Fundamento bíblico de la teología del Corazón de Cristo (Parte IV)

Cuarta parte y última de la conferencia impartida por Ignace de la Potterie S. I., en el congreso internacional del Corazón de Jesús  de Toulouse de 1981. Con el título “Fundamento bíblico de la teología del Corazón de Cristo”.
(Al final del artículo ha y un enlace para descargar  la conferencia completa)

                             IV- La consciencia  filial de Jesús

 

 

 

El tema de esta última parte, se dirá, ya ha sido tratado, pues acabamos de hablar de la filiación de Jesús revelada a través de su obediencia al Padre. Sin embargo la actitud filial de Jesús aparecería ahí tan sólo indirectamente, a través de esa obediencia; se trataba de un descubrimiento, hecho por los cristianos, de lo que tal obediencia implicaba; era, por lo tanto, fruto de la segunda lectura. Ahora debemos avanzar un paso más y tratar de alcanzarla en sí misma, para llegar a lo que hay de más profundo en el Corazón humano del Hijo de Dios.

Para captar bien la diferencia entre la obediencia de Jesús y su filiación es necesario acudir al texto de Heb 5,8: “aun siendo Hijo, con lo que padeció experimentó la obediencia”, con el magnífico comentario del Cardenal Newman. Según ese texto, la filiación es anterior con relación a la obediencia. Hablando estrictamente, tan sólo el hombre Jesús ha vivido en una total subordinación con respecto a su Padre; esa obediencia perfecta era una actitud de su naturaleza humana, era su comportamiento como creatura, como siervo, y, por consiguiente, una consecuencia de la encarnación.

En cambio, la actitud filial de Jesús ante su Padre lo constituía propiamente como Hijo de Dios. Ahora bien, es digno de notarse que los Evangelios nos señalen en el hombre Jesús una y otra de estas dos actitudes: la obediencia y la actitud filial. Y la segunda no es simplemente una interpretación teológica de la primera, hecha en la Iglesia primitiva. La consciencia filial de Jesús puede ser descubierta directamente en sí misma, y no tan solo mediante el rodeo de su obediencia: se trata del núcleo de la experiencia profunda del Jesús de la historia. Esto es lo que nos queda por demostrar; pero, dada la amplitud de la materia, hemos de contentarnos con un simple esbozo.

 

A)     El título “Hijo de Dios”

 

Detengámonos primeramente unos instantes en las confesiones de la fe de la Iglesia primitiva, para ver el puesto preeminente que ocupaba entonces el título de Hijo de Dios. En su epístola a los Gálatas, 2, 20, se expresa así San Pablo: “vivo en la fe del Hijo de Dios  amó y se entregó a sí mismo por mí”. Observemos en este texto el íntimo nexo entre la filiación de Cristo, su amor hacia los hombres y su oblación salvífica. A propósito de la encarnación, Pablo escribe un poco más adelante: “Envió Dios a su Hijo…, para que recibiéramos y viéramos la filiación adoptiva” (Gal 4,4-5).

Para Pablo, la filiación de Jesús es fundamental hasta tal punto que, a lo largo de todas sus cartas, utiliza esta misma fórmula: “el Padre de nuestro Señor Jesucristo” (Rom 15,24; 2 Cor 3,11; Ef,3;Col 1;3) Dios es el Padre de todos los hombres, pero lo es de una manera única con respecto a Cristo; y la finalidad de la revelación de la filiación única de Jesús es darnos la posibilidad de tomar parte en ella como hijos adoptivos.

En  la teología de San Juan, estos temas revisten todavía una mayor importancia. Juan escribe su evangelio para que creamos “que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios”(Jn 20,31; cf. 1 Jn 5,13). Para Juan, el título más característico de Dios es el de Padre, como lo demuestra la extraordinaria frecuencia de la palabra Pater en sus escritos; correlativamente, Jesús es para él el Hijo de Dios, o mejor todavía, “el Hijo único”, título que sólo Juan aplica a Jesús en el Nuevo Testamento (Jn 1,14.18; 3,16.18; Jn 4,9). En 2 Jn 3, Juan ha sabido expresar todo lo esencial de esta teología: “ Dios Padre y Jesucristo, el Hijo del Padre”.

