El arte de restar

Ante todo advierto que yo miro con mucha prevención, y no poca antipatía, esta operación aritmética, como todas las de sustracción, tal vez porque de ordinario tenga más sabor cristiano dar que quitar.

¿Cómo restan Dios, el hombre y el demonio?

La resta de Dios

Dios nuestro Señor, que es el gran Sumador (perdónese la palabra) y el gran Multiplicador, tanto en el orden natural como en el sobrenatural tiene a veces que ponerse a restar.

Las operaciones predilectas de Dios puede decirse que son las de sumar y multiplicar dones, gracias y maravillas, esas son las tareas en que se ocupa con más gusto la actividad infinita de su bondad, de la que es propio comunicarse y difundirse en incesantes efluvios de amor.

Pero para conservar esas sumas de cosas buenas que da, tiene en no pocas veces que restar cosas malas que hay en nosotros.

Unos cuantos ejemplos, ellos mejor que otros razonamientos enseñaran la exquisita delicadeza y bondad inefable de nuestro Padre en las restas que hace en sus criaturas.

¿Veis aquélla cara de quince primaveras, verdadera suma de maravillas y encanto?

¡Qué ojos! ¡Qué nariz! ¡Qué labios! ¡Qué colores! No falta un sumando para que aquella suma total se pueda llamar a boca llena una cara hermosa.

Y ved ahora un proceso muy curioso y muy triste.

Se entera la agraciada de lo que vale su cara (el diablo y su humanidad se encargan de enterarla bien), y en vez de levantarla toda ella al cielo para buscar allí a quien se la ha dado y rendirle gracias, la vuelve a todos lados buscando adoradores de la misma.

Es decir, comienza una idolatría en la que hace de ídolo la cara de referencia o cualquiera de sus encantos, de sacerdotisa la vanidad propia, elevada a la potencia, y de adoradores (pongámoslo en latín para que ofenda menos) animalis homo …

Decidme, ¿no será una obra de mucha misericordia en Dios el restar un poco aquella suma para que se acabe el ídolo y con él la idolatría? Y ved ahí la razón de ser de esas caras picadas de viruelas, de esos ojos bizcos, de esas narices larga o romas, de esos dientes rebeldes, de esas bocas que huelen y no ámbar, de esos cabellos encanecidos o caídos prematuramente, y de ese sinnúmero de miserias que afligen las caras de la pobre humanidad.

Son restas que remedian o precaven los abusos de una suma…

Lo que os he dicho de las caras aplicadlo a las inteligencias esclarecidas, a los corazones magnánimos…, y a todo lo bueno que lleve la marca del hombre. Yo os aseguro que más tarde o más temprano, al lado de esas grandes sumas de cosas buenas, encontraréis restas de limitaciones, defectos naturales, idiosincrasias y miserias que Dios permite en odio y en prevención de la idolatría consabida.

¡Pobres de nosotros, si con esta carne pecadora y con este espíritu soberbio que nos legó el pecado original, Dios no nos hubiera dado más que sumas y no hubiera puesto o permitido algunas  restas!

Y ¡dichoso nosotros, si sabemos entender esas restas para aprovecharnos de las sumas!

Nuestras restas

Ese podría ser el título de un libro en el que habría que decir cosas muy feas y muy desagradables de nosotros.

Diríase que gran parte de la historia de la humanidad podría escribirse sólo con un sí, y con este triste signo: ¡—————-!

Estúdiese bien la historia del hombre a su paso por la tierra en sus relaciones con Dios, hacedor y gobernador supremo, como en sus relaciones con los demás hombres, y se sacará el convencimiento de mi afirmación.

¿En qué otra cosa se ocupa de ordinario el hombre, sino en sumarse el mayor número posible de bienes reales o ficticios a costa de lo que resta a Dios y a su prójimo?

¿Qué es un soberbio?

Un hombre que trata de sumar para sí toda la gloria que le resta Dios.

¿Qué es un incrédulo?

Un hombre que quiere sumar para sí todo el crédito que le resta Dios.

¿Qué es un avaro?

