La consagración

Del libro ” En el Corazón de Cristo”, de Luis M.ª Mendizábal, s.j.

«Con la consagración ofrecemos al Corazón de Jesús a nosotros y a todas nuestras cosas, reconociéndolas recibidas de la eterna caridad de Dios» (Pío XI, Miserentissimus).

Convencidos de que Cristo nos ama y que con su acción y voluntad nos habla continuamente en un diálogo de amor, nuestra posición de personas razonables será reconocer este amor, escuchar lo que El nos dice y aprovechar todas las ocasiones para corresponder a su amor por nosotros.

Por eso es necesario considerar a Jesucristo no como una cosa, sino como persona viva. Sobre el altar no está un Cuerpo inerte, sino un Hombre de carne y hueso, y al mismo tiempo Dios. Debemos tratarlo como una persona viva; así nuestra vida religiosa adquirirá un aspecto mucho más personal.

Nuestro amor a Jesucristo debe continuar actuando durante las ocupaciones del día. Mirando cada acontecimiento y cada cosa en relación a Jesucristo, y procurando mostrarle nuestro amor cada vez que nos sea posible.

Así daremos a nuestra vida espiritual un aspecto fuertemente cristocéntrico.

¿Queremos un ejemplo? La devoción a las almas del Purgatorio será cristocéntrica cuando nosotros, por complacer a Cristo que ama estas almas y desea que entren en la gloria para poder abrazarlas, ofrecemos nuestros sufrimientos, penitencias, sufragios e indulgencias a su favor, y al mismo tiempo queremos compensarle, al acercar un alma a El, de todas nuestras infidelidades con las que nos hemos alejado de El.

De modo semejante podemos actuar respecto al prójimo, a los superiores, a los sacerdotes…, ofreciendo a Cristo lo que es nuestro a cambio de sus dones y su amor.

Hay más todavía: «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación» (1 Tes 4,3). La santidad no consiste en la mortificación, en la oración, en la privación de diversiones o del cine y en evitar el pecado. En la práctica reunirá la mayor parte de estos elementos, pero no consiste en ninguno de ellos y tampoco en su conjunto.

La santidad es la conformidad de nuestra voluntad con la voluntad de Dios. «La santidad consiste en la trasformación de la voluntad propia, en la pura voluntad de Dios» (san Juan de la Cruz).

 

En Loyola, sobre el altar de la conversión, está escrito: «Aquí se entregó a Dios Iñigo de Loyola.»

Ignacio, un buen oficial cristiano de su tiempo, había hecho sus planes para el futuro, planes no pecaminosos, podrían ser mundanos y frívolos, pero no eran pecado. Herido en una pierna, obligado a la inmovilidad, lee, ya que no puede procurarse otra cosa, una vida de Cristo.

Durante aquellos días de gracia, Ignacio se convence de que Cristo es una Persona viva, que tiene una parte en su vida. Entonces renuncia a sus proyectos y se pone completamente a disposición de Jesús.

Como Saulo en el camino de Damasco, se encontró cara a cara con Jesucristo vivo, que es el mismo de ayer, de hoy y de siempre, y exclamó: «Señor, ¿qué quieres que haga?»

Esto es la santidad: la renuncia a los propios designios, incluso a los propios ideales de santidad, para que se realicen en nosotros los de Cristo.

Jesús, en efecto, tiene actualmente sus planes sobre nosotros, y nosotros no concebimos ni siquiera remotamente su grandeza, ni lo que es un obstáculo para que puedan convertirse en realidad.

Nuestros planes obstaculizan los suyos. El menos afecto desordenado que se mantenga en el corazón es un gran impedimento para nuestra consagración a Jesucristo.

No es fácil, pero debemos procurar hacer todo lo posible, con la gracia del Espíritu Santo: «Veni sanctificator, omnipotens, aeterne Deus et benedic hoc sacrificium tuo sancto nomino praeparatum.»