 

 

B)     En el origen del título: la consciencia filial de Jesús

 

Debemos ahora remontarnos más allá de este empleo cristiano del título de “Hijo de Dios”; esté, ciertamente, indica la prerrogativa esencial de Cristo, pero nada dice sobre su consciencia. Preguntarse sobre esta realidad existencial de la consciencia filial de Jesús no puede tener sentido sino a nivel del Jesús concreto de la historia. Ahora bien, los más recientes estudios demuestran que el origen del empleo pospascuale del título “Hijo de Dios” hay que buscarla precisamente en esa consciencia filial de Jesús, a lo largo de su vida terrena. Veamos los datos esenciales.

Se puede considerar  como cierto que Jesús hablaba de Dios como Padre suyo en un sentido totalmente único. Es digno de notarse sobre todo el hecho de que, en los cuatro Evangelios, Jesús distingue constantemente entre “mi Padre” y “vuestro Padre”. A distancia tan sólo de unos cuantos versículos, Mateo utiliza las dos fórmulas: “vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 7,11) y “mi Padre que está en los cielos” (Mt 7,21). Esta distinción es todavía más patente en las palabras de Jesús a María Magdalena el día de la resurrección: “subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios” (Jn 20, 17).

Igualmente, en su oración Jesús utiliza una fórmula sin precedentes en toda la piedad judaica para dirigirse a Dios: “Abba”, Padre mío (Mc 14, 36). Y este empleo de tal manera impresionó a las primeras comunidades cristianas que Pablo ruega a los creyentes que, en sus oraciones, repitan a la letra esa palabra aramea de Jesús, para que, por la acción del Espíritu del Hijo, ellos también puedan llegar a ser hijos de Dios “ (Gal 4,6: Rom 8,15). Si Jesús considera a Dios como su Padre, es que Él se siente como Hijo suyo. Ciertamente, es probable que Él no se haya denominado así mismo como Hijo de Dios. Pero, en muchos pasajes, Él se define en un sentido absoluto, como “el Hijo”(Mt 11,25-27 par.; 21,37.38 par.;cf. 24,36 par.)

El primero de estos textos, el himno de júbilo, permite comprender mejor lo que debió ser la consciencia filial de Jesús. Cuando Él dice: “ todo me ha sido entregado por mi Padre” (Mt 11,27 a), se atribuye la soberanía universal que describía Daniel (7, 14); esta soberanía consiste aquí en el hecho de que Él posee los secretos de Dios, pero que también tiene el derecho y la misión de revelar. “Al hablar así – Escribe W. Marchel –, Jesús manifiesta su consciencia de ser el Rey del Reino”.

El contexto del versículo permite ver cuál es el objeto de esta revelación: es el misterio de la vida del Padre y del Hijo. El Padre conoce al Hijo, y el Hijo conoce al Padre; Este conocimiento recíproco es perfecto, exclusivo, único; pero el Hijo puede revelar ese misterio. Este conocimiento perfecto de Jesús es evidentemente la consecuencia de su filiación divina. Es precisamente en cuanto Hijo como Jesús conoce a Aquel que es su Padre.

Algunos textos de Juan permiten determinar mejor la fuente de ese conocimiento del Hijo: “Yo y el Padre somos uno” (Jn 10, 30; cf. 17, 11. 22 ); se da entre ellos una Eminencia recíproca: ”Yo estoy en el Padre y el Padre está en mi” (14, 11 ; cf. 10, 38; 17, 21. 23). Así pues, Jesús puede afirmar que conoce al Padre con un conocimiento inmediato, absoluto: ”Yo  le conozco (egó oida autón), porque vengo de Él”(7,29;cf. 8,55;17,25).

Se ha podido decir, pues, sin la menor exageración, que la relacción filial entre Jesús y el Padre era el centro de gravedad de la cristología. Toda la vida profunda de Jesús está orientada hacia el Padre. Esto es, sobre todo, lo que Juan nos enseña en ese final asombroso del prólogo (ya citado), donde ha recogido en pocas palabras todo lo esencial de su visión sobre el misterio de Cristo: “El Hijo único, vuelto hacia el seno del Padre, Él fue, Él mismo, la revelación” (1,18).

