Cualidades del amor al Sagrado Corazón que se refieren especialmente a la unión con el Divino Corazón (Segunda Parte)

El amor al Sagrado Corazón debe ser amor crucificado.

“Es necesario que  el puro amor sea el sacrificado y el consumador de nuestro corazón, como lo fue del de nuestro buen Maestro; el Sagrado Corazón debe ser el altar de nuestros sacrificios y todo cuanto hay en nosotros debe purificarse por su amor crucificado, que no siente alegría más que en el sufrimiento, conformándose así con el Amado. Hay que avanzar más y más en las sendas de este amor, aunque sean dolorosas a la naturaleza. Sí, hay que amar a este único amor de nuestra alma, nuestro único bien, ¡cueste lo que nos cueste ¡”

Como vemos el sufrimiento fue el carácter distintivo del amor de Santa  Margarita al Sagrado Corazón. “Un día, refiere ésta, nuestro Señor me honró con una de sus visitas, y me dijo:

Hija mía, ¿quieres darme tu corazón para que descanse en él mi amor doloroso, que todo el mundo desprecia? “

Yo le respondí: ¡Señor mío! Vos sabéis que soy toda vuestra; haced de mí lo que queráis.”

“Como consecuencia de esta aceptación, he aquí lo que el Señor me  inspiro para ocupación de mi espíritu:

Amor es mi guía,

La cruz es mi honor,

Amor me extasía,

Me basta el amor.

            ¡Oh mi soberano Dueño!, no quiero nada más que vuestro amor y vuestra cruz; esto me basta para ser buena religiosa; esto es todo lo que deseo.”

“Nada hay bueno para mí sino Jesús y su Cruz, decía. Todo lo demás me parece despreciable en comparación de este bien. Puedo asegurar que fuera de su amor no puedo pedir otra cosa, o por decir mejor, ni se pedir para mí más que una sola cosa, a saber: ardiente amor a Jesucristo crucificado, y, por consecuencia, amor doloroso. En fin, con tal que yo pueda amarle, esto sólo me basta.”

“Me complazco en ver a los demás completamente abismados en la alegría del amor gozoso; en cuanto a mí, no quiero aquí otra cosa que verme abismada en las penas del puro amor doloroso.”

“Sé que vuestro corazón ama a Jesucristo crucificado, escribía a uno de sus directores; que es todo de Él y no quiere más que a Él. Pedidle para mí la misma gracia, a fin de que haciéndonos verdaderas copias de nuestro amor crucificado, correspondamos fielmente a los planes que tiene de santificarnos. Seamos, pues, para siempre todos suyos y dejémonos abrasar y consumir por sus más puras llamas, por las cuales le suplico nos transforme completamente en Él.”

El amor al Corazón divino, al exigir amor a la Cruz, supone otra cualidad: la fortaleza.

El amor al Sagrado Corazón de Jesús debe ser fuerte y vencedor

            “Es preciso que el amor divino sea amor fuerte, decía también la Santa; es menester que entregue nuestros deseos a la gracia y que triunfe de nuestro corazón y de todos los respetos humanos.”

“Tomemos por divisa: El amor me ha vencido; él sólo poseerá mi corazón.”

El R.P. Bourguignet, religioso de la compañía de Jesús, preguntando un día a Santa Margarita porque nuestro amor no es tan fuerte para con Dios como el de Dios para con nosotros, recibió esta respuesta:

“Padre mío, yo creo que es que nuestro amor no es verdadero respecto a Dios, como el de Dios lo es respecto a nosotros; está demasiado mezclado con las cosas de la tierra, porque mientras haya alguna cosa que ocupe nuestro corazón, no podremos jamás amar verdaderamente a nuestro Señor como Él nos amó. “

El fuego que consume madera verde es necesariamente débil y lento; lo mismo sucede con el amor divino que existe en un corazón lleno de afectos terrestres; le hace falta la fuerza porque está privado de una de las principales cualidades del verdadero fuego: el ardor.

