciones y de los documentos pontificios, de que las familias se consagren a su Corazón. La sociedad de hoy necesita el testimonio de la familia como iglesia doméstica consagrada al Corazón de Jesús. ¿Tan sensibilizados como estamos hoy a los carismas institucionales y personales, vamos a ser insensibles contra el carisma del amor, de la confianza, de la fidelidad? Nacido el matrimonio cristiano del amor de Cristo, tiene que vivir también de las palpitaciones de su Corazón, responder a sus aspiraciones y realizar sus planes de amor con respecto a la humanidad. El culto al Corazón de Jesús, como dice Pío XII en su Encíclica Haurietis Aquas (núm. 57), no debe su origen a revelaciones privadas, ni apareció de repente en la Iglesia, sino que es una floración espontánea de la fe viva en el Redentor.

Vivir la consagración al Corazón de Jesús implica vivir del misterio de su amor, que nos reconcilia con Dios; arraigarse y cimentarse en su amor para comprender con toda la Iglesia de Cristo cuál es la anchura y la longitud, la altura y la profundidad del amor de Cristo, que excede a todo conocimiento. La familia que se consagra al Corazón de Cristo vive sabiendo de quién se ha fiado, y hace suyas las palabras de San Pablo: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, la angustia, la persecución, el hambre, la desnudez, el peligro, la espada? Como dice la Escritura: por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. Pero en todo esto salimos vencedores gracias a aquél que nos amó. Pues estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni los principados, ni lo presente, ni lo futuro, ni las potestades, ni la altura, ni la profundidad, ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios, manifestado en Cristo Jesús, Señor nuestro (Rom 8,35-39). La consagración al Corazón de Cristo implica, pues, una adhesión y una conformación total. Y tiene dos aspectos: Cristo que llama e invita y la respuesta por parte del hombre al amor que amó primero.

La familia, tan expuesta hoy a todos los peligros de infidelidad, ligereza, materialismo, dispersión, ausencia de sacrificio, irresponsabilidad, afán de poder, falsa libertad, placer que destroza la genuina manera de ser del hombre, necesita del calor y de la luz del Corazón de Cristo para tocar y sentir dónde está la verdadera felicidad y paz que tanto hambrea y tan mal encuentra. Mediante una invitación llena de amor quiere Jesucristo introducir a los hombres en el mundo de su vida y de su obra. El yugo insoportable, penoso y molesto, del que libra Jesús, es la esclavitud del pecado. Porque todo pecado es esclavitud, y toda esclavitud impide la realización del hombre. El cristianismo contiene las más fuertes paradojas. Proclama que el hombre debe renunciar para enriquecerse, humillarse para ser ensalzado, negarse para hallarse a sí mismo, hacerse niño para obtener la verdadera maduración, morir para dar fruto, perder la vida para ganarla.

Todo esto exige que el hombre «renazca de nuevo» a un amor que no tiene su origen en el hombre, sino en Dios. La familia cristiana supone una lenta transformación de sus miembros, operada al contacto de la experiencia cristiana diaria, vivida en común; supone compartir unos miembros con otros las alegrías y las penas, al igual que las grandes vivencias de la vida; supone vivir juntos en Cristo, por Cristo y con Cristo. Si esto es así, se produce algo muy grande y real, fruto de sacrificios y renuncias. En la familia hacen falta muchas energías, mucho sacrificio de unos por otros, fidelidad profunda, corazón animoso para no ser víctima de tantas influencias perjudiciales y de tantos falsos cantos de sirena como hay en el ambiente.

Nuestra sociedad tiene el corazón enfermo: la familia. Y esto es algo profundamente serio, doloroso, tanto a nivel individual como a nivel social. Como en el corazón, todos los caminos de la vida parten de ella y vuelven a ella; y como el corazón, la familia imprime internamente el dinamismo de la sociedad. Si falla el corazón, falla la vida. Si falla la familia, falla la sociedad. La familia necesita aprender en el Corazón de Cristo. Hay una verdadera teología existencial en la consagración a este Corazón, que ha amado de una forma tan concreta a los hombres. A quien está dispuesto a ver las leyes básicas de la existencia, Cristo le abre los ojos. Habéis oído que se dijo, pero Yo os digo… La familia tiene que leer junta todo el Nuevo Testamento, tiene que orar, tiene que plantearse las exigencias que nacen del amor cristiano, de la fidelidad a las enseñanzas de Cristo. Tiene que escuchar de Cristo las Bienaventuranzas; las Bienaventuranzas de Cristo, y no las de una sociedad que le ofrece el consumismo, el placer como fin y sentido de todo, el dominio y el poder, caiga quien caiga, y caiga «lo que caiga».

