INCORPORADOS A CRISTO POR LA COMUNIÓN, POSEEMOS EL CORAZÓN DEL PADRE

Sermón del Jueves Santo.   San Juan de Ávila

En mí está, y yo en él (Jn6, 57)

¿Quién herirá el corazón del Padre con saeta de amor?

  1. En aquella oración que Cristo nuestro Señor hizo a su Padre el jueves de la cena en la noche, le dice entre otras palabras: “Padre, manifesté tu nombre a los hombres, los cuales me diste” (Jn 17,6). Y entre todas las otras cosas que hizo buenas, y muy buenas, especialmente se esmeró en predicar la honra de su Padre, atribuyéndole a Él la doctrina que predicaba (Cf. Jn 7 16; 14,10), los milagros y obras que hacía; todo para ejemplo nuestro, que encendía los corazones de los apóstoles en el amor del Padre invisible, tan altamente alabado por su Hijo.
  2. Y uno de ellos, que fue San Felipe, dijo como en nombre de todos: “Señor, muéstranos al Padre, y bástanos” (Jn 14,8); como quien dice: «Pues tantas cosas buenas nos ha dicho de Él, querríamos verle, y ni tendríamos más que pedir ni que desear». Tenía, por cierto, mucha razón de desear ver al Padre, pues hace claramente bienaventurados a los que claramente le ven. Mas ¿cómo le verán, si Él no se muestra? ¿Cómo se mostrará, si no le amamos? Pues como dijo Cristo nuestro Señor: “Si alguno me ama, manifestármele he a mí mismo” (cf. Jn 14,21). ¿Y cómo amaremos al Padre, si el Padre primero no nos ama, pues que el amar nosotros a Él es efecto de amar Él a nosotros?

¿Y quién, al contrario, ha de ser amado de una cosa tan alta como es Dios Padre, siendo nosotros tan bajos, que aun acordarse como quiera de nosotros y darnos el ser de naturaleza es muy grande merced y sobre todo nuestro merecimiento? Merced es aquel amor con que nos ama a los hombres y ángeles, con que los levanta sobre toda su naturaleza criada y los hace consortes por gracia y por gloria de la divina naturaleza (2 Pe 1,4).