El amor al sagrado corazón debe ser ardiente.

La Santa es inagotable cuando habla del ardor que debe tener nuestro amor para con el Corazón de Jesús; se ve que “su boca habla de la abundancia del corazón”

En el breve de beatificación de Santa Margarita, se lee, cuando a la de edad de nueve años hizo su primera comunión, bajo la acción de este alimento celestial sintió encenderse en su corazón tal llama de amor, que este fuego divino parecía brotar de su boca y de sus ojos”

Miremos algunos de esos rasgos de fuego:

“¿Qué diré de nuestro amable y siempre adorable Corazón de Jesús? Deseo que el fuego sagrado consuma nuestros corazones sin obstáculo, y haga de ellos tronos dignos de su santo amor.

Debemos amar ardientemente a este Sagrado Corazón. ¿Será posible que no queramos amarle con todas nuestras fuerzas y potencias?

Hemos de consumirnos enteramente en este horno ardiente del Sagrado Corazón de nuestro adorable Maestro.

Entremos nuestros corazones a los ardores del puro amor.

Démoslo todo a este amor, a fin de que nos consuma y nos purifique con sus más vivos ardores, y establecerá su imperio y reinará a pesar de todos sus enemigos y sus proposiciones. ¡Que eternamente nos abrasemos en la ardiente hoguera de este divino Corazón! No debemos respirar más que llamas.

¿No estamos todavía consumidos en los ardores de este divino Corazón de nuestro adorable Salvador , después de haber recibido tantas gracias, que son como otras tantas ardientes llamas de su puro amor, el cual debe abrasarnos sin cesar por el deseo de un perfecto agradecimiento y fiel correspondencia a sus designios?

El puro amor rechaza al tibio y no se concede más que al fervoroso. El Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo quiere sobre todo que seamos siempre fervorosos en caridad. Ampliemos la práctica de esta virtud según las inspiraciones que este divino Corazón dé a cada uno en particular.

Pidamos al amable Corazón de nuestro buen Maestro que consuma nuestro maldito amor propio en el fuego sagrado que vino a traer a la tierra, a fin de que este fuego arda sin cesar en los corazones de buena voluntad.

Es preciso, pues, que nuestros corazones se consuman sin remisión en la ardiente fragua del Sagrado Corazón de nuestro amable Jesús; puesto que no pudiendo contener sus llamas en sí mismo, las lanza con grande ardor en los corazones que encuentra bien dispuestos. ¡Que para siempre nos abrasemos!

Ruego al Sagrado Corazón de nuestro buen Maestro que consuma nuestros corazones en los ardores de las más vivas y puras llamas de su santo Amor, no solamente en el tiempo, sino por toda la eternidad, a fin de que no vivan ni respiren más que para amar, honrar y glorificar a este amable corazón.”

Encontrando la apóstol del Sagrado Corazón que el lenguaje ordinario era impotente para expresar los ardores que devoraban su alma y en los cuales deseaba abrasar el mundo, procuraba algunas veces desahogarlos en estrofas inflamadas de amor, donde se admira la magnificencia de la verdadera poesía, aunque las reglas prosódicas dejen bastante que desear:

              I

¡Jesús! Tu Corazón santo

Ha de ser todo mi encanto.

En Él moraré escondida

En la muerte y en la vida.

Sea yo siempre, Señor,

Víctima de tu amor.

II

En esa mansión de calma

Solo de amor vive el alma.

Sufre, si, tortura extrema,

Más rica que aurea diadema,  

Y demas grata dulzura

Que toda humana ventura.

 

III

¡O padecer o morir!

Morir para conseguir

Ese Corazón de gloria;

Él ha de ser mi victoria;

De tormentos el mayor

Es el martirio de amor.


IV

En el banquete divino

El amor es dulce vino.

Oh, qué suerte afortunada

Vivir el alma embriagada

En tan precioso licor

Que nos regala el Señor.