¿Qué ofrece a la sociedad la familia consagrada al Corazón de Jesús, esta iglesia doméstica que es también «sacramento de Jesucristo»? Desde luego, hace presente a Cristo en el amor de los padres y de los hijos. Donde haya dos o más congregados en mi nombre allí estoy Yo en medio de ellos. Lo muestra y lo da a los demás en la vida diaria, en la responsabilidad ante sus deberes, en el sentido de la vida que tiene ante el éxito y el fracaso, ante las alegrías y las penas, ante la salud y la enfermedad, ante el agravio y el bien recibido; en los valores que vive, en la hospitalidad que ofrece, en los bienes de toda índole que comparte. Vive el gran mandamiento nuevo, como lo explicita San Pablo en la Carta a los Corintios, que anteriormente hemos comentado.

¿Se puede decir con verdad que la familia cristiana, la pequeña iglesia, anuncia a Jesucristo con el dinamismo de su vida’? Esto no debe plantearse como una exhortación, sino como una reflexión hecha por cada familia. Cada familia cristiana «es» iglesia. Y por medio de cada familia, la Iglesia tiene también que anunciar el Evangelio a toda criatura. El Evangelio se anuncia sobre todo por la vida. Viviendo el sentido sagrado del amor y de la vida; viviendo con el esposo, con la esposa, con los hijos, con los ancianos, con los enfermos, el mandamiento nuevo. Viviendo del amor y en el amor que late en el Corazón de Cristo, la iglesia doméstica muestra a Cristo y expande la fuerza y la riqueza de la familia cristiana como un perfume que todo lo penetra con su aroma. Desbordando los límites de la familia, el amor se expande hacia fuera. Tiende los brazos hacia los que la necesitan, sale al encuentro de los que piden su ayuda, esparce por el mundo su alegría, su respeto, su fidelidad. Sirve de luz y de faro para los que vacilan. Sobre el semblante de la familia consagrada a Cristo, Él pone un reflejo de su propia vida y amor. En esto consiste la gran fuerza que tiene el testimonio de «esta pequeña iglesia». El amor que brota del Corazón de Cristo es como un río viviente, que viene de Dios y vuelve a Él, después de haber pasado por los hombres.

La familia que se consagra al Corazón de Jesús vive con sentido de redención

Aspectos fundamentales del culto al Corazón de Jesús son la Consagración, de la que acabo de hablar, y la Reparación. Se trata, por tanto, de impulsar a vivir ambos aspectos en familia.

Hablo ahora del culto, no con formulaciones teológicas, sino en el sentido en que se refiere a ello Xavier Zubiri, cuando lo analiza filosóficamente en su libro Naturaleza, Historia y Dios, al tratar ese tema tan querido por él y tan maravilloso de la «religación». El hombre es, para él, constitutivamente un ser religado. Por eso «la religión no es una propiedad, ni una necesidad; es algo distinto y superior: una dimensión formal del «ser» personal humano. Religión, en cuanto tal, no es ni un simple sentimiento, ni un nudo conocimiento, ni un acto de obediencia, ni un incremento para la acción, sino actualización del ser religado del hombre. En la religión no sentimos previamente una ayuda para obrar, sino un fundamento para ser. Por esto, su «ultimación» o expresión suprema es el «culto», en el más amplio e integral sentido del vocablo, no como conjunto de ritos, sino como actualización de aquel «reconocer» o acatar a que antes aludía[3]. Este último punto es el que me interesa: «el culto como actualización de aquel reconocer o acatar…». El culto al Corazón de Jesús es la actualización del reconocer, aceptar y responder a su amor. Y por eso son aspectos esenciales: la consagración -adhesión y conformación total- y la reparación.