  1. Amar a uno es darle señorío sobre sí mismo; es captivarse, y encarcelarse, y parar en señorío de él. ¿Pues quién no alabará aquel eterno Padre, principio no sólo de los ángeles y hombres, mas de todo lo criado, y aun de las dos Personas, Hijo y Espíritu Santo, del cual, como dice San Pablo, toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra? (Ef 3, 15). Un Padre del cual el Hijo y el Espíritu Santo reciben todo lo que tienen, y Él de ninguno lo recibe, de sí mismo tiene Io que tiene, y es lo que es. Es más, ¿quién dirá qué es? Es un Poder infinito que llegó a poder engendrar un Hijo igual y semejable a sí mismo; es una Bondad tanta, que llegó a dar toda su esencia a su Hijo por vía de generación y al Espíritu Santo por vía de amor; y, finalmente, es un piélago de infinitas perfecciones, que, por mejor decir, es una infinita perfección, al cual los ángeles reverencian, y las dominaciones adoran, y los poderes tiemblan, y las dos divinas Personas conocen que es su principio, y que, aunque haya entre ellos suma igualdad, y más que igualdad, pues es unidad en la misma naturaleza, mas con esto está la autoridad del Padre, del cual las dos Personas divinas reciben lo que tienen, y el Padre no de ellas ni de otro ninguno.
  2. Pues poniendo de una parte esta suma Majestad e infinita alteza, encumbrada sobre nosotros con distancia infinita, y de otra parte nuestra bajeza, y, lo que peor es, nuestros pensamientos, ¿quién osará esperar, ni aun pensar, que dos tan distantes extremos se pudiesen juntar en uno? ¿Quién de los hombres volará tan alto que alcance esta presa, que vuela sobre querubines y alas de vientos? (Cf. 2 Sam 22,1 1). ¿Quién tan rico que posea a este Señor y le hiera su corazón con saeta de amor, y lo haga abajar a tratar leyes de igualdad de amor con criaturas tan desiguales a Él? «Tú eres verdad, decía San Agustín, y yo mentira y vanidad, etc.». ¿Y cuándo podrán juntarse en uno estos extremos? Y si se juntan, cosa es dignísima de admiración, como el santo Job lo sentía, diciendo: Señor, ¿qué cosa es el hombre porque lo visitas y pones en él tu corazón? (Cf. Sal 8,5; Job 7,17). Y [si] según sentencia del Señor, donde está el tesoro, allí está el corazón (Mt 6,21), ¿cómo puede ser que cosa tan pobre, como es el hombre, sea tesoro de cosa tan rica como es Dios?
  3. Cierto es aquí menester la fe de Abraham, que, no enflaquecido por parte de la criatura, mas confortado en la promesa del Criador, dio gloria a Dios, teniéndole por tan poderoso, que puede hacer todo lo que promete. Mas lo que había allí prometido era que Sara, estéril y vieja, pariría un hijo (Cf. Gén 18,10). Gran maravilla por cierto; mas muy más es que Dios Padre se dé por amor a una ánima estéril, a un gusano de la tierra, a un pecador e indigno de mirar el cielo y hollar la tierra y de comer un poco de pan. Que ame Dios, y de amor tan entrañable, a su criatura, el hermoso al feo, el rey al vasallo, el todo a la nada, cosa es de mayor maravilla y más bienaventurada de poseer, mas muy ardua de creer; y no pequeñas prendas son necesarias para certificarnos de tan grande honra tan grande riqueza y tan copiosa bienaventuranza. Porque si de esto nos dan suficientes prendas, ¿qué resta sino perder la vida, si es menester, por alcanzar el corazón de Dios Padre por nuestro y tenerle herido con saeta de amor?
  4. Alabada sea la bondad divinal, que a tanto llega, que nos da el bien que no merecemos, y exceden sus dádivas a lo que le pedimos, y aun a lo que deseamos, y aun a lo que entendemos, según dice San Pablo (Cf. Ef 3,20). Ninguna cosa le parece a Dios ardua en lo que toca a hacer bien a los hombres; y cuanto excede el alteza del cielo a la pequeñez de la tierra, son ensalzados de hacernos bien sobre la pequeñez de nuestro corazón para osarlo desear y pedir. En tus Pensamientos, Señor, para lo que cumple dice David— no hay semejable a ti (Cf. Sal 39,6).

Cierto es así, que el divinal y paternal corazón, conmovido de su entrañable bondad, se quiere poner en los hombres, y tenerlos por su tesoro, no para enriquecer El en ellos, sino para que, juntándose con ellos, los haga tan ricos, que lo posean a Él. Y el medio que para juntarse estos extremos tomó, fue su santísimo Hijo, Jesucristo nuestro Señor, según El mismo lo dice: Yo soy camino, verdad y vida; ninguno viene al Padre sino por mí (Jn 14,6). Sepan, pues, todos los que quisieren subir a la alteza del Padre, que la escalera es Jesucristo, su Hijo; sepan todos que otro medianero principal no hay si El no; porque, aunque los santos lo sean, sonlo por El y sonIo porque El fue medianero para que ellos tuviesen cabida con Dios; y que para todos es medianero, si quieren llegar a Él.

  1. —Mas ¿qué haremos, que también El es alto y altísimo, como la Iglesia lo canta? Y tampoco podemos llegar a su alteza, como a la de su Padre, pues en cuanto Dios tiene una misma alteza y en cuanto hombre está unido con la misma persona del Verbo de Dios.

—No os iréis por ahí llenos de achaques; días ha que respondió Dios a esas preguntas por boca de Moisés, y después de San Pablo: No digas  —dice Dios— ¿quién subirá al cielo y quién descenderá al abismo para traernos este mandamiento? (Cf. Dt 30,12). Lo cual declara San Pablo diciendo: ¿Quién subirá al cielo para traernos a Jesucristo? ¿Quién descenderá al abismo para traerlo resucitado? Muy cerca está lo que te es mandado; en tu boca está en tu corazón (Cf. Rom 10,6-8).