V

Bebed de este vino bueno,

El lanza todo veneno;

El nuestras heridas cura,

Y torna nuestra alma pura;

Beba yo de él noche y día

Y gozare de alegría.

VICorazón de Jesús Oración

Yo languidezco de amor,

Mas no me sanéis, Señor.

Desde que su ardiente flecha

Abrió en  mi costado brecha,

Yo no tengo más placer

¡Que amar o padecer!

VII

No debes a medias tu afecto

A un amigo tan perfecto.

El muestra noble ambición

De que entero al corazón

Entre vemos cada instante

A su amor santificante.

VIII

Yo a mi Rey toda me di

Y Él es todo para mí.

Ese Corazón ansía

Traerme a sí noche y día.

Yo le seré siempre fiel.

¡O que dicha estar en Él!

 

El amor al Sagrado Corazón debe ser insaciable y progresar sin interrupción.

Aunque nuestra capacidad natural de amar sea finita ilimitada, no obstante, cuanto mayores esfuerzos hagamos para amar a Dios, más aumenta la gracia en nosotros esta capacidad de amar; de manera que si no nos es posible llegar a un amor infinito, por lo menos podemos aumentar continuamente nuestro amor para con Dios. Por eso no quiere Santa Margarita que señalemos límites a nuestro amor para con el Corazón de Jesús.

“No tenemos que lisonjearnos, escribía a varias de sus Hermanas; trabajemos todo lo más que podamos en nuestra perfección y adelanto en el santo amor del Sagrado Corazón de Jesús. Conforme los deseos y luces que este divino Corazón nos dé, porque Dios lo quiere así de nosotras. El Señor nos ama y quisiera vernos adelantar más y más y a grandes pasos en las sendas de su puro amor. Es menester, por consiguiente, que nuestro camino progrese y crezca como la luz del día; si no lo hacemos, nos ha de pedir cuentas de las gracias que hubiéramos recibido de haber sido fieles. Ya sabemos lo bastante. ¡Oh, mis queridas Hermanas! Os deseo ver completamente inflamadas en el amor de este amable Corazón.”

Tales consejos eran demasiado conformes a las aspiraciones de la Sierva de Dios para no dedicar toda su atención a seguirlos. Así podía escribir con toda verdad:

“Mi alma se siente cada vez más hambrienta del puro amor de este único amor de mi alma y hastiada de las criaturas. Mi soberano ha puesto hasta ahora en mi alma tres deseos tan ardientes, que los miro como tres tiranos, tres perseguidores que me hacen sufrir martirio, tormento continuo, sin darme reposo un solo instante. Estos tres deseos son: el de amar más perfectamente a mi Dios y de comulgar; el de sufrir mucho por su amor y en este amor, y el de morir en este ardiente amor para unirme a mi Señor.

El primero esto es el gran deseo de amarle, es el que produce los otros dos. Me parece que todo lo que veo debería transformarse en llamas de amor.

Oh, si supieras cuán impelida me siento  a amar al Sagrado Corazón de nuestro Señor Jesucristo, rogarían para que yo pudiese corresponder a estos ardores. Me parece que la vida se me ha dado sólo para esto. Sin el amor de este amable Corazón, la vida sería insoportable para mí, y, sin embargo, hago todo lo contrario.“

Nuestro Señor mismo dio un nuevo estímulo al deseo insaciable que su Sierva tenía de amarle, cuando resumiendo el voto de perfección que le acaba hacer, le dijo:

“Ámame y harás mucho más de lo que me has prometido” 

Así que, interrogada muchas veces por este buen Maestro si le amaba, aquélla respondía invariablemente: “¡Ah, Señor, Vos sabéis cuánto lo desea mi corazón!”

Sin embargo, para que estos deseos de amar al sagrado corazón no sean vanos y estériles, la Santa prescribe que vayan acompañados de actos personales.

Del libro El Reinado del Corazón de Jesús (tomo 1), escrito por un P. Oblato de María Inmaculada, Capellán de Montmartre. Publicado en Francia en 1897 y traducida por primera vez al español en 1910.