La reparación es el único modo de vivir nuestra incorporación a Cristo. Cristo ama al hombre y hace suyo lo que era del hombre: el pecado; y hace del hombre lo que era suyo: la vida divina. Somos cristianos en virtud de la Redención que eleva el todo de la existencia a un nuevo comienzo. «El pecado ha arrancado al hombre -y con él al mundo- del orden en Dios, precipitando la existencia entera en la desdicha. La redención no es, por eso, una corrección tan sólo de ciertas transgresiones por la doctrina y el ejemplo, o una alta realización religiosa que repara lo hasta entonces perturbado, sino un proceso del rango de la creación»[4]. La angustia de Getsemaní y del Calvario llega hasta lo más profundo -Padre, si es posible pase de mí este cáliz. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?-, porque repara desde la raíz el mal. Jesús lleva sobre sí como propia la culpa de los hombres. Siente toda su amplitud y se estremece ante la «reparación» que esta culpa exige. No hay nada humano que lo pueda medir. De esta conciencia surge su actitud durante la pasión. Todo el carácter del proceso de la encarnación, vida, muerte y resurrección del Señor está determinado por ese «por vosotros». Este es mi cuerpo, que va a ser entregado por vosotros… Este cáliz es la Nueva Alianza en mi sangre, que va a ser derramada por vosotros (Lc 22, 19-20).

Creer y ser bautizado significa incluirse en esta acción redentora y reparadora de Cristo. El ser y el obrar cristiano es realización, constantemente renovada, de la acción redentora, un constante despojarse del hombre viejo y convertirse en hombre nuevo. Así surge la relación de «nosotros en Cristo» y «Cristo en nosotros». Con Cristo estoy crucificado y vivo, pero no yo, sino que es Cristo quien vive en mí; la vida que vivo al presente en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí (Gal 2, 19-20). Éste es el sentido de toda la vida cristiana: completar en nosotros lo que falta a la pasión de Cristo. Siendo cuerpo de Cristo, animado por su Corazón, el destino de la Iglesia es ser el instrumento de la obra redentora del mundo. La acción instrumental de la Iglesia tiene que tener una función de autopurificación por su participación en el sacrificio de Cristo, y de transformación del mundo. Todos los cristianos, llamados con razón por el Príncipe de los Apóstoles linaje escogido, sacerdocio real, deben ofrecer sacrificio por los pecados, por sí mismos, y por todo el género humano, casi de la misma manera que todo sacerdote y Pontífice, tomado de entre los hombres, en favor de los hombres, es instituido para las cosas que miran a Dios (Heb 5, 1). «Y cuanto más perfectamente respondan al Sacrificio del Señor nuestra oblación y sacrificio, esto es, cuanto más perfectamente inmolemos nuestro amor propio y nuestras concupiscencias y crucifiquemos nuestra carne, con aquella crucifixión mística de que habla el Apóstol, tantos más abundantes frutos de propiciación y de expiación percibiremos para nosotros y para los demás»[5].

La doctrina paulina del Cuerpo de Cristo evoca con absoluta precisión esta exigencia de la vida cristiana: Me alegro por los padecimientos que soporto por vosotros, y completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en favor de su Cuerpo, que es la Iglesia (Col 1, 24). En la progresiva reparación está la progresiva vivificación, hasta ver a Cristo formado en vosotros (Gal 4, 19). Todo en la Iglesia de Cristo inculca al cristiano esta vida de reparación por sí mismo y por los demás.

La familia que se consagra al Corazón de Jesús vive con sentido de Redención. «La familia cristiana, cuyo origen está en el matrimonio, que es imagen y participación de la alianza de amor entre Cristo y la Iglesia, manifestará a todos la presencia viva del Salvador en el mundo y la auténtica naturaleza de la Iglesia, ya por el amor, la generosa fecundidad, la unidad y fidelidad de los esposos, ya por la cooperación amorosa de todos sus miembros» (GS 48). La familia cristiana tiene que ser instrumento reconciliador del amor de Cristo. Cuando se funda una familia cristiana tiene que levantarse la bandera de un amor inseparable que ondea por encima de las tornadizas inclinaciones del corazón. Y este amor de los unos por los otros sólo es fuerte y constante cuando se funda en el amor redentor de Cristo. Allí se da la gracia, la vida; en la familia cristiana se inicia un nuevo movimiento que puede llevar a lo más hondo de la vida cristiana. Brota un amor lleno de dulce delicadeza y fuerte fidelidad que une en el sacrificio, en la entrega mutua, en el caminar a través de todas las dificultades. «Al unir en santa solemnidad, ante el altar de Dios, la celebración de esa alianza matrimonial y el rito de la más alta acción del amor sacrificado de Cristo a su Iglesia, lo que celebramos es entonces, de suyo, la oración y la abertura del corazón a ese amor»[6].