«Muchos oran, se mortifican, trabajan, reciben los sacramentos, practican las obras de misericordia; pocos se consagran total a Dios nuestro Señor. Interiormente no renuncian a sí mismos» (Ginhac).

Consagración es ponerse totalmente a disposición de Cristo: acto serio y bien meditado.

Como el cáliz consagrado por el obispo servirá sólo para el servicio del altar, tanto que hacerlo servir para otro uso es sacrilegio, de un modo semejante la persona que se consagra al amor de Jesús debe dedicarse, ya para siempre, al oficio de cumplir su voluntad.

Con plena advertencia del acto que se cumpla hay que presentarse al Señor y con todo el corazón abandonar la propia persona, cuerpo y alma, en sus manos: «ofrezcámonos nosotros mismos y nuestras cosas» (Miserentissimus)

En este acto tomamos toda nuestra vida pasada, nosotros mismos tal como somos a causa de nuestro pasado, y la vida del momento actual para ofrecerla a Cristo, decididos a dirigir a nuestro futuro según las disposiciones de nuestro ofrecimiento actual.

El alma y el cuerpo están a disposición de Cristo para siempre: «Soy Vuestro, para Vos nací, ¿qué mandáis hacer de mí?»

Todo depende de nuestro «sí». Y debemos -por generosidad y gratitud- responder con este «sí» total.

Con la mayor confianza ofrezcamos nuestro cuerpo y nuestra alma tal cual son: con nuestras faltas y pecados pasados, que Jesucristo no nos reprochará jamás.

Hace pocos años había una mujer, delegada comunista de su barrio. Vino un nuevo párroco que se interesaba mucho por los obreros y predicaba fervorosamente el Víacrucis cada viernes.

Muchos se volvieron a acercar a la Iglesia y se convirtieron. Sólo aquella mujer no se dejaba nunca ver por la iglesia.

Pero un día, mientras estaba lavando cerca de la iglesia, oyó las fervorosas palabras del párroco. Fue tocada por la gracia y se convirtió.

Después de algunas semanas, al párroco se le estropeó la máquina de escribir y pensó que se la podrían arreglar las hijas de aquella mujer, que trabajaban en una fábrica de máquinas de escribir: Llevó entonces la maquina a casa de la ex comunista, que le dijo: «Con mucho gusto pero tendría que esperar a la próxima semana, porque están muy ocupadas y ahora no tienen mucho tiempo.»

El párroco le dejó la máquina y volvió a casa. No había pasado una hora cuando la ex comunista volvió con su propia máquina de escribir y, dándosela al párroco, le dijo sencillamente:

-Padre, usted necesita una máquina. Mire, yo con ésta he cometido muchos pecados; quisiera que desde ahora la santificador con sus manos sacerdotales…

Esto es poner en práctica las palabras de san Pablo: «Como ofrecisteis vuestros miembros esclavos a la impureza y a la iniquidad para la iniquidad, así ahora ofreced vuestros miembros, esclavos a la justicia para la santificación» (Romanos 6,19)

Nosotros debemos hacer lo mismo; aunque hayamos cometido tantos pecados con el cuerpo, con los ojos, con las manos, con la imaginación, no importa.

Tomemos cuerpo y alma u ofrezcámoselos a Jesús a fin de que los santifique con sus manos, a fin de que escriba con su cuerpo u alma el mensaje que desea dar a conocer al mundo, el anuncio de paz y de amor.

Este mensaje no consiste en palabras, sino en obras; debemos ser verdaderos representantes de Cristo; mejor dicho, no solamente representantes, sino portadores vivos de Cristo, a fin de que El se manifieste en nosotros e ilumine al mundo sirviéndose de nosotros.

Consagración a Dios significa quitar los obstáculos que le impiden darse a nosotros.

Cristo: «Dios con nosotros». Nuestra entrega a El no es solamente un simple acto ascético. Cómo se ofrece el pan de la Misa, para que se transforme en Cristo, de modo análogo en el acto de la consagración nos damos a nosotros mismos, para transformarnos en El y poseer la vida verdadera.

