El desprendimiento, el arma indispensable del devoto del Sagrado Corazón de Jesús(II)

Extensión del desprendimiento

“¡Oh! ¡Que es muy estrecha la senda, como dice el evangelio, y pocos los que la hallan!”. ¡Menos aún los que recorren todas sus etapas.!

Cinco grados principales se pueden distinguir en esta virtud del desprendimiento.

Los tres primeros, indispensables a todo el que quiera adquirir verdadera devoción al Corazón de Jesús. Para llegar a ser verdadero servidor de este Corazón divino es preciso:

1º. Desterrar de nuestro corazón toda  afición a las criaturas, por poco  culpable que sea o simplemente peligrosa;

2º. Estar dispuesto a dejar, no solo sin murmuración, sino con sincera sumisión, los bienes terrenos que la divina providencia nos ha concedido, si place al Señor despojarnos de ellos;

3º. Soportar con paciencia los trabajos y pruebas que Dios nos envíe.

Nadie puede pretender tener parte en los frutos de la devoción al Sagrado Corazón sin antes haber subido estos tres primeros grados del desprendimiento.

En cuanto al primero, dice Santa Margarita:

“Si Dios permite que sintáis disgusto (en el servicio de Dios), en la oración y en la práctica de la virtud, es porque gustáis  demasiado de la críatura. No hallaréis (el fervor de la devoción) y la verdadera paz, mientras no estéis en el perfecto desasimiento en  que Dios os quiere.

Para ello hay que sacrificar (todos los afectos peligrosos) y los vanos placeres y entretenimientos que ocupan vuestro corazón inútilmente.”

Respecto al cuarto grado dice:

“Si el Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo permite que encontréis inconstancia y dificultades en las criaturas, sí hace que experimentéis algún olvido o desprecio, regocijados, y considerar que es porque os ama y para que las desterréis de vuestro corazón.

No queriendo  Dios que os apeguéis a lo que es perecedero, sino a Él solo, y queriendo poseer vuestro corazón entero, únicamente le hará hallar  amargura en todas las cosas de aquí abajo, a fin de que, apartando de las criaturas todos sus afectos, ese corazón permanezca todo abismado de Dios por la unidad del amor a vuestra  abyección.

Trabajemos, pues, con energía, porque no hay para nosotros perfección fuera de esto.”

“Debemos estar despojados de todo, a imitación de nuestro Señor, para revestirnos con el manto de la inocencia y de la pureza que encontraremos en medio de nuestras penas, si procuramos llevarlas así (no sólo con paciencia y sin murmuración, sino con alegría), y rompemos con todas las cosas creadas, pues el Señor quiere poseer nuestros corazones en un perfecto desasimiento de todo. Dios nos ama y quiere salvar, pero por un camino  todo sembrado de espinas. Las punzadas producirán rosas que no se marchitarán jamás. ¡Sea bendito su Santo Nombre.!”

El quinto grado de desprendimiento propuesto por la Santa a las almas fuertes y valientes, es la renuncia completa, especie de muerte, a todas las aficiones terrenas. El primer grado exige solamente la renuncia de los afectos culpables o peligrosos, el quinto pide  el sacrificio de todo afecto puramente natural, por bueno que parezca.

Inmenso es, como vemos el campo abierto a las almas generosas, aún a las que viven en el mundo y quieren alcanzar el perfecto amor al Corazón de Jesús; no lo conseguirán sino por la práctica de un absoluto y universal desprendimiento.

¿Quiere esto decir que no le sea permitido amar a ninguna criatura?

Ciertamente que no, pero esté afecto que el devoto del Corazón de Jesús puede conservar a las personas y a las cosas, debe estar supeditado al amor de este divino Corazón, mejor dicho, debe amar a las criaturas con el amor con que el Corazón Sagrado de Jesús las ama.