El misterio profundo de esa relación de Jesús con el Padre, y la inhabitación del Padre en Él y de Jesús en el Padre, ha sido siempre evocado admirablemente, en un sentimiento  espiritual y trinitario, por Guillermo de Saint-Thierry el amigo de San Bernardo. Explica él la pregunta de los primeros discípulos en Jn 1,38: “Domine, ubi habitas?” He aquí el comentario:

 

“Oh verdad, responde, te lo suplico, ¿Donde moras ?“Ven, dice, y verás. ¿No crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mi ¿” Gracias a ti, Señor (…): hemos encontrado tu lugar. Tu lugar es tu Padre; y, además, el lugar de tu Padre eres Tú: por este lugar, pues, estás localizado. Pero esta localización que es la tuya (…), es la unidad del Padre y del Hijo, la consustancialidad de la Trinidad”.

Se impone una última observación. En los diferentes textos que acabamos de citar, la relación filial con el Padre no es la del Verbo en Dios, a nivel exclusivamente Trinitario, sino la del hombre Jesús. En esto precisamente consiste su misterio: Él, Jesús, es el Hijo único; el que habla y obra en Él, es el Hijo del Padre; lo que nos revela es que Él es el Hijo, el Verbo vuelto hacia Dios, y que el Padre está en Él.

Se ve, pues, la importancia absolutamente central de esa conciencia humana que tenía Jesús en su Yo divino, o, digamos más bien, de su conciencia de ser el Hijo de Dios: esa conciencia filial es el “Corazón” de la Santa Humanidad de Jesús. Como decía recientemente H. Urs Von Balthasar, a propósito de Blondel y de su diálogo frustrado con Loisy: A partir de la mera objetividad histórica abstracta– Se puede añadir: a partir de una lectura horizontalista de los evangelios –  Será “siempre imposible arriesgarse a dar el salto hacia el misterio de la consciencia que Cristo tenía de sí mismo, de donde surgió la fe de la Iglesia”. Este misterio de la consciencia de Cristo, este misterio del Corazón de Cristo, sólo puede descubrirlo el cristiano que posee la fe en su propio corazón.

                                     C)La prolongación de Calcedonia

 

 

Decíamos al principio que uno de los requerimientos importantes de la cristología contemporánea es el de superar a Calcedonia y traducir su definición metafísica en términos de historia. Muchos teólogos se han adentrado por este camino, pero dos sobre todo han tratado de precisar teóricamente lo que debe ser esa superación. En el conocido volumen Das konzil von Chalkedon, B. Welte subraya que la tarea teológica actual es la de mostrar la dimensión histórica de la unión hipostática (P.74); es preciso mostrar la estrecha unidad central de lo histórico y lo que tan sólo aparentemente es suprahistórico en el dogma de Calcedonia (p.80) P.Hünermann reasume estas ideas y las desarrolla, aplicándolas más directamente al tema que nos ocupa: la divina filiación de Jesús. He aquí los títulos de las tres fases de su exposición: 1/ Él (Cristo) posee una misma naturaleza con nosotros en el tiempo. Elementos de solución para el programa del tiempo y de la historia en cristología; 2) La unión hipostática en el tiempo y en la historia; 3) Reflexiones sobre el tema teológico: “Hijo de Dios en el tiempo –hombre verdaderamente humano “

El autor propone una prolongación de Calcedonia, revalorizando plenamente la noción de perijoresis (penetración de la voluntad y de la operación humanas de Cristo por su voluntad y su acción divinas); esta noción, recordemoslo, había sido elaborada en los siglos VII y VIII por Máximo el Confesor y por Juan Damasceno con ocasión de la controversia Monoteísta. He aquí dos textos esenciales. El primero es de Máximo: “más allá de la condición humana, Él (Cristo) realiza todo lo que es humano, manifestando la estrecha unión… Y el concurso perfecto  de la acción humana con la potencia divina; pues la naturaleza, unida sin mezcla a la naturaleza, la penetra completamente ( di olu perikejoreke) ; nada de esta, está fuera de la acción de aquella, nada está separado de la divinidad, que está unida con Él según la persona (kaz` ypótasin)”. Y Hünermann comenta: “es, pues, en la prolongación de la cristología de Calcedonia como la operación concreta de Jesús está caracterizada como lugar de revelación…, y a la inversa, la acción de Dios se manifiesta como lugar de revelación de lo humano, de lo que es plenamente humano”. Veamos ahora otra definición, muy densa, de la perijoresis, la de Juan Damasceno: “las naturalezas de Cristo están unidas según la hipostasis…; poseen una interpretación recíproca (“en al-lélais perijóresin”)…,pero una y otra mantienen la diferencia de su propia naturaleza “. Hünermann observa con razón que esta concepción de la perijoresis progresa enormemente a la cristología.