Es la iglesia doméstica el terreno más apropiado para abrirse y vivir tanto la consagración como la reparación. Los primeros cristianos vivían como una gran familia. Ese debería ser hoy nuestro objetivo: que las familias cristianas sean «pequeñas iglesias domésticas», en las que se viva la adhesión y conformación con Cristo, que lleva a un gran amor redentor. He oído decir ya a muchos matrimonios que al Papa Juan Pablo II se le va a llamar «el Papa de la familia cristiana». Está tocando el corazón del mundo porque ha tocado el corazón de la sociedad: la familia. «Para que el matrimonio cristiano favorezca el bien total y desarrollo de los cónyuges, debe inspirarse en el Evangelio y abrirse así a la nueva vida, una nueva vida dada y aceptada generosamente. Los cónyuges están llamados también a crear una atmósfera de familia en la que los hijos sean felices y vivan en plenitud y con dignidad una vida humana y cristiana. Para poder vivir una vida gozosa de familia se requieren sacrificios, tanto por parte de los padres como de los hijos. Cada miembro de la familia debe convertirse, de modo especial, en siervo de los otros, compartiendo sus cargas. Es necesario que cada uno sea solícito no sólo por la propia vida, sino también por la de los otros miembros de la familia»[7].

La familia cristiana, como verdadera Iglesia doméstica, es mensajera y artífice de la reparación, de la unidad y de la paz

La existencia es cristiana en tanto que la fuerza que la impulsa a desarrollarse está determinada por Cristo. Una familia es cristiana cuando todo el dinamismo de su vida está determinado por Él. Jesús exige que la familia, como tal, se «pronuncie» por Él: en la relación mutua entre sí de los esposos, de los hijos, en la educación de éstos, en la posesión de los bienes y en su utilización, en los deberes profesionales, en la participación en toda la vida de la Iglesia. No se puede servir a dos señores: al dinero, al placer, a las imposiciones de una sociedad materialista y consumista, por un lado, y a Jesucristo por otro. La familia que realmente le ama, guarda su palabra, y Él permanece en ella. Muchas veces tendrá que elegir entre el Reino de Cristo y los obstáculos terrenales: ventajas, relaciones humanas, posibilidades de poder y placer; y tendrá que mantenerse cumpliendo la voluntad de Dios: «Venga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad así en nuestra familia como en el cielo». Hay un hermoso símbolo en el Evangelio sobre el Reino de los cielos: el Reino es como un grano de mostaza, diminuto, pero lleno de fuerza vital. Se siembra y crece, se forma una familia, que va desarrollándose constantemente y en silencio. Si la familia permanece en fidelidad, ningún poder terrenal puede contener la fuerza del grano de mostaza. El Reino de Dios no viene de modo que se pueda decir: míralo ahí. Está dentro de vosotros, en vosotros (Le 17, 20-21). Las cosas del Reino de Dios no son determinadas exteriormente; son fuerza interior, vital, que operan por el amor y la verdad.

Las bienaventuranzas son para vivirlas en la familia cristiana, en esa iglesia doméstica, célula viva y clave de la Iglesia de Cristo. Es bienaventurada la familia que soporta con confianza en Dios la necesidad, la privación y el dolor; la familia cuya actitud no es de debilidad, sino de fuerza suavizada, capaz de dominar por la sola verdad; la que llora todo alejamiento de Dios -perdónanos nuestras deudas-; la que es bondadosa y no ejerce el poder como dominio, sino como servicio; la que tiene entrañas de compasión eficaz; la que vive la limpieza de corazón como revelación de sus costumbres cristianas; la que da paz por su cercanía con Cristo; la que es perseguida por causa de la justicia; la que es insultada por el nombre y la palabra de Cristo. Si realmente la familia viviera consagrada a Dios en el Corazón de Cristo, viviría con anhelos de reparación y tendría exigencias muy fuertes para permanecer unida y convertirse en una iglesia doméstica que sería, no ya como un grano de mostaza, sino como un árbol en el que los pájaros -símbolo de otras personas y familias- podrían vivir y habitar. La fuerza de una familia cristiana penetra hondamente en la sociedad.