Pregúntasme dónde está Cristo, para que me llegue y por Él suba al Padre, y responderte he señalando con el dedo como San Juan Baptista, y decirte he tan grande verdad como dice él, y la mesma verdad que dijo él: He allí el Cordero de Dios, que quita los pecados del mundo (Jn 1,29). Allí está, vestido de unos accidentes de pan, y por harto más maravillosa manera que estaba cuando lo señaló San Juan con su dedo.

 

El que bien comulga, éste ha herido el corazón del Padre

 

  1. ¡Oh divinal amor del Eterno Padre, que puso por puerta para entrar a Él a Jesucristo, su Hijo, según Él lo dijo (Cf. Jn 10,9); y la pone tan cerca de los hombres y tan abierta de par en par, que parece que está convidando a que éstos entren por ella! El corazón del Padre, su Hijo es; quien a su Hijo tiene, el corazón del Padre tiene. Pónelo en aquel relicario descubierto, a que todos lo miren, tan en público como lo veis allí.

¡Oh sapientísimo Padre! ¿No sabe vuestra Majestad que lo que en  público se pone, siendo cosa preciosa o hermosa, que hay muchos que lo codicien? ¿No sabéis, Señor, que como vuestro siervo San Gregorio dijo: «El que lleva el tesoro públicamente, con la obra da a entender que desea que  se lo roben» 5? Vos, Señor, ¿no dijiste: Con toda guarda guarda el corazón, que de él procede la vida? (Prov 4,23). Y si la vida de nuestro cuerpo procede  del corazón, y por eso mandáis que lo pongamos a buen recaudo, ¿por qué no ponéis vos a mejor recaudo vuestro corazón, pues que de él procede la vida del nuestro y es fuente de vida, por el cual viven todas las cosas vivas en el cielo y en la tierra? Si fuera dineros, no fuera mucho guardarlos poco, pues valen poco; mas vuestro corazón, Señor, que es la suma riqueza, y que tanto vos amáis, ¿cómo no teméis que os Io roben, pues tan hermoso y rico es y tan en público está puesto y tan cerca de nos, que con cuatro o cinco pasos que demos llegaremos a él y lo tomaremos?

iOh invenciones de Sabiduría divina, manifestadora de su encendido  amor con los hombres, que, por ser tan admirables, ni se deben olvidar ni callar, pues por ellas se dijo: Declarad en los pueblos las invenciones de Dios! (l Cron 16,8). iOh deseo, oh sed intensa que tienes, Señor, de que los hombres te roben, te posean y sean bienaventurados por ti!

  1. El sol alumbra, calienta y alegra sin que nadie se lo ruegue, sino por su propia naturaleza; y el fuego y todas tus criaturas comunican Io que tú les diste, sin elección, sino por instinto de naturaleza que tú les pegaste, haciéndoles participantes en su modo de tu infinita liberalidad. Mas así como son en el ser más bajas que tú, no tiene que ver su liberalidad con la tuya; ellas, si se dan, no saben lo que hacen; mas tú, Señor, sabiendo qué haces, y sobre pensado, te comunicas de mejor gana y más copiosamente que ninguna de tus criaturas. iOh quién entendiese, Señor, tus caminos llenos de hermoso amor! Quién entendiese cómo en todas las  cosas, cuando no concedes y cuando concedes, y cuando haces y no ha ces, halagas y riñes, el fin que en todo pretendes es nuestra satisfacción y salvación eterna!
  2. Mándasnos, Señor, que cerremos y guardemos con toda guarda nuestro corazón, porque no se derrame por las criaturas y pierda a ti, que eres su vida; mandas que esté vacío de todo amor, como el altar de tus sacrificios, y para que todos sus senos se hinchan de ti y te posean; y mandándonos tú esta tan estrecha guarda de nuestro corazón, ipones tú el tuyo en público para que todos te lo puedan robar; y el nuestro no nos lo lleve nadie, y el tuyo te lo tomen todos!
  3. iAy del mundo ciego, que por enriquecer roba a los pobres y por hartarse beben cieno, anclan tras el viento y humo de la vana honra, Y aun de estas miserias no pueden alcanzar lo que desean! iY viéneseles a la  mano el amor y el corazón del omnipotente Padre, y no curan de él, pudiendo ser bienaventurados con él! Allí está, hombres, allí está el corazón y amor de Dios Padre; ¿por qué hay tan pocos codiciosos de él? Pregonamos que Dios Padre quiere dar su amor; ¿por qué tan tibios para lo recibir?
  4. Y si Dios os hace merced de estimar este don en lo que es razón; si vuestra ánima con entrañable deseo quiere vivir y ser amada en la oración de Dios Padre, yo os diré las saetas con que lo hiráis, las prisiones con que atéis el corazón invencible, y os enseñaré unos fortísimos bebedizos con que el corazón del Padre se captive de vuestro amor.