Sin embargo, también tenía sus límites, pues la acción divina de la naturaleza humana la concebían de una forma puntual, instantánea, metafísica. Esta concepción debe ser prolongada, a su vez, mediante un esfuerzo por integrar la relación humana de Jesús en los acontecimientos concretos de su vida terrena, con el devenir real y el desarrollo que lleva consigo. El mismo, pues, propone ver la historia de Jesucristo como el acontecimiento (el devenir) de la unión hipostática.

Y ahora veamos lo que significa, por consiguiente, el que Jesús es “el Hijo de Dios en el tiempo”: “Jesús, en su caminar terreno, se manifiesta como Hijo de Dios, precisamente porque Él es el que cree integralmente en Dios, el que tiene como alimento la voluntad de Dios. Mediante la perfección de estas actitudes manifiesta Él que, en todas estas situaciones, es a partir de Dios como Él llega a ser Él mismo, como Él se comprende a sí mismo y como Él se hace también comprensible para los demás”.

Estas consideraciones, como se ve, se encuentran muy cerca de las que nosotros mismos hemos desarrollado. Simplemente se podía advertir que el aspecto específicamente filial de la vida de Jesús, y  sobre todo de su consciencia filial, se hubiera podido poner más de relieve.

 

                                         D)Conclusión

 

Procuremos sintetizar en pocas palabras este estudio, para resaltar mejor lo que puede aportar para una profundización de la teología del Corazón de Cristo. Dado que la idea de historicidad domina todo el pensamiento moderno y que la cristología contemporánea se orienta directamente hacia el Jesús de la historia, nos ha parecido que ahí existía una posibilidad para reorientar nuestro problema. Se trataba, pues, de procurar descubrir los sentimientos profundos del Corazón de Jesús en el decurso de su vida terrena.

Tres aspectos nos han parecido fundamentales: Jesús ha predicado la venida del Reino de Dios, pero mostrando progresivamente que ese Reino se realizaba en Él mismo. Por otra parte Jesús ha vivido en un obediencia asombrosa para con Dios, lo que revelaba que, en cuanto Hijo, debía su mismo origen al Padre. Sin embargo, Él vivía con el Padre en una intimidad no menos asombrosa: era la intimidad del Hijo único, siempre vuelto hacia el seno del Padre.

Estas tres dimensiones delimitan, por así decirlo, todo el espacio interior del misterio de Cristo: Por su obediencia de Siervo, Él realizaba la obra de la salvación; por su vida filial, Él se revelaba como el Hijo venido de junto al Padre viviendo en estrecha unión con el Padre; y de este modo nos otorgaba el poder de participar en su filiación, que es precisamente la realización de la obra de la salvación. Por fin, mediante la identificación de sí mismo con el Reino de Dios, Él manifestaba, con respecto a todos nosotros, su propia trascendencia, ya que tomaba parte en la misma soberanía de Dios.

Todo esto nos ofrece la posibilidad de penetrar un poco en la consciencia de Cristo. Los Evangelios, leídos con la fe de la Iglesia, permiten, en efecto, descubrir ese triple aspecto del misterio en el Corazón humano de Jesús. Se le puede, pues, aplicar la siguiente expresión, tan del gusto de Pascal: “el corazón es el lugar natural de la verdad”. Esto no se cumple ningún hombre con tanta  exactitud como en Cristo, ya que solamente Él ha podido decir: “Yo soy la verdad”. El Corazón de Jesús es, pues, por excelencia, el lugar de la verdad, ya que es de ahí desde donde irradia todo el misterio del Hijo de Dios.

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