Cristo toma posesión de nosotros, nos transforma cada vez más en El; en consecuencia, obraremos según lo que somos y entonces seremos sus representantes porque lo llevamos en nosotros.

María era una jovencita de doce años; había perdido a su madre, que le dejó un hermanito de dos meses.

Cuidó tanto al niño que éste pudo vivir y crecer. Llegada a los cinco años, un día, por las conversaciones de sus compañeros, se dio cuenta de que no tenía mamá, ¿y yo no tengo madre?

-Ciertamente, también tú tienes mamá. Está en el cielo…

-¿Es buena mi mamá?

-Muy, muy buena

-¿Más buena que tú?

-¡Mucho más que yo! -respondió sollozando María.

-¡Entonces quisiera ir al Cielo para verla! Si es más buena que tú, ¡cómo será de buena!

Esto debería poderse decir de todo cristiano: «¿Tengo un Padre en el Cielo? ¿Es mejor que tú? ¡Cuánto deseo ver a Jesús! Porque si es más bueno que tú, ¡debe ser bueno de verdad»

Es el mismo deseo expresado en jaculatoria: «Haz que, quien me mire, te vea.»

Pero este deseo puede ser realidad solamente si Cristo nos poseé enteramente.

No sé trata de imitar las apariencias externas, no es una comedia. Si El está en nosotros, su presencia se translucirá involuntariamente al exterior en las más pequeñas acciones, en los gestos, en el modo de obrar, en el tono de la voz se manifestará que El vive en nosotros.

Nuestras más insignificantes revelan inmediatamente si en el alma hay pureza, si reina Jesucristo.

Darse totalmente no es cosa fácil y no es posible obtenerlo de repente.

Pero si aspiramos a sentir en nosotros los sentimientos de Jesús tropezaremos con nuestro «yo», que no ha muerto del todo.

Hay en nosotros dos personas. Veámoslo plásticamente en el hecho acaecido a la santa madre de un sacerdote. El sacerdote comunicó a su madre la decisión que había tomado de hacerse religioso. La madre, ya anciana, respondió decididamente: «Hijo mío, yo soy vieja y moriré pronto; quédate conmigo. Cuando muera harás lo que deseas. »

Al día siguiente, la madre fue a Misa y comulgó como de costumbre. Más tarde, viendo de nuevo al hijo, le dijo: «Hijo mío, ayer habló la madre; hoy habla la cristiana: hazte religioso como deseas; si quieres, hoy mismo.»

Así es como debemos enferme las primeras reacciones de la naturaleza; hemos de tener la fuerza de presentarlas al Corazón de Jesús y vencernos diciendo: «primero ha hablado el hombre terreno; ahora el consagrado a Cristo»

Es la batalla de nuestra vida de consagración, vida difícil, sin duda, pero esperemos en el Señor y pidámosle la gracia de podernos dar totalmente a El. Este es el único modo de poder hacer un verdadero apostolado en el mundo: El es en realidad la Luz, la Verdad, la Vida.

Procuremos desaparecer y darle lugar a Cristo, que no desea otra cosa sino tenernos a su disposición.

Puede hacer milagros, como hace en la Eucaristía, en el cual no necesita mucho pan, sólo un trocito. Es preciso, sin embargo, que este trocito pierda su substancia para poderse transformar.

A nosotros no se nos pide ni perder nuestra personalidad, ni la sustancia, pero sí ofrecer nuestra voluntad, para que Jesucristo pueda hacer de nosotros lo que quiera.

Entonces, habiéndonos unido cada vez más a El y transformados por la gracia, podrá hacer milagros por medio nuestro.

El Señor, que «no buscó complacerse a Sí mismo» (Romanos 15,3), nos enseñará el modo de consagrarnos a El. «Señor, hazme transparente como el cristal, a fin de que tu luz pueda iluminar a través de mí.»