Cristo es la Misericordia

Hablemos del Corazón de Jesús.

Queridos hermanos, ¿qué es lo que más brilla en Jesucristo cuando uno lee el Evangelio? Para mí no hay duda ninguna: lo que más vivo aparece es su misericordia. Cristo es la misericordia. Su Corazón está abierto para recibir a todos. Él no se cansa de nadie, su yugo es suave y su carga ligera. Venid a mi Corazón que desea recibiros. Es la misericordia, sí. Cuando llamó a los apóstoles para que le siguieran -Pedro, Andrés, Juan, etc.- no averiguó cómo había sido hasta entonces el comportamiento de unos y de otros, no se ocupó de eso, no quiso señalar las faltas que podrían tener algunos.

Y entre ellos consintió que viniera a ser discípulo suyo uno llamado Judas, el cual estuvo después tres años con Él, recibiendo de Cristo ese océano de misericordia y de amor que envolvió a todos.

Luego más adelante, cuando ya ha formado el grupo apostólico, van con Él todos por pequeñas aldeas, por pueblos mayores, por ciudades más populosas. Tampoco analiza ni riñe a nadie; simplemente, en alguna ocasión, a la madre de los hijos de Zebedeo la reconviene y le hace pensar en que no es bueno el pensar en sus hijos para que uno esté a la derecha y otro a la izquierda; lo que tiene que hacer es dejar que sus hijos sigan el camino, el camino que Dios marcará a todos, también a ellos.

Misericordia. Y más tarde, por fin, cuando llega el momento cumbre de su vida, esa ocasión impresionante que conmueve al mundo hoy como lo conmovió ayer: es la ocasión en que Cristo va a dar su vida. ¡Oh Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen! Cristo en la cruz, la misericordia infinita pidiendo perdón al Padre para todos cuantos están allí. Muchos de ellos deseando que desaparezca, porque les humilla su manera de hablar y de expresar los sentimientos que corresponden al cielo, de donde viene, para la tierra, a donde ha venido.

Si me dicen qué es lo que Cristo tiene más sobresaliente en su vida, seguiré respondiendo: la misericordia, el perdón. Y es porque lo que más sale en nosotros, lo que más aparece y más vibrante, es lo contrario. Y es lo que Él ha venido a combatir en nosotros: el egoísmo, el deseo de triunfar sea como sea, el salir con lo que podamos aprovecharnos en las diversas ocasiones de la vida. Eso es lo que buscamos. Por eso, frente al egoísmo nuestro, la misericordia suya; por eso, frente al corazón cerrado tiene que aparecer el corazón abierto.

Las imágenes del Corazón de Jesús empezaron a difundirse en el siglo XVII; por consiguiente, no hace mucho. Tiempo atrás, personas como San Bernardo, antes San Agustín, San Pablo… nos hablaron del Corazón de Jesús, nos hicieron entender lo que significaba esa misericordia. Pero fue en el siglo XVII cuando una religiosa en Paray-le Monial (Francia) -yo he estado allí en una ocasión en que fuimos un grupo no pequeño de obispos y sacerdotes; Santa Margarita y el Padre La Colombière son un recuerdo constante para nosotros y un deseo de seguir el camino que ellos marcaron- es cuando empieza la devoción al Corazón de Jesús, la devoción organizada, la devoción de los nueve primeros viernes, la devoción con fiesta litúrgica marcada y señalada por la Iglesia. Es cuando por todas partes van surgiendo las cofradías; y en ciudades grandes y pequeñas vimos a hombres y mujeres con aquella cinta roja que llevaban sobre su pecho; la cinta y la medalla, celebrando con todo fervor la fiesta del Corazón de Jesús.

Desde entonces, con las excepciones que se han producido a veces en momentos de poco fervor, pero aun así, se ha celebrado y se ha vivido y se ha expresado este amor al Corazón de Cristo como lo más natural del mundo.

Si Él nos da su Corazón, hay que amarle, hay que recibirle, hay que abrazarle. Y esto no es cosa para las mujeres o para los hombres, para los niños o para los jóvenes; es cosa de todos los que tengan sentido común, razón vigilante y decisión voluntaria que nos ayude a caminar siguiendo sus pasos e imitándole a Él en su misericordia y su amor.

El Corazón de Jesús es un ejemplo precioso en virtud, del cual nos encontramos con una decisión tan viva que por todas partes en Europa, en Asia, en África, se encuentran imágenes del Corazón de Jesús, más o menos rodeadas del calor fervoroso de los que la veneran, pero siempre llenos de atención espiritual, como Santa Margarita de Alacoque lo marcó en virtud de las revelaciones que ella tuvo.

Sí, hay que vivir ese Corazón. Quiero deciros algo que sucedió no hace mucho tiempo, porque el que fue protagonista de este episodio fue sencillamente el Papa Pablo VI. Me lo contó un día Paloma Gómez Borrero, esa periodista que viene con tanta frecuencia a España y que tantas crónicas ha escrito en los periódicos y en la televisión para hablar de los hechos de la Iglesia. Ella ha acompañado al Papa en sus viajes diversos en muchas ocasiones, como otros periodistas, y dice que en una ocasión el Papa Pablo VI -era el viaje a África, con un calor espantoso-, al llegar a lo que hacía de obispado, buscó o le buscaron un lugar sombrío en que poder cobijarse y allí se acomodó. Pasado un poco de tiempo, se presentó el cardenal Casaroli, Secretario de Estado, ya muerto también; abrió delicadamente la puerta y vio que el Papa Pablo VI estaba con la cabeza caída, como si buscara un descanso que no tenía. Entonces el Cardenal prendió a correr, temiendo que le había sucedido algo al Papa. “Santidad, Santidad, ¿qué le ocurre, por favor?”. Y se acercó hasta cogerle en sus brazos. Y el Papa entonces le dijo: “Calma, calma, no me pasa nada, pero usted sabe cómo padezco yo de artrosis, que hay días y noches que no puedo descansar nada. Esta noche me ha ocurrido eso. No he podido descansar y ahora con el calor que tengo, tampoco puedo; por eso lo único que me tranquiliza un poco es doblar la cabeza, inclinarla, respirar con calma y así durante algún rato voy teniendo dentro de mí una tranquilidad que no tenía y hasta que oigo el latido de ese corazón que me está diciendo: «Adelante, sigue adelante. Hay que seguir trabajando para rendir las almas ante este Corazón de Jesús que yo siento al inclinar mi rostro sobre él»”. Hermoso pasaje.

Esa decisión, ese inclinar la cabeza y ofrecerla al Corazón de Jesús como podríamos hacer si nos encontráramos en una situación parecida, es lo que tenemos que hacer en todo momento. Recibir el amor del Corazón de Jesús, cogerlo en la mano, llevarlo a donde tengamos que ir, que nos acompañe y que le acompañemos. Que se nos pregunte cuál es el mandamiento primero que Cristo ha establecido y podamos contestar: el mandamiento nuevo es el mandamiento de Jesús; diciéndolo subió al Calvario, diciéndolo pronunció sus últimas palabras, diciéndolo nos dejó a María Santísima como Madre nuestra, diciéndolo dejó a la Iglesia que se extiende por todo el mundo ofreciendo a los hombres esta doctrina incomparable, en la cual nos encontramos todos sus hijos buscando ese tesoro indescriptible del amor que Él nos dejó.

 

Que el Señor nos proteja y nos dé su bendición en todo momento.

Del libro” El Corazón de Jesús en el magisterio del
Cardenal D. Marcelo González Martín”