Un hombre que trabaja por su madre en sus arcas todo el dinero que resta al bolsillo ajeno.

¿Qué es un lascivo, un calumniador, un ambicioso, un revolucionario?

El hombre que trabaja por sumar para sí la tranquilidad, el honor, el derecho, el bienestar que resta al prójimo o la sociedad.

Y escudríñese bien por todos sus rincones de la historia del hombre abandonado a sus propios instintos, y en resumidas cuentas no se sacará en claro más que eso: que cada hombre y cada pueblo, en cuanto se desvía de Dios, no se ocupa más que en restar gloria a Dios y bien al prójimo, para convertirlos en sumandos de su insaciable egoísmo. Casi siempre en el fondo de las conquistas, adelantos, inventos y luchas del hombre no hay más que eso: una suma egoísta formada con los residuos de una resta injusta.

Y ahora una autopregunta:

¿Soy yo  de los que restan?

¿A Dios? ¿A los prójimos? Y de éstos, ¿a mis criados, amigos, familia, conocidos, dependientes…?

¡Qué buen punto para un examen de conciencia!

Cuyo resultado, entre otras ventajas, tendría la de ser matemático.

La resta del demonio

Esta sí que es la operación favorita del diablo.

¡Restar y dividir! ¡No hay quien le gane a eso!

Y se explica: así como la acción vivificadora de la bondad de Dios es sumar y multiplicar, la acción del odio no tiene más remedio que ser acción esterilizadora de resta y división.

¿Y cómo resta el rey del odio?

Por un procedimiento sencillo y que, por lo antiguo, debiera ser muy conocido y por desdicha nuestra no lo es.

Vedlo aquí.

Para restar, basta poner debajo de la cantidad de que se va a restar, y que por esta razón se llama minuendo, otra inferior, que por ser la que se va a restar se llama minuendo.

Y funciona así: ve el demonio que un alma ha recibido de Dios una buena suma de dones y gracias, ve que ese alma trabaja con ahínco para aumentar esa suma con la correspondencia y la cooperación fiel de la voluntad, y con suavidad y finura, que recuerdan sus cualidades de ángel, va metiendo un sustraendo a aquella cantidad de méritos y buenas obras. Y cuando esto lo ha logrado, deja a la fuerza de las cosas el verificar la resta. Y cuenta que no para hasta lograr una lista de ceros por resultado de la operación.

¿Sabéis cómo se llama ese sustraendo misterioso?

Con sólo daros el nombre, os convenceréis de que no he fantaseado en la aplicación del procedimiento diabólico.

Los números de ese sustraendo se llaman vanidad, orgullo, envidia, sensualidad, afán de comodidades, de popularidad, debilidad de carácter, y otros parecidos. Y la cantidad que con esos números se forma, se llama amor propio.

¿Os enteráis bien? El amor propio, con sus hijos enumerados, es el gran sustraendo de las restas del demonio.

Es algo como el célebre tío Paco el de las rebajas.

¡Y a que estudio tan interesante y tan sorprendente se prestaría un cuadro en el que apareciera gráficamente la acción de ese sustraendo sobre las almas de los buenos!

Sin verlo, es, y ya por los frutos se adivina, que debe haber muchas almas que padezcan ataques y hasta indigestiones del dicho sustraendo.

¿Verdad que en muchas obras de la gente que pasa por buena se nota no pocas veces la presencia del maléfico sustraendo?

Y lo peor del caso es lo difícil de que la víctima de la resta demoniaca se dé cuenta de que lo están restando miserablemente.

Y peor, todavía, el chasco que se llevarán algunos y algunas al presentarse ante el justo Juez a darle cuenta de la vida y encontrarse en vez de una suma total favorable, una resta contraria. ¡Vaya si será chasco!

Conque, amigos, mucho ojo con la resta que, como veis, es una operación aritmética que hay que mirar con prevención.

Porque cuando menos se lo piensa uno, se encuentra con un signo que deja al mismo y a sus obras a la luna de Valencia.

 

Del libro “ Granitos de sal”  San Manuel González, Obispo.