Devociones unidas a la devoción al Corazón de Jesús

Devoción a la Santísima Virgen y a San José

 

Entre las devociones conforman el cortejo real de la devoción al Sagrado Corazón, coloca  Santa Margarita María en primer lugar la devoción a la Santísima Virgen y a San José.

Aun cuando en los escritos que nos quedan de la sierva de Dios no se haga frecuente mención del Padre en nutricio de Jesús, es lo cierto que ella unía en un mismo amor a María y a José. “la Santísima Virgen, decía, será mi buena Madre y tendré a San José por protector.”

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 La devoción a María es el camino que conduce al Corazón de Jesús

Ad Jesum per Mariam! ¡Por María se llega a Jesús! Este axioma de salvación se realiza especialmente en la devoción del Corazón de Jesús; por María llegó Santa Margarita al Sagrado Corazón, y el mismo camino nos invita a seguir la sierva de Dios.

Santa Margarita habla con la mayor ternura de la confianza que desde su más tierna edad tuvo en la Santísima Virgen. Muchas y extraordinarias son, en efecto, las gracias con que fue favorecida por esta divina Madre.

“La Santísima Virgen, dice la Santa, siempre ha tenido grandísimo cuidado de mi; a ella acudía en todas mis necesidades, y ella me apartó de grandísimos peligros. (Siendo muy niña aún) no me atrevía del todo a dirigirme a su divino Hijo, sino siempre a ella, a la que ofrecía la coronita del rosario, de rodillas, hubo haciendo otras tantas genuflexiones, o besando la tierra cuántas veces decía el Ave María. Me pusieron (como pensionista) en una casa religiosa (en las urbanistas o Clarisas de Charolles).

Caí en un estado de enfermedad tan lastimoso, que estuve unos cuatro años sin poder andar. Los huesos de rasgaba la piel por todas partes; por esta causa no me dejaron más que en dos años en el convento. No pudo hallarse otro remedio a mis males que el de consagrarme a la santísima virgen, prometiéndole que si me sonaba sería algún día una de sus hijas. Apenas hice este voto, recobre la salud con una nueva protección de la santísima virgen. Pues se hizo dueña de mi corazón de tal modo, que, considerándome suya, me portaba como consagrada a ella; me reprendía mis faltas y me enseñaba hacer la voluntad de Dios.

Mi Madre tuvo en la cabeza una iris y de la mortal, de una hinchazón, coloración y dureza espantable. Se contentaron con hacerlas sangrar por un pobre cirujano de pueblo que pasaba, el cual me dijo que sin un milagro no podía recobrar la salud. Y nadie se afligió mi preocupo por esto más que yo. Durante todo el tiempo de ésta y otras enfermedades de mi madre, no tomaba casi nada de alimento y con frecuencia pasaba las noches sin acostarme y casi sin dormir. En medio de las angustias en que continuamente me hallaba sumergida, sólo recibía burlas, injurias y acusaciones; no sabía dónde refugiarme, a quién acudir, ni a quién dirigirme sino a mi amparo habitual, la santísima virgen y a mi soberano maestro; y contra toda apariencia humana mi Madre Sanó en pocos días.  (lo que me dio esta confianza fue que, siendo niña), un día (en la oración) mi Salvador medio esta respuesta:

“Te entregado a la solicitud de mi santísima Madre, para que ella se formen según mi designios.”

            Así, pues, me ha servido de buena Madre, y jamás me ha negado su socorro. A ella acudía en todas mis penas y necesidades con tanta confianza, que me parecía que no tenía nada que temer bajo su maternal protección. En aquel tiempo le prometí ayunar todos los sábados, rezar el oficio de su inmaculada concepción, cuando supiera leer, y hacer siete genuflexiones todos los días de la vida, con siete Avemarías, para honrar sus siete dolores, y me entregué por esclava suya, pidiéndole que me aceptara por tal. Yo le hablaba sencillamente como una hija a su buena Madre, por la que sentía un amor verdaderamente tierno.

Haciéndome determinado por la vida religiosa, mi madre y los otros parientes querían que fueses monja en el convento de las Urbanitas de Charolles, y no sabiendo ya como defenderme de ellos, mientras mi Hermano fue a tratar de mi dote, yo me dirigí a la Santísima Virgen, mi buena maestra, por intercesión de San Jacinto, a quien hice muchas súplicas. También había mandado decir muchas misas en honor a mi Santa Madre, quien con su dándome me dijo amorosamente: nada temas; tú serás mi verdadera hija y yo seré siempre tu buena Madre. Me tranquilizaron tanto estas palabras, que no me dejaron duda de que se cumpliría esto, a pesar de las oposiciones. (Por esta causa) no podía dar otra razón de mi vocación a (la visitación de) Santa María, sino que quería ser hija de la Santísima Virgen.”

Cuando Santa Margarita llegó a su querido Paray, y de nombre y derecho fue la hija de la Santísima Virgen, su devoción a María no tuvo límites.

Entre los maravillosos favores que fueron su recompensa, referidos en otro lugar, nos concentraremos con recordar el mayor de todos los la vocación de la Santa Para ser “la apóstol del Sagrado Corazón”.

Nuestro Señor le mostró la siguiente visión:

“Un día de la fiesta del Corazón de la Santísima Virgen, dice, después de comulgar, nuestro Señor me manifestó tres corazones, de los cuales el que estaba en medio parecía muy pequeñito y casi imperceptible; los otros dos eran luminosos y resplandecientes; uno de estos excedía incomparablemente al otro; y oí estas palabras:

 Así es como mi puro amor une estos tres corazones para siempre.

Los tres formaron uno solo. Esta visión verlo bastante tiempo y me inspiró sentimientos de amor y agradecimiento que me sería difícil expresar.”

Los dos corazones grandes eran los Sagrados de Jesús y de María, y el más pequeño el de nuestra Santa. Desde aquel momento comprendió la sierva de Dios que no tenía que separar en su corazón la devoción al Corazón de María de la devoción al Corazón sagrado de Jesús. Por lo cual no es extraño que termine así sus cartas: “soy vuestra con el más tierno afecto de mi corazón en el amor del Corazón de Jesús y en el de María.”

Si queremos obtener el don tan precioso de la verdadera devoción al Corazón de Jesús y la gracia mayor todavía de ser apóstoles de este divino Corazón, comencemos, por acudir con confianza la Santísima Virgen.

“No podremos hacer acto más agradable a Dios que honrar a su Madre, dice la Santa; María nos hará perfectos discípulos del sagrado Corazón de nuestro Señor. Este divino Corazón quiere que (se pida a) la Santísima Virgen interponga su valimiento, para que Él socorra a cuantos se dirijan á Ella.

Para convertiros en (verdaderas) discípulas del Corazón de Jesús, decía a sus novicias, os recomiendo que seáis en todo verdaderas hijas de Santa María. Diréis todos los días AVE MARÍA, FILIA DEI PATRIS  y tres Sanctus Deus, con la intención de penetrar muy adentro en la amistad del Corazón divino y de poder establecer su devoción en la comunidad.”

 

Las bellísimas lecciones y ejemplos que Santa Margarita María nos ofrecen, muestra con evidencia la dulce necesidad que tenemos de recurrir a María, para adquirir el precioso tesoro de la verdadera devoción al Corazón de Jesús.

 

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús(tomo2), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Monmatre. Publicado en Francia en 1897 y traducida por primera vez al Español en 1910.