La conjugación de la humildad

Quedó demostrado  que el amor propio es todo un maestrazo en gramática parda, Y que, sobre todo, en punto a conjugar el verbo ser se las pinta solo.

Yo soy el número uno; tú eres el número dos, por benevolencia mía, por supuesto, y él es el bache de todos los enconos, bilis, despechos y resentimientos de mí y de ti.

Así, decíamos, conjuga el amor propio, y, movido más o menos conscientemente por él, casi todo el género humano. Y como es mala cosa dejarse llevar de tan mal consejero, yo quiero, con el fervor del Sagrado Corazón, Proponeros otro modelo de conjugación.

La conjugación de la humildad y su hermana la caridad.

Que aunque es tan fácil de proponer como la del amor propio, no es tan fácil de aprender, y sobre todo de practicar.

Yo soy

¡Primera persona! ¿Qué se le cuelga a esa primera persona?

Como la humildad es la verdad, aquélla no puede colgarle a la primera persona más que lo que sea verdaderamente suyo.

De modo que para saber lo que hemos de poner detrás de “yo soy”, tenemos que empezar por preguntar: ¿yo quién soy?

¡Y ahí es nada el problemilla que se nos viene encima con la inocente preguntita!

Quiere decir esto que para poder decir con humildad y, por consiguiente, con verdad, “yo soy esto o lo otro”, es preciso haber resuelto antes el arduo problema del propio conocimiento.

Y como este problema es de tan difícil solución y estaba sin resolver por la mayor parte de los hombres y de las mujeres. Me parece que lo más prudente y lo menos expuesto al error es abstenerse  de conjugar esa primera persona, Y decir de ella lo que en gramática se dice del vocativo de algunas palabras: carece.

¿Nos parece preferible callar sobre sí mismo a decir que uno es talentoso, siendo un tonto de capirote, que es bueno, no teniendo el demonio por donde desecharlo, o por lo contrario, que es malo o ignorante, siendo una excelentísima persona?

Después de todo, nosotros no somos en realidad lo que queremos ser, sino lo que somos delante de Dios.

Sería buena regla de humildad la que se formulara así: mirar con prevención el “yo soy” en nuestras conversaciones.

Y acaso detenerlo que usar, preferir el “no soy” al “yo soy”.

Que es más fácil saber lo que no somos que lo que somos.

Como en realidad, comparados con Dios, Autor y conservador de todo ser,  no somos otra cosa que ceros a la izquierda.

¡Ni más ni menos!

Y hago observar que ni aun para hablar mal de sí mismo es conveniente, de ordinario, meter el “yo soy.

¡Se disfraza tantas veces el amor propio con esos yo pequé, muchas veces no sentidos…!

Tú eres

Quizás alguno se le esté ocurriendo completar esa frase con la palabra “bueno” y que ya está dicho todo.

Pues no, señores. No debe ser éste el modo de hablar siempre a nuestro prójimo: tú eres muy bueno, séalo o no lo sea.

Dos extremos a hay que evitar en el trato con nuestro prójimo: decirle siempre que es muy bueno, y decirle por cualquier motivo que es malo.

Yo no creo que ni la caridad y la humildad nos aconsejen que estemos siempre con el tarro de la miel en la mano para echársela por la cara al prójimo, ni con el incensario para echarle humo a todas horas, porque, entre otros inconvenientes, la mucha miel empalaga y el mucho humo… aún más.Y ni una cosa ni otra es muy caritativa, que digamos.

Tampoco permiten ni la caridad y la humildad ni la justicia que tratemos mal al prójimo, por cualquier cosilla.

Tenemos una facilidad asombrosa para ver puntos negros en las obras y dichos del prójimo, aun en lo bueno que hacen.

Con una facilidad pasmosa se pasa de la obra exterior, quizás indiferente o no mala, a suponer la intención torcida y perversa; y a veces sobre una obra hecha inconscientemente se amontonan segundas intenciones y malevolencias,  hasta el punto de presentar como un pájaro de cuenta a un pobre infeliz que quizás no pase de la categoría de buen hombre.