Si en las familias la persona de Cristo no se hace presente en el pensamiento, en el sentimiento, en la actuación, y su cercanía no se hace cada vez más entrañable y fuerte, la Iglesia no tendrá vigor en sus miembros. La familia cristiana significa que Dios rige su voluntad no al modo de una policía invisible, o visible a través de los preceptos de la Iglesia, que desde fuera hace entrar su palabra en su cotidiano quehacer, sino como un acuerdo interior. Su acción tiene que partir de su adhesión a Cristo en todo cuanto constituye la vida humana. Si no actúa así, buscará la religión, pero no encontrará en ella más que problemas más o menos teóricos que solucionar. La familia cristiana que pertenece en cuerpo y alma a Cristo, no considera la Iglesia como algo distinto de sí, externa a ella misma. No descarga su exigencia interior, radical, de vivir «en familia» las relaciones con Cristo; no puede ser algo que cada uno «hace por su cuenta». Si la familia vive esclava del trabajo, de las ocupaciones, el dinero, la política, y Cristo es «un además», todo será vacío. Si en la familia no hay vida cristiana ¿qué habrá en la sociedad? Si no hay amor, fidelidad, sacrificio, renuncia generosa, entrega, unidad, paz, reparación, satisfacción de unos por otros, la sociedad se sentirá enferma de egoísmo.

Las familias cristianas «muestran a todos el ejemplo de su amor incansable y generoso, construyen la fraternidad de la caridad y se convierten en testigos y cooperadores de la fecundidad de la Iglesia Madre, como símbolo y al mismo tiempo participación de aquel amor con que Cristo amó a su Esposa y se entregó a sí mismo por ella» (LG 41). La Redención no es ninguna leyenda; por eso no ha suprimido ni el dolor, ni el mal, ni la realidad del esfuerzo y respuesta personal del hombre. Tampoco promete que en el porvenir va a suprimirse y sigue siendo tarea humana trabajar en ello.

Pero ha ocurrido algo radical: un nuevo devenir. Creer significa entrar en él. Cristo ha tomado nuestra existencia en su Corazón. La ha vivido y la ha padecido hasta su extremo y en ello ha encontrado expiación la culpa. Cristo es el comienzo de la nueva creación. La familia tiene que vivir, unida, de esa nueva creación con la gravedad con que sabe que se trata del destino eterno. Tiene que conocer en qué consiste la expiación y cumplirla en la realidad de su vida diaria. La privación y el sufrimiento han recibido otro carácter por la Redención. Han quedado asumidos en el dolor de Cristo y en él se convierten en expiación por la culpa propia y de los demás; como se convierten, para quien vive la Redención, en purificación y crecimiento del hombre nuevo.

Esto hay que vivirlo en familia. Y aún más: la familia que se configura así con Cristo encuentra impulso, sentido y fuerza también para su trabajo en el mundo, y se le hacen posibles muchas cosas que no lo serían por sus meras fuerzas naturales. La iglesia doméstica tiene que conocer hasta dónde está llamada: tiene que asumir la responsabilidad de ser fermento de la sociedad, de reparar el mal que se hace, de ser como el médico que contribuye con su propia vida a curar el mal. Es una tarea difícil, y muchas veces puede dar la impresión de que no tiene sentido o de que no se hace nada. Pero ese servicio es ya una verdadera expiación.

Lo que hicisteis a uno de mis hermanos, por uno de mis hermanos más pequeños, a Mí y por Mí lo hicisteis. Con este juicio del Señor sobre nuestras acciones se introduce en ellas algo que ya no es humano y terreno, sino acontecimiento de gracia de la Redención, esto es, la relación con el Hijo de Dios, que se hizo hombre y hermano de todos nosotros y expió nuestra culpa. En cada vida humana se vuelve a decidir el sentido de la Redención en cuanto en cada hombre esta venida de Cristo, vida y muerte, halla su pleno cumplimiento o no. Y siendo como somos solidarios unos de otros en virtud del Cuerpo Místico de Cristo; ¿hay lugar más indicado que la familia para abrirse, crecer y vivir de esta profunda realidad?

Conclusión

Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él (Jn 3, 16-17). Este amor que llega de Dios ha de echar su raíz en nosotros y ha de pasar a los demás: Amaos los unos a los otros. Pues el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios (1 J n 4, 7). La familia que quiere ser cristiana entra en este proceso de amor y de reparación que Cristo vivió. Vivir del amor de Cristo es el «instrumento» más eficaz para infundir y renovar la vida de los individuos, de la familia y de la sociedad.