Mas ¿quién yo para dar testimonio de amor tan grande? Que aun los ángeles son pequeños para descubrir camino que lleva a una mina tan honda y a tesoro tan rico. Dígalo el mismo Hijo de Dios, el que, como dice San Juan, está en el seno del Padre (cf.Jn 8), el cual es Sabiduría que  puede errar; dígalo Él, y óiganlo sus cristianos con entera fe, y pónganlo en obra con mucho cuidado. Dice el Señor: El mismo Padre os ama,  porque vosotros me amaste a mí y creíste que salí de Él (Jn 16,27). He aquí con qué se gana el amor de Dios Padre, con amar y creer en su Hijo bendito. ¿Y qué cosa más fácil que amar a la misma Bondad? ¿Y qué cosa más debida que amar a quien de amor murió por mí?

  1. El leproso Naamán vino de su tierra al profeta Eliseo para que le diese salud, la cual los médicos no le podían dar; y mandóle el profeta que se fuese a lavar al río Jordán siete veces, prometiéndole salud si aque110 hacía; y él de enojado, no lo quiso hacer; y perdiendo el trabajo que había pasado, volvió a su carro, y tornábase a su tierra. Mas sus criados, que miraron el negocio más sin pasión, diéronle buen consejo: «Padre, si el profeta te mandara otra cosa dificultosa, fuera razón que la hicieras para alcanzar salud de un mal incurable; cuanto más que no te dijo sino una cosa muy fácil: desciende al Jordán y lávate, y cobrarás la salud deseada» (Cf. 2 Re 5, 13). Alabada sea, Señor, tu bondad, que, con la grande gana que tienes de darte, pides tan poco por ti; poco trabajo, cosa muy fácil amar a tu Hijo bendito.
  2. Cristiano, ¿no ves que tienes tantas razones para lo amar, que no debías preguntar: «Cómo querré bien a Jesucristo», sino: «Cómo lo dejaré de querer»? Si algún exceso hubiese, en su amor había de ser, y decir: “¿Qué haré, que me veo tan aficionado a Él, que antes es menester freno que espuelas?”. Amar a Jesucristo y quererlo, esto es lo que cuesta el ser amado del Padre. Y si quieres oírlo en menos palabras, el que bien comulga y se tiene por suyo, éste ha vencido, éste ha herido el corazón del Omnipotente Dios Padre. Cuando amas a Cristo y por su amor te pesa de los Pecados que has hecho, entonces mueres a ti y estás hecho hábil para  ser comido; porque vivo, si primero no muere, ¿quién le comerá? Y cuando con este amor y con la fe católica, confiado en la pasión del Señor, te llegas al altar y recibes aquel Señor que allí está, entonces Él, como más fuerte, según está dicho, te come a ti y te transforma en sí. Y con este engrudo de fe y amor quedas unido con El y hecho miembro vivo de Él descienden sobre ti los rayos del divino amor paternal, y te recibe por hijo, y te honra y enriquece como a tal.
  1. Jesucristo nuestro Señor es Hijo natural de Dios Padre, es el solo amado de Él, es el solo heredero, es aquel a quien, como dice San pablo le prometió la herencia del cielo, como a simiente de Abraham (Cf. Gal 3,16). hay, fuera de Jesucristo, bien ninguno de aquéstos; y en El, éstos y otros muchos. Quien se quisiere llegar a Él, quien bien lo recibiere, éste goza de las influencias y riquezas que Dios Padre puso en El.

