¿JESCURISTO SUFRE AHORA?(II)

Del libro ” En el Corazón de Cristo”, de Luis M.ª Mendizábal, s.j.

El pecado en relación con el Cuerpo Místico

 

Si Jesucristo no sufriese ahora en manera alguna, ¿qué significarían entonces las espinas que rodean su Corazón? ¿Sería quizás un puro símbolo las palabras del Señor: «Yo soy aquel Jesús a quien tú persigues»?

Hemos dicho que Jesús no sufre en su Cuerpo físico, aunque siente compasión en su alma, pero sufre en su Cuerpo Místico.

Nuestros pecados son un mal ejemplo. Si no nos portamos como debemos, somos causa de la falta de reconocimiento de Jesús en su Iglesia e impedimos que la verdadera Iglesia aparezca en toda la santidad en que está constituida.

«Señor, te pido perdón de haber sido, con mi mal ejemplo, la causa por la cual muchos no han reconocido a tu Iglesia.» Así rogaban setenta mil personas del Katholikentag de Berlín. 22

 

Pero hay más todavía: los pecados de los católicos, aun los más ocultos, causan una verdadera herida en el Cuerpo Místico. Jesucristo viene a ser como un leproso en su Cuerpo Místico. De nosotros depende ayudarle o continuar flagelándolo.

Jesucristo sufre, pues, actualmente, porque el Cuerpo Místico es una realidad. Por eso mis pecados no destruyen solamente la gracia en mí, sino que amenazan también la de otras almas. Están, en realidad, privadas de la mutua ayuda que nuestra generosidad aporta a todo miembro del Cuerpo Místico. Esta privación constituye ya en sí una herida y puede ser, además, ocasión de la falta de generosidad en otros.

Así aparece claramente de cuántas heridas del Cuerpo Místico nos hemos hecho responsables, en cierto sentido, con nuestros pecados.

Los pecados de los otros católicos y no deben dejarnos indiferentes. Son heridas al Cuerpo Místico, y nosotros, como miembros vivos, no podemos dejar de sentirlas, así como sucede con los miembros diferentes de nuestro cuerpo físico.

Deben interesarnos los pecados de los católicos y deben herirnos de cerca, así como se sentía herida la madre de un tísico, la cual, al médico que buscaba la causa de su progresivo agotamiento, respondía: «¿Qué me duele?…¡Los pulmones de mi hijo!.»

Grandeza de una realidad sobrenatural. «La pasión expiatoria de Cristo se renueva y en cierta manera se complementa y continua en el Cuerpo Místico que es la Iglesia» (Pío XII).

«Cristo sufrió cuanto debía sufrir; no falta nada a la medida de su Pasión, en la Cabeza; faltaban aún los dolores de Cristo en el Cuerpo» (san Agustín).

Ya había Jesús manifestado esto cuando, apareciendo a Saulo, que respiraba odio a muerte contra los cristianos, dijo: «¡Yo soy aquel Jesús que tú persigues!» Así indicó que perseguir a la Iglesia es impugnar a su misma Cabeza.

Por esto es justo que Jesucristo, mientras continúa sufriendo en su Cuerpo Místico, nos tenga como socios en la expiación.

Debemos sentir profundamente esta íntima unidad. Sentir como cosa propia lo que se relaciona con la salud de todo el Cuerpo es señal de salud espiritual.

San Agustín, comentando las palabras del Señor: «Permaneced en Mí y Yo en vosotros» (Jn 15,4), dice: «Permaneced en El si somos sus templos; permanecerá El en nosotros si somos sus miembros vivos»; miembros, esto es, sensibles a las heridas y a las enfermedades del Cuerpo Místico.

Esta sensibilidad presupone una vida interior suficientemente desarrollada.

Debemos pedir la gracia para poder olvidar nuestras dificultades y penas y para poder al mismo tiempo sentir profundamente el dolor, con Cristo doloroso; el abatimiento con Cristo que sufre; íntimo dolor por el terrible sufrimiento que Cristo soporta por mí en su Cuerpo Místico.

En fin, debemos sufrir no sólo por los dolores que Cristo padeció por nosotros hace dos mil años, sino también por aquellos que El soporta en el presente. El sufrimiento de Cristo sea también el nuestro, y nuestro deseo sea el de aligerar su pena, curar sus heridas, consolarle lo más posible, por todo lo que es ofendido.

 

Los pecados de “mis almas”

 

Considerarse inocente, purificado, tener compasión de los pecadores y limitarse a ofrecer plegarias y sacrificios para que todos aquellos obtengan de Dios el perdón no es actitud plenamente católica.

Tanto menos obraría en católico quien trazase una línea de división entre sí y los pecadores, aunque se interesase por ellos, en cuanto son causa de las heridas al Cuerpo Místico.

Quien tuviese semejante idea del orden sobrenatural en que vivimos hallará difícil comprender la reparación en su verdadero sentido. Se preguntará, en efecto: «Si puedo curar las heridas del Cuerpo Místico con mi apostolado, con buenas obras de toda clase, ¿por qué debo hacerlo precisamente por medio del dolor y del sufrimiento? Si soy inocente, ¿por qué sufrir?»

Esta pregunta se hace más acuciante en el misterio de la Cruz de Cristo. ¿Por qué El aceptó sufrir tanto si un acto de su amor hubiera sido suficiente para merecernos la gracia y el perdón?

La reparación tiene doble sentido: uno más amplio que corresponde genéricamente a «consolación» y otro más preciso que indica «expiación».