Pues frente a esa facilidad en pensar y hablar del prójimo, está el conocido principio de Moral y de Derecho: Nemo praesumitur malus, nisi probetur.

El prójimo tiene perfecto derecho a que se hable bien de él, mientras no se le demuestre que es malo.

¿Y sabéis lo que hace falta saber para demostrar que un hombre es malo?

Hace falta saber: 1º, que ha hecho algo mal; 2º, que lo ha hecho sabiendo que aquello era malo; 3º, que cuando lo hacía se daba cuenta de que obraba mal.

Que es precisamente lo que se necesita para que Dios tenga a uno por malo.

Si falta alguno de esos requisitos, podrá uno quizás ser delincuente legalmente hablando, pero pecador, verdaderamente hombre malo , no.

Consecuencia de esta doctrina: que siendo difícil conocer esas disposiciones internas, es muy difícil poder decir con certeza: este hombre es malo.

Que es después de todo lo que se demanda en el Evangelio, cuando se nos dice que no nos metamos a juzgar a nadie y que dejemos a Dios que es el único que está en perfectas condiciones para juzgar.

Jesús increpa el que este libre de pecado que tire la primera piedra

Entonces, me dirá algún aficionado a la tijera, ¿cómo vamos a hablar con el prójimo?

No se le puede decir que es bueno por temor al empalago o al humo, ni que es malo porque es muy difícil saberlo. ¿Cuál es entonces el término medio?

La caridad y la humildad, que son muy finas y delicadas, proponen éste: tratar con los demás de manera que les demos a entender que los tenemos por mejores que nosotros.

El dominio de la tierra que en las Bienaventuranzas  se promete a los mansos, me lo explico yo por la influencia de la aplicación de esta regla.

El corazón más duro y depravado se siente, sin darse cuenta, tarde o temprano, subyugado por el flujo de esa estimada y de esa benevolencia.

En suma, fórmula de caridad y de humildad es ésta: tú eres, aunque no te lo diga, mejor que yo.

Él es ¡el ausente! ¡qué mal parado sale de ordinario de nuestras conversaciones el prójimo ausente !

¿Y no os parece una villanía cobarde, y un acto innoble, acuchillar la fama del prójimo, aprovechando la ausencia que impide a aquel defenderse?

Para mí, poca diferencia hay entre herir a un hombre atándolo codo con codo y tapándole la boca para que no se defienda y quitarle la fama a espaldas suyas, sin que lo vea, ni lo oiga, ni pueda defenderse.

Así que lo primero, que a la caridad y a la humildad se les ocurre contemplar la tercera persona es con esta palabra: él es inatacable.

Por eso, porque está ausente y no puede defenderse.

Pero no sois vosotros los que atacáis, sino que son vuestros amigos los que se ceban en la fama del ausente, y quizás, por desgracia, tenga este sus puntos vulnerables. ¿Qué podéis hacer?

La caridad y su hermana os manda en conjugar así: él es menos malo de lo que decís; o en menos palabras: él es excusable.

Y en general, para el prójimo ausente, aunque no sea más que por ese solo título de ausente, la boca cristiana debe tener siempre una palabra buena, sin interrogaciones ni  conjunciones adversativas  o convencionales, ni más peguen dengues gramaticales…

¿Os gusta la lección de gramática?

Un poquito difícil de aprender es, lo comprendo, pero cuando se acuerda uno de que los Santos hablan conforme a esas reglas y que el mismo Jesucristo Nuestro Señor fue el que las compuso y enseñó, ¡la verdad¡, se siente uno más dramático que Nebrija.

Amigos, ¡a hablar con propiedad y corrección la Gramática del Corazón de Jesús!

Que es la única que enseña el mejor de todos los idiomas: el idioma de la caridad y de la humildad.

Del libro “granitos de sal” de San Manuel González, Obispo .