iCosa mucha, cosa no oída, que el Hijo unigénito del Padre ande Él mismo buscando y trayendo a sus propios esclavos para que el Padre de Él los tome por hijos adoptivos y agradables y tratados a semejanza de Él! Suelen los hijos de acá no querer por compañeros hijos adoptivos; ni quiere nadie adoptar sino a quien le falta hijo legítimo. Mas el altísimo Padre, que es lico en misericordia (Ef. 2,4), teniendo sumo contentamiento de su Hijo legítimo Jesucristo nuestro Señor, quiso dar a los indignos esclavos parte en los bienes que dio a su unigénito Hijo, haciéndolos hijos amados, agradables y herederos; y por darles estos bienes no perdonó a su Hijo, mas entrególo a la muerte por todos (Rom 8,32).

  1. Dinos, Señor, por tu misericordia, dinos tú, que ahí estás callando: ¿Te pesó a ti de esta liberalidad que tu Eterno Padre hizo, tomando a los hombres por hijos y dándotelos a ti por hermanos, como acostumbran hacer los malos hermanos? iOh amor nunca oído! iOh corazón sin igual, más herido con nuestro amor que con la lanzada que le dio Longinos!, que estuviste tan lejos de pesarte de esto, que todos tus deseos, obras y palabras se emplearon en ello; y con grande instancia y profundos gemidos y derramamiento de lágrimas suplicaste tú a tu Padre que así lo hiciese (Cf. Heb 5,7); y fue tanto el gusto que tomaste en tener hermanos y compañeros en tus bienes y en tu herencia, que no dudaste de, con precio de tu propia sangre y tu preciosísima vida, rescatar los que eran esclavos, y comprar de tu Padre que los amase y tomase por hijos.
  2. «Murió el Único —dice San Agustín— por no quedar uno». No te sabía bien, Señor, el gozar de tu bien a solas si no viniesen los pobres a comer contigo y fuesen amados del celestial Padre. iCuán dulce cosa, Señor, es de pensar que, desde que fuiste concebido en el vientre de nuestra Señora, tomaste por empresa —y perdiste sobre ello la vida-— de que, como el Padre te amaba a ti, amase también a los tuyos! Y como Rut rogaba a Booz que extendiese su ropa sobre ella (Cf. Rut 3,9), así rogabas tú a tu Eterno Padre que el amor con que te amaba y cobijaba no te calentase ni pasase en ti sólo, mas pasase a los tuyos, haciéndolos participantes del corazón y amor paternal. Voz tuya fue, Señor; oración tuya fue con que oraste al Padre; en esta noche del Jueves Santo, un poco antes que fueses al huerto a ser preso por nosotros, muy más preso tú de nuestro amor, dijiste al Padre: El amor con que me amaste, esté en ellos, y yo en ellos (Jn 17,26). ¡Oh cosa admirable! ¡Oh empresa digna de tal Hijo! ¡Oh verdadero medianero y reconciliador, lazo de amor entre el Padre y nosotros! Yo en ellos, dices, Señor. ¿Quién son estos ellos, sino aquellos que bien te reciben con el cuerpo y con el ánima? Yo en ellos, como está la cabeza en sus miembros, y el amor con que me amaste esté en ellos. Y si queréis saber por qué, porque Cristo está en ellos, como en la misma oración lo había declarado, diciendo: Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfeccionados y conozca el mundo que me enviaste y los amaste a ellos como me amaste a mí (Jn 17,23). El amor del Padre está en Cristo, y Cristo está en los hombres; de manera que en Cristo se juntan Dios Padre y los hombres.
  3. ¡Oh dichosa comunión con Cristo! ¡Oh dichoso el trabajo que se pasa por bien comulgar! ¡Oh sustantífico bocado, con el cual confortado, es levantado el pobre del polvo y el menesteroso del estiércol (Cf. I Sam 2,8) y subido hasta la alteza del amoroso corazón paternal, y allí mora como en casa, allí se asienta como en silla y, en fin, como amado, en el corazón de su verdadero Amador! iAlábente, Señor, tus misericordias, tus maravillas que haces en favor de los hombres (Sal 106,8), pues que los levantas a que se junten con tu Hijo, para que los tomes por hijos en El!