Es menester que toda afición que exceda, por poco que sea, esta divina medida, sea cercenada sin compasión por el desprendimiento. Las menores concesiones hechas al amor de la criatura, las miraba la Santa como otros tantos hurtos sacrílegos hechos al amor debido al Sagrado Corazón; por esta causa la censuraban con la mayor energía, sobre todo en las personas consagradas a Dios y en las almas que ella sabía estaban llamadas, aun en medio de el mundo, a la perfección del divino amor.

“No os olvidéis, decía a sus novicias, que el Sagrado Corazón de nuestro Señor se retirará del vuestro, si os apegáis a alguna otra cosa fuera de ÉL; sino arrojáis de él a las criaturas, se saldrá Él; sino las dejáis, así como su amor, Él os dejará a vosotras y os quitará el suyo; sin pensáis en querer dividir vuestro corazón, os abandonara y se alejará, pues ya sabéis que no quiere un corazón dividido; no hay término medio; lo quiere todo o nada; quiere poseer todo o dejarlo todo ¡su Corazón bien vale el vuestro, por lo menos!”

Contestaba a  una persona del mundo que le había manifestado deseo de vida más perfecta:

“Ruego a nuestro Señor que sea Él mismo vuestra fortaleza para llegar a la perfección de sus verdaderas esposas crucificadas, quienes para seguirlo deben sin reserva ofrecerse de corazón y afecto como siervas que le están eternamente consagradas y sacrificadas. Pero, Dios mío, ¿qué os quiero decir con estas palabras? ¿Tendréis bastante valor para ponerlas en práctica, es decir, para morir continuamente a vuestra inclinaciones, pasiones y satisfacciones; en una palabra a todo lo que pertenece a la naturaleza inmortificada, para que viva Jesucristo en vos por su gracia y por su amor?”

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A otras personas escribía:

“Si yo no me engaño, he aquí en pocas palabras lo que creo es lo principal: el Señor quiere enseñarnos a vivir sin apoyo, sin amigos, sin placeres; a medida que pensemos en estas palabras, Él nos dará su inteligencia.

Es preciso que vivamos en entera desnudez de todo lo que no es Dios y de todo lo que puede contentar a nuestras inclinaciones y entretener nuestros afectos; porque a medida que nos llenemos de estas cosas, Él  nos despojará de sus gracias. Seamos pobres de todo y el Sagrado Corazón nos enriquecerá. Vaciémonos de todo y Él nos llenará.”

“Por el amor de Aquel que por nuestro amor quiso privarse de consuelo en todo el curso de su vida paciente, no se debe en esta vida de privación buscar más consuelo que de no tener ninguno, renunciando a toda  vana satisfacción y a todo propio interés para llenar nuestro corazón del puro amor.”

“ Deseo, pues, que podamos dejarnos y olvidarnos a nosotros mismos por la completa renuncia de todo lo que pudiera dar alguna satisfacción a la naturaleza, para no ver ni tener más que nuestro Único necesario,  el cual desea esto de nosotros”

¡Ah! ¡Cuántos cristianos se engañan pensando que pueden unir el amor del mundo, de sus diversiones, placeres, vanidades, modas y el amor de sí mismos y de sus pasiones, con el amor del Corazón de Jesús! ¡Cuántos hombres miran la virtud del desprendimiento como virtud del claustro, de la que no tienen que ocuparse las gentes del mundo! ¡Peligrosa ilusión! El desprendimiento es virtud cristiana, cuya práctica es necesaria, al menos en sus tres primeros grados, a todos aquellos que quieren ser discípulos de Jesucristo, y con mayor razón a los que aspiran a ser verdaderos devotos de su divino Corazón. No obstante, debemos añadir que este desprendimiento perfecto que parece tan difícil y casi imposible, sobre todos los dos últimos grados, es asequible a todos los verdaderos cristianos; puede llegar hasta ser dulce y fácil, si nosotros queremos. “Para ello, nos repite otra vez la Santa, amad  al Corazón de Jesús. (Uno de los principales frutos del amor al Sagrado Corazón) es convertir en dulce y agradable lo que es amargo a la naturaleza.”

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús(tomo 1), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducida por primera vez al Español en 1910.