Fortaleza y generosidad en el combate espiritual

Entre las virtudes preparatorias para el reinado del Corazón de Jesús, una de las más necesarias es la fortaleza. Esta es la tercera de las virtudes cardinales. Entiéndase por fortaleza una disposición reflexiva del alma, que nos hace soportar con alegría las contradicciones y las pruebas. En efecto; sería   muy peligrosa ilusión creer que la devoción al Sagrado Corazón quita lo que hay de rudo y difícil en la vida cristiana. Sí, proporciona a los fieles medios más eficaces para conducirlos a la perfección, no los dispensa de lo que es como la esencia de nuestra vida espiritual, el combate: Militia est vita hominis super terram. Los devotos seguidores del Sagrado Corazón deben contar con más violentos asaltos aún que los demás cristianos; les están reservados a ellos los dardos más acerados del mundo y del demonio.

Escuchemos lo que dice Santa Margarita María de la necesidad de la fortaleza y de las armas que es preciso emplear en el combate espiritual.

Combate espiritual entre angel y demonio

Necesidad de la virtud de la fortaleza.

 

Que la fortaleza sea indispensable a los devotos del Corazón de Jesús, lo indica la naturaleza misma de la devoción a este Divino Corazón. Esta devoción, en efecto, tiene por objeto establecer entre nuestra alma y el Sagrado Corazón una estrecha unión de amor; según esto, innumerables y poderosos obstáculos, tanto interiores como exteriores, se han de oponer al establecimiento de este amor, y a su conservación una vez que se le posea. ¿Cómo superar estos obstáculos? Sólo por la fortaleza, y la fortaleza más que ordinaria.

Para alentar a los que se inician en la vida espiritual, es cierto que Nuestro Señor les concede ordinariamente consuelos interiores; mas estos consuelos transitorios no tienen otro fin que prepararlos a los grandes sacrificios de la vida cristiana.

“Estando ya revestida con nuestro Santo Hábito, escribe la Santa hablando del tiempo de su noviciado, me dio a conocer mi divino Maestro:

Que éste era el tiempo de nuestros desposorios, los cuales le daban nuevo dominio sobre mí; que me imponían doble obligación: la de amarle y la de hacerlo con amor de preferencia. Enseguida me declaró que no me iba a hacer gustar, durante este tiempo, sino lo que hay de más dulce en la suavidad de sus amorosas caricias; pero que nada perdería, debiendo ser la Cruz mi patrimonio.”

Tal es la historia de mi vida cristiana; vida de cruz y de combates. Las alegrías no aparecen en ella sino como raros claros en un cielo tempestuoso; las consolaciónes de la paz son treguas momentáneas en medio de una perpetua guerra, para que los combatientes recobren aliento y se preparen a nuevas luchas.

“Es preciso estar resueltos a sufrirlo todo y a hacerlo todo sin cansarse, porque los flojos y los tibios serán rechazados”, dice Santa Margarita María.

La sierva de Dios insiste mucho en sus escritos sobre la necesidad de proveerse de fortaleza para sufrir con paciencia y hasta con alegría las penas sin número que nos esperan, y sobre todo para combatir a los enemigos de nuestra salvación.

“Ya veis, mis queridas hijas, decía a sus novicias; no debéis haceros ilusiones; no obtendréis nada sino combatiendo, y a punta de lanza; quiere decir que seáis de esos violentos que arrebatan el cielo por la fuerza y que seáis fieles en no consentir en la sugestiones del demonio. “

“No  habéis superado a un todas las dificultades, añadía; pero ¡buen ánimo! El Corazón de Jesús permite al lobo infernal que nos combata, para tener ocasión de recompensarnos y ser Él  mismo el premio de nuestras victorias. Creo que pretende probaros como el oro en el crisol, con objeto de colocaros en el número de sus más fieles siervas. Manteneos siempre fuertes y constantes en su santo amor. Ruego al Sagrado Corazón de nuestro Señor, puesto que no es su voluntad que cese la tempestad en vosotras, que  Él Sea vuestro sostén. “

“Pienso, decía también, que Nuestro Señor no disminuirá vuestras penas y combates interiores.  Quiere que le hagáis otros tantos sacrificios de vuestra voluntad como ocasiones os proporciona. No dejaréis de ver multitud de razones para apartar lo que enfada, porque vuestro corazón se inclina demasiado a la criatura; pero si en estas ocasiones sois fieles en cumplir lo que habéis prometido al Sagrado Corazón; si, confiando en su bondad, combatís valerosamente, os otorgará libremente sus favores y alcanzaréis por fin la victoria y la paz en el Divino Corazón.”

“Tengo que deciros, escribía a varias personas que se dejaban llevar de la negligencia, que al rogar por vosotras me ha venido esta idea: que deseando el Sagrado Corazón fundar su imperio y el reinado de su amor en vuestro corazón, vosotras le destruís para establecer el de la criatura; Él no permitirá que encontréis  verdadero descanso más que en el perfecto desprendimiento de la misma criatura, lo que no tendréis huyendo, ni alcanzaréis victoria sino combatiendo.

Decís que vuestro pobre corazón es atormentado por una inclinación que le lleva al mal; yo espero que esa inclinación no logrará impediros ser toda de Dios y poseerle. Con el auxilio de la gracia y la resistencia que vos habéis, obtendréis grandísimo mérito.

Comencemos seriamente a trabajar en nuestra salvación, pues nadie lo hará por nosotros; porque Él mismo que nos hizo sin nosotros, no nos salvará si nosotros. Tenemos que luchar, a ejemplo de los Santos, contra nosotros mismos hasta el fin, y morir con las armas en la mano, porque la corona sólo se concede a los victoriosos. ¿Tendríais valor para negar vuestro trabajo a vuestro Soberano? No; no puedo creerlo.

Os ruego encarecidamente aprovechéis las gracias que el Divino Corazón de Jesús está pronto a haceros, a fin de que Él os consuma en sus más puras llamas y os reciba en la muerte; mas esto no será sino después de haber combatido toda nuestra vida.”

Además cristianas que aspiráis al honor de entrar al servicio del Sagrado Corazón, preparaos para las tentaciones y para la lucha y revestíos de la armadura de los fuertes. Más ¿con qué armas combatiréis?

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo 1), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducida por primera vez al Español en 1910.