Reparación, en cuanto a consolación, exige la necesidad de padecer un sufrimiento. Tratándose de nuestros pecados personales, no basta honrar y amar a Dios, debemos también ofrecerle una satisfacción –expiación- por nuestros pecados. Y, para los pecados ajenos, vale el mismo principio.

Esto ha sucedido concretamente en la santificación que Jesús quiso ofrecer por nosotros. Estamos ante uno de los mayores y fundamentales misterios del orden sobrenatural: Jesucristo satisfizo por nuestros pecados.

Quizás pensamos que para merecernos la gracia del perdón hubiese bastado un solo acto suyo de amor; que no era necesaria la Encarnación; que hubiera sido suficiente que tomase la naturaleza angélica para realizar acciones infinitamente meritorias y obtenernos también la gracia del perdón.

Mas hasta qué punto esta hipótesis sea contraria al pensamiento de san Pablo aparece en sus constantes afirmaciones sobre Jesús, hecho a nuestra semejanza, uno de nosotros, para realizar su plan: «Nacido de mujer, nacido bajo la Ley para rescatar a aquellos que estaban bajo la Ley» (Gál 4,4-5).

Siendo realmente El nuestra Cabeza, nuestros pecados se convertían en cierto sentido en suyos, y su reparación era nuestra.

No se trataba de metáfora jurídica, en el sentido que el Padre actuara como si Jesús hubiera cargado con nuestros pecados. Esto no justificaría su divina acción. En realidad, la divina justicia, como condición necesaria para que la misericordia perdonase, exigía la pasión y la muerte de Jesucristo.

Habituados a considerar la misericordia divina sólo con nuestros conceptos, nos inclinamos a creer que Dios, en su misericordia, podría perdonar todos los pecados de la humanidad sin necesidad de una estricta reparación; por esto, acaso, no es del todo exacto.

Como es absurdo considerar lo que puede hacer la Omnipotencia divina, prescindiendo de la ordenada Bondad, igualmente es también absurdo considerar que puede hacer la Misericordia sin tener en cuenta la Justicia. Esta última es, en efecto, un atributo divino no menos verdadero que la Misericordia, y ella exige la reparación.

Tal vez podamos aclarar la cosa con un ejemplo. 24

 

Supongamos ser amigos de una alta personalidad, la cual, en una ocasión, es injuriada por un súbdito. Ciertamente nuestras muestras de amistad y reverencia podrán consolarle de la injuria, podrán acaso hacérsela olvidar, pero esto no constituye una reparación de la injuria.

Podría existir verdadera reparación si entre nosotros y el súbdito ofensor hubiera tal unión que, sin dejar de ser amigos de aquella persona, la ofensa del súbdito se pudiera considerar como nuestra y, en consecuencia, nuestra santificación, acompañada de la posible reparación del mismo súbdito, pudiese considerarse como reparación suya. En este caso la satisfacción no podría consistir en un simple acto de amistad, sino que debería ser un acto de estricta reparación de los derechos lesionados.

No es fácil decir en qué consiste la unión, base de la santificación. Una unión tal existe realmente entre Jesús y los hombres, entre María, Medianera de todos, y los hombres, sus hijos.

No parece que se pueda afirmar esta misma unión, en el mismo grado, entre cualquiera de nosotros y la humanidad toda. Pero existe una real solidaridad sobrenatural de este tipo con algunos miembros de la Iglesia.

A las almas que están unidos a nosotros más de cerca (no en sentido espacial o material) y a aquellas que -si bien actualmente no forman parte de la Iglesia- pueden con nuestra contribución aumentar al Cuerpo Místico de Cristo, cualquiera de nosotros podría darles el nombre de «mis almas».

Es el campo de nuestra acción conservadora y acrecentadora en cuanto a miembros del Cuerpo Místico.

En consecuencia, los pecados de estas almas son verdaderamente nuestros, no en el sentido de que sean nuestros pecados personales, causa de condenación o castigo para nosotros. Pero nuestro, porque nos atañen en modo especial.

Así, si nosotros sufrimos por ellos, y nos unimos a la reparación que, por cuanto insuficiente, los pecadores ofrecen personalmente, podemos en verdad satisfacer por ellos.

Al considerar estos pecados podremos con más verdad decir: «Señor, perdónanos», como -siempre en plural- nos hace orar la Iglesia.

Podremos reparar con nuestras penitencias y sacrificios estos pecados de «mis almas», pecados que son verdaderas heridas al Corazón de Jesús.

Comprender y sentir profundamente esta verdad es una gracia. Pidámosla.

Con esta comprensión se entiende qué lugar debe tener, entre las prácticas de la devoción al Corazón de Cristo, la Hora Santa, y cuánto ésta se conforme al espíritu de la misma devoción. Pasando una hora en oración se implora la divina Misericordia; se consuela a Jesús del abandono que sufrió en Getsemaní, mientras se busca compenetrarse con los sentimientos de su Corazón, sentirse con Jesús abrumados bajo el peso de los pecados de la humanidad entera.

Aquellos pecados El los había hecho suyos; por ellos, a los ojos del Padre, aparecería lleno de pecado. A las almas llamadas por el Señor a los dones de la vida mística, estos sentimientos pueden hacer tocar el límite de la humana posibilidad.

Nosotros nos contentaremos, al menos, con pedir una convicción interna de esta realidad, fundada en nuestra fe. Adoptaremos así, en nuestra plegaria y en la vida espiritual, una actitud mucho más humilde de sumisión a nuestro Señor.