La Iglesia no se limita a asegurar el amor, la paz y la unidad; es su mensajera y artífice. Pero las familias cristianas no pueden olvidar que la Iglesia es en sus miembros como lo fue en su Cabeza: solamente es redentora con Él en la cruz, solamente fue redimida por Él en la cruz. La Iglesia está en medio del mundo, como la familia, es decir, en medio de todos los combates. Continúa su marcha envuelta en sufrimientos y oprobios, y ni la prosperidad -siempre precaria- la engríe, ni la adversidad la abate. No puede ser infiel a su Fundador y Cabeza: No he venido a traer la paz, sino la espada, la espada de la predicación cristiana. Para preparar el Evangelio de la paz, San Pablo nos dice: es necesario que cada uno se revista de la armadura de Dios (1 Tes 5, 9). Cristo, que ha pacificado con su sangre en la cruz todas la cosas (Col 1, 20), quiere que los suyos ejerzan siempre una acción pacificadora. Pero tenemos que arrancarnos de esa falsa paz que tenía el mundo antes de Cristo y en la que siempre nos instalamos de nuevo. El fin de la Iglesia es mostrarnos a Cristo, llevarnos a Él, comunicarnos su vida, es decir, ponernos en comunicación con Él. La iglesia doméstica tiene que responder a esta exigencia. El mundo creerá en Cristo y que Cristo resucitado vive siempre en su Iglesia, si probamos que Él verdaderamente es nuestra plenitud, que Él va echando de nosotros el viejo fermento y nos sacia con los panes sin levadura de la pureza y de la verdad (1 Cor 5, 7-8).

Para terminar, nada mejor que releer atentamente, con veneración y agradecimiento, unas preciosas palabras de exhortación que el inolvidable Sumo Pontífice Pío XII dirigía a los recién casados, en aquel su famoso discurso del 26 de junio de 1940, que ya antes hemos citado:

«Para volver a encontrar la paz hace falta que los hombres hagan lo que desde hace siglos les predican Jesucristo y su Iglesia: sacrifiquen sus propias aspiraciones y sus propios deseos, en cuanto aparezcan incompatibles con los derechos ajenos y con el interés colectivo. A este fin les encamina por una vía dulce y segura la devoción al Sagrado Corazón. Porque, en primer lugar, la imagen del Divino Corazón, rodeado de llamas, coronado de espinas, abierto por la lanza, recuerda hasta qué punto amó Jesús a los hombres y se sacrificó por ellos, es decir, según sus propias palabras, “hasta agotarse y consumirse”. Además, el lamento del Salvador por la infidelidad y las ingratitudes de los hombres imprime a esta devoción un carácter esencial de penitencia expiadora. Nuestro gran predecesor Pío XI lo aclaró admirablemente en su encíclica Miserentissimus Redemptor, y en la oración litúrgica de la fiesta del Sagrado Corazón, donde se dice que al devoto obsequio de nuestra piedad (devotum pietatis nostrae obsequium) debe añadirse una digna satisfacción por nuestros pecados (dignae satisfactionis officium). Estos dos elementos hacen a la devoción del Sagrado Corazón eminentemente apta para preparar y promover el orden quebrantado y, con esto, para preparar y promover el retorno de la paz. La grande obra de Cristo, o, para hablar con San Pablo (2 Cor 5, 19), la obra que Dios hizo en Él, era reconciliar consigo al mundo (Deus erat in Christo mundum reconcilians sibi), y la sangre, cuyas últimas gotas brotaron del Corazón de Jesús sobre la cruz, es el sello de la nueva Alianza (cf. Jn 19, 34; Mt 26, 28) que reanuda los vínculos de amor entre Dios y el hombre, rotos por el pecado original. Haced, pues, de este Corazón el rey de vuestra casa, y estableceréis en ella la paz. Tanto más cuanto que Él mismo, renovando y determinando las bendiciones de su Padre celestial hacia las familias fieles, prometió hacer reinar la paz en aquellas que le fueran consagradas».

Cardenal D. Marcelo González Martín, (20-IX-1980)

 

[1] Véase la edición en lengua española de L’Osservatore Romano, 14 de septiembre de 1980, p. 1.

[2] Comentario a la carta a los Efesios, 5 hom. 20: PG 62, 143.

[3] X. Zubiri, Naturaleza, Historia y Dios, Madrid 1955, 320.

[4] R. Guardini, La esencia del cristianismo, Madrid2 1964, 66.

[5] Pío XI, Miserentissimus Redemptor, 33-34. Cf. Pío XII, Discurso a los recién casados, 26 de junio de 1940.

[6] K. Rahner, Fieles a la tierra, Barcelona 1971, 179.

[7] Juan Pablo II, Homilía en la misa celebrada en el Capital Mall, de Washington, 7 de octubre de 1979