El Corazón de María, corazón de la nueva Eva(Tercera parte)

P.Cándido Pozo

El corazón de la nueva Eva

 

Volviendo a los primeros testimonios explícitos sobre el tema de María nueva Eva, es necesario centrarse, de nuevo, en la escena de la Anunciación que todos ellos evocan. Dentro de esa escena, “san Justino había orientado ya a la atención hacia la santidad de María al subrayar su fe y docilidad a Dios, en contraposición con la Incredulidad y la desobediencia de Eva”. San Ireneo, al elaborar más reflejamente el paralelismo antitético entre María, nueva Eva, y la primera Eva, va a desarrollar ulteriormente este pensamiento. Como a subrayado J. A. de Aldama, “San Ireneo, en efecto, hace destacar tanto en la figura de María la docilidad, la sumisión a la palabra divina, que parece proponer en ella un verdadero modelo de santidad. Es imposible dar un consentimiento a la voluntad de Dios rodeado de tan extraordinarias cualidades sin una santidad personal del todo excepcional y única”.

“A la que Él (Cristo) hizo pura”, afirma san Ireneo en un conocido pasaje del Adversus haereses. Se trata de un párrafo que he leído en su complejidad No carece de problemas: ¿Afirmación o no de parto virginal?; ¿Purificación desde el comienzo de la existencia de María o preparatoria de la concepción virginal? … Sin desconocer la existencia de estos problemas, quiero afirmar que en este momento no entran en la óptica de mis preocupaciones. Me interesa la nueva Eva en el evento histérico de la anunciación, es decir, la escena a la que los primeros testimonios de este tema mariano hacen siempre referencia. Allí la nueva Eva aparece pura, santificada por la gracia de Aquel que de Ella iba a nacer; la nueva Eva, “que regenera los hombres para Dios”, como dice allí mismo San Ireneo, es santa.

Todo ello, aparece que los actos concretos de fe y obediencia de María en la Anunciación tienen un sustrato de su santidad permanente. Cuando más tarde San Agustín intérprete la colaboración de María como colaboración de caridad, de amor, se habrá dado un paso decisivo. El corazón el símbolo del amor. Habrá que decir que la cooperación de María brota de su corazón, entendido como su actitud permanente de amor. Se comprende entonces la formulación del Concilio Vaticano II, que es, al menos Ideológicamente, patrística: María “en la Anunciación del ángel acogió al Verbo de Dios con el corazón y con el cuerpo, y trajo la Vida al mundo”. Con su Corazón, antes que con su actividad biológica, es como María realizó la Encarnación del Verbo, y nos trajo al Salvador y con Él la salvación.

Conclusión

 

El corazón de la nueva Eva significa la actitud permanente de caridad y amor, que María colabora en la obra de la redención. Ese amor tiene su primera expresión en la respuesta al ángel, de entrega total A la voluntad salvífica de Dios. El “si” de María no es sólo la aceptación, por parte suya, de ser Madre física del Mesías. En toda maternidad verdaderamente humana, es decir, que supere el nivel de lo meramente animal, el destino de la madre y el destino del hijo quedan inseparablemente ligados. Las alegrías y los dolores del hijo serán también alegrías y dolores de la madre. En el caso de María, la aceptación de comunidad de destinos se hizo de modo tanto más consciente cuanto que las palabras del ángel contienen la descripción de un programa. El “sí” de María ulteriormente preservado y se mantiene a lo largo de su vida, y culmina al pie de la cruz En medio del sufrimiento del Hijo sentido vivamente en su propio Corazón materno. Finalmente se prolonga En su solicitud de Madre, que, asunta al cielo, sigue intercediendo por nosotros, sus hijos. Nos olvidemos que María asunta es una persona resucitada. Su realidad corpórea hace que se pueda hablar de su Corazón con todo el realismo existencial de un corazón vivo y palpitante que, en cuanto tal, es símbolo y expresión de su amor actual, plenamente humano, hacia Dios y hacia nosotros. Desde este punto de vista, el dogma de la Asunción de María permite comprender por qué la Iglesia da culto, como corazones vivos, Sólo a dos Corazones: el de Jesús y el de  María, los Corazones de aquellos de los que sabe que son dos resucitados. Por otra parte, ofrece también un motivo más –ciertamente no el único ni el más importante –por el que la intercesión de María se encuentra un nivel superior que la intercesión de los otros santos. No olvidemos que, en el caso de los santos, son sólo sus almas las que durante el decurso de la historia interceden por nosotros. Ya Tertuliano llamaba a la inmortalidad del alma “Media resurrección”, y al alma misma  que sobrevive, “Medio hombre”; Precisamente de esta incomprensión teológica del alma despojada del cuerpo deducía que, al final de la historia, habría de haber una resurrección: “Pero ¡Que indignó sería de Dios llevar medio hombre a la salvación!”. Sólo Cristo resucitado y María asunta interceden con toda su realidad humana existencial.

El Concilio Vaticano II, mirando a la nueva Eva como Madre de los vivientes en Cristo, ha expresado su rica actividad materna en un párrafo de maravillosa síntesis:  ”Está maternidad de María en la economía de la gracia perdura sin interrupción desde el consentimiento que prestó fielmente a la Anunciación, y que mantuvo sin vacilación a los pies de la cruz, hasta la perpetua consumación de todos los elegidos. Pues asunta a los cielos no ha depuesto esta función salvífica, sino que su intercesión reiterada continúa obteniendo los dones de salvación eterna”. Sólo hay que añadir con palabras de Juan Pablo II, quien ha desarrollado el tema en la encíclica Dives in misericordia,  que todo ello es una participación del Corazón de la Madre del crucificado y del resucitado en la obra salvífica del Hijo, obra salvadora de Cristo a la que dio valor moral y respaldó el propio corazón del Señor. Se trata de la obra salvadora que el mismo Juan Pablo II había descrito en la encíclica Redemptor hominis con estas palabras: “la redención del mundo –ese misterio tremendo del amor, en el que la creaciones renovada- es en su raíz más profunda la plenitud de la justicia en un corazón humano : en el Corazón del Hijo primogénito para que pueda hacerse la justicia del corazón de muchos hombres, los cuales precisamente en el Hijo primogénito han sido predestinados desde toda la eternidad a ser hijos de Dios, y llamados a la gracia, llamados al amor”.